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SANTIDAD EN LA VIDA COTIDIANA
 

Ser santos es «desplegarse en la "invisibilidad" de la vida cotidiana dando con ello gloria a Dios.  Es un pensar, vivir y actuar en las circunstancias normales de la vida según las luces que nos da la fe de la Iglesia, inapreciable tesoro para el recto peregrinar»[1].

¿Cuál es la mejor manera de prepararnos para la II Asamblea Plenaria del MVC?  ¿No es con nuestra santidad?  Sí, porque si nuestra misión es ir por el mundo entero y proclamar el Evangelio, nunca nos cansaremos de repetir que el mejor apóstol es el santo, la santa.  Es necesario interiorizar esta gran verdad y vivirla cada vez más: para irradiar a Cristo, hay que llevarlo muy dentro, al modo que lo hacía San Pablo: «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[2]. Sólo así podremos profundizar cada vez más en la comprensión de nuestra misión y disponernos cada día mejor para cumplirla cabalmente, llevando a cabo la obra que el Padre nos encomienda como familia espiritual en la Iglesia y en el mundo de hoy.  Meditemos, pues, una y otra vez en lo esencial: ¡Sólo los santos cambiarán el mundo! "Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!"[3] Y eso es lo que el Señor nos confía: ¡prender fuego al mundo entero, siendo antorchas vivas[4] que con el fuego de la caridad encienden otros corazones e iluminan todas las realidades humanas con la misma luz de Cristo.

LLAMADOS A SER SANTOS EN LO COTIDIANO

Hay santos que brillan por la heroicidad de sus virtudes, que han realizado obras extraordinarias, milagros incluso, o más bien hay que decir, hombres y mujeres en cuya pequeñez Dios ha realizado obras poderosas.  Son cristianos extraordinarios, es decir, cristianos que se han tomado en serio su vida cristiana, con generosidad, con una coherencia impresionante, que son consecuentes con su fe a grados heroicos.  Son personas que brillan con intensidad, dejando a su paso como una estela luminosa, ejerciendo una benéfica influencia en nuestras vidas que nos estimula a seguir su ejemplo.  También hay santos y santas, y en mucho mayor número, que sin ser menos santos pasan más desapercibidos.  Son de aquellos que en lo escondido de una vida cotidiana siguen al Señor con amor, esforzándose en ser fieles en lo pequeño, en lo invisible a los ojos humanos pero visible a los de Dios.  Son quienes una y otra vez podrán caer por su fragilidad, pero sin desalentarse se levantan nuevamente, vuelven al Señor y con Él a la batalla.  Son una multitud de hombres y mujeres desconocidos que día a día, en el encuentro con el Señor, se nutren de su amor, de ese amor que todo lo renueva, que es fuente de inspiración, de silenciosa entrega, de generosa donación, de servicio desinteresado, de amistad auténtica, de fidelidad a prueba de todo, de pronto perdón, de paz irradiante y gozo rebosante.  Y es que «el amor a Cristo es el secreto de la santidad»[5]. Los dos grupos se caracterizan por el hecho de que, con la gracia de Dios, labraron su santidad día a día.  De esos santos estamos llamados a ser tú y yo: santos en la vida cotidiana...

¡SER SANTO ES POSIBLE!

Pero, ¿es posible ser santo, ser santa?  ¿Cómo es posible ser perfectos como el mismo Padre celestial es perfecto?[6] ¿Cómo es posible ser santos como Dios es santo[7], si lo que constatamos tantas veces es nuestra propia fragilidad, nuestra debilidad ante la tentación, el volver a caer una y otra vez en "los mismos pecados de siempre" a pesar de nuestros esfuerzos, la dificultad para vencer hábitos que nos hacen proclives al pecado, el hacer el mal que no queríamos y dejar de hacer el bien que nos habíamos propuesto hacer?  Ha dicho el Señor y en Él hemos de confiar: lo que para el hombre es imposible, es posible para Dios[8]. Sí, la santidad es ante todo una obra de Dios en nosotros, que, a la vez, ciertamente requiere de nuestra cooperación.  Por ello no debemos dar cabida al escepticismo o la desesperanza, ni tampoco hay que pretender ser una persona "excepcional" para poder ser santo.  ¡No! Podemos realmente llegar a ser santos, no sólo por nosotros mismos , sino en la medida que permanezcamos unidos al Señor Jesús como el sarmiento permanece unido a la vid[9].

Y TÚ, ¿QUIERES SER SANTO?

Supuestos el don y la gracia de Dios, sin los cuales nada es posible, para alcanzar la santidad lo primero que debe haber en nosotros es un ardiente deseo de ser santos.  Sin este deseo, y sin que ese deseo sea vivo, intenso, pujante, ¿cómo puedo llegar a ser santo?  Imposible.  Dios espera nuestra libre cooperación como respuesta al don y a la gracia recibida.  Y es que, como es evidente, uno sólo se mueve hacia la meta señalada cuando existe el deseo de alcanzar esa meta.  Sin el deseo, nadie se mueve ni un milímetro.  Tan sencillo como eso.  Por ello, lo primero que debemos cultivar en nosotros cada día es ese vivo deseo de ser santo, pidiéndoselo al Señor con terca insistencia, cada mañana y renovándolo en los diversos momentos de la jornada.

PERO EL DESEO NO ES SUFICIENTE...

El deseo nos da el impulso necesario para ponernos en marcha.  Pero lo siguiente, y no menos importante, es justamente ponernos en marcha.  Primero está el querer la santidad para mí, pero luego hay que dar los pasos necesarios en dirección a la meta anhelada, ¡hay que pasar a la acción decidida! Mientras más intenso y serio es el deseo de ser santo, más decididos y sostenidos serán los pasos que dé.  Eso implica tomarse un tiempo para pensar, planificar, establecer dentro del objetivo general de la santidad otros objetivos específicos a corto, mediano y largo plazo, proponiéndose medios concretos y proporcionados para alcanzar esos objetivos y avanzar poco a poco hacia la meta[10].  Un plan de combate espiritual, así como un horario realista para ordenar las actividades propias y aprovechar de la mejor manera posible el tiempo (horario que debe incluir momentos fijos para la oración diaria), son instrumentos básicos a la hora de cooperar con la gracia que el Señor derrama en nuestros corazones con tanta abundancia. 

Pero tampoco basta con ponerse en marcha, sino que además hay que perseverar en la marcha.  Ello implica esfuerzo sostenido, constancia, tenacidad y no pocos sacrificios, implica también levantarse inmediatamente cada vez que se cae para seguir la marcha.  De nada sirve arrancar como un caballo de carrera y abandonar a la mitad.  Es necesario perseverar en la lucha con paciencia[11].

UN CONSEJO SENCILLO...

Un camino cotidiano de santificación en la vida cotidiana está expresado en esta recomendación que hacía San Vicente de Paúl: «Cuando tengas que actuar, haz esta reflexión: "¿Es esto conforme a la manera de actuar del Hijo de Dios?" Si te parece que sí, entonces di: "¡Bien, hagamos esto así!" Si al contrario te parece que no, di: "¡Lo dejaré estar!" Además, cuando sea el momento de actuar, di al Hijo de Dios: "Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías, cómo instruirías tú a esta gente, cómo ayudarías a este enfermo del espíritu o del cuerpo?"»[12]. Tengamos en cuenta este modo de proceder, para que procurando "revestirnos" día a día de los mismos pensamientos, sentimientos y actitudes de Cristo, podamos «vivir cotidianamente en Cristo y según Él. Ése es el camino a la santidad»[13].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Permaneciendo unidos al Señor: Jn 15,4-5; por la adhesión a sus enseñanzas: Jn 15,9-10; Jn 2,5; por la Eucaristía y la oración: Jn 6,56; Lc 18,1.
  • Amando como Él nos ha amado: Jn 13,34; 15,12; Rom 12,10; 1Jn 3,23; 4,21. Haciendo concreto ese amor en sus diversas manifestaciones: 1Cor 13,4-7; Col 3,13-14.
  • En el fiel cumplimiento de mis diarias responsabilidades: Lc 12,42-43; Lc 17,10.
  • Haciéndolo todo por y para el Señor: Col 3,17.23-24.
  • Haciendo de todos mis actos una liturgia continua: 1Cor 10,31.
  • Siendo fieles en lo poco: Lc 16,10; Mt 25,21.
  • Poniendo mis talentos al servicio de los demás: Lc 12,48.
  • Lanzándonos cada día a la carrera, fijos los ojos en la meta: Flp 3,13-14; Heb 12,1-2.
  • Despojándonos de nuestros vicios y revistiéndonos de las virtudes de Cristo: Ef 4,22-24; Col 3,5-10.
  • Manteniéndonos en vigilancia y oración, para no caer en tentación: Mt 26,41.
  • Levantándonos siempre de nuestras caídas: Prov 24,16.
  • Perseverando en las luchas de cada día: Mt 24,13; Mc 13,13.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Percibo realmente que la mejor manera de prepararme para la II Asamblea Plenaria del MVC es mi esfuerzo personal por cooperar con la gracia y alcanzar mi propia santidad?
  2. ¿Qué me enseñan los santos y santas lograron alcanzar su santidad día a día?
  3. ¿Realmente creo en la posibilidad de ser santo?
  4. ¿Qué esfuerzos concretos estoy haciendo por cooperar con la gracia y alcanzar mi propia santidad?
  5. ¿Cómo evalúo mi propio deseo de santidad? ¿Qué puedo hacer para aumentarlo?
  6. ¿Qué resoluciones concretas voy a poner para crecer en mis esfuerzos por ser santo?

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[1] Luis Fernando Figari, Santos, hoy, en Páginas de fe, FE, Lima 2000, p. 74.

[2] Gál 2,20.

[3] S.S.  Juan Pablo II, Homilía en la misa final de la Jornada Mundial de la Juventud, Roma, 2000, n.7.

[4] Ver Flp 2, 15; 2Pe 1, 19.

[5] S.S.  Juan Pablo II, Homilía, 25/4/04.

[6] Ver Mt 5, 48.

[7] Ver Lev 19, 2.

[8] Ver Mt 19, 26.  Ver también Mc 10, 27; Lc1, 37; Rom 8, 1-4.

[9] Ver Jn 15, 4-5.

[10] Sobre las resoluciones se puede ver Camino hacia Dios 120.

[11] Ver Mt 24,13; Mc 13,13.

[12] Conversaciones: con A. Durand; conferencia del 21 de febrero 1659.

[13] Luis Fernando Figari, Santos, hoy, en Páginas de fe, FE, Lima 2000, p. 75.