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Ante los innumerables retos que se presentan en el empeño de "remar mar
adentro", lo que hace falta no es una parálisis, sino la acción... Lo que hace
falta es la fuerza de la esperanza, que es más profunda e infinitamente más
creativa. Esta es la palabra que hoy os propongo: esperanza »[1].
La esperanza es la expectación de un bien, un bien que aún no se
posee, pero que por razones suficientes uno cree y espera poder alcanzar en el
futuro. En la vida diaria hay muchas situaciones en las que vivimos de la
esperanza: si estamos enfermos, esperamos recuperar pronto la salud; si
emprendemos un proyecto, esperamos tener éxito; en fin, innumerables son los
ejemplos que encontramos en la vida cotidiana, y por ello podemos decir con San
Agustín que «ningún hombre vive sin esperanza». La esperanza mueve a la acción
decidida, a la lucha tenaz, porque quien tiene esperanza sabe que el bien está
allí, a su alcance, pero sabe también que "no cae del cielo": tiene que
conquistarlo. Por la esperanza nos vemos alentados y motivados a poner todo
nuestro empeño, todo nuestro ingenio, toda nuestra creatividad, todas nuestras
energías y fuerzas, dones y talentos, para poder alcanzar finalmente del bien
anhelado.
LA ESPERANZA CRISTIANA
Todo lo dicho se aplica evidentemente a la esperanza cristiana,
cuyo objeto propio son los bienes que Dios nos ha prometido. La
esperanza cristiana es una «virtud teologal por la que aspiramos al
Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra
confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino
en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo»[2].
Nutrido de las promesas divinas el cristiano, consciente de ser un peregrino en
esta tierra, vive en permanente "tensión-hacia". Y es que espera alcanzar el
Bien supremo: esperamos alcanzar a Dios mismo, y en Él esperamos alcanzar
-según las promesas que Él mismo nos ha hecho- nuestra plena realización humana
y nuestra máxima felicidad, una dicha que se prolongará por toda la eternidad
en la Comunión dinámica de Amor con Dios y en Él con todos los santos y santas
de Dios.
¡Sí! ¡Dios nos ha prometido que colmará nuestras ansias de infinito! Él nos ha
prometido en su querido Hijo responder a nuestros anhelos de vida eterna, de
plenitud y de felicidad total, haciéndonos partícipes de su misma vida divina[3],
de su misma comunión de Amor! Esta promesa la ha realizado en Cristo, su Hijo,
por su Victoria sobre el mal y la muerte. Por ello nuestra esperanza «es
peregrinación iluminada por la resurrección de Cristo. Pero como peregrinaje,
es a su vez anhelo profundo, desgarrante, por la lejanía de lo que espera. El
cristiano es el peregrino por excelencia. Está en camino, oteando con la mirada
el horizonte, buscando el sendero que le conduzca hacia la posesión plena y
definitiva de lo que ya posee como en semilla»[4].
Sí, en este peregrinaje «no hay que olvidar que para el fiel de la Iglesia la
batalla ya está ganada. Cristo venció a la muerte, Cristo venció al pecado,
sólo nos queda aplicar los frutos de la victoria»[5].
LA TENTACIÓN DE LA DESESPERANZA
Así como la esperanza está siempre presente en nuestras vidas , así también
está siempre rondando la tentación de la desesperanza . Esta es la
tentación predilecta que el enemigo, el diablo, usa con el fin de incitarnos a
abandonar la lucha a la que hemos sido llamados, para quebrar nuestra voluntad
y perseverancia, tan necesaria para alcanzar la salvación[6].
Conviene reflexionar un poco sobre este peligro.
La desesperanza es la terrible victoria del enemigo sobre nosotros. Quien
pierde la esperanza claudica en la batalla, se rinde, abandona la lucha. La
desesperanza lleva al repliegue sobre sí mismo, al aislamiento y soledad, llena
el espíritu de una tristeza que lleva a la muerte[7],
hunde en las tinieblas de una honda tristeza y desesperación. Lleva finalmente
a la autodestrucción[8].
Numerosas pueden ser las situaciones en las que se presenta la voz del maligno
que invita a la desesperanza, al desaliento, a la desconfianza en Dios. Así,
por ejemplo, cuando las cosas salen mal en el apostolado, o en la propia lucha;
el no ver cambios "ya"; las reiteradas caídas en "los mismos pecados de
siempre"; la desproporción que descubrimos entre el ideal y nuestra propia
realidad de pecado; un problema que parece no tener solución; una prueba que se
prolonga interminablemente; cuando rezamos y Dios parece no escuchar...
La tentación de la desesperanza nos lleva a desconfiar de Dios, a poner en duda
su providencia amorosa, a dudar del auxilio divino. Se manifiesta especialmente
en ciertos pensamientos que viene a nuestra mente. Pensamientos ya sea frente a
uno mismo, como por ejemplo: "yo soy así, y nunca voy a cambiar", "para
mí no hay solución", "estoy 'destinado' a caer siempre en lo mismo", "nunca
llegaré a ser santo/a", "ni Dios puede perdonarme este pecado..."; o frente al
otro: "él/ella nunca va a cambiar..."; o también frente a la misión:
"yo no puedo"; "nada puedo yo hacer para cambiar la realidad"... Ante este tipo
de pensamientos hay que estar atentos, siempre en guardia, para rechazarlos con
prontitud y firmeza: ¡con la tentación no se dialoga! ¡Mantengámonos, pues, vigilantes
y en oración, para no caer nunca en tal tentación![9].
SER HOMBRES Y MUJERES DE ESPERANZA
«Hoy el mundo tiene necesidad de esperanza, y la busca»[10],
ha dicho el Santo Padre. Por ello, hay una enorme necesidad de que los
discípulos de Cristo no sólo demos razón de nuestra esperanza, sino que
seamos ante todo personas esperanzadas, personas que vivamos de la
esperanza que Cristo nos ha dado y la transmitamos a los demás.
La esperanza nos lleva a vivir la confianza en Dios, aún en medio de las
horas más oscuras de la historia de la humanidad, aún en medio de las
dificultades propias de la vida cotidiana, aún en medio de las dificultades que
encontramos en la realización de nuestra misión apostólica. La esperanza
nos lleva a mirar al futuro con ilusión y expectativa, porque tenemos puesta la
mirada en el Señor Jesús: Él ha vencido, Él está con nosotros[11],
y sabemos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman»[12].
Así pues, este nuevo año que se inicia es tiempo propicio para renovarnos en
nuestra esperanza: ¡aprendamos cada día a esperar en Dios, a confiar en su
providencia amorosa, en su acción poderosa que se manifiesta en la pequeñez de
sus siervos! Vivamos la esperanza activa que nos lleva a trabajar
decididamente, en decidida cooperación con el don y la gracia recibidos de
Dios, por conquistar el Reino futuro que Él nos promete[13]
y hacerlo ya presente en la tierra. ¡Sí! La esperanza lejos de sumirnos en la
inacción y parálisis nutre nuestra acción y compromiso con el Señor en la
construcción de una civilización del Amor, según el Plan de Dios.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Cristo es nuestra esperanza: Col 1,27; Ef 3,12-13; Él ha
vencido al mundo: Jn 16,33; Nuestra esperanza brota de la Victoria de su
resurrección: 1Pe 1,3; En Cristo tenemos esperanza de vida eterna: Jn 6,68;
1Cor 15,19; Ef 1,18; Tit 1,2; 3,7; Heb 9,15; No quedará defraudado quien en Él
ha puesto su esperanza: Flp 1,20.
-
Dios es fiel a sus promesas: Heb 10,23. Dios está con
nosotros: Mt 28,20; Rom 8,28.31; Hemos de confiar en el Señor, en su poder, en
su victoria: Ef 1,17-20; 1Pe 1,21. Esperamos lo que no vemos: Rom 8,24-25; Heb
11,1;
-
Esperamos en lo que el Señor Jesús nos ha prometido: 1Jn 2,25;
Esperamos participar de la gloria de Dios: Rom 5,2; Col 1,27; Ef 1,18.
-
Estamos llamados a abundar en esperanza: Rom 15,13; Debemos
dar razón de nuestra esperanza: 1Pe 3,15; Por la esperanza andamos gozosos: Rom
12,12; No hemos de entristecernos como quienes carecen de esperanza: 1Tes 4,13;
La esperanza nos lleva a actuar con confianza: 2Cor 3,12.
-
Hemos de lanzarnos al cumplimiento de la misión con esperanza,
con la conciencia de que Él está con nosotros: Mt 28,19-20.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
"Pues a nosotros nos mueve el Espíritu a guardar por la fe los
bienes esperados por la justicia" (Gál 5, 5). Nuestra esperanza está fundada en
los bienes que el Señor nos ha prometido; Dios, que es fiel, nos ha prometido,
en su Hijo, responder a nuestros anhelos de vida eterna. En una escala del 1 al
10, ¿cuánto dirías que te esfuerzas por vivir esta virtud cotidianamente?
-
¿Qué tanto crees en las promesas del Señor? ¿En dónde y en
quién tienes puesta tu esperanza?
-
"La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado"
(Rom 5,5). Frente a la esperanza el Maligno nos tienta con la desesperanza,
para no caer en tentación es necesario mantener una vida de oración intensa y
constante. ¿Cómo está tu vida espiritual? ¿Cuánto tiempo le dedicas al Señor?
-
¿Qué medios vas a poner para vivir activamente esta virtud?
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la XXX Conferencia de la Organización de
las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación, diciembre
1999, n. 2.
[2] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica , 1817. Ver también los nn. 1818-1821.
[4] Germán
Doig, Esperanza y reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima, 1990, pp.
3-4.
[5] Luis
Fernando Figari, Un Mundo en Cambio, Vida y Espiritualidad, Lima, 1989,
p. 15.
[8] Ver
el caso de Judas: Mt 27,5.
[10]
S.S. Juan Pablo II, Discurso durante el encuentro en la universidad Nicolás
Copérnico de Torun, 7/6/99, n. 3.
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