Anterior

Siguiente

SERVICIO APOSTÓLICO Y SOLIDARIO
 

«La conciencia de la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez, fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo»[1].

Nunca el anuncio de la fe y la celebración de la misma han estado separadas de la promoción humana. Históricamente todo proceso evangelizador ha estado acompañado de la promoción humana. Y es que entre el servicio apostólico y el servicio solidario de promoción humana no hay oposición ni separación alguna posible, sino al contrario, una estrecha y armónica vinculación. Ante todo intento de disociarlas, de separarlas, es necesario reafirmar y mantener siempre una perspectiva integral: el servicio de anuncio apostólico atiende también la promoción humana, en áreas sanitarias, educativas y económico-sociales. Esta porque la reconciliación obtenida por el Señor Jesús no solo tiene efecto para la vida eterna sino también para este tiempo de peregrinar, y porque ha tocado a todo el hombre y a todos los hombres. Y también, desde otra perspectiva, porque la misma vida cristiana es inseparable de un amor afectivo y efectivo hacia los hermanos humanos, especialmente para con los que más sufren.

UNIDAD DE EVANGELIZACIÓN Y PROMOCIÓN HUMANA

El Señor Jesús invita a vivir una armonía entre el amor a Dios y el amor al prójimo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»[2]. Ante la pregunta de un maestro de la ley Él vincula íntima e inseparablemente estos mandamientos. Así, la fe y el amor a Dios, para ser auténticos, han de proyectarse necesariamente en las diversas realidades sociales. Es falso y mentiroso todo amor a Dios que al mismo tiempo no se expresa en la caridad y el servicio solidario con los hermanos[3]. Quien afirma que cree en Dios y dice amarlo, necesariamente ha de amar también al hermano a quien ve, no sólo con palabras sino con obras concretas de caridad y servicio solidario[4].

Pero así como existe el peligro de creer que se puede amar a Dios sin amar concretamente al hermano, existe también otro peligro: querer realizar una praxis solidaria que dejando de lado a Dios descuide el anuncio del Evangelio de Cristo. En ese sentido el Santo Padre nos ha recordado que nuestra misión «no debe reducirse jamás al papel de simples agentes sociales o de generosos filántropos»[5], pues «la vocación y la misión del creyente consiste en amar a Dios y amar al prójimo. El amor a los hermanos deriva del amor a Dios y sólo puede alcanzar su plenitud en quien vive el amor a Dios». Así pues, «la acción caritativa del cristiano, cuando permanece fiel al mandato y al ejemplo de Jesús, se convierte en anuncio y testimonio de Cristo, que da su vida, sana el corazón del hombre, cura las heridas causadas por el odio y el pecado, y dona a todos alegría y paz»[6]. He allí la síntesis que estamos llamados a vivir día a día.

EL SEÑOR JESÚS VINO A SERVIR

En este empeño por vivir la unidad del servicio apostólico y solidario en nuestra vida cotidiana, hemos de mirar siempre al Señor Jesús, nuestro Maestro y Modelo. Su encarnación en el seno inmaculado de María Virgen por obra del Espíritu Santo, su vida entre nosotros, sólo se entiende -como manifiesta el Señor Jesús- en clave de servicio, un servicio que lleva al don total de sí mismo para rescatar al hombre del pecado y de la muerte, y de toda miseria que es fruto del pecado [7].

¿Qué mueve al Señor Jesús a tal servicio? Este servicio brota de la sobreabundancia del amor de Dios por su criatura humana, su pasión intensa por el hombre, su deseo de que viva [8]. Por ese amor Él sufre, se conmueve profundamente al ver a los hombres como ovejas sin pastor, sometidos a la esclavitud del pecado y de los males que de éste derivan, por ese amor él se aleja por la acogida a la gracia de los niños y de los que creen y se convierten.Ello lo mueve a anunciar a tiempo y es servir a Isabel en la circunstancia del parto, le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el Evangelio con las palabras del Magnificat. En can est en las necesidades de la fiesta y su intercesión provoca la fe de los discípulos que "creyeron en El". Todo su servicio a los hombres es abrirlos al Evangelio e invitarlos a su obediencia:. " haced lo que El os diga".

En efecto, en la visita a Isabel, así como también en Caná años más tarde, vemos como «desde esa íntima unión se vuelca en el servicio de los seres humanos, portando y presentándoles la Palabra Viva y sirviéndolos en sus necesidades. Todo en Ella la muestra como discípula de su Hijo haciendo resplandecer el Evangelio en medio de la vida cotidiana, en medio de su entorno social» [9].

Con su ejemplo María nos educa y enseña cómo el amor intenso al Señor Jesús está íntimamente unido al servicio de evangélico anuncio y de desarrollo integral y promoción humana. La presencia del Señor Jesús en su seno la mueve inmediatamente al anuncio y al servicio[10]. Ese es el camino que también nosotros hemos de transitar: el de la fe, el de una vida espiritual intensa que nos permita amar al Hijo de Santa María como Ella lo amó y llevar así al Señor muy dentro, de modo que desde una experiencia de creciente amor -aquél que nos va configurando cada vez más con el Señor Jesús- nos veamos día a día impulsados a anunciar, transmitir e irradiar a Cristo, en todo momento y en todo ámbito social, mediante un intenso servicio apostólico y solidario.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

El amor mueve a Dios a salir al encuentro del hombre caído:

  • Quiere curar sus heridas: Lc 10,33; perdonarlo: Mt 18,27; devolverle su dignidad de hijo: Lc 15,20.
  • Su amor llega a tanto que envía a su propio Hijo, para reconciliarlo: 2Cor 5,18-19; para que tenga vida eterna: Jn 3,16.

El mismo amor compasivo mueve al Hijo:

  • Al anuncio del Evangelio: Mc 6,34; a enviar a sus discípulos a anunciar el Evangelio: Mt 9,36.
  • Al servicio solidario curando enfermos: Mt 14,14; Mt 20,34; Mc 1,41; alimentando a los hambrientos: Mt 15,32; Mc 8,2; expulsando demonios: Mc 5,1-19; reviviendo muertos: Jn 11,38ss.

El Señor Jesús es Maestro y Modelo de servicio evangelizador y solidario:

  • El Señor Jesús nos manda amar como Él: Jn 13,33-34; quien ama a Dios ama al hermano: 1Jn 4,20-21.
  • El amor se manifiesta en el servicio solidario: Jn 3,16-18. Estamos llamados a servir como Cristo: Mt 20,26-28; Jn 13,11-15.
  • Es a Cristo a quien servimos en el hermano: Mt 25,40. 45.

También María es Modelo de servicio evangelizador y solidario: Lc 1,39-45; Jn 2,1-5.11.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Cómo se relaciona el amor a Dios y el amor a los hermanos?
  2. "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: 'Ya reina tu Dios'!" (Is 52, 7). El amor preferencial por los pobres es uno de los acentos principales de nuestra espiritualidad. ¿Cómo lo has estado viviendo cotidianamente?
  3. En el pasaje de la Visitación vemos que María tras recibir en su seno al Señor Jesús, se dirige prontamente a la casa de su prima Isabel, para ayudarla en los últimos meses de su embarazo, pero sobretodo María le lleva al Salvador. María nos muestra aquí cómo se ha de vivir un amor afectivo y efectivo hacia los hermanos. ¿De qué manera concreta puedes hacer efectivo el amor a los hermanos?
  4. "No tienen vino" (Jn 2, 3), María atenta siempre a las necesidades de los demás, nota que el vino se ha terminado. ¿Estás tú atento frente a las necesidades de los demás, sean éstas materiales o espirituales o tal vez ambas?

Descargar Trabajo de Interiorización
 

Versión para imprimir
 

Anterior

Siguiente


[1] S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 52.

[2] Mt 22,37-39.

[3] Ver 1Jn 4,20-21.

[4] Ver Jn 3,16-18.

[5] S.S. Juan Pablo II, Regina Caeli, 16/5/99, n. 3.

[6] Allí mismo, n. 2.

[7] Ver Mt 20,26-28.

[8] Ver Lc 15, 32.

[9] Ver Luis Fernando Figari, María desde Puebla, FE, Lima 1992, pp. 61-62.

[10] Ver Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 1995, p. 45.