243. LA CONFIANZA EN DIOS Y LA SANA DESCONFIANZA DE UNO MISMO

Confiar en Dios y desconfiar sanamente de uno mismo son dos medios que nos ayudan a vivir la gnosis (conocimiento) a la cual nos invita el Apóstol San Pedro en su escalera espiritual.  Son dos hábitos necesarios para el buen combate espiritual en nuestro camino hacia la santidad. 

Dios es digno de toda confianza

En primer lugar, hemos de confiar en Dios.  ¿Por qué?  Porque Dios es digno de toda nuestra confianza, tan sólo por el hecho de ser Él quien es.  Dios es la Verdad, que no se engaña y no nos engaña.  Él es todopoderoso y creador de todas las cosas, providente, clemente y misericordioso, paciente y amable para con nosotros1.  Dios se preocupa por su creaturas y quiere lo mejor para ellas, e incluso cuando le somos infieles, Él sigue siendo fiel a nosotros.  En efecto, el origen del mal reside en el corazón del que desconfía de Dios.  La desconfianza en Él nos conduce a desobedecer sus mandatos, al pecado y, como consecuencia, a vivir lejos de Él, lejos de quien es para nosotros el fundamento de nuestra existencia y felicidad2. 

En cambio, quien conoce a Jesucristo conoce al Padre y al Espíritu Santo3.  Descubre que Dios es Comunión de Amor, que todo en Él es bueno, y que todas sus decisiones y obras son buenas4.  Descubre que Él es el Señor de la Misericordia que constantemente nos invita a la Reconciliación.  Quien realmente conoce al Señor Jesús se ve impulsado por el Espíritu a exclamar: ¡en ti confío, Señor!5.  En resumen: quien conoce a Dios, confía en Dios.  Por eso, la confianza en Dios es una virtud que se relaciona con la gnosis, con el conocimiento del que nos habla San Pedro. 

Confiar como Cristo nos enseña a confiar

Sabemos que el conocimiento cristiano no es sólo conocer a Cristo, sino también tener «la mente de Cristo»6, pensar como Cristo, para vivir como Él vivió.  En efecto, todo en la vida de Cristo estuvo en referencia a su Padre Eterno7.  Él fue enviado por el Padre y vino a llevar a cabo su obra; vivió en una comunión total de voluntad con el Plan del Padre; incluso en el momento más angustiante y difícil de su misión, el de su Pasión y Muerte, Jesús se entregó con total y absoluta confianza en las manos del Padre pues sabía que nunca lo abandonaría y que la Cruz era el camino para la gloria8.  En la Última Cena, Jesús no sólo ofrece un sacrificio que anticipa su muerte, sino que también celebra y da gracias por la victoria: su Resurrección9.  El amor de Dios por cada uno de nosotros, que se manifiesta de modo sublime en la entrega del Señor Jesús en la Cruz, es también motivo para una total confianza en Él. 

La confianza de Cristo en el Padre y en su Plan de reconciliación es modelo para nosotros.  Quien ama a Dios, confía en Él en todo momento.  Y a eso nos anima Jesús, cuando nos promete que si perdemos nuestra vida por Él, la ganaremos; cuando nos promete el ciento por uno incluso en medio de los sufrimientos10.  Santa María es también modelo de esa confianza en Dios por encima de lo que a veces nuestra razón humana no alcanza a comprender.  Así lo vemos, por ejemplo, en el momento del Fiat, como también durante los momentos más difíciles de la Pasión y Muerte de su Hijo.

Desconfiar de nosotros mismos 

En segundo lugar, hemos de desconfiar de nosotros mismos.  ¿Por qué?  Porque a diferencia del Creador, nosotros, seres creados, no somos perfectos.  ¡Qué difícil nos resulta muchas veces comprender esa realidad y aceptar nuestras naturales limitaciones!  Por el contrario, nuestra vanidad y orgullo nos hacen pensar frecuentemente: “sólo yo tengo la razón”, “no me equivoco”, “yo primero”, “lo que importa es lo que a mí me parece o me gusta”, etc.  Ante un mundo que propaga esa mentalidad, los cristianos debemos poner en cuestión qué tan evangélicos son esos pensamientos.  ¿No estamos invitados a ser signos de contradicción y a dar testimonio de que nuestra seguridad está puesta en Dios Amor y de que no la tenemos puesta ni en nosotros mismos ni en las seguridades que el mundo nos ofrece? 

En efecto, en una sociedad que muchas veces enaltece la “confianza en uno mismo por encima de todo”, hablar de la desconfianza en uno mismo ciertamente puede sonar como algo ajeno a la mentalidad común o incluso anacrónico.  Vivimos en una cultura que rinde culto al éxito, a la búsqueda y consecución de logros.  La competitividad es muy fuerte y si alguien quiere triunfar no puede quedarse atrás.  Detrás de estos patrones de acción muchas veces se esconde un ideal perfeccionista que, de diversos modos, nos hace creer que uno vale por lo que hace, por lo “bien que haga las cosas”, y no tanto por quién es como persona. 

Ciertamente no hay problema alguno en querer hacer las cosas bien.  El asunto está en no confundir los planos y pretender construir nuestra vida sobre pilares que a la larga se muestran de barro, inconsistentes.  La “confianza en uno mismo” es algo bueno siempre y cuando se desarrolle en referencia a un horizonte mayor, en apertura a Dios y a nuestros semejantes, de modo que se sustente en la verdad sobre nosotros mismos.  Otro es el panorama si es que somos autorreferentes y buscamos convencernos del valor propio sin una referencia más allá de nosotros mismos.  Pierde entonces todo valor la pregunta sobre nuestro origen, nuestra identidad y nuestro llamado a vivir en gracia y en verdad para dar lugar a la búsqueda de autoestima —una palabra muy de moda que ya de por sí parecería querer fundar nuestro valor exclusivamente en nosotros mismos— desde una perspectiva orientada con frecuencia al “éxito” entendido sólo en parámetros económicos, de bienestarmaterial, como si la “calidad de vida”se midiera solamente bajo el tener, el poder o el poseer placer. 

Una vida construida bajo esos parámetros ciertamente dista mucho del mensaje de Cristo en el Evangelio, que nos advierte: «Necio, esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?»11.  La realidad es que todo en esta vida es pasajero.  La sabiduría de Israel ya lo había comprendido y enseñado: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad»12.  Cuando la confianza en uno mismo se “emancipa” de Dios, tarde o temprano se desvirtúa.

Como decíamos, no es que esté necesariamente mal el anhelar la excelencia de nuestras capacidades, buscando “hacer las cosas bien” y siempre mejor.  El problema está en la idolatría de esa perfección mundana.  Como discípulos de Jesús estamos invitados a buscar antes que nada la perfección de la caridad, de modo que abunden en nosotros «la gracia y la paz mediante el conocimiento de Dios y de Jesús, Nuestro Señor»13.  En ese sentido, el mismo Cristo nos llama a ser «perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»14.  Sólo es posible responder a dicho llamado desde una vida en la gracia, lo cual implica mucha confianza en Dios y una sana desconfianza en uno mismo.

Sanamente 

¿Por qué hablamos entonces de una sana desconfianza de uno mismo?  Porque así como existe la confianza en uno mismo sin Dios, existe también la otra cara de la moneda: la desconfianza desmedida en uno mismo, es decir, malsana.  El vivir de una manera infantil, sin confiar que podemos caminar con las propias piernas, incapaces de opciones propias y de asumir responsabilidades duraderas no es lo que Cristo nos pide cuando nos dice que hay que ser “como niños” para entrar al Reino de los Cielos15.  Tenemos las capacidades y la dignidad que Dios nos ha dado, y Él mismo nos invita a ser responsables en el ejercicio de nuestra libertad.  Al mismo tiempo, no podemos perder de vista que muchas veces nos equivocamos, que somos frágiles y pecadores, que necesitamos de Dios y de la ayuda de nuestras hermanas y hermanos.  La sana desconfianza se funda, en síntesis, en el realismo y la humildad. 

Ejercitarnos tanto en la confianza en Dios como en una sana desconfianza de uno mismo nos ayuda a “añadir a la virtud, el conocimiento”, como nos invita San Pedro16.  Ese ejercicio nos brinda, además, dos importantes claves para el discernimiento del Plan de Dios en nuestras vidas: lo que Dios es capaz de hacer, y lo que uno mismo es capaz de hacer.  Confiemos en Dios, pues conocemos quién es Él.  Ese ejercicio nos llevará a una sana desconfianza en nosotros mismos, pues sabemos de qué barro somos hechos17.  Y vice-versa: desconfiemos sanamente de nosotros mismos, porque eso nos ayudará a ser más humildes y sencillos, y a mirar a Dios con un corazón más confiado, como lo hizo siempre nuestra Madre Santa María.  De ese modo, además, alcanzaremos —de la mano de Dios y como lo hizo María— grandezas insospechadas. 

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  • ¿Cómo es tu confianza en Dios?  Esa confianza, ¿brota de una idea vaga que tienes de Dios, o del conocimiento que Él te da?
  • ¿Cómo es la relación de confianza entre Jesús y su Padre?  ¿Es ese el horizonte de la confianza que deseas vivir?
  • ¿Presumes o desconfías de ti mismo?  ¿Cómo es esa desconfianza: sana o malsana?

CITAS

1Ver Sal 86,5.

2Ver Gén 3,1ss.

3Ver Jn 14,7.17.

4Ver Gén 1,31.

5Ver Sal 13,6; 25,2; 31,15; 56,5.12; 91,2; 143,8; Jn 9,24.38; 11,27.

61Cor 1,12.

7Ver Jn 4,34.

8Ver Jn 24,7.

9Ver Lc 22,19-20.

10Ver Mt 10,38; Mc 10,29-30; Jn 12,25.

11Lc 12,20.

12Ecle 1,2ss.

132Pe 1,2.

14Mt 6,1.

15Ver Mc 10,14.

16Ver 2Pe 1,7.

17Ver 2Cor 4,7.

CITAS PARA MEDITAR

  • Confiar en el Señor: 2Cró 20,20-21; 2Mac 8,18; Sal 47,7; 118,8-9; 146,3-7; 1Jn 5,14
  • En medio de las tribulaciones: Tob 5,10; 11,11-12; Sal 22,10-12.24-32; Jr 17,7-8; 2Cor 1,8-11; Heb 10,35-39
  • Confianza y conocimiento: Sab 3,9; Eclo 33,3; Flp 3,8-11;
  • Sana desconfianza en uno mismo: 2Cor 3,4-5; 9,3-11; Flp 3,3-4.

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