233. ¿DEBO DAR TESTIMONIO DE MI FE PÚBLICAMENTE?

En nuestra vida de encuentro con el Señor Jesús tenemos ciertos momentos que nos llenan de alegría donde, de algún modo, nos es connatural la vivencia de la fe: durante la oración, en la Santa Misa, cuando realizamos una obra de caridad, en el apostolado. La vida cotidiana, sin embargo, nos presenta también muchas ocasiones que nos ponen a prueba. Son aquellos momentos donde no es tan sencillo mantener un testimonio claro y firme de aquello en lo que creemos. A veces es tan solo la rutinización de nuestra vida de fe, o a veces son obstáculos externos, como la oposición de personas cercanas o dificultades en el lugar donde trabajamos. También existen obstáculos internos, como por ejemplo el miedo al qué dirán los demás si manifestamos de modo visible nuestras convicciones religiosas y nos identifican como cristianos. Ciertamente esto no es una historia nueva en la vida de la Iglesia, pues todos los cristianos experimentamos en algún momento, frente a estos retos, la necesidad de una cierta fortaleza especial para poder dar un testimonio genuino de lo que creemos y vivimos. El apóstol San Pedro, por ejemplo, experimentó en su propia vida esta dificultad. Él negó tres veces al Señor en público en el momento crucial de la Pasión. Luego, sin embargo, no sólo afirmó tres veces su amor por el Señor ante los discípulos, sino que fue capaz de seguir a Cristo incluso hasta el martirio.

La importancia del testimonio cristiano

Es verdad que en muchas ocasiones el mejor apostolado que podemos hacer es el sencillo testimonio de una vida de fe coherente y comprometida. Predicar con el ejemplo es una forma hermosa de manifestar la presencia de Dios y su centralidad en nuestra vida. Sin embargo, como bautizados en Cristo, estamos llamados no sólo a dar testimonio -en cierto sentido "pasivo"- de la fe con nuestra vida, sino también a una proclamación más activa de la Buena Nueva al mundo. El Papa Francisco afirmaba al respecto que la responsabilidad de dar testimonio público es «para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios?».

Recordemos, además, que con el Sacramento de la Confirmación se perfecciona en nosotros el don del Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo, capacitándonos para dar un mejor testimonio de Cristo con la palabra y con la vida. El «Espíritu Santo -señaló el Beato Juan Pablo II en una ocasión- infunde en el hombre el valor necesario para profesar la fe en Cristo. Profesar esta fe significa (...) difundirla y defenderla por la palabra juntamente con las obras, como testigos coherentes y fieles».

Ser discípulos de Cristo nos compromete de verdad. La adhesión auténtica y sincera al Señor Jesús siempre exigirá de nosotros una respuesta  total. La vida de la Iglesia está llena de heroicos testimonios de hombres y mujeres que han sido capaces de seguir a Jesús, incluso hasta  frecer la propia vida. A casi dos mil años de los primeros mártires cristianos, hoy siguen iluminando la vida de la Iglesia «numerosos cristianos que en este momento dan testimonio del nombre de Jesús incluso hasta el martirio».

Mi propio testimonio público de la fe

La radicalidad de los grandes santos, y los hermosos testimonios de su adhesión a la fe nos hacen pensar en nuestra pequeñez y limitación. Quizás eso nos pueda hacer dudar del valor y significado de nuestro propio testimonio de fe o pensar que basta con vivir la fe de modo privado, sin hacerlo evidente a los demás. Incluso nos podemos preguntar si lo que yo haga o no haga realmente hará alguna diferencia en la vida de la Iglesia.

La respuesta es que definitivamente sí hace una gran diferencia, por más pequeño que uno considere el aporte que pueda dar. Un famoso predicador estadounidense ponía este ejemplo que puede ilustrar nuestra reflexión: si una noche un estadio lleno de gente se queda de improviso sin luz eléctrica habrá una gran oscuridad. Sin embargo, ¿qué pasaría si una persona enciende una pequeña luz -un fósforo, la linterna de su teléfono o un encendedor - y su acción "contagia" a otro y a otro...? Al cabo de unos momentos la
suma de las "pequeñas" luces hará retroceder a la oscuridad. Uno solo probablemente no haría mucha diferencia, pero si uno no comienza tal vez el otro no se anime y se encienda una cadena.

En la Carta Apostólica con la que el Papa Benedicto XVI convocó al Año de la Fe se nos daba una clave que nos ayuda a comprender la necesidad de no sólo creer en la mente y en el corazón, sino también de vivir en la acción aquello que creemos: «Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y este "estar con Él" nos lleva a comprender las razones por las que se cree». La fe es la adhesión personal y comunitaria a Dios que sale a nuestro encuentro. Esa adhesión involucra a todo nuestro ser, pues no sólo creemos con la mente, sino que debemos amar aquello
que creemos con el corazón y debemos vivirlo en cada una de nuestras acciones concretas.

Cada uno de nosotros, según nuestros dones y posibilidades, puede encontrar el modo de vivir esta dimensión apostólica. Es muy cierto, como explicaba el Papa Francisco, que «el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad». El Señor puede transformar lo poco que a nuestros ojos hacemos para multiplicarlo de modo insospechado, dándole frutos apostólicos de modos que nosotros no podemos ni imaginar. Una palabra nuestra en el momento adecuado, que quizás nos parezca poca cosa o muy sencilla, puede obrar por gracia de Dios frutos inesperados en un corazón necesitado.

El dato imprescindible para dar un testimonio coherente

Mi testimonio público es, entonces, fundamental. Lo es particularmente hoy cuando vemos que en muchos países y ámbitos de la vida social se quiere negar al Señor o relegarlo a lo privado. Lo vemos, por ejemplo, cuando se quiere evitar cualquier manifestación pública de fe, o cuando en las leyes o las costumbres se niega cualquier vínculo con Dios. Precisamente en circunstancias como las que vivimos hoy se hace más necesario el anuncio explícito del Evangelio. En este esfuerzo hay algo que nunca podemos olvidar: no sólo tenemos el llamado del Señor a ser cristianos que den testimonio de su fe, sino que Él mismo sale a nuestro encuentro y nos da la fuerza necesaria para el camino. Ser cristiano muchas veces significará caminar contra la corriente. Es verdad que eso puede darnos cierto temor, puede darnos cierta incertidumbre e inseguridad, pero no podemos olvidar que el Señor nos dijo: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». Solo será posible nuestro testimonio valiente «si reconocemos a Jesucristo, porque es Él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a Él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado».

Esto es clave para nuestro caminar: mantenernos unidos a Jesús, como el sarmiento se mantiene unido a la vid. En eso radicará nuestra fidelidad, y también nuestra felicidad. Será Él quien nos dará «el valor para caminar contra corriente. Escuchen bien jóvenes: ir contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hace falta valor para ir contra corriente. Y Él nos da esta fuerza. No hay dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le hacemos cada vez más espacio en nuestra vida».

Citas para la oración

Condiciones para seguir a Jesús:  Lc 9,23-26; Mt 10,38-39.

Dificultades ante el mundo: Jn 16,33; Jn 13,36-38 y 18,12-24.

Mantenernos unidos a Jesús: Jn 6,60ss; 15,1-8.

El testimonio y la esperanza en Cristo: 1Jn 2,14; Mt 28,19-20.

Dar razón de nuestra esperanza: 1Pe 3,15.

Preguntas para el díalogo

  1. ¿Sabe tu familia, tus amigos, donde trabajas o estudias, que eres una persona cristiana y que quieres ser coherente con tu fe?
  2. ¿Buscas dar un testimonio de vida cristiana en las circunstancias concretas de tu vida?
  3. ¿Eres consciente de las dificultades que se presentan en tu vida para dar un testimonio público de la fe?
  4. ¿Anuncias explícitamente al Señor a las personas con las que vives, trabajas, estudias? piensas de esta sentencia?

Descargar Trabajo de Interiorización.

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