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«Cristo es el camino, la verdad y la vida. Después de subir al
cielo, envió el Espíritu de unidad que llama a la Iglesia a vivir en comunión
interior y a cumplir la misión evangelizadora en el mundo»[1].
Queremos desde ya prepararnos para el gran acontecimiento de la
II Asamblea Plenaria del MVC, que se llevará a cabo este año. El tema de la
Asamblea tiene como título las palabras que el Señor resucitado dirigió a sus
apóstoles y discípulos antes de ascender a los cielos: «Id por todo el mundo y
anunciad el Evangelio»[2].
Es éste asimismo el tema de reflexión para este mes. Somos conscientes que Dios
nos pide crecer cada día más: personalmente, en santidad y en un intenso
compromiso de amor con Él y con los hermanos humanos, así como también comunitariamente,
como familia espiritual, dentro de la Comunión de la Iglesia de la que somos
hijos y miembros. Por ello, habiendo recibido y acogido el don de la fe,
¡nuestro mayor tesoro!, queremos compartirlo con todos y llevarlo a cuantos más
podamos[3],
siendo miembros muy activos de la evangelización en este tercer milenio de la
fe, en el mundo en el que estamos llamados a ser protagonistas.
LA MISIÓN APOSTÓLICA
Después de su resurrección, el Señor Jesús se presentó muchas
veces a los apóstoles[4],
reforzando su fe y preparándolos para el inicio de una gran misión
evangelizadora, que les confió de modo definitivo en el momento de su ascensión
al cielo. Es entonces cuando el Señor dirigió a sus apóstoles este mandato: «Id
por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»[5].
De este momento el Evangelista San Mateo recoge también estas otras palabras
del Señor: «Id y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que
yo os he mandado»[6].
El del Señor es un llamado a ponerse en marcha, un envío con su poder para
continuar su propia misión reconciliadora y proclamar el Evangelio a todas las
culturas de todos los tiempos para transformar a modo de fermento[7]
el mundo entero.
CON LA FUERZA DE SU ESPÍRITU
El Señor había mandado anteriormente a los discípulos a que
esperaran en Jerusalén la venida del Espíritu. Les había dicho: «Seréis
bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días»[8].
Siguiendo aquellas indicaciones volvieron al cenáculo y allí perseveraban en la
oración[9]
en compañía de María, preparándose de esta manera sus corazones para recibir el
Don prometido.
Cincuenta días después de la resurrección del Señor sucedió
aquél imponente derroche del Espíritu sobre María y los apóstoles: «De repente,
un ruido del cielo, como de un viento impetuoso, resonó en toda la casa donde
se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían
posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a
hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le
sugería»[10].
Escribe San Francisco de Sales que el Señor Jesús «envió sobre los discípulos
reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego,
mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente
destinada a poner fuego en los corazones»[11].
Los presentes oían sorprendidos cada cual en su propia lengua[12]
a los apóstoles, quienes llenos del Espíritu Santo y encendidos en un intenso
celo apostólico, hablaban de las maravillas de Dios. El Espíritu fortaleció
interiormente a los hasta entonces timoratos apóstoles y los lanzó al anuncio
incontenible, ardoroso, valiente y audaz del Evangelio, con el fin de encender
el mundo entero[13].
Hoy como ayer, el Espíritu Santo es el protagonista de la
evangelización. Este Don divino comunicado a hombres y mujeres frágiles y
débiles como nosotros es, al mismo tiempo, luz y fuerza: luz,
para anunciar el Evangelio, la verdad plenamente revelada por Dios en
Jesucristo; fuerza, ardor y vitalidad para proclamar e irradiar el
Evangelio a todos los seres humanos, para dar testimonio de la fe venciendo
todo miedo, complejo o limitación. De este modo se cumplía y se cumple también
hoy lo que el Señor había anunciado ya anteriormente a sus discípulos:
«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra»[14].
«¿QUÉ HACÉIS AHÍ MIRANDO AL CIELO?»[15].
Estas palabras son dirigidas por dos mensajeros divinos a los
apóstoles y discípulos del Señor inmediatamente después de su Ascensión. El
creyente sabe bien a dónde se ha marchado el Señor[16],
y es allí hacia donde se dirige su mirada. El Señor Jesús ha avanzado por
delante de nosotros, y en Él tenemos puesta nuestra esperanza, y nuestro anhelo
es seguirlo a donde Él está para participar también de su misma victoria y
alcanzar así el horizonte de felicidad y vida eterna que Él nos ha prometido.
Aún así, no podemos "quedarnos mirando al cielo", pues ¡es todo
un mundo el que hay que transformar! Y ciertamente el trabajo es vasto, pues
«para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas
geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de
alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los
valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las
fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en
contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación»[17].
Esperamos en el Señor, nuestra mirada está puesta en Él y
mantenemos siempre vivo el anhelo de encontrarnos definitivamente con Él, pero esta
espera no es ni puede ser pasiva, todo lo contrario: nuestra fe y
esperanza en el Señor nos lanza a aprovechar al máximo el tiempo presente para
empeñarnos con todas nuestras fuerzas y capacidades a la gran tarea que Él ha
encomendado a todos los hijos e hijas de la Iglesia. ¡No hay tiempo que perder!
«¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el
trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares,
cuando acoges a otro o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de
Cristo!»[18].
Así, mientras esperamos confiados su gloriosa venida, comprendemos que cada día
que el Señor nos concede es un día para trabajar por Él, por ensanchar su
Reino, para anunciarlo, para que muchos más puedan conocerlo, encontrarse con
Él y amarlo, y así lleguen también ellos a participar de la vida eterna que el
Padre promete a todos los que crean en su Hijo[19].
«ID POR TODO EL MUNDO...»
Dios nos ha llamado a cada uno por nuestro nombre, nos ha ungido
y nos ha enviado, haciéndonos partícipes de la misión de su Hijo amado[20].
Tenemos también hoy en nosotros la fuerza del Espíritu y experimentamos el
dinamismo expansivo de la Buena Nueva: ¡no podemos contener su anuncio! Arde en
nuestro corazón un fuego que necesita comunicarse y expandirse encendiendo
otros corazones con el anuncio del Evangelio, buscando ganarlos para el Señor
con el testimonio de una vida que llevando al Señor muy dentro lo irradia con
su sola presencia. Eso no puede sino expresarse en la creciente coherencia con
que en la vida cotidiana vivimos el Evangelio que predicamos. Por ello la
semilla de la Buena Nueva espera y necesita ser acogida por nosotros mismos
cada día, pues está llamada a germinar y dar frutos de conversión y santidad en
mí, para que de ese modo pueda anunciarla de modo creíble y convincente a todas
las personas con las que diariamente me encuentre. ¡Jamás podemos olvidar que
la evangelización del mundo entero pasa a través de nuestra propia santidad,
posible sólo en la medida en que cada uno sepa acoger el Espíritu divino en sí
dejándose transformar por su dinamismo de amor! No olvidemos que nadie da lo
que no tiene: ninguno de nosotros podrá transmitir al Señor si no lo lleva
dentro, si cada día no le abre la puerta de su corazón y se encuentra con Él[21].
Si no arde el fuego del amor del Señor en nuestros corazones, ¿cómo podremos
encender otros corazones, cómo podremos encender el mundo entero?
El Señor nos invita, en compañía de Santa María y unidos a Ella
en la oración, a disponer nuestros corazones para acoger el don del Espíritu y
por su impulso poder anunciar al Resucitado con aquél mismo celo con el que lo
anunciaron los primeros apóstoles, un celo que los impulsó a llevar el Nombre
del Señor a todos los confines de la tierra.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Enviados a anunciar el Evangelio al mundo entero: Mc 16,15; Mt
28, 18 20. Hemos de hacer lo que el Señor nos dice: Jn 2,5; Mc 16,20.
-
El Señor Jesús promete su Espíritu, fuerza para llevar a cabo
la misión evangelizadora: Jn 15, 26 27; Hch 1, 8.
-
El Espíritu Santo es el protagonista de la evangelización: Hch
2, 1-4; 2,18; 4,8ss; 4,31; 9,17; desciende en forma de lenguas de fuego sobre
los apóstoles: Hch 2,3-4; para que encendidos sus corazones y en nombre del
Señor puedan encender otros corazones: Lc 12,49; nosotros somos cooperadores de
Dios y de su Espíritu en esta tarea evangelizadora: 1Cor 3,9; 2Cor 5,18-20;
6,1.
-
Anunciar el Evangelio es un deber que nos incumbe: 1Cor 9,16;
Respondiendo al mandato del Señor hemos de procurar "ganar a los que más
podamos": 1Cor 9,19-23; anunciando a Cristo "a tiempo y destiempo": 2Tim 4,2;
con mi vida o con mi muerte: Flp 1,20; en nuestra conducta, haciendo todo para
gloria de Dios y salvación de los demás: 1Cor 10,31-33.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
El Señor Jesús también te llama a anunciar su Evangelio a
todas las personas. ¿Lo estás haciendo?
-
¿Te experimentas verdaderamente convocado por el Señor Jesús
para ser su apóstol en el mundo?
-
¿Por qué el Espíritu Santo es fundamental para el cumplimiento
de la misión apostólica? ¿Por qué decimos que Él es quien ejerce el papel
protagónico en el apostolado?
-
Sólo puede anunciar al Señor Jesús quien verdaderamente se ha
encontrado con Él. ¿Te has encontrado con el Señor Jesús? ¿Qué significa este
encuentro en tu vida?
-
¿Cómo evaluarías tu anuncio del Señor Jesús a las demás
personas? ¿Qué medios concretos pueden ayudarte a crecer aún más en este
anuncio?
-
Siempre afirmamos que Santa María es, para nosotros, modelo de
apóstol. ¿Por qué afirmamos esto? ¿Cómo te ayuda Santa María en el apostolado
concreto que realizas?
[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía en la solemnidad de Pentecostés, 1997, n.5.
[11]
San Francisco de Sales, Prólogo al Tratado de amor a Dios.
[17]
S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 19.
[18]
S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Solemnidad de la Ascensión, 1991, n.7.
[20]
Ver Lc 4,18 y Catecismo de la Iglesia Católica, 1294.
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