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APOSTOLADO, SOBREABUNDANCIA DE AMOR
 

«¡Duc in altum!»[1] Estamos llamados a dar gloria a Dios desplegándonos en el apostolado, desde una experiencia intensa de encuentro con el Señor vivo y resucitado, encuentro que inflama el propio corazón en el amor al Padre y a su Plan, a la Madre de Jesús y a los hermanos humanos.

Las palabras del Señor que lanzan al apóstol Pedro a remar mar adentro hay que vincularlas a su propia identidad y misión: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»[2] ... «serás pescador de hombres»[3]. Pedro, constituido en roca firme de la Iglesia, jura que está dispuesto a morir por el Señor y con Él. Sin embargo, en el momento de la prueba lo negará tres veces estrellándose con su propia fragilidad. Luego de su pasión, muerte y resurrección el Señor sale nuevamente al encuentro de Pedro para hacerle tres veces esta pregunta: «¿Me amas?»[4]. A cada afirmación del apóstol, el Señor Jesús responde: «si me amas, apacienta mis ovejas». No se trata de un "condicional": el Señor quiere poner en evidencia la íntima relación que existe entre el amor y la entrega generosa en el servicio apostólico a los hermanos.

1. APOSTOLADO, SOBREABUNDANCIA DE AMOR

¿Qué es el apostolado sino la expresión del amor que inunda el propio corazón y se rebalsa, comunicándose a los demás, haciéndose concreto en el servicio evangelizador y solidario? El amor al Señor, cuando arde en el corazón que lo acoge, necesita expandirse y comunicarse, por su propio dinamismo lleva a la acción comprometida en favor de los hermanos humanos, en el amoroso cumplimiento de los designios del Padre. Este Amor que acoge y eleva al ser humano, Don derramado en nuestros corazones desde lo Alto[5], es dinámico y eminentemente difusivo, no puede contenerse ni puede permanecer encerrado egoístamente en uno mismo. De por sí busca manifestarse y transmitirse de modos concretos, pues -como advierte el apóstol San Juan- es falso un amor que lo es tan sólo de palabra[6]. Es evidente la íntima relación entre lo que hay en el interior del hombre y lo que se exterioriza y comunica[7].  Es asimismo evidente que «de lo que rebosa[8] el corazón habla la boca»[9]. Conforme a este principio enunciado por el Señor Jesús, entendemos que el auténtico apostolado no puede ser sino una sobreabundancia de amor, pues ¿puede acaso alguien predicar a Cristo con convicción si no lo ama intensamente, si no lo lleva dentro, si su vida no es Cristo mismo?[10] El apostolado es expresión de nuestro propio amor al Señor, que se sustenta en una rica vida interior, o no es más que un címbalo que resuena vacuamente.[11].

2. EL PROCESO DE AMORIZACIÓN

Ahora que en este tercer milenio de la fe el Santo Padre ha llamado a toda la Iglesia a "remar mar adentro" en nombre del Señor Jesús, a buscar cooperar con el fuerte soplo del Espíritu para ser fecundos en el apostolado, hemos de preguntarnos: ¿Cuál es el camino que debemos recorrer, cual la escuela a la que debemos asistir, para que ese amor sobreabunde en nuestros corazones y se rebalse continuamente en la acción apostólica ininterrumpida?

Para ello, creados por quien es Amor, y llamados a participar en ese dinamismo trinitario de Amor, hemos sido invitados a vivir un camino muy especial y hermoso de configuración con el Señor Jesús: la amorización. Se trata de un camino en el que vamos creciendo en el amor, hasta llegar a amar como Cristo mismo. Esto, que es imposible mediante el sólo esfuerzo humano, es posible gracias al Don que Dios ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu.  Por ese mismo Espíritu hemos recibido un nuevo corazón, capaz de amar como Cristo mismo nos ha amado a nosotros[12], capaz de amar con sus mismos amores. ¡Él es la medida del auténtico amor humano! De Él hemos de aprender a amar, creciendo día a día en ese amor hasta que -parafraseando a San Pablo- podamos decir: «soy yo, más no yo, es Cristo quien ama en mí»[13]. Es a eso a lo que debemos y podemos aspirar en nuestra vida humana y cristiana, porque Dios lo ha hecho posible para nosotros[14].

3. POR LA PIEDAD FILIAL

El Señor Jesús nos revela el sendero que el Padre en su amoroso designio ha querido que recorramos en ese empeño por acoger y vivir el amor de Cristo: la piedad filial. Desde lo alto de la Cruz reconciliadora el Señor Jesús nos señala a su Madre, haciendo explícito el misterio de la maternidad espiritual de María: «He allí a tu hijo», dice a su madre, señalándole a Juan. «He allí a tu madre», dice luego a Juan, en quien todos los discípulos estábamos representados[15]. Así pues, en el orden espiritual, y porque Dios así lo ha querido, ¡María es verdaderamente nuestra madre! ¡Ese es el camino, la escuela de amorización que el Señor nos señala! Por Cristo somos llevados a María, por tanto, es amando a María filialmente, es decir, con amor de hijos, y con el mismo amor del Hijo, como entramos en un dinamismo por el que el amor derramado en nuestros corazones crece cada vez más, se hace cada vez mas fuerte, fecundo y desbordante, porque María desde su Corazón, lleno de amor a su Hijo, nos introduce más plenamente al Corazón del Señor Jesús para que aprendamos a amar como Él. De este modo María nos lleva de la mano en un singular proceso de configuración con el Señor Jesús.

Quien llevado de la mano de la Madre se ha encontrado y se encuentra cotidianamente con el Señor Jesús, quien acercándose al corazón de la Madre procura amarlo como Ella lo amó y quien en este proceso de amorización por la piedad filial aprende él mismo a amar con el amor que arde intenso en el Corazón del Señor Jesús, se descubre continuamente impulsado -con una fuerza interior irresistible que brota de tal sobreabundancia de amor- a compartir el tesoro que ilumina su existencia cotidiana, de tal modo que sencillamente  no puede contener ese anuncio: «¡Ay de mí si no evangelizare!» De este modo cada uno de nosotros, hijos de María, hijos en el Hijo, estamos llamados a repetir en nuestras vidas la misma experiencia de la Virgen madre: en Ella «la sobreabundancia plenificadora. se torna ansia comunicativa[16]»[17]. Por esa sobreabundancia de amor, por la presencia de Cristo en sí, todo en Ella se torna una ininterrumpida proclamación del Evangelio, un intenso y fecundo apostolado ejercido a tiempo y destiempo.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Dios es amor (1Jn 4,8.16) y nuestra vocación es al amor (Ef 1,3-4; Jn 15,9). El Señor Jesús es nuestro modelo (Jn 15,12). Podemos amar como Él porque hemos sido renovados interiormente (Ez 36,26-27) y porque hemos recibido el Don de lo Alto (Rom 5,5).
  • El camino que Dios nos señala para crecer en el amor es la piedad filial (Jn 19,25-27). Buscamos amar a María como Cristo la amó, para aprender de Ella a amar más plenamente a su Hijo (Jn 14,21.23), y así amar cada vez más con sus mismos amores: amor al Padre en el Espíritu Santo (Jn 15,10), a María y a los hermanos humanos (Jn 15,9.12-13.17; 13,1). El apostolado procede de la sobreabundancia del amor al Señor (Mt 12,34; Jn 21,15-17).
  • El apostolado es compartir la enorme riqueza que uno ha encontrado y lleva dentro (Mt 13,44), es difundir la alegría que ese encuentro produce y no se puede contener (Lc 15, 5.9; 24,31-35). María es ejemplar de cómo la sobreabundancia que plenifica se torna ansia comunicativa (Lc 1,39-41.46-49).
  • Cuando no procede del amor, el apostolado es vacuo (1Cor 13,1-3). Es falso un amor que no se expresa en el servicio evangelizador y solidario (1Jn 4,19-21; 4,12).

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. «El Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18). Las palabras del Señor que lanzan al apóstol Pedro a remar mar adentro se vinculan a su propia identidad y misión. Para lanzarnos mar adentro es necesario responder antes a las preguntas fundamentales, ¿quién eres? y ¿a qué estás llamado?
  2. En 1 Co 9, 16 San Pablo exclama: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» Quien se dice cristiano, quien verdaderamente ama y ha hecho del Señor el centro de su vida, no puede sino querer ser como El, conformarse con El y hacer que los demás encuentren el tesoro que uno mismo ha encontrado. ¿Tu vida es Cristo?
  3. El apostolado es la expresión del amor al Señor que inunda el corazón y necesita comunicarse, como nos dice San Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5, 14). ¿ El amor de Cristo te apremia? ¿Es tal que brota incontenible concretándose en el servicio evangelizador y solidario? ¿Cómo está siendo tu apostolado? ¿Qué espacio le das al apostolado en tu vida?
  4. María es camino seguro para llegar al Señor Jesús y El mismo en la Cruz nos la deja como Madre. ¿Qué lugar ocupa María en tu vida? ¿Ves en Ella a tu Madre? ¿Tienes una relación de cercanía con ella? ¿Qué puedes hacer para aumentar tu amor filial a Santa María?

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[1] Ver Lc 5,4.

[2] Mt 16,18.

[3] Lc 5,10.

[4] Ver Jn 21,15-17.

[5] Ver Rom 5,5.

[6] Ver 1Jn 3,18; 4,20-21.

[7] Ver Lc 6,44-45.

[8] El término griego es perisseumatos, y se puede traducir también como de lo que hay en sobreabundancia, de lo que rebalsa.

[9] Mt 12,34.

[10] Ver Flp 1,21.

[11] Ver 1Cor 13, 1.

[12] Ver Ez 36,26-27; Jn 20,22.

[13] Ver Gal 2,20.

[14] Ver Mt 19,26.

[15] Jn 19,25-27.

[16] Es decir, un deseo fuerte de comunicar a los demás aquello que arde en el propio corazón.

[17] Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima 1995, p. 63.