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Y EL VERBO SE HIZO CARNE
 

En la Basílica de la Natividad, en la ciudad de Belén, donde la tradición cristiana reconoce el lugar en el que tuvo lugar el nacimiento de Jesús, se encuentra una placa con letras de oro que dice: «Verbum caro factum est hic», «El Verbo se hizo carne aquí».

Las palabras del evangelista Juan son tomadas para expresar el suceso más importante de la historia de la humanidad: la Encarnación del Verbo.

El «aquí» expresa el acontecimiento histórico, mostrándonos que el Padre nos habló, no con cualquier palabra, sino con la Palabra Eterna, que irrumpió en nuestro mundo y en nuestra historia. El hecho histórico del nacimiento de Jesús, expresado en ese «aquí», significa también que la humanidad entera, en un momento exacto y real de la historia, ha sido asumida, elevada ya que Dios se hizo uno de nosotros.

La próxima celebración de la Navidad es la memoria y celebración del acontecimiento histórico del nacimiento de Dios. Pero también es la aceptación, hecha por todos los cristianos, de que Dios «irrumpa» en nuestras vidas «aquí» y «ahora».

LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

Dios Trinidad, en un acto de sobreabundancia de amor, creó al hombre a imagen y semejanza suya, invitándolo a la comunión y amistad con Él. Pero nuestros primeros padres cometieron el pecado original, rompiendo con Dios, consigo mismos, con los demás y con el mundo creado. Sabemos y experimentamos que esta situación de ruptura se extendió a toda la humanidad.

Pero Dios, infinitamente misericordioso, no abandonó a la humanidad al poder de la muerte, sino que prometió, luego del pecado, la esperanza de la reconciliación[1].

Luego de preparar a lo largo de los siglos al pueblo elegido, «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley»[2]. El Niño Jesús nace de María Virgen «por nosotros los hombres y por nuestra salvación»[3].

¿Cómo se da este nacimiento? La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de Dios, «se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres»[4]. El Verbo no deja de ser Dios al asumir la humanidad. Éste es el misterio de la Encarnación: ¡Dios, sin perder nada de su divinidad, se hace verdadero hombre! Y se hace verdadero hombre para enseñarnos a ser personas humanas.

Se llama Encarnación al «hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación»[5]. Este acontecimiento es el que cambió para siempre la historia de la humanidad: Dios se hizo hombre.

El Señor Jesús es verdadero Dios, y por ello realiza milagros, enseña con autoridad, nos revela al Padre, y sobre todo, muere y resucita al tercer día. El Señor Jesús también es verdadero hombre, «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado»[6] (en realidad, el pecado no es propio de nuestra naturaleza, sino que es una herida en ella). Eso significa que asume nuestra naturaleza humana: vive, siente, ama, como nosotros lo hacemos. Y al asumir nuestra humanidad, nos eleva, acercándonos más a Dios.

¿POR QUÉ EL VERBO SE HIZO HOMBRE?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que el Verbo de Dios se encarnó por distintas e importantes razones, que forman una unidad:

«El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios» [7]. Dado que la humanidad tenía la necesidad de la salvación y reconciliación, a causa del pecado, Cristo se encarnó y así, mediante su muerte y resurrección, hemos sido «liberados del pecado»[8].

«El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios» [9]. El amor de Dios por nosotros es tan grande, que no se limitó al hecho de crearnos, sino que  «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna»[10].

«El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad»[11] siendo ahora el modelo perfecto de humanidad, enseñándonos, con sus palabras y obras, a que cada uno viva en plenitud su vida.

«El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" [12]» [13]. Dios, al hacerse hombre, nos hizo hijos de Dios. Ya no somos criaturas, sino que tenemos dignidad de hijos. Ya no somos extraños por el pecado a Dios, sino que volvemos a estar invitados a la comunión con Dios, y lo podemos llamar Padre.

LA PREPARACIÓN PARA LA NAVIDAD

Todos los años celebramos la Navidad y nos preparamos para ella. Arreglamos nuestros hogares, colegios y oficinas con adornos, preparamos el nacimiento, tenemos cenas con nuestra familia y amigos, escuchamos y cantamos villancicos.

La Iglesia , además de todo eso, nos propone el tiempo de Adviento como la época previa a la Navidad. Son cuatro semanas donde preparamos nuestros corazones para celebrar el nacimiento del Niño Jesús. ¡Junto a toda la Iglesia, vivamos el Adviento, meditando semana a semana, en los ejemplos de Juan Bautista y María, figuras que aparecen en este tiempo de preparación! Vivamos en espíritu de esperanza, de expectativa por la venida del Mesías Salvador, para que luego cantemos con todo el corazón, junto con los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor»[14]. Primeramente, hemos de orar pidiéndole a Dios la virtud de la esperanza, y también hemos de esforzarnos por crecer en ella. La esperanza se ejercita a diario, teniendo una visión realista y auténtica de la realidad, sin caer en exageraciones negativas y dañinas para uno y los demás. También se vive la esperanza cuando aprendemos a valorar lo que nos pasa en lo cotidiano, los momentos de bendiciones que tenemos a diario. Otro aspecto importante es el ser fuertes ante las dificultades, el no dejarse abatir por los problemas, teniendo una visión sobrenatural, confiando siempre en Dios, buscando pensar como el Señor Jesús mismo piensa ante dificultades similares.

«No temáis, pues os anuncio una gran alegría»[15]. El tiempo de Adviento y Navidad es propicio para vivir la alegría, la verdadera alegría cristiana, virtud propia del cristiano que peregrina por este mundo. San Pablo nos exhorta: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres»[16], dado que el Señor es la verdadera causa de nuestra alegría. La alegría que vivimos está marcada por la experiencia de cercanía a Dios, y brota del encuentro con Él, donde aprendemos a expresar esta alegría de diversas maneras: en la acción de gracias a lo largo del día, en nuestra oración, en el apostolado cotidiano, en el ser solidarios con los más necesitados, en darles nuestro tiempo, paciencia y bienes, también en el cantar villancicos y adornar nuestras casas.

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

La presencia de Santa María en la obra de la Encarnación del Verbo es fundamental. El «Sí» de María en la Anunciación permitió que Dios se encarnara, siendo concebido milagrosamente en su seno virginal.

  • Durante el Adviento, la Iglesia medita sobre el llamado y la respuesta generosa de María, y lo que la hace ser «verdaderamente Madre de Dios»[17].
  • Mirando a Santa María, encontramos cómo Ella ha respondido durante toda su vida «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra»[18]. Habiéndolo concebido y llevado en su seno, ahora en el Nacimiento es Ella quién nos lo muestra y nos conduce a que reconozcamos en un frágil niño a Dios que se hizo hombre.
  • Pidámosle en nuestra oración a Santa María, especialmente en la meditación de los misterios gozosos, que Ella prepare nuestros corazones para comprender el misterio de la Encarnación y, sobre todo, para hacer que nuestros corazones sean «los pesebres» del niño Jesús.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Señor Jesús es el Mesías esperado: Is 7,14 ; Mi 5,1ss.
  • La Encarnación es un misterio de amor: 1Jn 4,9 .
  • Y el Verbo se hizo carne: Jn 1,14; Gál 4,4; Flp 2,7.
  • El nacimiento del Niño Dios: Lc 2,1-7.
  • Adorando al Señor Jesús como los pastores: Lc 2,8-20.
  • Santa María se vuelca en atención a su Hijo: Lc 2,7.
  • María atesora y medita en el corazón: Lc 2,19.

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[1] Ver Gn 3,15: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar».

[2] Gál 4,4.

[3] Credo de Nicea-Constantinopla, que junto al Credo de los Apóstoles son los dos Símbolos de la Fe que reza toda la Iglesia.

[4] Flp 2,7.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 461.

[6] Heb 4,15.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, 457.

[8] Rom 6,15.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 458.

[10] Jn 3,16.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 459.

[12] 2Pe 1,4.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, 460.

[14] Lc 2,14.

[15] Lc 2,10.

[16] Flp 4,4.

[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 495.

[18] Lc 1,38.