241. LA PRESENCIA DE DIOS

Hemos venido reflexionando en el conocimiento como parte de la escalera espiritual que San Pedro nos propone para alcanzar la perfección de la caridad1.  Para poder interiorizar esa “ciencia de los santos” que nos ayuda a vivir iluminados en todo momento por la fe, procurando desde ella discernir las situaciones concretas de nuestra vida, contamos con una serie de medios espirituales.  En los siguientes números de Camino hacia Dios iremos presentando algunos de estos medios que pueden sernos de ayuda en nuestro combate por responder con generosidad al llamado que Dios nos hace a ser santos.  Comenzamos en este número con el ejercicio de la presencia de Dios.

Con frecuencia en nuestra vida cotidiana nos vemos envueltos en un ritmo acelerado de vida, jalonados por muchas urgencias y exigencias que demandan nuestra atención.  Tal vez hemos tenido más de una vez la experiencia de llegar al final del día y de pronto tomar consciencia de que, en la práctica, Dios ha estado ausente de nuestra jornada.  ¿Cómo hacer vida el conocimiento del que nos habla San Pedro si nos es tan difícil incluso acordarnos de Dios en medio de nuestras actividades cotidianas?  Precisamente, ejercitarnos en la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana es una manera de enfrentar ese desafío. 

El Señor le dijo a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto»2.  Frente al divorcio entre la vida de fe y la vida cotidiana que descubrimos con frecuencia, el Señor nos invita a caminar en su presencia, reconciliando la fe que profesamos y la vida cotidiana, comprendiendo que la vivencia de la fe es integral, es decir, que abarca todos los ámbitos de nuestra vida.  En el fondo, si lo pensamos con detenimiento, cuando tal divorcio ocurre es porque —aunque no lo hagamos intencionalmente— nos hemos olvidado de Dios.  El ejercicio de la presencia de Dios constituye, pues, un excelente medio para alimentar esa relación personal con el Señor en medio de nuestras actividades y para buscar ese “conocimiento práctico” que nos ayuda a iluminar nuestra existencia con la luz de la fe en Cristo de modo que procuremos vivir siempre de acuerdo al Plan de Dios.

Dios-con-nosotros 

La consideración de la presencia de Dios en nuestras vidas nos lleva a renovarnos en la consciencia de que el Señor nos acompaña siempre ya que «no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en Él vivimos, nos movemos y existimos»3.  Hay, pues, un acto de fe de por medio.  No se trata de hacer como si Dios estuviera presente, o de pretender que Él está presente, sino de creerlo, de creer en su Palabra.  El salmo 138 es un hermoso testimonio de esta realidad que nos puede ser de gran ayuda meditar.  En última instancia, hay que creerle al mismo Señor Jesús que nos prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo4.

Pero Dios no está presente como un observador situado cómodamente fuera de este mundo, ajeno a nuestra realidad concreta cargada muchas veces de dificultades.  Su presencia no es desinvolucrada —como la de un simple observador—.  Su amor por nosotros es tan grande que se ha comprometido con nosotros de verdad.  En este sentido, vale la pena meditar estas palabras del Papa Francisco: «Dios quiso compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una cosa sola con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios.  Pero hay algo aún más sorprendente.  La presencia de Dios en medio de la humanidad no se realiza en un mundo ideal, idílico, sino en este mundo real, marcado por muchas cosas buenas y malas, marcado por divisiones, maldad, pobreza, prepotencias y guerras.  Él eligió habitar nuestra historia así como es, con todo el peso de sus límites y de sus dramas.  Actuando así demostró de modo insuperable su inclinación misericordiosa y llena de amor hacia las creaturas humanas.  Él es el Dios-con-nosotros; Jesús es Dios-con-nosotros.  ¿Creéis vosotros esto?»5.

Creemos que Jesús es en verdad Dios-con-nosotros, que Él nos acompaña y sostiene en todo momento y circunstancia, y que siempre está a la puerta de nuestro corazón invitándonos a la comunión6.  Sobre ese fundamento de nuestra fe es que buscamos construir el ejercicio de la presencia de Dios. 

El maestro Alonso Rodríguez dice que San Bernardo enseñaba que «así como no hay punto ni momento en el cual el hombre no goce de la bondad y misericordia de Dios, así no ha de haber punto ni momento en el cual no tenga a Dios presente en su memoria»7.  Abrir nuestra mente, nuestro corazón y nuestras acciones a la presencia de Dios es, pues, una manera concreta de responder al amor que Dios nos tiene.

Un ejercicio espiritual

La presencia de Dios es un ejercicio espiritual.  ¿Qué significa esto?  Significa que es una manera concreta, que podemos cultivar día a día, de responder a la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro y nos invita a relacionarnos con Él en medio de nuestras diversas actividades (trabajo, estudio, vida familiar y social, movilizaciones, etc.).  No se trata, pues, de relacionarnos con Dios sólo en los momentos fuertes de oración —que ciertamente son muy importantes— sino de que toda nuestra vida se desarrolle en presencia del Señor.  En tal sentido, el salmista nos exhorta: «Recurran al Señor y a su fuerza, busquen continuamente su Rostro.  Recuerden las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca»8.  De esta forma, podemos vivir sin perder la centralidad que el Señor debe tener en nuestra existencia, ni la luz que Él nos ofrece para iluminar y discernir las diversas situaciones que cotidianamente nos toca enfrentar. 

Esta consciencia de que Dios está presente en nuestra vida nos impulsa a buscarlo constantemente, como lo expresa también el salmista: «Tu Rostro, Señor, es lo que busco»9.  Y ello nos lleva a realizar actos —e ir forjando hábitos— concretos que, bajo el suave soplo del Espíritu, permitan que nuestra vida entera se desarrolle en comunión con Dios Amor, en su presencia, según su Plan.  Se trata, pues, de ejercitarnos en actos, sencillos y quizá pequeños, que eleven nuestro corazón a Dios y que nos permitan vivir aquello que enseñaba San Gregorio con una sugestiva figura: «hemos de acordarnos de Dios más que de respirar»10

Algunos medios

¿Cómo hacer concreto este horizonte?  Por un lado, ante las diversas situaciones que cotidianamente se nos presentan, será de mucho provecho preguntarnos: ¿Qué haría el Señor Jesús en esta situación?  ¿Qué pensaría?  ¿Qué sentiría?  O en el caso de un hecho ya ocurrido, ¿Qué hubiera hecho el Señor?, ¿qué hubiera pensado?, ¿qué hubiera sentido?  Para ello es fundamental que conozcamos cada vez más a Jesús, lo que Él nos enseña en el Evangelio, de manera que, poco a poco, podamos ir conformando nuestra mente a la mente de Cristo11, configurando nuestro corazón según su Sagrado Corazón y actuando según sus enseñanzas.

Por otro lado, nos ejercitaremos en la presencia de Dios en la medida en que nos habituemos a ofrecerle las cosas que hacemos, en que lo hagamos partícipe de nuestra vida.  En las cosas más sencillas y en las más complejas, en nuestras alegrías y dolores, Dios quiere acompañarnos y nos invita a permanecer en Él.  Por ello, desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, comenzando y terminando el día con una oración al Señor, «cualquier cosa que hagan, sea de palabra, sea de obra, háganlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, dando gracias por Él a Dios Padre»12

La dinámica de constante oración que nos propone San Pablo ciertamente reclama momentos fuertes de oración.  En ellos se nutre la presencia de Dios que, como un manto, debe cubrir toda nuestra existencia.  Para ello puede sernos de mucha ayuda el tener algunos “recordatorios” que en medio de nuestras actividades, en diversos momentos de la jornada, nos permitan elevar nuestra mente a Dios y hacer memoria de su presencia, de modo que nuestra vida esté efectivamente iluminada por el Evangelio.

No nos debe pasar desapercibido que para los combates que diariamente libramos contra el enemigo y contra nuestro hombre viejo, tenemos en el ejercicio de la presencia de Dios un escudo fortísimo.  La memoria de Dios aleja el pecado, decían los padres del desierto, y enseñaban a responder a la invitación del Señor a orar siempre y sin desfallecer13 por medio de la repetición de jaculatorias (oraciones breves o citas bíblicas) durante la jornada.

El ejercicio de la presencia de Dios es fuente de paz y alegría en medio de las diversas circunstancias de nuestra vida.  Centrados en el Señor somos capaces de tener la apertura de corazón para acoger y responder a su Plan, de discernir en el Espíritu, de sobrellevar las dificultades con mortificación cristiana, de rezar con el salmo: «Me mostrarás la senda de la vida.  En tu presencia, Señor, hay plenitud de gozo»14.  Otra es la experiencia interior del necio e insensato que dice en su corazón “no hay Dios”15, pues como tierra seca es incapaz de dar fruto.  Y es que así como tenemos necesidad de respirar para mantenernos vivos, tenemos necesidad de acudir a Dios con la oración constante para mantener encendido nuestro ardor por la santidad y nuestro empeño por responder día a día a su Plan de amor.

Citas

1Ver Camino hacia Dios nn. 239 y 240.

2Gén 17,1.

3Hch 17,28.

4Ver Mt 28,20.

5Francisco, Audiencia general, 18/12/2013.

6Ver Ap 3,20.

7Alonso Rodríguez, Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Ed. Testimonio, Madrid 1985, p. 388.

8Sal 104,4-5.

9Sal 26,7-8.

10San Gregorio Nacienceno, Cinco discursos teológicos, Ciudad Nueva, Madrid 1995, p.  80.

11Ver 1Cor 2,16.

12Col 3,17.  Ver también 1Cor 10,31.

13Ver Lc 18,1.

14Sal 15,11.

15Sal 9,25; 13,1.

Citas para la oración

  1. Viviendo en presencia de Dios se alcanza la felicidad: Sal 15,11.
  2. El pecado nos hace ocultarnos de la presencia de Dios: Gén 3,8-10; 4,13-14.
  3. Llamados a ser santos en presencia de Dios: Ef 1,3-6; Col 1,21-22.
  4. El Señor nos envuelve con su presencia: Sal 138,1-10
  5. Buscar hacer todo en presencia de Dios: 1Cor 10,31; Col 3,17. 
  6. En Dios vivimos, nos movemos y existimos: Hch 17,28.
  7. El Señor resucitado nos ha prometido su continua Presencia: Mt 28,18-20.
  8. Permanecer en Dios implica vivir como Él vivió: 1Jn 2,3-6.

Preguntas para el diálogo

  1. ¿Eres consciente de que Jesús es Dios-con-nosotros, que está presente en todo momento y que quiere ser parte de tu vida?
  2. ¿Cómo te ayuda el ejercicio de la presencia de Dios a vivir el conocimiento de la Escalera espiritual de San Pedro?
  3. ¿Por qué la presencia de Dios te puede ayudar a superar la ruptura entre fe y vida cotidiana?
  4. ¿Cuáles son los mayores desafíos que descubres para vivir en presencia del Señor?
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