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«La catolicidad de la Iglesia se manifiesta también en la
corresponsabilidad activa y en la colaboración generosa de todos en favor del
bien común.»[1]
La palabra "corresponsabilidad" es fundamental para comprender
nuestra participación en la tarea y misión común, encomendada por el Señor
Jesús, y en el tiempo presente por quien es su Vicario, el Papa Juan Pablo II,
a todos los hijos de la Iglesia: «¡remad mar adentro!» En este esfuerzo
apostólico, en esta empresa de colaborar en la transformación del mundo entero
desde sus cimientos con la fuerza que brota del Evangelio, se requiere la
creativa y activa participación de todos. Nadie -por más humilde que
parezca su aporte- puede sentirse excluido de colaborar en esta misión, al
máximo de sus propias posibilidades y capacidades.
"CORRESPONSABILIDAD"
La palabra "corresponsabilidad" que usamos en el lenguaje
coloquial combina la preposición "co" con el adjetivo "responsable".
Veamos primero lo que significa "responsable". Este término se
aplica a una persona que está obligada a responder por una cosa o
tarea que le ha sido confiada o por otra persona. Se dice de una persona que es
responsable cuando con diligencia y eficacia cumple con aquello que le
ha sido confiado: un trabajo, una tarea, una misión. Son responsables por
ejemplo aquellos siervos de la parábola[2]
que recibiendo el uno cinco y el otro dos talentos de inmediato se ponen a
negociar con ellos. Irresponsable es en cambio aquél siervo que
recibiendo un solo talento, por miedo lo enterró. Como él, todo aquel que sabe
lo que tiene que hacer y pudiendo hacerlo no lo hace, es un
irresponsable y por más excusas que ponga se hace culpable de su inacción[3].
Es responsable en cambio quien sabe lo que tiene que hacer y con prontitud y
diligencia lo pone por obra[4].
Así como aquellos siervos, cada uno de nosotros tiene una gran responsabilidad
frente a los dones y talentos que ha recibido de Dios. Y es que los talentos
recibidos tienen una "función social". Ciertamente son dados a cada uno para el
propio despliegue en obediencia al Plan de Dios, pero este despliegue no se
realiza sino en la medida en que como un "buen administrador" uno pone los
propios talentos al servicio de los demás. El don recibido obliga a su
comunicación, y el hombre se realiza mediante el don de sí mismo a los demás[5].
Como enseña el Concilio, de la recepción de los dones que el Espíritu
«distribuye a cada cual según quiere»[6],
«incluso de los más sencillos, nace para cada uno de los creyentes el derecho y
la obligación de ejercitarlos en la Iglesia y en el mundo para bien de los
hombres y edificación de la Iglesia»[7].
Es responsabilidad de cada cual poner « al servicio de los demás la gracia que
ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios. »[8]
UNA RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
La preposición "co", que antecede a la palabra "responsable",
indica participación en una responsabilidad común a todos. La
responsabilidad frente a la misión apostólica que Dios nos confía es compartida
por todos.
Muchas veces hemos comparado la misión a una carreta que todos
hemos de empujar para hacerla avanzar. No se trata de que otros empujen
mientras yo miro desinvolucradamente, o peor aún, mientras yo no hago sino
sentarme cómodamente sobre la carreta. Empujar la carreta no es cosa que
compete a unos cuantos: a los "más hábiles", o a los "más fuertes", o a los
"más talentosos", o a los más comprometidos, de modo que yo me pueda sentir
excluido esgrimiendo diversas razones. ¡No! ¡Todos tenemos algún talento,
o más de uno, y todos estamos en la obligación de multiplicar esos talentos
recibidos para beneficio de los demás, para el bien común! ¡Todos -como solemos
decir- tenemos que "poner el hombro", "sumar" y empujar según el máximo de
nuestras fuerzas y capacidades para hacer avanzar la carreta lo más rápido
posible, por los caminos que Dios nos señala en su amoroso designio!
No olvidemos nunca que nuestra primera corresponsabilidad
es para con el Espíritu Santo y su acción en nosotros. Si somos corresponsables
con Él, llevando una vida espiritual intensa, Él irá transformándonos
interiormente -contando con nuestra colaboración- hasta que alcancemos la total
configuración con el Señor Jesús, el Hijo del Padre e Hijo de Santa María
Virgen. Así, siendo santos, siendo lo que tenemos que ser, encenderemos
los corazones humanos y el mundo entero con esas lenguas de fuego que el
Espíritu divino concede a sus apóstoles. Así seremos corresponsables también
con quien en realidad es el protagonista de la evangelización.
MODELOS DE "CORRESPONSABILIDAD"
Ante todo debemos mirar siempre al Señor Jesús, máximo modelo de
"corresponsabilidad".
Su activa colaboración con el designio del Padre se manifiesta a
cada paso de su vida entre nosotros: « Les dice Jesús: "Mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra".»[9]
Él asume y hace suyo el gran "proyecto" reconciliador del Padre, se hace
corresponsable, ofreciéndose a sí mismo con total generosidad para servir a la
misión encomendada por el Padre: «por eso, al entrar en este mundo, dice: (...)
¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad! »[10]
Con plena obediencia lleva ese designio divino a su pleno cumplimiento: « Yo te
he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste
realizar. »[11]
Con todos sus talentos y dones, con todo su ser, humano y divino, se pone al
servicio del Plan del Padre para obtenernos el don de la reconciliación y de la
vida.
Del Señor Jesús aprendemos a vivir esa maravillosa
"corresponsabilidad" con Dios y sus amorosos designios. Considerar su ejemplo
nos mueve a querer en nuestras propias vidas dar también una respuesta de plena
corresponsabilidad a la misión que el Padre por su Hijo nos encomienda hoy.
Como siempre, la luz radiante del Sol de Justicia, se refleja en la bella Luna,
la Virgen María. Ella también asume el dinamismo de la "corresponsabilidad", y
lo hace de manera ejemplar, paradigmática. Así la vemos, por ejemplo, al
recibir la embajada angélica: también Ella, la que se califica a sí misma como
la Sierva de Dios y de sus Planes, vive plenamente la "corresponsabilidad" al
proclamar ese "hágase" fecundo, ese «hágase en mí según tu palabra»[12],
según tus designios. Con un "Sí" consistente, maduro, renovado a lo largo de
cada uno de los días de su vida y especialmente al pie de la Cruz, proclama su
firme propósito que se vuelca en una activa y corresponsable cooperación con el
designio divino. Su ejemplar y fecunda corresponsabilidad con el Plan divino
son una clave y estímulo continuo para quienes en Cristo somos sus hijos.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Todos hemos recibido de Dios ciertos dones y talentos: Mt
25,15; Somos responsables frente a Dios de los talentos recibidos: Mt 25,16ss;
Lc 12,48; Rom 14,12; Stgo 4,17; Los dones recibidos son para beneficio de
todos, y nos invitan al servicio: 1Pe 4,10.
-
Somos responsables de la suerte de nuestros hermanos: Gén 4,
9; Lc 10, 29-37; Mt 25, 31-46; Somos un cuerpo: 1Cor 12,21-22, la necesidad que
tenemos los unos de los otros llama a la corresponsabilidad: Gal 6,2.
-
Ser corresponsables con la gracia recibida implica trabajar
arduamente para hacerla fructificar: 1Cor 15,10.
-
El Señor Jesús es modelo de corresponsabilidad: Heb 10,5-7; Jn
4,34; 9,4; 17,4; 19,30; María es también ejemplar por su corresponsabilidad: Lc
1,38; Actúa con diligencia en la línea de lo que Dios le enseña y pide: Lc 8,
21; 11,28; Nos enseña a ser corresponsables: Jn 2,5.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
Según lo leído, ¿qué es la corresponsabilidad y qué implica?
-
Cada hombre, cada nación, cada cultura y civilización tienen
una función propia que desarrollar y un puesto propio en el misterioso plan de
Dios y en la historia universal de la salvación. Enumera las acciones concretas
de corresponsabilidad que realizas con:
-
¿Qué medidas concretas podrías tomar para vivir mejor la
corresponsabilidad en éstos ámbitos? ¿Qué talentos y dones tienes que poner al
servicio del Plan de Dios?
-
Lo que estás llamado a hacer por más pequeño y simple que te
parezca, no lo puede hacer ningún otro más. Haz el firme compromiso de
esforzarte al máximo por vivir la corresponsabilidad.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Slavorum apostoli, 19a.
[4] Ver
Jn 2,5; Lc 8, 21; 11,28.
[5] Ver
Gaudium et spes, 24.
[7] Apostolicam
actuositatem, 3.
[11]
Jn 17,4; ver Jn 9,4; 19,30.
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