230. ¿EN QUIÉN CREEMOS LOS CATÓLICOS?

La profesión de fe: el Credo

Todos los Domingos, cuando vamos a Misa, luego de la homilía del celebrante rezamos juntos el Credo. Hacemos una profesión de nuestra fe, es decir, proclamamos las verdades esenciales en las que creemos como católicos. A veces nos puede suceder que nos hemos acostumbrado a rezar el Credo y lo rezamos mecánicamente, sin prestar atención a la riqueza que contiene cada palabra. Nos podría parecer, incluso, que el Credo no tiene ninguna relación con nuestra vida cotidiana. Sin embargo, nada más lejos de la verdad.

El Credo es un texto que desde muy antiguo forma parte de la Iglesia. Originalmente estaba vinculado al Bautismo, donde por medio de preguntas y respuestas, el nuevo cristiano profesaba las verdades que lo identificaban como cristiano. Se articuló desde un principio en base a las tres partes que ahora conocemos: Creo en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con el tiempo se le irían añadiendo otras verdades de fe, explicitándose mejor algunos de sus contenidos. La Iglesia conserva muchas de estas profesiones de fe, entre las cuales destacan dos muy antiguas: el Credo de los Apóstoles y el Credo Niceno-Constantinopolitano. A pesar de sus variaciones, ambos expresan con fidelidad los aspectos centrales de la fe, y por eso la Iglesia los ha atesorado con gran cuidado a lo largo de los siglos y los reza en la Santa Misa dominical y festiva.

Creo

Para empezar, es importante comprender que para el cristiano el Credo no es una mera formulación de enseñanzas. Cuando decimos "creo" no estamos solo repitiendo una fórmula, sino que estamos haciendo una "profesión". Esto quiere decir que estamos dando un testimonio, y ese testimonio tiene que expresar una convicción e ir acompañado de un modo de vida coherente con lo que decimos. La fe que profesamos en el Credo no es solo una teoría, sino que debe ser fundamento de nuestra vida y manifestarse a través de ella.

Sobre esto señalaba Benedicto XVI: «Cuando afirmamos: «Creo en Dios», decimos como Abrahán: Me fío de Ti; me entrego a Ti, Señor, pero no como a Alguien a quien recurrir sólo en los momentos de dificultad o a quien dedicar algún momento del día o de la semana. Decir «creo en Dios» significa fundar mi vida en Él, dejar que su Palabra la oriente cada día en las opciones concretas, sin miedo de perder algo de mí mismo.»

Cuando en el Rito del Bautismo se pregunta tres veces: "¿Creéis?" en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica y las demás verdades de fe, la triple respuesta se da en singular: "Creo". Se dice en singular, porque se trata de una respuesta personal que cada uno profesa desde lo íntimo de su conciencia. Una respuesta que compromete mi modo de pensar y juzgar la realidad, mis valores y opciones cotidianas, mis sentimientos y sobretodo mi modo de actuar y comportarme.

Por otro lado, usualmente el Credo lo rezamos durante la celebración Eucarística dominical. Cuando así lo hacemos, expresamos también una dimensión muy importante del ser cristiano. Es verdad que quien profesa la fe es cada una de las personas a título personal. Es decir, cuando rezo el Credo, es cada uno de nosotros quienes decimos "creo". Sin embargo, en la Misa lo decimos al unísono con todas las personas que participan de la celebración. El "creo" se convierte entonces en un "creemos". No se trata de un simple juego de palabras, sino de la expresión de una experiencia muy importante. Rezar el "credo" es un acto eclesial, y lo hacemos como parte de la Iglesia. Expresa, de modo muy particular, nuestro ser parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

La oración del Credo en la Misa expresa también otra dimensión de la fe de la cual a veces no nos percatamos. Significa aceptación de una serie de verdades recibidas. Cuando rezamos el Credo estamos diciendo que nosotros no nos inventamos la fe, sino que la hemos recibido. Las verdades en las que creemos no son producto de la imaginación de los primeros discípulos, sino fruto de la escucha de la Palabra (Rm 10,17), en última instancia, de la Revelación del Señor Jesús. Nosotros escuchamos la proclamación de la fe, y la aceptamos haciéndola fundamento de nuestra vida, pero en ningún momento somos dueños de ella. Esto significa que debemos atesorar lo recibido, como la Iglesia lo ha hecho desde los inicios de su peregrinar, para luego transmitirlo con fidelidad en el anuncio de la fe.

Dios es Comunión de Amor

La estructura del Credo nos revela un aspecto fundamental de nuestra fe: es una fe trinitaria. Es decir, nuestra fe proclama a Dios Uno y Trino. Profesar «la fe en la Trinidad "Padre, Hijo y Espíritu Santo" equivale a creer en un solo Dios que es Amor».

Dios es comunión de Amor, es decir, entre las Personas de la Trinidad hay relaciones, y esas relaciones son relaciones de amor y comunicación. Es decir, el Padre y el Hijo se aman en el Espíritu Santo. Aunque las palabras y los ejemplos son siempre insuficientes para expresar un misterio que nos sobrepasa, podemos decir que la Santísima Trinidad es como una familia en la que cada persona es distinta, pero viven unidas en un misterio eterno e infinito de amor y comunicación.

Esto tiene una gran importancia para nosotros que hemos sido creados a "imagen y semejanza" de Dios Amor. Somos fruto del amor de Dios y hemos sido creados para amar, para reflejar el Amor de Dios en nuestras relaciones fundamentales. Dios Uno y Trino nos invita a «entrar en íntima relación con Él y a la comunión interpersonal, o sea, a la fraternidad universal. Esta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos».

Esta enseñanza, como nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, nos muestra «que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Es decir, nuestra felicidad necesita que, de una u otra manera, nos entreguemos a los demás, viviendo el servicio y la caridad con quienes nos rodean.

El Papa Francisco nos decía hace muy poco: «No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos».

Rezar el Credo, entonces, nos recuerda un aspecto muy importante de nuestra vida: necesitamos relacionarnos con los demás, y esas relaciones deben apuntar a que crezcamos en amor a los demás. Ese amor debe tener un sólido fundamento en Dios, y manifestarse hacia los demás en caridad, como un reflejo vivo del amor de Dios.

Vivir lo que creemos

Sabemos bien que el cristianismo no es una repetición vacía de fórmulas. La fe se debe hacer vida cotidiana. En este sentido, con nuestras acciones debemos dar un testimonio cotidiano de las verdades en las que creemos. «Afirmar "creo en Dios" -señalaba el Papa Benedicto XVI- nos impulsa, entonces, a ponernos en camino, a salir continuamente de nosotros mismos (...) para llevar a la realidad cotidiana en la que vivimos la certeza que nos viene de la fe: es decir, la certeza de la presencia de Dios en la historia, también hoy; una presencia que trae vida y salvación, y nos abre a un futuro con Él para una plenitud de vida que jamás conocerá el ocaso». Precisamente, cuando acabamos de celebrar la victoria del Señor Jesús sobre el pecado y la muerte, debemos comprometernos cada vez más en una vivencia y anuncio coherente del precioso don que hemos recibido.

Citas para la Oración

Ser coherentes con nuestra fe: Stgo 2,14-24.

La fe la recibimos: Rom 10,14-17; Lc 17,5; Ef 4,21.

Dimensión comunitaria de la fe: Hech 2,42-47, Heb 10,24-25.

La Iglesia es Cuerpo de Cristo: 1Cor 12,12-30; Rom 12,4-5.

Confesar lo que creemos: Rom 10,10.

Preguntas para el Diálogo

  1. ¿Cuánta atención prestas al rezar el Credo?
  2. ¿Cómo entiendes la "dimensión eclesial" de la fe?
  3. ¿Por qué es importante comprender que la fe la hemos recibido?
  4. ¿Cómo ilumina el Credo tu vida cotidiana?

Descargar Trabajo de Interiorización.

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