208. LA CONFORMACIÓN CON EL SEÑOR JESÚS

Al hablar de la conformación con el Señor Jesús tocamos lo que tal vez sea el corazón de la vida cristiana. Como discípulos de Jesús nuestra máxima aspiración es ser como Él. No se trata sólo de procurar imitar sus conductas, sino más bien hacer nuestros sus sentimientos, pensamientos y acciones. Configurarnos con Él es, pues, abrirnos desde lo más profundo de nuestra realidad a la acción del Espíritu Santo para que nos transforme interiormente según la medida de Cristo, el Señor.

La espiritualidad sodálite busca encarnar en la propia existencia este horizonte de la vida cristiana viviendo intensamente el camino de la piedad filial. Sabemos bien que el mismo Señor Jesús nos dejó a su Madre en la Cruz, y nos invita a amarla con su mismo amor. Es éste un hermoso camino por el que vamos siendo conducidos por la fuerza del Espíritu, de la mano de la Madre, a un encuentro más pleno con el Señor Jesús. Nos vemos, pues, remitidos a lo esencial de la vida cristiana, e invitados a renovar nuestros esfuerzos cotidianos por abrirnos a la acción de la gracia que nos irá convirtiendo cada vez más hasta que encarnemos ese apasionante horizonte que expresa el Apóstol cuando dice: «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[1].

El don del Bautismo

Como cristianos nuestro camino de conformación con el Señor Jesús se inicia cuando recibimos el don del Bautismo. No siempre somos conscientes de la inmensa bendición que es haber sido bautizados. Este sacramento realmente nos ha transformado interiormente. Pasamos de la muerte a la vida. Somos hechos partícipes, de un modo misterioso pero absolutamente real, de la misma Muerte del Señor Jesús –para morir al pecado y todas sus obras–, y de su gloriosa Resurrección, recibiendo así el don de la filiación divina, hechos nuevas creaturas en Él.

El Bautismo, enseña el Catecismo, perdona todos los pecados[2], «hace también del neófito “una nueva creación” (2Cor 5,17), un hijo adoptivo de Dios (ver Gal 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2Pe 1,4), miembro de Cristo (ver 1Cor 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rom 8,17) y templo del Espíritu Santo (ver 1Cor 6,19)»[3], y nos incorpora en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. La persona humana, pues, encuentra en las aguas del Bautismo la fuente de la vida nueva en la que bebe su verdadera identidad. Como dice San Gregorio de Nisa: «Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con Él; descendamos con Él para ser ascendidos con Él; ascendamos con Él para ser glorificados con Él»[4].

Este maravilloso llamado a una vida plena desde nuestro Bautismo se ve muchas veces oscurecido, postergado por nuestro pecado y fragilidad. Por ello es bueno que nos dejemos cuestionar por la fuerza interpelante de San Pablo: «¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (…) Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús»[5].

¿Qué significa vivir esa vida nueva? ¿Cómo hacerlo en el día a día? Al don recibido en nuestro Bautismo, corresponde una respuesta generosa de cada uno de nosotros. La vida cristiana, en este sentido, es el desarrollo de la semilla de vida eterna que se siembra en el corazón del cristiano en el sacramento bautismal. Constantemente somos alentados y fortalecidos por la gracia del Señor para avanzar por ese camino de vida verdadera, que no es otro que configurarnos con el Señor Jesús. Sin embargo, sabemos bien que debemos librar un combate espiritual. Sin una libre opción por abrir el corazón a esa fuerza divina sin la cual nada podemos no avanzaremos. Se hace indispensable nuestra respuesta generosa y sostenida, como decía el Papa Juan Pablo II: «la efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (ver Jn 15,5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (ver1Co 12,12; Rm 12,5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la 'lógica' de Cristo: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, “revestirse de Cristo” (ver Rm 13, 14; Ga 3, 27)»[6].

Vivir en el Señor Jesús

Puesto que ser cristiano significa ante todo vivir en Cristo Jesús y como Él vivió, tal vez la primera exigencia a la que nos vemos invitados es la de conocer cada vez más al Señor Jesús. “No puede amarse aquello que se ignora” dice San Agustín. Y es verdad. Si queremos conformarnos con Jesús, si queremos amarlo cada vez más, debemos buscar conocerlo cada vez más.

Ahora bien, ¿de qué conocimiento se trata? Ciertamente no de uno que se limite a la dimensión meramente intelectual, o emocional o a un reductivo activismo. Es más bien un conocimiento integral, en y desde el amor: «el que me ama, será amado de mi Pare; y yo le amaré y a él me daré a conocer»[7]. Conocer a Jesús es encontrarse con Él, porque Él está vivo. No es algo que uno conoce; es Alguien con quien uno se encuentra. Y como podemos ver en los testimonios evangélicos, es un encuentro que cambia la vida para siempre.

¿Qué podemos hacer para seguir profundizando en ese camino de conformación con el Señor Jesús? Sin pretender agotar las múltiples ocasiones que la vida cristiana nos ofrece para avanzar en este horizonte, señalemos algunos elementos fundamentales.

En primer lugar, acudir con reverencia y constancia a los Sacramentos, particularmente al Sacramento de la Eucaristía. Allí encontramos al mismo Señor Jesús, realmente presente, que nos espera y nos invita a entrar en comunión con Él[8]. Es, pues, un canal de gracia inagotable, fuente de la verdadera vida. Para ello debemos estar adecuadamente preparados, acudiendo al Sacramento de la Reconciliación, y procurando vivir en estado de gracia. Asimismo, la Adoración Eucarística es ocasión privilegiada para crecer en ese amoroso encuentro configurante con Jesús Eucaristía.

En segundo lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. La Iglesia nos invita a leer la Sagrada Escritura en el mismo espíritu con que fue escrita[9], es decir, abiertos a la acción del Espíritu Santo que inspiró la escritura de los libros sagrados. Esta lectura se da siempre bajo la guía de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. De este modo, la meditación de la Escritura es lugar de encuentro con el Verbo de Dios, el único que tiene palabras de vida eterna[10].

En tercer lugar, esforzarnos por cultivar nuestro amor filial a nuestra Madre María. La piedad filial es siempre cristocéntrica, tiene a Jesús como centro, pues viene de Jesús y nos conduce a una configuración más plena con Él. Todo ejercicio de amor filial es, por tanto, siempre una ocasión concreta de encuentro con el Señor. Y es que nuestra Madre nunca dejará de educarnos y guiarnos al encuentro de su Hijo: «Haced lo que Él os diga»[11].

Finalmente, en todo cuanto hagamos en nuestra vida cotidiana tenemos la ocasión de ponernos en la presencia de Dios, procurando abrirnos a su gracia para que informe nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, y de esta forma podamos ofrecerle el fruto de nuestra vida y apostolado. En este sentido, el Papa Benedicto XVI, haciéndose eco de la exhortación paulina, nos invita «a tener los mismos sentimientos que tenía Jesús, conformar nuestra manera de pensar, de decidir, de actuar con los sentimientos de Jesús»[12]. El encuentro con el Señor Jesús, la configuración con Él, nos vuelca a testimoniarlo con toda nuestra vida.

Aprender de María

En este camino de transformación interior acudamos siempre a la intercesión maternal de María nuestra Madre. Ella mejor que nadie nos puede educar y guiar en el sendero de la conformación con su Hijo. En este tiempo en que gozosos celebramos con la Iglesia universal la beatificación del Papa Juan Pablo II, aprendamos de su testimonio vital, del que el entonces Cardenal Ratzinger dijo: «El Santo Padre (Juan Pablo II) encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. Él, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser (Jn 19,27): Totus tuus. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo»[13].

CITAS PARA MEDITAR

Guía para la Oración

  • Conformarnos con el Señor Jesús es la fuente de vida verdadera: Jn 14,6; Rom 8,9-11;Gál 2,20
  • El Bautismo y el don de la filiación adoptiva: Jn 3,1-21; Rom 6,1-11; 8,15-17; Gal 4,4-7
  • Vida nueva en Cristo: Ef 4,21-24; Col 2,6-8; 3,1-4
  • La amorización camino de conformación con el Señor Jesús: Jn 19,25-27
  • Conocer al Señor Jesús: Jn 12.20-21; 14,6-10.21; 17,3; 2Pe 3,18

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué significa estar llamado a conformarse con el Señor Jesús?
  2. ¿Cuál es la importancia del Bautismo en mi camino de configuración con Jesús?
  3. ¿Qué puedo hacer en mi vida diaria para vivir más la conformación con el Señor?
  4. ¿Cómo puedo profundizar mi devoción eucarística? ¿Qué puedo hacer para meditar mejor en la Palabra de Dios?
  5. ¿Qué dificultades encuentro para vivir un amor filial mariano más intenso? ¿Qué puedo hacer para crecer en ese camino de amorización?
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