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LA VIDA SACRAMENTAL
 

Los sacramentos son «como "fuerzas que brotan" del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia»[1].

Al proponernos vivir la vida cristiana junto con muchas realidades profundas y entusiasmantes también experimentamos nuestra fragilidad, experimentamos que solos no podemos, que necesitamos de la fuerza de la familia, de la comunidad o de un grupo de amigos en el Señor que en comunión de ideales recorran con nosotros el mismo camino, hermanos en la fe en quienes puedo apoyarme confiadamente, que sean capaces de sostenerme cuando parece que voy a caer o de ayudarme a levantarme si caigo, a quienes yo mismo sea capaz de sostener o ayudar a levantarse si son frágiles. La amistad y comunión con personas con las que podemos compartir y vivir nuestra vida cristiana es una enorme bendición, firme apoyo para poder perseverar en nuestros empeños por ser santos y en nuestros afanes apostólicos.

"SIN MÍ, NADA PODÉIS HACER"

Pero aún esto sería insuficiente si no me nutro de la fuerza que viene de lo Alto. En este sentido cada uno de nosotros es -usando la comparación del Señor Jesús-como un sarmiento de la vid, que es Él.

Separado de la vid, el sarmiento se priva de la savia vivificante que impulsa su crecimiento y despliegue, y con el tiempo se seca y se marchita[2]. No son pocas las veces que, al pensar en el fondo, aunque con mis labios diga otra cosa, que mi santidad es fruto de mi solo esfuerzo me siento descorazonado ante mis propias debilidades. Tampoco son escasas las veces que al pensar que el producir frutos de apostolado sólo depende de mi empeño, de mis habilidades, de mis talentos, al confiar sólo en mis propias fuerzas y capacidades, por los fracasos que experimenté no tardé en caer en la frustración, en desánimo, en desaliento. Acabo "convenciéndome" de que la santidad, "si bien es un ideal muy bonito, para mí es imposible alcanzarlo". ¡Cuántas veces, al apartarnos del Señor, nos hemos experimentado así: secándonos y marchitándonos interiormente, vacíos, tristes y solos!

De estas experiencias de debilidad y fragilidad debemos aprender a ser humildes y a confiar más en Él que en nuestras propias fuerzas. También a nosotros el Señor nos dice como a San Pablo: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza»[3]. Quien permanece en Cristo se nutre de esa gracia y así se hace fuerte.  Desde ese don y desde la propia cooperación libre con la gracia, que es indispensable, cada uno se despliega y -a pesar de su fragilidad y pequeñez- da fruto abundante de conversión, de santidad y de apostolado. Junto con ello experimenta una alegría desbordante en su corazón[4].

LA GRACIA

El Señor Jesús es, pues, la fuente de una fuerza sobrenatural que en el camino de la vida cristiana nos sostiene y fortalece, nos nutre y vivifica, nos transforma interiormente -siempre contando con nuestra libre e indispensable cooperación- y nos ayuda a "amorizarnos" por el sendero de la piedad filial. Esta fuerza del Señor, que es derramada en nosotros por su Espíritu, la llamamos gracia. La gracia es como esa savia vital que se nos comunica tanto por medios ordinarios como también por medios extraordinarios. Los medios ordinarios son los sacramentos que, instituidos por el Señor mismo y confiados a su Iglesia para su administración[5], nos comunican indefectiblemente la gracia que significan.

LA EUCARISTÍA

Supuesto nuestro Bautismo, sacramento primero que es la puerta de entrada a todos los demás sacramentos, el medio por excelencia para nutrirnos de la fuerza divina en el proceso de conversión y maduración continuas que estamos llamados a recorrer diariamente es la Eucaristía. En ella es Cristo mismo quien se hace realmente presente, cuando por las palabras de consagración del sacerdote y la acción del Espíritu Santo un sencillo pan y un poco de vino son transformados en su propio Cuerpo y Sangre. De este modo llegan a ser para nosotros alimento y bebida que nos nutren y fortalecen en nuestro peregrinar. La Eucaristía nos llena de la fuerza de Cristo, ¡porque nos llena de Cristo mismo! Por ella entramos en comunión con el Señor, pues como Él ha dicho, «el que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí, y yo en él»[6]. Quien además coopera generosamente con esta gracia que recibe en abundancia en la Comunión experimenta en sí una vitalidad que lo impulsa a vivir la perfección de la caridad y lo lanza incansablemente al apostolado, a anunciar a Cristo a quien lleva muy dentro. De este modo, permaneciendo en comunión con el Señor y celebrando con la gracia recibida, «da mucho fruto»[7].

La participación plena, consciente y activa[8] en la celebración de la Santa Eucaristía, de manera especial en el Domingo, Día del Señor, así como también cualquier otro día de la semana, nos fortalece y alienta en la vida cristiana y en su expresión en el apostolado. No olvidemos también que las visitas al Señor realmente presente en el Tabernáculo constituyen para nosotros un ejercicio espiritual fundamental mediante el cual, nutriéndonos en el encuentro asiduo y reverente con quien es Dios y Señor, nos desplegamos en la vida activa.

LA RECONCILIACIÓN

Como enseña la Iglesia, «sólo Dios perdona los pecados[9]. Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: "El Hijo del hombre tiene Poder de perdonar los pecados en la tierra"[10] y ejerce ese poder divino: "Tus pecados están perdonados"[11]. Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres[12] para que lo ejerzan en su nombre»[13]. Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia un don incomparable: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores. Los sacerdotes han recibido un poder sagrado que va más allá de su propia indignidad: poder para servir al pueblo de Dios en el ministerio de la reconciliación[14].

El recurso frecuente al sacramento de la Reconciliación es de gran importancia en el empeño por responder al llamado que el Señor nos hace a ser santos. La gracia, cuando encuentra nuestra dócil y necesaria cooperación, realiza nuestra transformación y conformación con el Señor Jesús, hombre perfecto y modelo de perfecta caridad. El sacramento de la reconciliación, además de ofrecer el don del perdón de los pecados cometidos desde la última confesión, nos otorga una gracia que nos fortalece para resistir y evitar futuras caídas. De este modo «el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza»[15].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Señor escoge vasos frágiles:  Jer 1, 6; 2Cor 4, 7-9; Rom 7, 15.
  • Del Señor nos viene la fuerza para responder a la misión:  Jer 1, 7-8; 1Re 19, 7-8; Is 12, 2; Sin el Señor nada podemos: Jn 15, 4; Con Él, todo lo podemos: Flp 4, 13; porque Él nos llena de su fuerza: 2Cor 12, 9-10; Col 1, 29; Ef 6, 10; 1Tim 1, 12; 2Tim 4, 17; es la gracia del Señor la que nos mantiene fuertes: 2Tim 2, 1.
  • La gracia para la lucha nos es dada ordinariamente por los sacramentos de la Eucaristía...: El Señor Jesús anuncia el Misterio de la Eucaristía: Jn 6, 51-59; Quien come su Carne, tiene vida eterna: Jn 6, 54.57-58; el que come su Carne, permanece en Él, da mucho fruto: Jn 15, 4; Jesús instituye el Misterio de la Eucaristía: Mt 26, 26-28; Lc 22, 19-20; y lo confía a sus apóstoles: 1Cor 11, 23-26.
  • ...y de la Reconciliación: El Señor Jesús tiene poder de perdonar los pecados: Lc 7, 47-50; Mc 2, 1-12; por su Cruz nos obtiene el perdón de los pecados: Mt 26, 28; Ef 1, 7; el Señor resucitado instituye el Sacramento al delegar a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados: Jn 20, 19-23.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué son los sacramentos y qué podemos obtener con ellos?
  2. ¿Qué es la gracia? ¿Cómo es posible obtenerla?
  3. ¿Cómo evaluarías tu participación en la eucaristía dominical? ¿Qué medios concretos pondrías para mejorarla? 
  4. El Señor Jesús está siempre dispuesto a escucharnos,  a encontrarse con nosotros. Y lo hace de manera muy particular en el Santísimo Sacramento. ¿Con qué frecuencia lo visitas?
  5. ¿Qué significado tiene para ti saber que el Señor Jesús una y otra vez perdona tus pecados? Ante el llamado que Él te hace para "aliviar tus cargas", ¿cómo sueles responder?

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[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1116.

[2] Ver Jn 15,5.

[3] 2Cor 12,9.

[4] Ver Jn 15,11-12.

[5] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1114ss.

[6] Jn 6,56.

[7] Jn 15,5.

[8] Ver Sacrosanctum Concilium, 14.

[9] Ver Mc 2,7.

[10] Mc 2,10.

[11] Mc 2,5; Lc 7,48.

[12] Ver Jn 20,21-23.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, 1441.

[14] Ver 2Cor 5,18ss.

[15] Rom 8,26.