|
«El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el
pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la
naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman
al combate espiritual»[1].
Estamos convencidos de que para alcanzar la perfección de la
caridad, a la que todo cristiano está llamado en virtud de su vocación
y Bautismo, es necesaria no sólo la gracia de Dios, sin la cual nada podríamos,
sino también un correspondiente empeño de nuestra parte[2].
Este empeño, por el que buscamos que en nosotros se desarrolle la vida del
espíritu, se asemeja a una lucha, a un combate, por las dificultades e
intensidad que comporta. En este sentido entendemos que «la vida es permanente
milicia»[3],
una milicia que, bien llevada, conduce a nuestro máximo despliegue, «al estado
de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[4].
1. ¿CONTRA QUIÉN ES ESTE COMBATE?
Cuando hablamos de combate, entendemos que tenemos ciertos
enemigos contra los que hemos de luchar. ¿Contra quien es esta nuestra lucha, y
cuáles son sus armas y estrategias?
1.1. El demonio
El Papa Pablo VI nos ha enseñado con claridad que el mal que
existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra
sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una
deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor[5].
En nuestras luchas diarias ¡jamás hay que olvidar o desestimar la injerencia
del demonio! Es más, es necesario ser sobrios y velar, porque el diablo
«ronda como león rugiente, buscando a quién devorar»[6].
Para lograr su objetivo, cual es el apartarnos de Dios y
destruirnos, el demonio se vale de la tentación. Por la tentación el
demonio busca hacer que desconfiemos de Dios, de su bondad, de que Él realmente
quiere nuestro bien, incita a la desobediencia, a la rebeldía, a rechazar a
Dios y sus designios. El Señor Jesús, tentado en el desierto y victorioso, nos
enseña como enfrentar las tentaciones: con criterios objetivos, que son
los que encontramos en la Sagrada Escritura. Él nos enseña que la tentación se
rechaza de plano, que con la tentación no se dialoga, pues quien
como Eva entra en el diálogo con la tentación poco a poco es envuelto en la
ilusión y fantasía, y engañado termina pensando que lo que es un mal objetivo
en realidad es "bueno para mí". Una vez que la tentación logra esa sustitución,
la voluntad se dirige hacia el mal que ahora, en la mirada de la persona, tiene apariencia
de bien.
1.2. El mundo
Nuestra lucha es también contra el "mundo"[7]
antagónico a Dios, el ámbito personal o social del hombre sometido a la
influencia y dominio del Maligno. Este mundo engloba un conjunto de
anti-valores, normas y criterios opuestos al Evangelio, o que pretenden ser
indiferentes a Él, y nos presenta el poder, el tener y el placer
como criterios de acción y fuente de realización para el ser humano.
El mundo ejerce un sutil influjo en los hijos de cada
época de la historia. También nosotros hemos asimilado con los años muchos de
sus criterios y actuamos en la vida cotidiana de acuerdo a ellos. La conversión
empieza justamente por un "cambio de mentalidad", por una metanoia, es
decir, por el decidido empeño de despojarse de los "criterios del mundo" y
asimilar los "criterios del Evangelio" para vivir de acuerdo a ellos. Esta
lucha diaria implica educarnos en una constante actitud crítica: ¡debemos
aprender a juzgarlo todo desde el Evangelio!
Cabe decir que este "mundo" así entendido es algo diferente del
"mundo" cuando con esa palabra se designa en la Sagrada Escritura la creación,
o más específicamente la humanidad. En este caso el término tiene un sentido
positivo.
1.3. El hombre viejo
¿No experimentamos muchas veces en nosotros una fuerte división?
Digo que le creo al Señor, que quiero hacer lo que Él me dice, me entusiasma el
ideal de la santidad, pero ¡con cuántos de mis actos niego mis anhelos, niego
al Señor! También San Pablo, una gran santo y apóstol, experimentaba en sí esta
división y conflicto interior: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no
hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco»[8].
Las pasiones desordenadas que me llevan a hacer el mal que no
quería, las tendencias pecaminosas que descubro en mí, los malos hábitos y
vicios, mis caprichos y la ley del gusto-disgusto que prima tantas veces en mí
como criterio de elección, son elementos que forman parte de esta compleja
realidad personal que llamamos "hombre viejo". Se trata delpecado «que
habita en mí»[9]
y que en mí ha dejado sus secuelas. Es este un enemigo que llevo dentro de mí,
que continuamente ofrece batalla y resistencia. En esta lucha se trata de
alcanzar, por medio de un trabajo ascético y en apertura a la gracia divina, un
auto-dominio que nos permita reordenar nuestro interior y orientar todas
nuestras energías y potencias al propio despliegue en el cumplimiento del Plan
divino. El ejercicio de los silencios es un medio excelente para crecer
día a día en este auto-dominio o maestría de mi persona.
Vale la pena anotar que la presencia del "hombre viejo" en
nosotros no nos hace malos. Por la reconciliación en el Señor Jesús hemos
superado la ruptura que introdujo el pecado original en nuestras vidas,
reconciliación que la Iglesia nos ofrece desde nuestro Bautismo y que nos hace
"hombres nuevos". Sucede, más bien, que son las consecuencias del pecado
las que nos aquejan y se traducen en esa inclinación al egoísmo y al mal que
está detrás del "hombre viejo". Se trata de una distorsión en nosotros, que
somos buenos.
2. LA NECESIDAD DE CUSTODIAR NUESTRA VIDA ESPIRITUAL
En esta lucha no es posible triunfar si no se atiende
debidamente la propia vida espiritual. El nuestro es un combate espiritual,
por ello nuestras armas son espirituales: ¡son las «armas de la luz»[10]
de las que hay que revestirnos! Los momentos fuertes de oración, el ejercicio
continuo de la presencia de Dios, el nutrirnos del Señor y de su fuerza en la
Eucaristía, el continuo recurso al perdón de Dios y a la gracia en la confesión
sacramental, las lecturas edificantes, el conocer el testimonio de los santos y
de personas de vida cristiana destacada, y otros medios son indispensables para
fortalecernos y para contar con las armas necesarias para el combate.
Quien en esto no persevera, será como un soldado que va a la
batalla sin armas, sin casco ni protección alguna. Quien no permanece vigilante
y en oración[11],
se hace frágil y vulnerable ante la tentación. En cambio, todo lo puede quien
encuentra su fuerza en el Señor[12].
Así, pues, si queremos vencer en esta lucha, ¡procuremos crecer y madurar día a
día en nuestra vida espiritual, poniendo los medios adecuados y perseverando en
ellos!
3. UN COMBATE QUE DURA TODA LA VIDA
Lanzarnos con un entusiasmo inmaduro al combate lleva quizás a
algunas victorias y crecimientos iniciales, pero eso no basta. La vida cristiana
no es una carrera de velocidad, sino de largo aliento. El empeño por
ser santos[13]
no es cuestión de un momento, sino de toda la vida.
Así, pues, hemos de aspirar a adquirir la necesaria tenacidad
para ofrecer un combate duradero, pues la vida eterna se conquista por la perseverancia.
Por eso hay que rezar y pedirle al Señor, pues no pierde en esta batalla el que
es una y mil veces herido, sino el inconstante, el que dejándose vencer por el
desaliento, la desesperanza, o el desánimo, deja de luchar. Como decía Fray
Luis de Granada, «no se llama vencido el que fue muchas veces herido, sino el
que siendo herido, perdió las armas y el corazón». Triunfará quien, aunque mil
veces herido, siempre se levanta, como aquellos muñequitos que se llaman
"porfiados": por más que se los tumbe, tercos y porfiados vuelven a
ponerse nuevamente de pie. Recordemos también en este sentido aquella máxima
que nos invita a la humildad y paciencia en la lucha: Santo no es aquél que
nunca cae, sino el que siempre se levanta.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Estamos llamados a combatir el buen combate de la fe: 1Tim
6,12.
-
Nuestra lucha es contra el demonio y los espíritus malignos:
Ef 6,12. Hay que estar atentos, pues el demonio ronda buscando a quien devorar:
1Pe 5,8; Hay que estar vigilantes y en oración, para no caer en sus
seducciones: Mt 26,41; El Señor nos enseña como vencer la tentación: Mt 4,1-11;
El demonio huye de quien le resiste: Stgo 4,7; No debemos temerle al demonio,
pues Dios es más fuerte: Rom 16,20.
-
Nuestra lucha es contra el mundo y sus criterios: Rom 12,2. El
Señor invita a "cambiar de mentalidad" haciendo propios los criterios
evangélicos: Mc 1,15.
-
Nuestra lucha es contra el hombre viejo y sus obras: Ef
4,20-24; Col 3,9-10. ¿De qué hay que despojarnos? Col 3,5.8-9; ¿De qué hay que
revestirnos? Col 3,12-14.
-
En Cristo, la victoria es ya nuestra: Jn 16,33; 1Cor 15,57.
Triunfa quien persevera: Mt 24,13.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
El combate espiritual consiste en cooperar con la gracia desde
nuestra libertad. ¿Cuánto te estás esforzando por luchar contra tu pecado
personal?
-
¿Has elaborado un plan de vida que te permita trabajar
sistemática y metódicamente en todo aquello que sea obstáculo para que cumplas
el Plan de Dios?
-
¿Normalmente sueles cumplir con el plan de vida y los medios
concretos que te propones en tu combate espiritual? ¿Qué podrías hacer para
cumplirlos mejor?
-
¿Evalúas constantemente tus avances en tu lucha personal?
¿Replanteas los medios que te permitan luchar más eficazmente contra tu hombre
viejo?
-
«El que asciende no cesa nunca de ir de comienzo en comienzo
mediante comienzos que no tienen fin. Jamás el que asciende deja de desear lo
que ya conoce (S. Gregorio de Nisa, hom. in Cant. 8.)». ¿Qué tan "porfiado"
eres?
|
Descargar
Trabajo de Interiorización
|
Versión
para imprimir
|
|

|

|
[1] Catecismo
de la Iglesia Católica, 405.
[5] Ver
Pablo VI, Catequesis, 15/11/1972.
|