|
PEREGRINANDO CON VISIÓN DE ETERNIDAD
La vida del hombre en este mundo es pasajera. Experimentamos que
este caminar tiene un umbral indudable: la muerte. Sin embargo, por la fe
comprendemos que este tránsito marca el comienzo del destino definitivo: el
encuentro pleno con la Santísima Trinidad. Por ello la Carta a los Hebreos
nos dice que «no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la
del futuro»[1].
Cuando el hombre hace silencio en su interior percibe la
nostalgia de infinito que lleva grabada en lo más hondo del corazón, la cual
apunta siempre como una brújula hacia el norte de su existencia. Precisamente
la visión de eternidad es aquella mirada espiritual que nos lleva a trascender
la imagen de este mundo que pasa y a poner cimientos sólidos en lo esencial; a
descubrir la mediación de las realidades cotidianas y su sentido último
-que no se agota en su dinámica inmanente, puramente temporal-, a divisar cómo
la naturaleza, lo verdadero, lo bueno, lo bello nos lanza al encuentro personal
con Dios Amor.
La visión de eternidad está fundada firmemente en la fe, es
alentada por la esperanza y nutrida constantemente por el fuego de la caridad
derramada en nosotros por el Espíritu Santo[2].
Es una magnífica consejera que nos hace crecer en la paz interior y en la
prudencia, evitando todo apresuramiento, indolencia, triunfalismo o pesimismo.
Es expresión de la fe en la mente y nos permite acercarnos a la realidad para
verla adecuadamente desde su luz. Por este motivo la mirada hacia la
inmortalidad puede ser llamada "catalejo" que permite ver a lo lejos o
"colirio" que purifica los ojos. Es también fuente de energía y de actividad,
de esfuerzo magnánimo y longánimo por un ideal noble, según la oración del
Apóstol: «... olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante,
corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo
alto, en Cristo Jesús»[3].
Viene a nuestra memoria aquel lema en que tanto insiste nuestro Fundador: "La
medida de la grandeza de tu vida es la medida de la causa a la que sirves".
Aunque la visión de eternidad debe tenerse en todo instante,
existen algunas circunstancias especiales que la exigen con singular apremio.
Ante las dificultades de la vida cotidiana, las incomprensiones, el cansancio
natural, las enfermedades y el sufrimiento, los fracasos en el trabajo o en el
apostolado, la ruptura de la solidaridad que se busca construir, la rutina en
muchas responsabilidades, las labores que a veces parecen interminables,
debemos considerar la gloria escondida silenciosamente en el recto obrar,
fatigoso y alentador, repitiéndonos constantemente: "¿Por Quién hacemos todo
esto? ¡Por ti, Señor! ¡Para que tu Plan se realice!". Como nos dice San Pablo,
«La leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado
caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas
visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas
las invisibles son eternas»[4].
Llegados a este punto podemos concluir: ¡Necesitamos tener
visión de eternidad! Pero, ¿cómo o de quién aprender a vivirla?
EL SEÑOR JESÚS Y LA VISIÓN DE ETERNIDAD
El Señor Jesús siempre tuvo una visión de eternidad que
informaba toda su vida cotidiana. Ello lo percibimos contemplando con
profundidad algunos pasajes de los Santos Evangelios: la llamada a los
Apóstoles[5],
el discurso del Pan de vida[6],
de las bienaventuranzas[7],
su encuentro con la samaritana[8]
y con Nicodemo[9],
la resurrección de Lázaro[10],
la Transfiguración[11],
el anuncio de su Pasión[12],
de su Resurrección[13],
de la venida del Espíritu Santo[14]
y la aparición a los discípulos de Emaús[15].
También en su oración el Señor Jesús rezaba mirando hacia lo
eterno: «... y alzando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora;
glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti"»[16].
Es necesario estudiar y rezar cada uno de estos pasajes con una
perspectiva especial: con visión de eternidad, que es justamente participación
y reflejo de la visión de Dios. Como nos recomienda nuestro Fundador,
«contemplemos cada episodio [del Evangelio] desde la óptica de Jesús, con los
ojos de Jesús»[17].
SANTA MARÍA Y LA VISIÓN DE ETERNIDAD
La Madre del Señor, conformada plenamente con su Hijo, también
participaba de su visión de eternidad, confiando firmemente en las promesas
divinas. Podemos descubrirlo en diversos pasajes de la Sagrada Escritura: en la Anunciación-Encarnación
la vemos preguntando confiada al Ángel del Señor ante el porvenir: «¿Cómo será
esto, puesto que no conozco varón?»[18]
y respondiendo «Hágase»[19]
ahora y para siempre; en la Visitación la vemos saludando gozosa y con
mirada expectante a su prima Isabel:
«Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho
en mí maravillas»[20]; en Caná, ante las dificultades de la boda
por la falta de vino, confía solícita en que su Hijo solucionará el aprieto, y
dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga»[21]; en
medio del dolor por la muerte de su Hijo en la cruz la vemos de pie y vislumbrando la resurrección a la luz de la fe, confiada en la promesa de Jesús:
«al tercer día resucitaré»[22].
Nos dice nuestro Fundador en María desde Puebla: «...la
humilde doncella de Nazaret simboliza la fundamental opción por la realidad
concreta del ser humano, donde las medidas usuales como el poder, el tener, el
poseer-placer, propias de toda cultura de muerte quedan en definitiva cuestión.
Desde la visión de eternidad que Ella expresa en su vida y en sus hechos, lo
esencial aparece como lo interior, mostrándose en que Dios "ensalza a los
humildes" y, si es el caso, "derriba a los poderosos de sus tronos"»[23].
MEDIOS CONCRETOS
La conciencia de que somos peregrinos y que nuestro destino es
eterno debe acompañar nuestra vida en todo momento. La memoria continua de la
"hermana muerte" nos hace valorar más nuestro peregrinar en este mundo. La
Sagrada Escritura nos dice que si tuviésemos a la muerte siempre ante nuestros
ojos, no pecaríamos y haríamos el bien en todo momento: «En todas tus acciones
ten presente tu fin, y jamás cometerás pecado»[24].
Esto lejos de hacernos desentender de nuestra vida en el aquí y ahora, por el
contrario nos lleva a tener muy en serio nuestras resposabilidades personales y
sociales.
Contemplar fijamente el horizonte, especialmente el mar o el
cielo con todas sus estrellas. Relacionarlo con nuestra limitación y
pequeñez... pero también con la semilla de eternidad que llevamos en el corazón
y que nos hace seres especialmente bendecidos por el amor de Dios.
Cuando visitamos al Señor Jesús Sacramentado, considerar que no
sólo vamos para verlo a Él, sino también para que Él nos vea: lo contemplamos y
Él nos contempla. Enriquecer la perspectiva a la que estamos acostumbrados y
vernos como Él nos ve, con sus ojos. Por ello la visión de eternidad es, en
cuanto participación de la mirada de Dios, una visión al futuro y una visión
desde el futuro. Como nos dice el Salmo: «Tu luz nos hace ver la luz»[25].
Comulgar con frecuencia el "Pan de vida eterna", alimento del
peregrino. De la misma manera acudir con frecuencia al sacramento de la
reconciliación, por medio del cual Dios nos perdona y a su vez nos prepara para
el juicio final, haciendo darle peso de eternidad a nuestras obras.
Leer las vidas de los santos y de los mártires: considerar
particularmente cómo la visión de su resurrección futura, su experiencia
anticipada de la vida eterna en Cristo resucitado, los llevaba a asumir con
valor y entereza al dolor, porque los sufrimientos de su vida presente no eran
nada en comparación a la gloria que se habría de manifestar en ellos[26].
Como dice hermosamente San Atanasio: «... ellos, por el mérito de sus obras,
alcanzaron la libertad, y ahora celebran en el cielo la fiesta eterna, se
alegran de su antigua peregrinación, realizada en medio de tinieblas, y
contemplan ya la verdad que antes sólo habían vislumbrado»[27].
El de la mayoría de nosotros no será un martirio cruento, sino una entrega
radical por amor , cotidiana, que debe ser asumida con disposiciones
semejantes.
La cruz es el símbolo más elocuente de la visión de eternidad
porque en ella está latente la resurrección. Por ello debemos fijar la
mirada constantemente en el crucifijo, en el Hijo eterno de Dios muerto por
amor a los hombres: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo único; el
que cree en él no perece, sino que tiene vida eterna»[28].
Unidos a Él en la cruz escuchemos como el "buen ladrón": «Yo te aseguro, hoy
estarás conmigo en el Paraíso»[29].
Acojamos las palabras del Santo Padre Juan Pablo II que nos
exhorta a "echar las redes" y "bogar mar adentro" en nuestra interioridad y en
la misión apostólica: «Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos "remar
mar adentro", confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum!»[30].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Dios, en Cristo Jesús, promete la vida eterna a quienes creen
en Él: Jn 3,16; 1Cor 2,9; 1Pe 1,3-5; 1Jn 2,25.
-
¿Quién alcanza la vida eterna?: Mt 16,25-26; Lc 9,25; Jn
12,25-26; Eclo 16,12-14.
-
Nuestras obras en la vida presente tienen peso de eternidad:
Lc 20,34-36; Rom 2,6-10; Mt 25,46.
-
La visión de eternidad nos lleva a valorar en su justa medida
las cosas pasajeras, a no apegarnos a lo perecedero y apostar por lo que no
pasa: Col 3,1-4; 1Jn 2,15-17.
-
La visión de eternidad nos lleva a considerar con realismo la
fugacidad de la vida presente, y así saberla andar con tino y sabiduría: Sal
38,5-7; 88,48-49; 89,5-6.9-10.12; 102,15-17; 144,3-4; Eclo 10,9-11, 14,17-19;
17,1-2; 18,8-10; Job 7,1.6-7.
-
La memoria de la muerte es buena consejera: Eclo 7,36; 8,7;
14,12; 14,17.
-
La visión de eternidad nos ayuda a sobrellevar con paciencia
los sufrimientos de la vida presente: Rom 8,18; 1Pe 1,6-9; Heb 11,25-26.
-
La visión de eternidad lleva a anhelar vivamente la vida
eterna: Sal 72, 23-26.
-
La visión de eternidad nos anima a despojarnos de todo lastre
de pecado, a privarnos de todo vano apego, para lanzarnos a conquistar el
"premio" prometido, la vida eterna: Heb 12,1-3; Flp 3,13-14; 1Cor 9,24-25.
-
La visión de eternidad es alentada por la esperanza: Rom
8,24-25.
[17]
Luis Fernando Figari, En Compañía de María, VE, Lima, 2000, p. 24.
[23]
Luis Fernando Figari, María desde Puebla, FE, Lima 1992, pp. 46-47.
[27]
De las Cartas pascuales de San Atanasio, Carta 14, 1-2: PG 26, 1419.
[30]
S.S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 15.
|