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Toda persona que haya tenido la audacia de ser sincera consigo misma
experimenta en lo más íntimo de su ser una profunda conciencia de su propia
limitación y, a su vez, una inmensa nostalgia de infinito. Esta experiencia se
traduce en una búsqueda por encontrar respuestas a los muchos interrogantes que
la aquejan.
Desgraciadamente, para la mayoría de las personas esta búsqueda
no es otra cosa que caminar en círculos, ingresando de esta manera en el
monótono y despersonalizante influjo de la cultura de muerte, o cayendo en el
vértigo de la desesperanza. Y es que los múltiples sucedáneos que ofrece el
mundo contemporáneo, con su cultura de poder, del tener y del placer, no pueden
satisfacer esa intensa sed de felicidad que anida en el corazón de todo ser
humano. Todas estas visiones parciales, superficiales y reduccionistas se
estrellan ante el propio misterio del hombre.
Solamente en el encuentro personal con el Señor Jesús puede el
ser humano clamar sus anhelos más íntimos. Sólo a la luz del misterio del Verbo
Encarnado se esclarece el misterio del hombre (Gaudium et Spes, 22). Él es la
única respuesta integral, plenificadora, capaz de responder a los dinamismos
fundamentales de la persona (Redemptor hominis, 10).
LLAMADOS A LA CONVERSIÓN
Para que el maravilloso don de la reconciliación que nos trajo
el Señor Jesús fructifique, ha de caer en buena tierra (Mt 13, 1-9). Esto exige
que nos abramos al dinamismo de la gracia, cooperando con ella desde nuestra
libertad, en un camino configurante con el Señor Jesús. Éste es el sentido de
las palabras del Maestro: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está
cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
En efecto, el Señor nos llama a convertirnos a Él de todo
corazón. Conversión que significa cambio de mente -del griego metánoia-, es
decir, dar muerte al pecado que habita en nosotros, para salir al encuentro de
Aquel que está a la puerta, llamando para ingresar y atraernos a la comunión
(Ap 3, 20).
OPCIÓN FUNDAMENTAL
En virtud del bautismo nos incorporamos a Cristo, ingresando de
esta manera a la vida nueva que nos trae el Señor. Esta nueva dimensión de
nuestra existencia supone una orientación de toda nuestra vida en la línea del
dinamismo amorizante del Señor Jesús.
En efecto, convertirse es optar radicalmente por el Hijo de
Santa María. Pero no se trata de una opción cualquiera, sino de una opción
fundamental. El Señor Jesús, debe ser para el cristiano, el centro y motor de
toda su vida, de sus decisiones y opciones, de sus trabajos y afanes, de sus
gozos y alegrías. No se trata, pues, de una opción más del yo periférico, sino
de una opción que brota de los más hondo de su propia mismidad.
DESPOJARSE REVESTIRSE
Un artista, para lograr la obra que se ha propuesto, puede
proceder de dos maneras: quitar lo que sobra o añadir lo que falta. Así, por
ejemplo, un escultor va despojando al bloque de mármol sobre el cual trabaja de
todo aquello que estorba o no corresponde con la imagen de lo que se ha
propuesto realizar. De la misma manera, un pintor va añadiendo sobre el lienzo
vacío los colores y formas de lo que ha concebido.
El cristiano que opta por el Señor Jesús no puede contentarse
con uno u otro método, sino que debe aplicar ambos: despojarse del hombre viejo
y revestirse del nuevo (Col 3, 9-10).
Se trata de un dinamismo altamente positivo por el cual busco
reordenar mis facultades desordenadas por el pecado, así como revestirme de los
hábitos y virtudes contrarios, en un proceso configurante que se encamina en la
línea de los dinamismos más profundos del ser humano. No se trata de imitar un
aspecto u otro del Señor Jesús, sino de dejarnos transformar en otros Cristos.
Buscamos hacer nuestros los mismos pensamientos, sentimientos y actitudes del
Señor. Es, en última instancia, poder repetir con San Pablo: "Vivo yo, mas no
yo, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gál 2, 20).
EN COMPAÑÍA DE MARÍA
La conversión no se logra en un instante, sino que es un largo
camino, no exento de pruebas y exigencias (Mt 7, 13; Mt 10, 34-39), pero
también iluminado por la claridad de la gracia divina que siempre nos acompaña
(2Cor 12, 9). En esta peregrinación hasta la conformación definitiva con el
Señor, María ocupa un papel fundamental. El mismo Señor Jesús es quien nos
señala a su Madre (Jn 19, 27). Sin embargo, la Virgen de Nazaret no es sólo un
ejemplo preclaro de vida cristiana. Aproximándonos a la Madre, descubrimos con
mayor plenitud al Hijo, en un proceso amorizante: Por Cristo a María y por
María más plenamente al Señor Jesús.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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Llamados a la comunión: Lam 3, 40-42, Ez 36, 26-27; Mt 4, 17;
Ma 1, 15; Jn 12, 24-25; Hch 3, 19.
-
La conversión es un encuentro personal con el Señor Jesús: Lc
19, 1-10; Jn 1, 35-51; Ap 3, 20.
-
Cambio de mente: Is 55, 8-9; Rom 12, 1-2; 1Cor 2, 16; 1Cor 14,
20; Flp 3, 7-8.
-
Despojarse-Revestirse: Ez 36, 26-27; Ef 4, 17-24; Col 3, 8-12
-
La conversión supone combate espiritual: Mt 11, 12; 1Cor 9,
24-26; 2Tim 2, 3-6; 2Tim 4,7.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
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¿En qué consiste la conversión? ¿Qué importancia ocupa en tu vida?
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¿Vives tú la dinámica de despojarse revestirse? ¿De qué forma?
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¿Cuáles son los principales obstáculos en tu vida para recorrer el camino de la
conversión?
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