|
«¡No tengáis miedo! ¡Abrid, y aún de par en par, las puertas a
Cristo!»[1]
fueron las palabras que Juan Pablo II dirigió a la Iglesia y al mundo en la
homilía que pronunció al comienzo de su Pontificado.
Todos los seres humanos tenemos miedos. Considerando el
miedo como el recelo que tenemos ante un peligro o a que nos suceda algo
contrario a lo que deseamos, podemos decir que el miedo es una vivencia natural
en la vida de los seres humanos. Por ello no podemos pretender no tener
miedo a nada aunque tampoco hemos de vivir esclavos del miedo.
Los apóstoles también tuvieron miedo en algunos momentos de sus
vidas. Pero no sucumbieron, sino que vivieron el valor y la confianza en
Dios. Hay un pasaje que nos ayudará a comprender mejor esto. Una
noche, los apóstoles estaban pescando y de repente se encuentran con el Señor
que se acerca caminando sobre las aguas del lago. Pedro, que es un hombre
osado, le pide al Señor caminar hacia Él sobre el agua. Y comienza a
caminar sin hundirse «pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo»[2]
y comienza a ahogarse.
Cuando San Pedro tiene la mirada fija en el Señor, mientras
confía en Él, puede caminar sobre las aguas. Pero cuando duda de que está
en compañía del Señor y se deja llevar por sus inseguridades, comienza a
hundirse. No se trata de una confianza ciega en Dios, sino de la
conciencia viva de que el Señor es el que lo sostiene.
Lo mismo nos pasa a nosotros. Mientras miramos al Señor
Jesús caminamos con firmeza. Cuando dejamos que nuestras dudas,
vacilaciones y sentimientos errados nos ganen, comenzamos a ahogarnos. El
apóstol duda porque se enfrenta a vientos fuertes. Esos vientos son las
dificultades que en la vida cotidiana podemos encontrar como la incomprensión,
el cansancio, el desaliento, entre tantas otras cosas que pueden retrasar el
camino que emprendemos hacia la santidad.
El camino para nosotros pasa por aprender cada día más a
encomendarnos con confianza al cuidado amoroso del Señor, como Pedro lo
hizo. Pedro confió en Cristo cuando se hundía, y el Señor le tendió la
mano, sacándolo del agua. Así hace el Señor todos los días con
nosotros. Confiemos en Él y pidámosle su gracia para que venzamos los
vientos externos y los miedos internos que pretenden retrasarnos en nuestro
caminar.
LA CONFIANZA EN DIOS
Conciente de lo que vivimos, antes de partir, el Señor nos
dirigió unas palabras que resuenan con calidez en nuestro corazón: «Os dejo la
paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro
corazón ni se acobarde»[3].
Nuestro corazón sólo encuentra la verdadera paz en Él. No
se trata solamente de "vivir tranquilos" sino de una permanente y verdadera
seguridad que surge del vivir en sintonía con Dios. Y si tenemos esa paz
podremos entrar en nosotros mismos, reconciliando nuestras heridas y pecados,
podremos también vivir con alegría y confianza en medio de las tribulaciones
del mundo. El que tiene al Señor, no teme la soledad, la fragilidad y la
tristeza porque sabe que recibirá un consuelo enorme, sabe en última instancia
que puede realmente alcanzar la felicidad y saciar el hambre de infinito que
tiene.
El Señor Jesús nos hace un llamado personal a la confianza, a
ponernos en sus manos. Y lo hace porque realmente podemos confiar en Él,
porque es Dios hecho hombre, y Dios nunca falla, nunca nos defrauda. Los
salmos dan cuenta de manera hermosa de esta realidad: «Sé para mí una roca de
refugio, alcázar fuerte que me salve pues mi roca eres tú, mi fortaleza»[4].
Se trata de creer en las promesas del Señor, de vivir la
esperanza y la fortaleza cuando tengamos que sobrellevar situaciones difíciles
en nuestras vidas. Las exigencias que el Evangelio nos propone no son ni
imposibles ni están para hacernos mal. Más bien el Señor nos pide
generosidad y entrega porque sabe que sólo así podremos ser verdaderamente
felices.
LA AUDACIA EVANGÉLICA
La confianza en Dios está muy unida a otra dimensión importante
de nuestra vida apostólica: la audacia evangélica. Sólo puede ser
verdaderamente audaz aquel que confía en Aquel que es confiable, en Aquel que
es y será fiel siempre: en Dios.
Leyendo la Sagrada Escritura encontramos que el Señor le dice
repetidamente a sus discípulos: «No tengáis miedo»[5].
¿Era acaso una invitación a la temeridad, a no tomar en cuenta ningún peligro,
a vivir la vida confiando ciegamente en las fuerzas e ideas humanas?
Naturalmente que no se trata de eso.
Hay una audacia evangélica que nos lleva a no tener miedo del
sufrimiento: «Mas, aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos de
vosotros. No les tengáis ningún miedo ni os turbéis»[6].
También a no dejar de anunciar al Señor Jesús en primera persona: «El Señor
dijo a Pablo durante la noche en una visión: "No tengas miedo, sigue hablando y
no calles porque yo estoy contigo y nadie te pondrá la mano encima para hacerte
mal"»[7].
También nos lleva a no sentir temor de aquellos que no quieren escuchar o
persiguen el Evangelio: «No les tengáis miedo. Pues no hay nada
encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse»[8].
EL AMOR VENCE EL TEMOR
San Juan expresa de manera muy profunda el camino que nos
conducirá a tener valor y enfrentar el miedo. Es el camino del amor, el
único sendero auténtico para vencer el temor: «No hay temor en el amor; sino
que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo»[9].
Muchas veces caemos en el pecado y en la ruptura. Comenzamos a vivir con
miedo, temiendo la reprimenda de Dios y de los hombres.
Pero la realidad es muy distinta. La Encarnación del Señor
Jesús manifiesta en plenitud quién es Dios: Dios es Amor[10].
Nosotros estamos llamados a participar de ese amor: amando a Dios, viviendo un
recto amor a uno mismo e impulsándonos al amor a los demás hombres.
Cuando amamos participamos de la misma vida de Dios. Nos acercamos más a
Él haciéndonos cada vez más semejantes al Señor.
Crecer en la vivencia del amor es muy importante en nuestra
vida. Un medio es preguntarnos con frecuencia por qué hacemos las cosas y
hacerlas cada vez con mayor amor. Otro medio es el que nos enseñó el
Señor: dar la vida por los demás, ayudando de manera concreta a aquellos que
están cerca de nosotros.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
No tengáis miedo: Mt 8,26; 10,26; 17,7; Mc 4,40; 1Pe 3,14.
-
Confianza en Dios: Is 26,4; Lc 1,45; Sal 37,23.
-
Vivir según el amor para no vivir en el temor: Jn 3,21; Jn
4,17-24.
-
Vencer los miedos: Hch 18,9; Mt 25,14-30.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué reflexiones te suscita la frase del Santo Padre: «¡No
tengáis miedo! ¡Abrid, y aún de par en par, las puertas a Cristo!»?
-
¿Cuáles son mis mayores temores al momento de anunciar la
Buena Nueva? ¿Qué cosas concretas puedo hacer para vencer estos temores?
-
¿Qué tan audaz soy en el apostolado que realizo? ¿Qué me falta
para ser más audaz en mi apostolado?
-
¿Confío verdaderamente en Dios y en su Plan amoroso?
-
¿Cómo me enseña Santa María a no tener miedo en el anuncio de
la Buena Nueva?
[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía al comienzo de su Pontificado, 22/10/1978, 5.
[5] Mt
8,26; 10,26; 17,7; Mc 4,40; 1Pe 3,14.
|