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228. ¿CÓMO SE REVELA DIOS?

En este Añor de la Fe, la Iglesia nos invita a fortalecer nuestro asentimiento de la fe. ¿Qué significa esto? Significa profesar: sí, creo en Dios y le creo a Dios; creo en Él y creo aquello que Él nos ha manifestado. Por ello, fortalecer nuestra fe significa también profundizar en el contenido de lo que creemos, es decir, en las verdades de nuestra fe.

Muchas veces podemos encontrarnos con personas -tal vez nosotros mismos- que se preguntan: ¿Cómo puedo conocer a Dios? ¿Cómo y dónde encuentro lo que Él nos ha comunicado?

Tal vez lo primero sea comprender que ha sido Dios quien se nos ha dado a conocer. Él, desde que nos creó, ha optado por manifestarse al ser humano, por comunicarse con nosotros, por revelarse. El anhelo de infinito que la persona humana experimenta como algo propio y muy profundo encuentra su respuesta definitiva en la comunicación que Dios hace de sí mismo.

Pero, ¿cómo Diose se ha dado a conocer? ¿De qué modo Él se ha acercado a nosotros? La revelación divina se ha dado a lo largo de la historia de la humanidad, en diversas etapas y de diversos modos.

Antes y después de Cristo

Sabemos que en el centro de la historia está la venida del Hijo de Dios al mundo. Para los cristianos, la historia se divide en dos momentos: antes de Cristo y después de Cristo. En este sentido, la Encarnación del Verbo marcó el fin de una era y el comienzo de otra.

En el antes de Cristo, encontramos un progresivo acercamiento de Dios al hombre, que el Catecismo llama "etapas" de la Revelación.

Una primera etapa de la Revelación es la misma creación del mundo y del ser humano. Desde el primer momento, el hombre tiene una relación con Dios. Él ha sido quien "insufló en sus narices un aliento de vida, y vino a ser el hombre de un ser viviente". En el principio, el hombre fue capaz de ver en todas las cosas creadas signos que le hablaban del Creador. Llamamos a ese momento "revelación primitiva".

Esta situación inicial de comunión y encuentro entre Dios y el hombre se vio quebrada por el pecado original. El hombre le da la espalda a Dios y se aleja progresivamente de Él. Sin embargo, Dios no responde con la misma moneda, y en el momento mismo de la caída original le anuncia que no lo dejará en la esclavitud del pecado sino que le dará la salvación. Se inicia así un camino en el cual Dios se acerca al ser humano y lo va preparando progresivamente para su manifestación definitiva.

Al contemplar ese proceso de siglos y siglos, vemos que todo lo que Dios hace tiene como motivo al amor. El marco del amor es la libertad: Dios sale al encuentro del ser humano por amor, no porque esté obligado a hacerlo; y el ser humano, por su parte, tampoco está obligado sino invitado a acoger ese amor divino.

La fidelidad de Dios a su promesa se pone de manifiesto claramente en la elección de algunos personajes históricos: Noé, Abraham, Moisés y los profetas. Ellos marcaron nuevas etapas de ese progresivo acercamiento de Dios. En el antes de Cristo, vemos cómo Dios fue preparando la re-ligación (de ahí el origen del término "religión") de los hombres con su Creador, es decir la Salvación. En este camino, una palabra expresa el modo cómo Dios se comprometió con el hombre y el hombre con Dios: la Alianza.

La Antigua y Nueva Alianza

En la Antigua Alianza vemos que muchos hombres y mujeres respondieron a los hechos y palabras de Dios. Él se fue haciendo presente en la historia de la humanidad con la elección de un pueblo, el pueblo de Israel. A través de personas, instituciones, escritos y signos, el Señor una y otra vez muestra la fidelidad a sus promesas de salvación.

La historia del Pueblo de Dios nos muestra una de las principales características de la Revelación: la pedagogía divina y su adecuación al hombre. Es decir, Dios habló a los hombre de una manera en la que pudiera ser comprendido, en lenguaje humano, considerando las limitaciones propias de las personas, de su cultura y su tiempo.

Esta progresiva revelación de Dios en la historia llegó a su etapa definitiva en Jesucristo: por medio de Él, Dios nos ha comunicado todo de sí mismo, y nos ha dado a conocer también quiénes somos como personas y el misterio del mundo. En Cristo, Dios dijo todo porque Él es la Palabra misma; por Cristo, Dios hizo todo, selló una "nueva y eterna Alianza" con los hombres en el sacrificio de la Cruz; con Cristo Dios sigue obrando en la humanidad, puesto que por su Espíritu Santo participamos de su misma Vida, de su victoria sobre el pecado y la muerte. De modo que podemos decir que el Señor Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, y que Él es la plenitud de la Revelación, de la comunicación que ha hecho Dios de sí mismo al ser humano.

Tradición viva y Sagrada Escritura

Pero, ¿cómo llegamos a conocer a Jesucristo, puesto que Él ha vivido hace tantos siglos? ¿Cómo conocer a alguien que aparentemente, está tan distante de nosotros en el tiempo? Para responder a esa pregunta pongamos un ejemplo: imaginemos una investigación familiar acerca de nuestros tatarabuelo. Sabemos que ellos necesariamente han existido pues de lo contrario, nosotros ¡no existiríamos! Y aunque no los hemos conocido personalmente, podemos llegar a conocer algo de esas personas por medio de una tradición familiar. A través de los testimonios, directos e indirectos de su existencia, podemos descubrir sus nombres, saber en qué trabajaron, cuántos hijos tuvieron, conocer las fechas de su nacimiento, matrimonio, fallecimiento, etc. Quizás podamos ir al lugar donde vivieron, adquirir algo de la herencia que ellos dejaron y los valores familiares que han transmitido. Y podemos decir algo más: si alguno de ellos ha dejado una obra de carácter personal (un libro de poemas, cuentos, autobiografía, composiciones musicales, etc.) que exprese un poco de su interior, podemos incluso conocer sus pensamientos y sentimientos, sus afectos y emociones, de modo que esos escritos son un testimonio valioso de su persona, y nos sirven también para conocerlos mejor.

El ejemplo de la investigación familiar acerca de los tatarabuelos puede ayudarnos a entender un poco la forma como conocemos la Revelación de Dios. Las etapas de la Revelación divina, y sobre todo su expresión definitiva en Jesucristo, han llegado a nosotros a través de la Tradición de la Iglesia y de la Sagrada Escritura. La Sagrada Tradición es la transmisión viva de la Revelación; la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios que ha sido puesta por escrito.

Al leer los Evangelios y los demás libros del Nuevo Testamento, nos remitimos al testimonio de nuestros "tatarabuelos" en la fe: los primeros cristianos, los Apóstoles que compartieron el día a día al lado de Cristo. Por eso, es fundamental leer la Biblia en el mismo Espíritu con que ha sido escrita, e interpretarla en comunión con esa Tradición viva en la cual gestaron sus escritos. Dicho de otra forma: hemos de leer la Sagrada Escritura en comunión con la Iglesia, que peregrina a lo largo de los siglos y que, por medio de su Magisterio, custodia y transmite fielmente el conjunto de verdades y de fe que estamos invitados a creer.

El ejemplo que hemos señalado tiene una limitación, como todo ejemplo, y es que la vida de nuestros tatarabuelos tal vez ya no nos interesa tanto, pasadas ya varias décadas, o no tiene mucho que ver con nuestra vida aquí y ahora. Pero eso no ocurre en la relación al Hijo de Dios hecho hombre hace aproximadamente 2000 años, su existencia y su acción no son solamente acontecimientos del pasado sono que tienen plena actualidad en nuestras vidas, son eficaces en nuestro presente y nos hacen mirar el futuro, en el cual Él brillará en toda su gloria.

La fe, que recibimos y vivimos en la Iglesia, es el camino por el cual acogemos y vamos conociendo lo que Dios no ha dado a conocer. Jesús confió a su Iglesia la transmisión y la custodia de la Revelación. Acoger el don de Dios, que se nos ha manifestado en el Señor Jesús, implica de nuestra parte poner todo el esfuerzo por ir conociendo más y más a Cristo, escuchar su Palabra, profundizar en las verdades de nuestra fe. Conocer y escuchar a Jesús nos lleva, de la mano de nuestra Madre María, a dejar que el Espíritu obre en nosotros una verdadera conformación con Él, siendo así hijos del Padre Eterno.

¿Cómo se revela Dios? En resumen, se revela en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El Espíritu Santo nos garantiza que esa revelación sea escuchada con piedad, cutodiada con exactitud, y expuesta con fidelidad por la Iglesia a lo largo de los siglos. En comunión con la Iglesia, estamos llamados a escuchar la voz del Señor, acoger su mensaje de reconciliación y seguir sus pasos en nuestra vida cristiana.

Citas para la oración

Dios hace Alianza con Noé y los patriarcas: Gen 9,8-17; Gen 17,1-14; Gen 26,1-5; Eclo 44,17-23; Heb 11,7-22.

Dios hace Alianza con Moisés y el pueblo de Israel: Ex 24,1 ss; Eclo 45,1 ss.; Heb 11,23-29.

Dios promete la venida del Mesías: Gen 3,15; Ez 36,24-27; Is 7,14; 11,1 ss.; Miq 5,2-5a; Heb 11,39-40.

Dios envía a su Hijo: Heb 1,1-3; Jn 1,14; Gál 4,4-7.

La tradición apostólica: 1Cor 11,2.23-24; 1Cor 15,3-4; 2Tes 2,15.

Preguntas para el Diálogo

  1. ¿Conozco la Historia de la Salvación? ¿La he leído según las claves que nos da el Catecismo?
  2. ¿Acojo a Cristo como la Palabra de Dios viva? ¿Está Él presente en mi vida?
  3. ¿Qué tanto conozco la Sagrada Escritura y rezo con ella?
  4. ¿Qué tan fuerte es mi adhesión de fe a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia?

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