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Al revelar su nombre: «Yo soy el que soy»[1],
Dios se manifiesta como quien siempre está allí, junto a su pueblo para
salvarlo. Nos dice el Papa Juan Pablo II: «Dios está ante todo presente a sí:
en su Divinidad Una y Trina. Está presente también en el universo que
ha creado... Esta presencia supera al mundo, lo penetra y lo mantiene en la
existencia. Lo mismo puede repetirse de la presencia de Dios mediante su conocimiento,
como Mirada infinita que todo lo ve, penetra y escruta... Finalmente, Dios está
presente de modo particular en la historia de la humanidad, que es
también la historia de la salvación... mediante la gracia, cuya plenitud
la humanidad ha recibido en Jesucristo»[2].
PRESENTES ANTE EL SEÑOR
El constante ejercicio de la presencia de Dios pone en primer
lugar de la existencia diaria el Plan divino y la intencionalidad de cumplirlo.
Es por ello una práctica fundamental para avanzar en la fe y conformarse con el
Señor Jesús, alcanzando la felicidad: «Me enseñarás el camino de la vida, me
saciarás de gozo en tu presencia»[3].
Dicho ejercicio es ante todo un acto de amor, puesto que aquel
que ama siempre recuerda y lleva grabado en su corazón la presencia del amado.
De esta manera se constituye en clave esencial de la vida interior. Como nos
dice nuestro Fundador: «la conciencia de la propia identidad descubierta día a
día en la oración y en el ejercicio de la presencia de Dios, llevan a un
encuentro plenificador con el Señor y a vivir una auténtica vida cristiana»[4].
La misma vida ascética debe centrarse en dicha presencia, puesto que allí
encuentra su sentido más hondo. También es necesaria para el prudente
discernimiento ante las exigencias apostólicas. La presencia de Dios además nos
coloca ante nosotros mismos, ante nuestros hermanos y ante la creación toda.
Debemos añadir que siempre camina tomada de la mano de sus otras "hermanas": la
obediencia amorosa, la renuncia a los frutos de la acción y la pureza de
intenciones.
El auténtico ejercicio de la presencia de Dios tiene diversas
características: es habitual, en cuanto modo especial y continuo de
comportarse; constante, en cuanto que persevera tenazmente incluso en
medio de las dificultades; cotidiano, porque se ejercita en toda
circunstancia concreta; vital, en cuanto que informa toda la existencia
y es encuentro y comunión entre dos personas: el yo humano y el Tú divino; y
por último es integral, dado que es un ejercicio que, reconociendo en la
mente la presencia de Dios, haciendo memoria conciente de Él (e incluso de modo
subconsciente), hace palpitar el corazón en su amor e impulsa a la voluntad al
recto obrar.
Estamos llamados a vivir en presencia del Señor en toda nuestra
vida, oración y apostolado. Sólo en el encuentro con Dios encuentra el apóstol
la luz y la fuerza para cumplir su misión.
LA EXPERIENCIA DE ADÁN Y EVA
Una lectura atenta de los primeros capítulos del Génesis nos
hace concluir que Adán y Eva en el paraíso experimentan constantemente la
presencia de Dios. Lo conocen como Amigo, lo aman como Creador y le sirven
obedientemente como Padre. Dicha presencia se constituye en la fuente de su
alegría, de su confianza, de su armonía y de su paz.
Sin embargo, como fruto de un mal uso de la libertad que Dios
les había dado, desobedecen, e introducen la ruptura en la creación. Esta
ruptura está acompañada por el paso de la confianza filial al temor. Cuando
escuchan a Dios que se pasea por el jardín, se ocultan. Su Presencia ya no
genera en ellos un ámbito familiar de confianza, sino de inquietud y vergüenza.
Rompiendo consigo mismos, ya no son capaces de manifestarse tal como son, y se
esconden del Señor: «Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se
paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se
ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín»[5].
Algo semejante experimenta Caín luego de asesinar a su hermano Abel: «Mi culpa
es demasiado grande para soportarla... he de esconderme de tu presencia,
convertido en vagabundo errante por la tierra»[6].
¿Cuántas veces también nosotros no nos ocultamos ante la presencia de Dios y no
queremos darle cara? Basta con preguntarnos por un síntoma sencillo: ¿No somos
muchas veces renuentes para buscar al Señor en la Eucaristía o en el sacramento
de la confesión, incluso cuando sabemos que Él nos espera lleno de perdón y
misericordia?
LA PRESENCIA DEL SEÑOR JESÚS
Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que el Señor
Jesús «esta presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la
oración de su Iglesia, "allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre", en
los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que El es
autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, "sobre
todo (está presente), bajo las especies eucarísticas"»[7].
El Señor Jesús es realmente el «pan de la Presencia»[8],
pues en el Santísimo Sacramento lo está de forma verdadera, real y substancial.
Jesús, «el único Nombre que contiene la presencia que significa»[9],
es el Emmanuel, Dios con nosotros, quien nos da a conocer el Rostro de Aquél
que buscamos incesantemente.
CON MARÍA ANTE DIOS
Nuestra Madre Santa María vivió siempre en presencia de Dios de
una manera tan sublime y real que llegó a ser Morada de su Presencia. Ella es
en persona el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del
Señor, «la morada de Dios entre los hombres»[10].
En la Anunciación-Encarnación es llamada por el ángel: «Llena de gracia,
el Señor es contigo»[11].
Estas dos palabras se esclarecen mutuamente, puesto que María es la llena de
gracia porque el Señor está con ella y a su vez la gracia de la que está
colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia.
La presencia del Señor en su seno la mueve al anuncio y al
servicio; es por ello que vemos a la Madre en la Visitaciónportando al
Mesías y reflejando su presencia a Isabel[12].
Y en el momento más desgarrador, al pie de la Cruz[13],
la Madre no huye, sino que permanece con su firme presencia, renovando en medio
de su dolor el fiat inicial[14]:
"Aquí estoy contigo, yo que soy la Sierva del Señor". En Pentecostés[15]
la Madre del fuego del Divino Amor obtiene por su intercesión la presencia del
Espíritu de vida, de luz, de verdad, de libertad y de paz. Por todo ello no
dudan los obispos en Puebla afirmar que María es «presencia sacramental
de los rasgos maternales de Dios»[16],
convirtiéndose así en modelo para todos sus hijos.
EJERCICIO ORANTE
Podemos afirmar sin vacilar que el ejercicio constante de la
presencia de Dios es la oración por excelencia del cristiano que busca hacer de
su existencia cotidiana un culto agradable al Padre. A su vez, la presencia de
Dios es la esencia de toda oración auténtica y sin la primera es imposible la
segunda. Como reza el Catecismo: «lo más importante es la presencia del
corazón ante Aquel a quien hablamos en la oración»[17].
Unida a los momentos fuertes de encuentro íntimo, personal y
comunitario con el Señor, una espiritualidad de la vida cotidiana nos mueve a
procurar que la dinámica de la oración penetre la vida y todas nuestras
acciones y a que imbuidos con el espíritu de oración, nos despleguemos con la
conciencia de que «en él vivimos, nos movemos y existimos»[18].
De esta manera nuestras ocupaciones de cada día cobran mayor sentido, pues
adquieren carácter santificador.
ACTITUDES NECESARIAS
Vivir en presencia del Señor implica algunas actitudes
esenciales:
-
El silencio integral, entendido como la atmósfera espiritual indispensable
para percibir la acción de Dios en nuestras vidas, como «una actitud interior,
profunda, que se va haciendo cada vez más constante, por la cual nos vamos
educando a hacernos, en primer lugar, presentes a nosotros mismos, para luego
hacernos capaces de percibir la presencia de Dios en nuestras vidas» [19].
-
S.S. Juan Pablo II menciona junto a la espera atenta y vigilante la capacidad
de asombro: «Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se
esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas y que nos introduce en los
espacios del misterio... para quien sabe leer con profundidad, cada cosa, cada
acontecimiento trae un mensaje que, en último análisis, lleva a Dios. Los
signos que revelan la presencia de Dios son, por tanto, múltiples. Pero para
que no se nos escapen tenemos que ser puros y sencillos como los niños, capaces
de admirar, sorprendernos, maravillarnos, encantarnos con los gestos divinos de
amor y de cercanía para con nosotros» [20].
-
Humildad: porque ante la presencia atrayente y misteriosa del Señor, el
hombre descubre su identidad y misión, su pequeñez y su grandeza. ¡La santidad
condena la impureza, el pecado, y lo excluye de su presencia!, porque se está
ante la Luz que todo lo deja patente.
-
Y finalmente el esfuerzo por transformar nuestras vidas con la gracia,
aprendiendo a caminar obedientemente por los senderos del Señor: «quien guarda
su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto
conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como
vivió él»[21].
Es por ello que en el cielo dicha presencia será consumada, porque allí
estaremos eternamente en Él y Él en nosotros.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Dios está presente en la vida del hombre: Sal 139,7-10.
-
Estamos llamados a ser santos en presencia de Dios en el amor:
Ef 1,3-6.
-
En el cielo gozaremos eternamente de la presencia del Señor:
2Cor 5,8; Sal 140,14; 2Tes 1,8-10.
-
La presencia de Dios es la esencia de toda oración auténtica:
2Sam 7,27-28; 1Re 8,28
-
Es necesario caminar siempre con fidelidad en presencia del
Señor: 2Re 20,3.
-
Dios recompensa copiosamente al que camina en su presencia:
2Cro 7,17-18.
-
Dios tiene misericordia del que camina en su presencia: Tob
13,6.
-
Nuestra vocación es caminar en presencia de Dios Amor: Sal
116,8-10.
-
La gloria corresponde a la Presencia de Dios: 1Cor 1,28-30.
-
En Dios vivimos, nos movemos y existimos: Hch 17,28.
-
Viviendo en presencia de Dios se alcanza la felicidad: Sal
15,11.
-
El pecado nos hace ocultarnos de la presencia de Dios: Gén
3,8; 4,13-14.
-
El Señor Jesús está presente: Mt 25,31-46; 28,18-20.
-
Santa María es la morada de Dios entre los hombres: Ap 21, 3.
-
Permanecer en Dios implica vivir como Él vivió: 1Jn 2,3-6.
[2] S.S.
Juan Pablo II, Catequesis, 18 de septiembre de 1985.
[4] Luis
Fernando Figari, El matrimonio, camino de santidad, VE, Lima 21994,
pp. 46-47.
[7] Catecismo
de la Iglesia Católica, 1373.
[9] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica, 2666.
[17]
Catecismo de la Iglesia Católica, 2700.
[19]
Luis Fernando Figari, Una aventura fascinante, 2ª ed., Fondo Editorial,
Lima 2001, p. 22.
[20]
S.S. Juan Pablo II, Espera y estupor del hombre ante el misterio, Catequesis
del 26/7/2000.
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