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«María ejerce su maternidad con respecto a la comunidad de
creyentes... también educando a los discípulos del Señor en la comunión
constante con Dios. Así, se convierte en educadora del pueblo cristiano en la
oración y en el encuentro con Dios...»[1]
La oración es «en sentido propio, toda elevación del corazón al
Señor, el diálogo personal con Dios, en el que se da una entrega amorosa del
corazón, llena de reconocimiento, gratitud y alabanza. es un medio excelente
puesto por Dios para que los hombres recorran el camino de la plenitud y de la
amistad con Él. Para encontrarse, para ser auténtico, para amar, la oración es
el camino»[2].
Nada sustituye a la oración, de modo que el que no reza, reza poco o
mal, es como aquél que pretende vivir sin respirar y sin alimentarse
adecuadamente. Y así como para alimentarme hay horas específicas a lo
largo del día, así también para la oración han de haber momentos fuertes
de encuentro con el Señor en la oración mental o "lectio", en la meditación
bíblica, o en el diálogo íntimo con el Señor en el Santísimo. Dedicar tiempos
fuertes para la oración, «en intensidad y en duración»[3],
son asimismo necesarios para poder orar «en todo tiempo»[4].
ORAR SIEMPRE...
El Señor Jesús inculcó a sus discípulos «que era preciso orar
siempre sin desfallecer»[5].
Él mismo se ofrece como modelo, pues Él «aprendió a orar conforme a su corazón
de hombre. Y lo hizo de su Madre que conservaba todas las "maravillas" del
Todopoderoso y las meditaba en su corazón[6]»[7].
Del Señor «podemos decir perfectamente que "oraba todo el tiempo sin
desfallecer". La oración era la vida de su alma, y toda su vida era oración»[8].
Con su palabra y ejemplo Cristo nos enseña en primer lugar que
es necesario rezar siempre, es decir, que es necesario no sólo elevar el
corazón a Dios a intervalos, en diversos momentos de la jornada, sino que hemos
de aprender a rezar de tal modo que nuestra oración no se interrumpa en ningún
momento. Ese es el ideal al que hemos de aspirar los discípulos de
Cristo: la oración continua.
Pero, ¿es esto acaso posible? ¿Podemos acaso rezar sin
interrupción? San Agustín, al meditar sobre la indicación del Apóstol
del Señor a orar sin cesar[9],
se preguntaba: «¿Acaso nos arrodillamos, nos postramos y levantamos las manos
sin interrupción, y por eso dice: Orad sin cesar? Si decimos que sólo
podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar». Por ello, explicaba el
santo de Hipona, hay que entender que «existe otra oración interior y
continua», una oración que no se interrumpe aunque abandonemos el lugar de
nuestra oración: «Callas si dejas de amar. el fuego de la caridad es el clamor
del corazón. Si la caridad permanece siempre, clamas siempre»[10].
Y en otro momento decía también: «No cantes las alabanzas a Dios sólo con tu
voz, haz que tus obras concuerden con tu voz. Cuando cantas con la voz callas
de tiempo en tiempo. Tú canta con la vida de forma que nunca calles. Cuando
Dios es alabado por tu buena obra, con tu buena obra alabas a Dios»[11].
Así, pues, cuando nutridos por los momentos fuertes de oración obramos conforme
al Plan de Dios, procurando hacer lo que el Hijo de María nos dice, nos
insertamos vitalmente en una «dinámica oracional»[12]
que permite convertir cada uno de nuestros actos, apostolado y la vida misma en
una oración continua, en un "gesto litúrgico"[13],
llegando a ser nosotros mismos una «hostia viva, santa, agradable a Dios»[14].
...Y SIN DESFALLECER
También advierte el Señor Jesús sobre la necesidad de rezar sin
desfallecer, es decir, es necesaria también la perseverancia en la
oración. ¡Y es que somos tan inconstantes en la oración! No pocas
veces excusas como: "no siento nada", "no tengo tiempo para rezar", "tengo
cosas más urgentes/importantes que hacer", "no tengo ganas", "estoy cansado",
"después rezo" (y ese "después" nunca llega), "me da vergüenza acercarme al
Señor porque he pecado", "el Señor no me escucha", etc., nos llevan a abandonar
fácilmente la vida de oración! ¡Cuántas veces hemos dejado de acudir al Señor
ante las diversas, y a veces difíciles, pruebas por las que nos ha tocado pasar
por nuestro deseo de seguir al Señor Jesús!
Ante todas las dificultades, pruebas y tentaciones que nos
invitan a abandonar la vida de oración, el Señor nos alienta a no desfallecer.
¡En toda circunstancia, favorable o adversa, aprendamos del Señor a permanecer
tercamente perseverantes en la oración! Es más, ¡es de la misma oración de la
que obtenemos la fuerza necesaria para sobrellevar las pruebas!
PERSEVERABAN EN ORACIÓN CON MARÍA
María, como enseña el Papa, es «educadora del pueblo cristiano
en la oración y en el encuentro con Dios»[15],
y es que también Ella «oraba todo el tiempo sin desfallecer», también para Ella
«la oración era la vida de su alma, y toda su vida era oración»[16].
En el Cenáculo, ejerciendo su función maternal, la vemos reuniendo en torno
suyo a los apóstoles y discípulos de su Hijo, perseverando con ellos en la
oración unánime, enseñándoles a disponer sus corazones -como Ella supo hacerlo
a lo largo de toda su vida- para acoger el Don prometido por el Señor: «vendrá
sobre vosotros el Espíritu Santo». Así María, «Maestra de oración y Paradigma
de cercanía al Altísimo, va educando evangélicamente a los discípulos en la
plegaria confiada»[17]:
Ora la Madre implorando el Don del Espíritu que ha de encender en ellos el
ardor por anunciar el Evangelio del Señor, ora en unión con sus hijos, quienes
aprenden a llevar una vida espiritual intensa de su testimonio vivo de oración.
¿Y qué aprendemos también hoy los discípulos de Cristo de
aquella que es escuela y «Madre de la Oración»?[18].
Aprendemos de su actitud de silencio y recogimiento interior, disposiciones
esenciales para acoger en lo profundo del corazón y meditar las grandezas de
Dios, así como para escuchar, acoger y meditar continuamente la Palabra divina,
adhiriéndonos cordialmente a ella para ponerla por obra. María, mujer de
oración y acción, nos enseña con su ejemplo a reservarle a Dios momentos
fuertes de oración así como a andar en continua Presencia de Dios, a buscar que
todo lo que hagamos sea hecho con la intención de servir a Dios y sus designios[19],
desplegándonos así en una vida que da gloria a Dios con todo el ser y obrar.
María nos enseña a tener una visión de eternidad que nos permite ver y valorar
todo desde una perspectiva divina. ¡Miremos, pues, a la Madre, y unidos a Ella
aprendamos a perseverar en la oración, y en una oración que busca ser continua!
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús, hombre de
oración Él mismo, es maestro y modelo de oración continua y perseverante: Lc
3,21-22; Lc 5,16; Lc 6,12-13; Lc 9,18; Lc 9,28-29; Lc 11,1; Lc 21,37-38; Lc
22,39-46.
-
El Señor nos enseña que es
necesario perseverar en la oración: Lc 1,18; para no caer en tentación: Lc
22,46; Mt 26,41; para tener fuerza en el momento de la prueba: Lc 21,36.
-
También Pablo invita a ser
perseverantes en la oración: Rom 12,12; Col 4,2; a orar en toda ocasión: Ef
6,17-18; Flp 4,6; a orar constantemente: 1Tes 5,17.
-
María, mujer de oración, nos
enseña a guardar y meditar constantemente las obras y palabras de Dios en
nuestro corazón: Lc 2,19.51; A vivir la dinámica de la oración continua obrando
en amorosa obediencia a los designios divinos: Lc 1,38; Jn 2,5; Lc 11,27-28.
-
Los apóstoles y discípulos
perseveraban en la oración con María: Hech 1,14.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Catequesis del 6/9/95, n.5.
[2] Luis
Fernando Figari, Huellas de un Peregrinar, Fondo Editorial, Lima, 1991,
2ª edición, p. 35.
[3] Catecismo
de la Iglesia Católica, 2697.
[6] Ver
Lc 1,49; 2,19.51.
[7] Catecismo
de la Iglesia Católica, 2599.
[8] S.S.
Juan Pablo II, La oración del Hijo al Padre, 22/7/1987, 1.
[10]
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 37.
[11]
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 146,2.
[12]
Ver Luis Fernando Figari, Características de una espiritualidad para nuestro
tiempo desde América Latina, VE, Lima, 1995, p. 42.
[14]
Rom 12,1; ver Lumen gentium, 10.
[15]
S.S. Juan Pablo II, Catequesis del 6/9/95, n.5.
[16]
S.S. Juan Pablo II, La oración del Hijo al Padre, 22/7/1987, 1.
[17]
Luis Fernando Figari, María paradigma de unidad.
[18]
Luis Fernando Figari, Con María en Oración, p.28. Se trata de la oración Santa
María de Pentecostés.
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