237. ¿LA FE SE OPONE A LA CIENCIA?

¿La fe se opone a la ciencia?

¿Existe un conflicto irreconciliable entre la fe y la ciencia?  ¿realmente se oponen?  Seguramente muchas veces hemos escuchado o nos hemos hecho esta interrogante.  Basta seguir las informaciones periodísticas o académicas para notar cómo incluso se insiste en que la actitud “correcta” para un científico es descartar la “hipótesis de Dios”. 

Para muchos hoy la fe y la ciencia son fundamentalmente incompatibles.  «En la cultura contemporánea —dice el Papa Francisco— se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida.  Hoy parece que ésta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos»1.

La Iglesia, sin embargo, ha sostenido de diversas maneras que una oposición entre la fe y la ciencia es falsa, y por el contrario destaca «la armonía existente entre la verdad científica y la verdad revelada»2.  En nuestro tiempo, escribía el Papa Benedicto XVI «la fe está sometida, más que en el pasado, a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos.  Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad»3.

Miremos la historia

Las palabras del Papa Francisco y Benedicto XVI no son una novedad en la enseñanza de la Iglesia.  Muchos hombres de Iglesia se han apoyado en la ciencia o han realizado grandes aportes en este campo sin dejar de ser hombres de fe.  Pocos conocen, por ejemplo, a San Isidoro de Sevilla, quien en el siglo VII escribió una obra titulada Etimologías, considerada la primera enciclopedia de la cultura occidental con temas como medicina, geografía y arquitectura, entre otros.  Menos, quizás, conocen al Papa Silvestre II —Gerberto de Aurillac— (938-1003 d.C.), conocido en el mundo científico por haber introducido en occidente el sistema métrico decimal y el cero. 

Al llegar al Renacimiento, el nombre de Nicolás Copérnico —tan importante en el mundo de la astronomía— es el nombre de un eclesiástico polaco.  En este mismo ámbito uno de los centros astronómicos más antiguos del mundo, el Observatorio Vaticano, fue fundado por el Papa León XIII en 1891, y sigue siendo uno de los institutos científicos más prestigiosos y rigurosos del mundo.  En otro campo distinto podemos recordar también que las bases de la genética moderna se encuentran en los trabajos de Gregor Mendel (1823-1884), un monje agustino.  En el siglo XX, el abate George Lemaître (1894-1966), sacerdote belga, fue el primero en proponer la hipótesis de la Gran Explosión (Big Bang), como una posible explicación del origen temporal del universo.

Los señalados son tan solo algunos ejemplos para resaltar que para el creyente no hay una oposición entre la fe y la ciencia cuando ésta es rectamente entendida y no asume un rol totalizador como quieren muchos “científicos” modernos.  Quizás estamos acostumbrados a un tipo de ciencia que ha llevado a la exclusión de Dios porque se entiende como un tipo de conocimiento que sólo acepta lo medible.  Para personas como Copérnico, Mendel o Lemaître, Dios, infinitamente inteligente, creó el mundo dándole un orden natural según leyes, un orden que el hombre es capaz de descubrir utilizando su razón.  En este sentido, fueron personas de un sentir y aproximación auténticamente cristiana quienes contribuyeron a poner los pilares de la ciencia moderna.

Armonía entre fe y ciencia

Siempre ha extrañado a los historiadores que la ciencia experimental no se desarrollase mucho en culturas tan importantes como Grecia, Roma o más aún la China.  Recién cobrará un empuje definitivo en Europa, cuyas raíces son cristianas.  Ninguna otra cultura, ni siquiera la antigua Grecia, que alcanzó logros admirables en la matemática, ha producido algo comparable a la ciencia moderna.  Para que ésta surja, es necesaria la convicción de que el mundo es racional, está impregnado de una racionalidad (logos) y no de caos, que la materia es buena, y se comporta según leyes estables, sin estar sujeta al capricho de espíritus o demonios.  Esta perspectiva es propia del cristianismo que fue purificando muchas visiones erradas acerca de Dios y del mundo.

De hecho, desde la reverencia ante la maravilla que nos rodea, las preguntas sobre el Universo nos pueden acercar a Dios.  Todas las personas contemplamos el firmamento, cuyo fino ajuste y entramado permite el desarrollo de la existencia en nuestro planeta, particularmente de la vida inteligente.  Comprobamos que la materia se comporta de manera ordenada y que está regida por leyes físicas.  Ello nos habla de un orden y causalidad que hacen posible la investigación científica.  Dicho ordenamiento proviene de una inteligencia mayor, sublime, enunciada por la teología natural o teodicea, estudiada por filósofos pre-cristianos como Platón y Aristóteles, y en quien la teología y la revelación judeo-cristiana reconocen a Dios.

La reflexión sobre la vida humana nos conduce a dudar radicalmente de que los seres humanos sean producto de la casualidad evolutiva, inclinándonos a creer, más bien, en un Dios creador.  Todo el entramado de posibilidades cósmicas armonizadas en la vida humana y en la creación de manera tan maravillosa nos conducen a ese Ser bueno, inteligente y ordenador.  Los ritmos cardiacos y la respiración, los finos procesos cerebrales y neurológicos, nuestro sistema digestivo, la integración entre el espíritu, la mente y el cuerpo, etc., desafían fuertemente la posibilidad de que seamos fruto del caos evolutivo.  Cuando se sostiene que la vida inteligente es resultado de la casualidad se relativiza el propósito de la existencia humana, despojando al mundo de un sentido inherente para contribuir a la vida. 

Fe y razón: dos alas para alcanzar la verdad

La Iglesia describe la fe y la razón como «las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad»4.  El Papa Benedicto XVI solía repetir que la verdad no debe temer a la verdad.  A pesar de un pasado donde ocurrieron innegables tensiones por episodios de mutua incomprensión, la Iglesia no teme los descubrimientos científicos.  Benedicto XVI, por el contrario, hacía referencia a «la reciprocidad fecunda entre la ciencia y la fe»5.  Ambas comparten el intenso impulso de búsqueda, indagando y preguntándose sobre el “¿cómo?” y el “¿por qué?”, respondiendo cada una desde sus ámbitos propios.  Ambas parten también de un anhelo que nos impulsa a mirar más allá de lo visible y de lo medible, para comprender el mundo que nos rodea.

La fe y la razón, así como la ciencia, nos llevan a descubrir la verdad sobre Dios, sobre el mundo y sobre nosotros mismos.  No puede, por tanto, existir una oposición real entre ellas, pues se trata de alcanzar la misma realidad.  La armonía supone comprender que todo lo que nos rodea es creación de un único Dios, y por tanto todo conocimiento auténticamente científico no puede oponerse a Él. 

La luz de la fe, decía el Papa Francisco, «es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús.  Ilumina incluso la materia, confía en su ordenamiento, sabe que en ella se abre un camino de armonía y de comprensión cada vez más amplio.  La mirada de la ciencia se beneficia así de la fe: ésta invita al científico a estar abierto a la realidad, en toda su riqueza inagotable.  La fe despierta el sentido crítico, en cuanto que no permite que la investigación se conforme con sus fórmulas y la ayuda a darse cuenta de que la naturaleza no se reduce a ellas.  Invitando a maravillarse ante el misterio de la creación, la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia»6.

CITAS

1Francisco, Lumen fidei, 25.

2Juan Pablo II, Discurso, 10/11/1979. 

3Benedicto XVI, Porta fidei, 12.

4Juan Pablo II, Fides et ratio, 1.

5Benedicto XVI, Discurso, 3/5/2012. 

6Francisco, Lumen fidei, 34.

 

CITAS PARA MEDITAR

 

Maravillarnos con la creación, signo del amor de Dios: Sal 8,4-5, Jn 3,16.

No hay que temerle a la verdad: Jn 8,32.

La fe posee una racionalidad; su objeto no es atribuirle a Dios todo aquello que la ciencia no puede explicar: Heb 11,1.

San Pablo recomienda la investigación, para quedarse con lo bueno y rechazar lo malo: 1Tes 5,21-22.

 

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. Cuándo iniciaste la lectura del texto, ¿creías que la fe se oponía a la ciencia; o que una no tenía nada que decirle a la otra?
  2. ¿Qué tan valioso crees que es para el método científico que los antiguos investigadores hayan asumido las enseñanzas de la Sagrada Escritura que en el cosmos exista un orden y causalidad que hacen posible la investigación científica?
  3. ¿Por qué crees que el Magisterio de la Iglesia insiste en que la ciencia debe asumir una ética, y que no se puede marginarse de la moral?
  4. ¿Podrías explicar en tus palabras por qué la fe no se opone a la ciencia?

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