|
No es novedad para nosotros reflexionar sobre lo que Juan Pablo II ha llamado
"nostalgia de reconciliación" (RP, 3). Hacerlo se torna tanto más necesario
cuanto más conciencia tomamos de nosotros mismos y de nuestra misión.
El don de la reconciliación que nos trae el Señor Jesús viene a
nosotros como la respuesta necesaria a nuestros anhelos más profundos. Frente a
la inseguridad sobre nuestra propia identidad, frente a nuestro desorden
interior, que nos hunde cada vez más en la mentira existencial, frente a
nuestra poca capacidad de autoposeernos, y a la consecuente mezquindad de
nuestra entrega, frente a todos los obstáculos que entorpecen el recto
despliegue de nuestros dinamismos fundamentales más auténticos, Cristo
Reconciliador viene a revelarnos plenamente quiénes somos y a qué estamos
invitados (Gaudium et Spes, 22). El "es el camino para que el hombre se
encuentre a sí mismo. La revelación que nos trae, y su sacrificio
reconciliador, trazan los puentes que nos permiten volver a la comunión con el
Padre y participar en la comunión divina de amor". (HR, 136). Él realiza
nuestra reconciliación (Rom, 5, 10), abriendo nuevamente para nosotros el
camino hacia la plenitud de la participación y de la comunión en el Amor.
UN MUNDO EN CRISIS
La riqueza que el dinamismo reconciliador nos ofrece evidencia
en todo su dramatismo "la existencia de numerosas, profundas y dolorosas
divisiones" (RP, 1). De hecho, la nota característica de la crisis que nos ha
tocado vivir parece ser la división. Lo vemos en todos los planos: en la
polarización ideológica, en la injusta distribución de bienes, en la absurda
subsistencia de prejuicios sociales, en la discriminación y marginación.
Encontramos ejemplos más dramáticos de ello en las distintas formas de
violencia que enfrentan a hermanos en un dinamismo de odio.
Nuestras familias tampoco son ajenas a estos efectos: el
creciente número de hogares divididos, la falta de comunicación y de relaciones
maduras, cuando no la inestabilidad y el conflicto, así lo demuestran. Nosotros
mismos nos convertimos no sólo en víctimas, sino también en agentes de división
y conflicto. El egoísmo, la hipocresía y la susceptibilidad aparecen como
graves obstáculos para relacionarnos fraternalmente con los demás.
Experimentamos además la incoherencia entre lo que creemos -¡y lo que
predicamos!- con lo que hacemos, así como las heridas de nuestros propios
conflictos interiores.
EL PECADO: ORIGEN DE LA RUPTURA
Envueltos en este dinamismo de división de ruptura, solemos
perder de vista cuál es el origen de todos estos males. Solemos olvidar a pesar
de haberlo oído y, tal vez, reflexionado muchas veces cuál es la ruptura
primera y fundamental: el pecado. Presas del activismo, de la superficialidad o
de la mentira, dejamos de lado las advertencias que nos hiciera el Papa Juan
Pablo II sobre la gravedad de perder el sentido del pecado (RP, 18).
El pecado es muerte y es destrucción, porque es negación de
Dios, que es Verdad y Vida (Jn 14, 6), que es amor (1Jn 4, 8; 1Jn 4, 16). Es
ruptura con Dios, a quien rechazamos cada vez que con pequeñas o grandes
infidelidades nos negamos a cumplir el Plan con el cual Él nos invita a la
plena realización y felicidad.
Por eso, al pecar, al cerrarnos a la Verdad y al Amor que dan
sentido a nuestra vida, perdemos todo el horizonte de nuestra existencia: nos
hundimos en la mentira existencial, vivimos en ruptura con nosotros mismos. En
esas circunstancias, no podemos sino proyectar todo nuestro desorden en
relaciones que son, a la vez, plasmación y alimento de la ruptura con los
hermanos. Perdemos también el sentido de la reverencia y buen uso de las cosas;
no somos capaces de admirar en toda su riqueza y bondad lo que ha salido de la
mano de Dios, y sucumbimos a la ruptura con lo creado.
CRISTO RECONCILIADOR
Heridos en lo profundo por las rupturas que genera nuestro
pecado, y viendo a nuestro alrededor las gravísimas consecuencias que traen a
toda la comunidad humana, descubrimos la urgente necesidad de entrar en
nosotros mismos, aceptar nuestra propia miseria, para con humildad y confianza
emprender el camino de regreso al Padre (Lc 15, 11ss). Pero este camino, que se
nos hace tan necesario, no nos estaría abierto si no fuera por la iniciativa
del mismo Dios, que "tanto amó... al mundo que dio a su Hijo único, para que
todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).
En efecto, "al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban
bajo la ley" (Gál 4. 4-5). En el Señor Jesús, las promesas que alimentaron por
tanto tiempo la espera de Israel se ven plenamente realizadas. Por su
Encarnación, el Hijo de Dios se hace hombre para asumir todo lo humano. Él, que
no cometió pecado, cargó sobre sí todas las consecuencias del pecado (1Pe 2,
24), y se entregó a la muerte por nuestra salvación (Rom 5, 10; Heb 2, 14).
Descendiendo hasta lo más profundo de la miseria humana, triunfa sobre la
muerte y el pecado (1Cor 15, 55-57), y en su resurrección y ascensión eleva
consigo a la humanidad y al universo entero (Rom 6, 5; 2Tim 2, 11). En este
dinamismo kenótico-ascencional, de abajamiento y elevación, el Señor Jesús nos
reconcilia en un acto de obediencia al divino Plan (Flp 2, 6-11).
ACOGIENDO EL DON DE LA RECONCILIACIÓN
Movido por el amor filial al Padre y por el amor misericordioso
a cada uno de nosotros, el Señor Jesús realiza en sí nuestra reconciliación con
la Trinidad, llamándonos nuevamente a participar de la Comunión en el Amor. Nos
revela el misterio de nuestra identidad y de nuestro llamado, abriéndonos el
horizonte de una existencia auténtica y reconciliada. Él, que nos "amo hasta el
extremo" (Jn 13, 1; Jn 15,13), nos enseña y nos llama a vivir el amor, en un
dinamismo de reconciliación con el hermano, y nos devuelve el recto sentido del
señorío sobre lo creado que el Padre nos había confiado (Gén 1, 28-30; Gén 2,
19-20).
El don de la reconciliación exige de nosotros una auténtica y
profunda conversión que nos lleve a acogerlo desde nuestra libertad y a hacer
que fructifique en nuestra vida concreta. Esta conversión no es otra cosa que
el rechazo radical del pecado y el trabajo activo por conformarnos con Cristo
Reconciliador. Contamos para ello con la guía maternal de Santa María, que con
amoroso cuidado nos conduce más plenamente al Señor Jesús.
Desde la acogida de este don, nos comprometemos activa y
eficazmente en la tarea de sanar las huellas de ruptura presentes en el mundo,
pues Dios "nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la
reconciliación" (2Cor 5,18).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La reconciliación es un don de Dios: Rom 5, 11; 2Cor 5, 18-21; Ef 2, 14-18.
-
Reconciliación con Dios: Rom 5, 10; Rom 8, 15; 2Cor 5, 19; 1Jn
3, 1-2.
-
Reconciliación con uno mismo: Lc 15, 17; Gál 5, 1; Col 3, 4;
Col 3, 9-11.
-
Reconciliación con los demás: Mt 5, 24; 1Cor 12, 12-13; Ef 4,
1-6; Col 3, 12-15.
-
Reconciliación con la creación: Rom 8, 19-23; 1Cor 3, 21-23;
Col 1, 19-20.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿De qué manera te afecta la «cultura de muerte»?
-
¿En qué consiste el don de la reconciliación traído por el
Señor Jesús? ¿Te preocupas por acogerlo en tu vida?
-
¿Qué puedes hacer para vivir la reconciliación en las
circunstancias concretas de tu vida?
|
Descargar Trabajo de Interiorización
|
Versión para imprimir
|
|

|

|
|