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«La intención es un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira
al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción emprendida. No se
limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente,
sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo»[1].
Si observamos nuestro comportamiento, vemos que todo lo que
hacemos lo hacemos con una intención, un por qué y un para qué.
Las intenciones pueden ser muy diversas, y cada cuál tiene las suyas. Podemos
hacer o decir muchas cosas con intención de ayudar y hacer el bien a otros, o
también por vanidad, para alcanzar el reconocimiento y la valoración de los
demás, o también para ganar en poder y dominio, o para experimentar placer, o
para tener más... Hay buenas y nobles intenciones. Las hay malas y perversas.
Pueden ser explícitas o mantenerse en el más absoluto secreto. Puedo decir que
mi intención es una, cuando en realidad es otra. También puedo realizar algo
con una intención buena, y sin embargo en el camino aparecen otras intenciones
no tan "santas", que enturbian aquella. Así, en nuestro cotidiano devenir, nos
encontramos con múltiples intenciones que van impulsando nuestra acción...
LA CONSAGRACIÓN DE INTENCIONES
La consagración de intenciones es un ejercicio por el que
desde el inicio del día expreso una opción fundamental, un propósito decidido
por consagrar amorosamente todos mis actos o quehaceres a la gloria de Dios,
con el deseo e intención de colaborar con Él en sus amorosos designios para
llevar toda la creación y al ser humano a su plenitud en Cristo, por la
reconciliación. Al mismo tiempo, en este acto de amor a Dios por el que busco
consagrarle todo mi ser y quehacer, todas mis intenciones, encuentro el camino
de mi verdadero despliegue, de mi realización como persona humana ya en esta
tierra, orientándome y encaminándome a la total plenitud de mi ser en la eterna
participación de la vida y comunión con Dios mismo.
EL FUNDAMENTO DE ESTE EJERCICIO
Quienes nos hemos encontrado con el Señor, quienes nos hemos
encontrado con el inmenso amor que Él nos tiene y hemos aprendido a amarlo,
experimentamos el natural impulso y deseo de hacer todo «de corazón, como para
el Señor y no para los hombres»[2].
En nuestras relaciones humanas sucede que quien ama verdaderamente busca
entregarse y acoger a quien ama, generándose -cuando hay una mutua
reciprocidad- un dinamismo que conduce a la realización y felicidad de cada una
de las personas en la comunión. En virtud de esa comunión que anhela y
procura vivir, la persona que ama naturalmente tiende a pensar y hacer las
cosas en función de aquél, aquélla o aquellos a quienes ama. De modo análogo,
el amor a Dios -indesligable del recto amor a uno mismo y el amor por todos los
hermanos humanos-[3]
y el deseo de participar de su misma Comunión de Amor para alcanzar nuestra
plena realización y plenitud humana según la promesa del Señor son el
fundamento del ejercicio espiritual de la consagración de intenciones.
¿CÓMO EJERCITARME EN LA CONSAGRACIÓN DEINTENCIONES?
Todas las mañanas, antes de iniciar las diversas actividades de
la jornada, eleva una oración semejante a esta, adaptando lo que haya que
adaptar: "Te ofrezco, Señor, los deseos y proyectos de mi jornada: mi trabajo,
mis estudios, mi apostolado, mis momentos de esparcimiento, mis conversaciones,
mis esfuerzos por servir a mis semejantes: a mis padres, a mi esposa o esposo,
a mis hijos, a mis amigos, a las personas que necesitan de mí... todo quiero
hacerlo por amor a ti, con la intención de realizar tu designio en mi vida. Es
así, con una vida que se despliega en el cumplimiento de tu Plan, como hoy
quiero alabarte y bendecirte, darte gloria, e irradiar tu luz y calor a todos
los que se encuentren conmigo".
Luego, en la medida de lo posible, renueva ese mismo propósito
en los diversos momentos de la jornada. Otra breve oración puede ayudarte para
este fin: "¡Señor, lo que ahora me dispongo a hacer (o lo que ahora estoy
haciendo), por amor a ti lo hago, para llevar a cabo la obra que tú me has
encomendado!"[4]
Sursum corda! Eleva así tu corazón y todo tu ser a Dios, y lo que te
dispongas a hacer en ese momento, hazlo de corazón, para servir al Señor[5]...
De este modo haces de tu pensamiento o actividad un acto de amor al
Señor, ofrecido y elevado como un sacrificio agradable al Padre desde el altar
de tu propio corazón. Así irás informando cada uno de los actos de tu jornada
con la aspiración de cumplir el Plan de Dios, encauzándolos de modo que estén
encaminados a glorificarle incesantemente, en una oración y liturgia continua.
Cabe recordar que es así como también estás llamado a ejercer en
tu vida cotidiana la función sacerdotal del Señor Jesús, de la que has
sido hecho partícipe por el Don del Bautismo[6].
Como decía San León Magno, «¿qué hay más sacerdotal que ofrecer a Dios una
conciencia pura y las inmaculadas víctimas de nuestra piedad en el altar del
corazón?»[7]
Y el Santo obispo Pedro Crisólogo, al comentar la exhortación que el Apóstol
hace a los cristianos de Roma a ser hostias vivas[8],
decía: «Inaudito ministerio del sacerdocio cristiano: el hombre es a la vez
víctima y sacerdote, el hombre no ha de buscar fuera de sí qué ofrecer a Dios,
sino que aporta consigo, en su misma persona, lo que ha de sacrificar a Dios...
Sé, pues, oh hombre, sacrificio y sacerdote para Dios... haz de tu corazón un
altar... Lo que pide Dios es la fe, no la muerte, tiene sed de tu buena
intención, no de sangre; se satisface con la buena voluntad, no con matanzas»[9].
LA PUREZA DE INTENCIONES
Expresar diariamente la intención de glorificar a Dios con una
vida que aspira a desplegarse sirviendo amorosamente el Plan de Dios, y
mantener dinámicamente esa intención al paso de las horas, en todos los actos
del día, es clave para vivir este ejercicio espiritual.
Pero además de esto es altamente recomendable el ejercicio del examen
continuo de las intenciones para que todo en nosotros busque cumplir
con el mayor cuidado y diligencia el Plan de Dios. Por este examen aprendo a
tener un sentido crítico -desde el Señor Jesús y el Evangelio- que me
permita discernir la «conformidad o disconformidad de mis actos con la opción
fundamental por Jesús»[10].
Concretamente puedo preguntarme al final de cada jornada, o en cualquier otro
momento que considere oportuno: ¿Qué intención o intenciones he albergado en mi
corazón al hacer esta o aquella obra? No olvidemos que la pureza también
se requiere con respecto a la obra que realizamos, por ello hablamos de
una pureza de intención[11].
Examinando con frecuencia mis intenciones e invocando el don del Espíritu podré
purificar poco a poco mi corazón de toda intención que esté animada por el
egoísmo, la vanidad u otro criterio mundano, para servir con cada vez mayor
celo y pureza al Señor.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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El Señor Jesús se consagra al Padre y su intención es cumplir
su Plan en todo: Heb 10,7; Jn 4,34; 17,4; 19,30; También Santa María manifiesta
su estado de consagración a Dios: Lc 1,34; y su intención de servir el Plan de
Dios con fidelidad: Lc 1,38.
-
Todos hemos sido consagrados a Dios por el bautismo: Rom
6,3-4; Hech 2,38-39; Ef 4,4-5.
-
La base de toda consagración es el amor: Dt 6,4-5; Mc 12,29;
Por amor nos disponemos a servir al Señor: 1Sam 3,10; Lc 1,38; a hacer lo que
Él nos diga: Jn 14,15.21; hemos de procurar hacer todo para el Señor: Col 3,23;
3,17; 1Cor 10,31; 2Cro 31,21; no para una gloria vana: Mc 9,34-35; para ser
vistos por los hombres: Mt 6,1.5; 23,5.
-
Dios promete una recompensa eterna a quien cumple su amoroso
designio: Ef 6,8; Col 3,24; Mt 19,29; Jn 6,40; 12,25; Rom 2,6-8;6,19-23; a
quien obra por amor a Dios: Mt 6,17-18; si buscamos solo nuestra gloria,
nuestra recompensa será vana: Ecl 1,1; Mt 6,16.
-
Hemos de purificar nuestros corazones: Mt 5,8; de toda mala
intención: Mc 7,21; Mt 15,19-20.
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Trabajo de Interiorización
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[1] Catecismo
de la Iglesia Católica, 1752.
[6] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 783-784.
[10]
Ver Luis Fernando Figari, Una Espiritualidad para nuestro tiempo, VE,
Lima 1988, p. 42.
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