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Un medio que merece especial consideración para alcanzar la
perfección de la caridad, la santidad a la que todos estamos llamados, es el permanente
ejercicio de la presencia de Dios.
Si quiero llegar a ser santo como Él es santo[1],
he de procurar andar continuamente en la presencia de Dios. «Anda en mi
presencia y sé perfecto»[2],
dice el Señor a su siervo. La perfección y santidad depende mucho de que me
ejercite en la continua memoria y presencia de Dios. Es muy sencillo: quien
olvida a Dios y no vive en su presencia, deja de escucharlo y se aleja de sus
caminos. Es como la oveja que deja de oír al pastor: se aleja del rebaño y se
pierde, exponiéndose a ser devorado por las fieras. En cambio, quien camina en
presencia de Dios, guarda las enseñanzas de su Hijo y permanece en el camino
que conduce a la Vida. El ejercicio de la presencia de Dios es, pues, una
práctica fundamental para andar por el buen camino.
«EN DIOS VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y EXISTIMOS»
Por la Revelación sabemos que «en Dios vivimos, nos movemos y
existimos»[3]:
vivo porque Él me ha creado, y permanezco en la vida porque Él me sostiene con
su amorosa providencia. Asimismo tenemos la convicción de que Dios está con
nosotros, siempre, no como un ente abstracto o una fuerza impersonal,
sino como Padre que es, amoroso y misericordioso. Él no deja de escucharnos y
de acompañarnos, especialmente en los momentos más difíciles de nuestro terreno
peregrinar. Tampoco deja de hablarnos y educarnos especialmente a través de su
propio Hijo[4],
a quién Él ha enviado para nuestra reconciliación[5],
y no deja derramar en nuestros corazones la gracia de su Espíritu. ¡Así pues,
nada de lo que somos o hagamos está desvinculado de Dios, del amor que nos
tiene, de su gracia! Y es de esa realidad de la que hemos de tomar renovada
conciencia diariamente...
De lo que se trata es de mantener siempre y en todo una viva
conciencia y memoria de la presencia de Dios. Esa será una manera
de hacer de nuestra vida, acción y apostolado, una oración continua que dé
gloria a Dios, conscientes del horizonte que la espiritualidad de la acción
pone ante nosotros: «Oración para la vida y el apostolado, vida y apostolado
hechos oración». Aspiramos a andar de continuo en presencia de Dios,
como el Señor Jesús, como María. Para ello es necesario hacer de la presencia de
Dios un ejercicio habitual.
Pero, ante esta perspectiva, puede preguntarse alguno: si estoy
dedicado a algo que exige mucha concentración, ¿cómo puedo a la vez mantener en
mi campo de conciencia la presencia de Dios? ¿Cómo puedo mantenerme alabando a
Dios? ¿Cómo puede hacerse este "divorcio" de la mente? ¿Cómo hacer para tener
una parte de mi conciencia puesta en Dios?
El acto que estoy realizando no excluye otra presencia. Si te
educas, puedes mantener aún en medio de otras actividades una continua
presencia de Dios. Esta es justamente nuestra aspiración: llegar a ser
"contemplativos en la acción".
UN EJERCICIO ESPIRITUAL HABITUAL
Un ejercicio es aquello que se repite constantemente, con
cierta periodicidad y disciplina. El ejercicio conduce a una gradual superación
de la persona, a un perfeccionamiento cada vez mayor en aquello en lo que uno
se ejercita, a una excelencia en el dominio y manejo de las propias
habilidades. Como los atletas que cumplen diarias y exigentes rutinas de
ejercicios para poder alcanzar la victoria en las competencias deportivas, así
hemos de ejercitarnos nosotros en las cosas del Espíritu. El peor enemigo de
los ejercicios es la inconstancia, que impide alcanzar la excelencia y
sume en la mediocridad.
¿En qué consiste este ejercicio de la presencia de Dios? En la
memoria de tal presencia, tanto en el pensamiento como también en la acción.
Sí, la memoria o recuerdo continuo de Dios que eleva al vivo deseo e intención
de realizar el Plan de Dios en nuestras vidas, tal y como nos lo enseña nuestro
Señor, paradigma y ejemplo supremo de cómo se vive en presencia de Dios: «Mi
alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra»[6].
¿Quién como Jesús vive en presencia de Dios? Entre Él y el Padre hay una
profunda comunión y sintonía. Y de ese andar de continuo en presencia del
Padre, en comunión con Él, brota su "hambre" y deseo intenso de cumplir sus
designios, de llevar a cabo la misión que Él le ha encomendado. Así también
María, desde el ejercicio cotidiano de la presencia de Dios en su vida[7],
buscó en todo servir con fidelidad el Plan de Dios: «He aquí la sierva del
Señor; hágase en mí según tu palabra»[8].
Lo mismo hemos de hacer nosotros.
MEDIOS CONCRETOS PARA VIVIR LA PRESENCIA DE DIOS
¿De qué modos puedo ejercitarme en la presencia de Dios?
¿Cómo andar y permanecer continuamente en Su presencia? Múltiples son los modos
por los que en la vida cotidiana puedo ejercitarme en la presencia de Dios: los
momentos fuertes de oración personal, así como también los momentos de oración
en común[9],
y de modo privilegiado la Eucaristía, son momentos especiales para experimentar
la presencia de Dios. Las frecuentes visitas al Señor en el Santísimo, los
ejercicios de la vida espiritual como la lectura y meditación bíblica, la
lectura de libros espirituales, etc., son también medios fundamentales por los
que me ejercito en esta presencia de Dios. Asimismo puedo ejercitarme en ella
elevando en las diversas circunstancias del día una breve pero intensa oración
a Dios: cuando me levanto de mañana, «al despertar me saciaré de Tu semblante»[10];
o cada vez que me pongo en marcha, «caminaré en presencia del Señor»[11];
o cada vez que me dirijo a visitar al Señor en el Santísimo, «Dice de ti mi
corazón: "Busca su rostro". Sí, Señor, tu rostro busco»[12];
o antes de rezar: «Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu
presencia el meditar de mi corazón»[13];
o en cualquier momento, «¡Buscad al Señor y su fuerza, id tras su rostro sin
descanso!»[14].
Las jaculatorias -repetición frecuente, sin interrupción, de una oración
muy breve, consistente en una frase más o menos corta- también ayudan muchísimo
a ejercitarse en la presencia de Dios.
Otros medios son tener en mi dormitorio, en mi escritorio, en
los lugares donde trabajo, signos visibles, cuadros, imágenes, cartelitos con
frases y también música apropiada que favorezcan un clima espiritual, un
ambiente que me "hable" continuamente de la presencia del Señor. Ayuda también
el detenerme de vez en cuando a contemplar con reverenciala naturaleza, «porque
lo invisible de Dios... se deja ver a la inteligencia a través de sus obras»[15].
Finalmente -aunque cada cual podrá encontrar otros modos de
vivir en presencia de Dios-, excelente medio es, comoaconseja el maestro
Rodríguez, no dejar de hacer -ya sea por miedo, indolencia, dejadez, por
preferir mi gusto-disgusto, etc.- aquello que entiendo es lo que Dios me pide
según sus amorosos designios: «andar en este ejercicio será muy buen modo de
andar en presencia de Dios y en continua oración, y muy provechoso»[16].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
En Dios vivimos, nos movemos y
existimos: Hech 17,27-28; Él nos ve, nos sondea hasta lo más profundo, nos
"envuelve" en su Presencia: Sal 139(138),1-10. El Señor resucitado nos ha
prometido su continua Presencia: Mt 28,18-20.
-
Dios nos ha llamado a ser santos
en su Presencia: Ef 1,3-4; Col 1,21-22; Sal 56(55),13-14; a servirlo con una
vida santa: Lc 1,74-75; Sal 24(23),4-6; 1Re 9,4-5.
-
Hemos de procurar andar
continuamente en Presencia de Dios: 1Cro 16,11; Sal 27(26),8; Sal 105(104),4-5.
-
El ejercicio de la presencia de
Dios nos ayuda a obrar bien: Mt 6,4; Sal 17(16),2; a mantenernos firmes: Heb
11,27; a andar por el camino que conduce a la Vida: Hech 2,25-28; Sal
16(15),7-11. «La memoria de Dios despide todos los pecados»: Eclo
17,14-15.19-20; Tob 4,6.20; Sal 11(10),4-5.7; Quien no vive en presencia de
Dios se desliza por el camino del mal: Is 47,10; Jer 12,4; Sal 14(13),1-2.
-
Nuestros pecados nos inclinan a
ocultarnos, a apartarnos, a huir de la Presencia de Dios: Gen 3,8-10; Is 59,2;
Sal 51(50),5-6.13.
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[7] Ver
Luis Fernando Figari, María, paradigma de unidad, Vida y Espiritualidad,
Lima, p. 9.
[16]
P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas,
Parte 1ª,Tratado 7, c.5, n.11.
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