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«Es todo un mundo que se ha de rehacer desde los cimientos, que
es necesario transformar de salvaje en humano, de humano en divino, es decir,
según el corazón de Dios»[1].
Pero, ¿cómo podremos cambiar el mundo entero, cómo podremos
construir una civilización de Amor, cómo podremos responder a la misión
apostólica que el Señor nos encomienda al inicio de este nuevo milenio si no
somos santos, y si no son cada vez más los hombres y mujeres
comprometidos en esta tarea, si no son cada vez más los hombres y
mujeres que llevando en sí el fuego del Amor divino sean capaces de encender
otros corazones que a su vez busquen encender otros corazones hasta encender el
mundo entero y transformarlo todo con la fuerza vital del Evangelio? ¡Sí! La
misión a la que el Señor nos ha convocado requiere de hombres y mujeres santos
que vivan según el Plan de Dios, se nutran en una fraternidad orante fundada en
la fe y avancen por el mundo con sencillez y humildad -como nuestra Madre
Inmaculada- buscando hacerse -por su libre acción -la gracia de Dios, eficaces
y cooperadores del designio divino en la vida cotidiana y en el apostolado.
ANTE TODO: ¡APÓSTOLES SANTOS!
Ante la magnitud del reto es necesario volver una y otra vez a
esta verdad esencial: ¡sólo los santos cambiarán el mundo! El propósito
de cambiar el mundo empieza por el compromiso serio de cambiar mi propio
corazón acogiendo el don de la reconciliación que el Señor Jesús ha traído a mi
propia vida. No pretendamos cambiarlo todo si no nos esforzamos en cambiar
nosotros primero, y permanentemente. Tampoco pretendamos cambiarlo todo
por nosotros mismos, sin la ayuda del Señor. Creámosle cuando Él nos dice:
«separados de mí no podéis hacer nada»[2].
La eficacia de nuestro apostolado depende de nuestra permanencia y adhesión al
Señor, de la acción de su gracia en nosotros y de nuestra libre colaboración
con ella: «el que permanece en mí y yo en él ese da mucho fruto»[3].
Por ello, para ser buenos apóstoles es necesaria una vida espiritual intensa y
consistente, que por la acción del Espíritu Santo nos vaya conformando cada vez
más con Cristo. En esto consiste la santidad: en que también nosotros podamos
decir con convicción: «mi vida es Cristo»[4],
¡soy yo, más no yo, sino Él quien vive en mí![5]
Y esa Presencia es la que estamos llamados a transmitir e irradiar con nuestras
palabras y gestos, con todo nuestro ser y con nuestras obras nutridas de
caridad. Si queremos ser buenos apóstoles recordemos que los santos son los
mejores apóstoles.
Cada uno de nosotros, viviendo fielmente sus compromisos
bautismales, siendo fiel a su vocación y misión específica según los designios
divinos, está llamado a cooperar en la misión del Hijo[6]
de transformar y encender los corazones humanos con el fuego del Amor divino[7]
formando parte hoy de esa nueva ola de santidad, de este "tsunami"de santos que
con la fuerza del Espíritu transforme y renueve la sociedad en que nos ha
tocado vivir. Si somos lo que tenemos que ser, si somos santos,
podremos cambiar el mundo entero, en la medida en que está en el Plan de Dios, ¡prenderemos
el fuego en todo el mundo![8]
APÓSTOLES DE APÓSTOLES: EL "EFECTO MULTIPLICADOR"
¿Qué significa ser apóstoles de apóstoles? Significa
anunciar el Evangelio de tal modo que a su vez otros, encendidos por esas como
"lenguas de fuego" de nuestra predicación y anuncio, se conviertan en ardientes
y entusiastas difusores del don de la reconciliación, se conviertan en apóstoles
de otros apóstoles, de hombres y mujeres, que tocados por la gracia
divina se conviertan a su vez en portadores vivos de la Presencia del Señor y
difusores incansables de su Evangelio, apóstoles de otros apóstoles. De este
modo, por nuestra eficaz acción apostólica, que es dócil y generosa cooperación
con la acción del Espíritu Santo en los corazones de los hombres, han de
multiplicarse poco a poco por el mundo entero los apóstoles de la nueva
evangelización. Como cuando al caer una piedra en un lago las ondas se
expanden, se difunden y multiplican, ¡así ha de ser nuestro apostolado! Como
una vela que va encendiendo otra, para juntas hacer retroceder cada vez más las
tinieblas que a tantos impiden ver la luz del Señor, ¡así ha de ser nuestro
apostolado!, un apostolado multiplicador.
Trasmitiendo el Evangelio a otros que a su vez sean capaces
ellos mismos de transmitir la buena nueva de la Reconciliación, el radio de
difusión y de influencia del Evangelio se irá ampliando cada vez más, se
establecerá un ámbito de influencia cada vez mayor, llegando el Evangelio de
este modo a cada vez más personas, siendo capaces de transformar cada vez
más estructuras sociales, siendo hoy y de cara al futuro los
constructores de la anhelada civilización del amor.
¿QUÉ IMPLICA EN LO CONCRETO SER APÓSTOLES DE APÓSTOLES?
Ser apóstoles de apóstoles implica, en lo concreto,
buscar en primer lugar cómo hacer cercano al Señor Jesús allí donde me
encuentre, en mi ámbito de estudios, en mi casa, de trabajo, de apostolado, así
como anunciar y transmitir en ocasiones específicas tales como retiros,
jornadas, congresos, o en el esfuerzo de alentar y animar diversos grupos de
vida cristiana. Implica saber presentar el ideal cristiano como lo que es: un
ideal hermoso, apasionante, digno de ser vivido. Implica acompañar con
perseverancia -con nuestra acción eficaz y con nuestra confiada oración- y
ayudar a las diversas personas que Dios pone en nuestro camino en un proceso de
encuentro con el Señor Jesús, y consigo mismas, con su vocación a la santidad,
para que se vean continuamente alentadas a vivir una vida cristiana coherente y
comprometida. Implica ayudar a quienes han acogido al Señor Jesús como Camino,
Verdad y Vida, a formarse integralmente en la fe -con una formación que
abarca la mente, el corazón y la acción- para poder vivirla e irradiarla
intensamente a los demás.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús nos ha enviado al mundo entero a anunciar el
Evangelio: Mt 28,19; a difundir su luz a todos los hombres con nuestras buenas
obras: Mt 5,16; a ser portadores del don de la reconciliación: 2Cor 5,19; a
evangelizar a tiempo y destiempo: 2Tim 4,2; a cuantos más podamos: 1Cor
9,19-23; sin importar los obstáculos: Hech 5,28-29; 13,46-48.
-
Son necesarios más apóstoles: Mt 9,37-38; Dios nos llama a la
fecundidad apostólica: Jn 15,8.16; a ser sus colaboradores: 1Cor 3,5-9; a ser
apóstoles de apóstoles: Jn 1,40-42.
-
La fecundidad apostólica depende de nuestra comunión con el
Señor: Jn 15,4-5; y de nuestra total adhesión al Plan de Dios: Jn 12,24.
-
¡Podemos cambiar el mundo! Si como la Madre somos generosos
con el Señor: Lc 1,38.49 (¡El "Sí" de María ha cambiado la historia de la
humanidad!); Si llevamos a Cristo en nosotros: Lc 1,41-44; Gál 2,20; Flp 1,21;
Contra el escepticismo y desesperanza: Flp 4,13.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
La santidad personal es condición para la fecundidad de
nuestro apostolado. Nuestra unión con Jesucristo es la que determina la
credibilidad de nuestro testimonio. ¿Cuánto te estás esforzando en tu combate
espiritual? ¿Cumples con tu plan de vida, acoges las correcciones fraternas
esforzándote por cambiar, buscas vivir unido al Señor como lo está el sarmiento
a la vid?
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«Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y
comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y
considere si trabaja en la viña del Señor». ¿En qué medida te esfuerzas por
anunciar al Señor? ¿Te esfuerzas al máximo de tus capacidades y posibilidades?
¿Te preocupas por formarte de forma que puedas responder a las exigencias
apostólicas que se te presentan?
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Piensa por un momento en tus apostolados concretos, en las
personas que el Señor te ha confiado o aquellas que el Señor te pone al lado.
¿Te preocupas por enseñarles a hacer apostolado?, ¿compartes con ellos tus
experiencias apostólicas de forma que a través de ellas, se puedan enriquecer y
aprender a actuar en situaciones similares?, ¿acompañas y ayudas en el
apostolado a tus hermanos de grupo?
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[1] S.S.
Pío XII, exhortación Por un mundo mejor, 10/2/1952, n.4.
[6] Ver
Jn 17,18; Mt 28,18-20.
[8] Ver
S. S. Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Juventud, Roma 2000.
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