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«Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada"
al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes
maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma
naturaleza, es también vocación al apostolado" (AA,2)»[1].
La vocación es un sello que nos marca en lo más profundo del
ser, algo para lo que uno está hecho, constituido por Dios "desde el seno
materno"[2]
es un llamado interior. Se percibe de diversas maneras a lo largo de la vida y
la descubre quien hace el suficiente silencio interior y se pone a la escucha
de lo que el Señor le pide. Quien la descubre y acepta, puede ser que luego de
una resistencia interior fruto de una insuficiente conversión a Dios, se dice a
sí mismo con plena certeza: "¡Esto es! ¡Para esto he nacido! ¡Al fin he hallado
lo que mi inquieto corazón andaba buscando!". En ese momento o instante de luz
y claridad sobreviene un gozo muy profundo e intenso, una desbordante alegría
que necesita compartirse, una paz y serenidad enorme que inunda el corazón
hasta entonces inquieto e incluso a veces angustiado.
EL APOSTOLADO ES UNA VOCACIÓN
El apostolado es una vocación, es un llamado que Dios nos ha
hecho a cada uno "desde el seno materno". Cuando también a nosotros el Señor
nos envía haciéndonos partícipes de su misma misión, nos hace un llamado
explícito que corresponde a su vez a un llamado interior. En efecto, el Señor
nos invita a responder a aquello para lo que estamos hechos: para el
apostolado. Se trata de un llamado que nos toca a todos, sin distinciones.
Quien está hecho para el apostolado, tú y yo, necesitamos
realizarnos en el apostolado. En esto nadie puede sentirse excluido. En este
sentido, el «¡ay de mí si no evangelizo!» de San Pablo, la experiencia común de
esa necesidad y urgencia de anunciar al Señor y su Evangelio, no se debe
únicamente al hecho de que predicar el Evangelio es «un deber que me incumbe»[3],
sino también a que es un reclamo de todo nuestro ser que necesita ser
respondido.
En efecto, quien se encuentra con el Señor y lo acoge en su
vida, descubre que posee esa "estructura interior" que le permite decir: «yo he
nacido para el apostolado». Así como la principal función de un cirio es la de
dar luz, la de iluminar, así como el cirio ha sido fabricado para dar luz,
nosotros podemos decir análogamente que hemos sido creados para dar gloria a
Dios mediante nuestra plena realización humana. Por tanto, podemos afirmar que
hemos nacido para el apostolado porque nuestra vocación es a ser perfectos en
el amor[4],
a ser santos e inmaculados en la presencia del Señor, por el amor[5].
Y quien en Cristo es una nueva criatura, es como un cirio encendido: no puede
dejar de iluminar, no puede dejar de anunciarlo, no puede dejar de hacer
apostolado, y esto ya con su sola presencia. En efecto, la presencia de quien
lleva a Cristo en su interior es una presencia que irradia a Cristo: bastará su
solo saludo para transmitir la paz, el gozo y la fuerza del Espíritu Santo[6].
Quien es santo, quien es lo que está llamado a ser, persona humana y plenamente
cristiano, se convierte en un Evangelio viviente.
En resumen, podemos decir que nuestra vocación es ser apóstoles,
porque estamos llamados a ser santos, y no se puede desligar lo uno de lo otro.
ANTE LAS EXCUSAS, ¡AMAR MÁS!
En el anuncio del Señor se encuentra nuestra dicha más profunda.
Quien está llamado a ser apóstol, haciendo apostolado se realiza. Sin embargo,
no pocas veces evadimos este llamado interior y mandato del Señor -«Id y haced
discípulos a todas las gentes»-[7]
con excusas diversas: "yo no puedo anunciar al Señor porque he sido muy
pecador", "soy indigno", "porque soy tan incoherente, ¿cómo voy a hacer
apostolado si yo mismo no cumplo lo que predico?", "no me creo capaz, estoy tan
poco preparado". O lo evado porque sencillamente tengo miedo de hablar por lo
que me van a decir, cómo van a reaccionar, por la burla, el rechazo, la
incomprensión e incluso persecución a la que me expongo si anuncio al Señor.
¡Excusas para evadir el reto y la exigencia de anunciar el Amor!
Por otro lado, considera como el Señor una a una responde a
todas estas objeciones:
Si dices: "soy indigno, no merezco anunciar al Señor yo que soy
tan pecador", piensa en Isaías, llamado para ser profeta del Señor y hablar en
su nombre. También él quiso excusarse diciendo: «¡Ay de mí, que estoy perdido,
pues soy un hombre de labios impuros!»[8],
y presto envió Dios un ángel con una brasa encendida para tocar sus labios,
retirando así su culpa y expiando su pecado. Y a nosotros, hombres y mujeres
"de labios impuros", ¿no nos ofrece Dios algo mucho mayor? ¿No nos ha enviado a
su mismo Hijo, para limpiar nuestros pecados y reconciliarnos con Él mediante
su Sangre derramada en la Cruz? ¿No nos ha dejado Él el sacramento de la
Reconciliación, para el perdón de todos nuestros pecados?[9].
Entonces, como a Isaías, una vez purificados de todos nuestros pecados nos deja
también sin excusa. Por tanto, cada vez que percibas en tu interior la voz del
Señor diciendo: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá de parte nuestra?», responde tú
también con la generosidad y prontitud de Isaías: «Heme aquí: envíame»[10].
Y si piensas en tu interior: "soy incapaz, no sé qué decir, no
me siento suficientemente preparado" y dices como Moisés: «¡Por favor, Señor!
Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil. sino que soy torpe de boca y de
lengua», medita en lo que el Señor responde a Moisés: «yo estaré en tu boca y
te enseñaré lo que debes decir»[11],
y lánzate al apostolado con la confianza puesta en el Señor, en que Él te
inspirará la palabra oportuna y sabrá sacar muy buen provecho de tus palabras
aún cuando tú creas que es tan pobre lo que puedes decir. ¡Préstale tus labios
y tu inteligencia, y el Señor hará el resto! ¡De tu pequeñez, de tu
insuficiencia, Él obrará maravillas! Evidentemente esa situación te exige ir
preparándote cada vez mejor mediante el esforzado estudio y profundización en
la fe, para que cada vez mejor puedas dar razón de tu esperanza.
Y si a veces te descubres diciéndole al Señor como Moisés: ¡«Por
favor, envía a quien quieras», pero no a mí! Medita en la respuesta del Hijo de
Dios que al Padre dice: «¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!»[12],
y medita en la respuesta de María, que ante la invitación divina dice: «He aquí
la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra»[13].
¡Qué ejemplo de prontitud, de disponibilidad, de docilidad, de confianza en
Dios, en su Plan, en su gracia y fuerza! Siguiendo su ejemplo, pronuncia tú
también tu propio "sí", aunque te cueste, aunque exija renuncias y sacrificios,
teniendo una actitud generosa, llena de amor pensando más en los muchos que
necesitan oír de tus labios el anuncio reconciliador que en tu propia
comodidad.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús es el Enviado del Padre: Jn 3,16-17; 8,42; Gal
4,4.
-
La vocación de los Apóstoles: Mc 3,13-15; Lc 6,13-16.
-
El envío de los Apóstoles: Mt 10,5-8; Lc 9,2-6.
-
El mandato del Señor a sus Apóstoles: Mt 28,18-20; Mc 16,15;
Hech 1,1-2.
-
Los apóstoles participan de la misión del Hijo: Jn 13,20;
20,21.
-
El testimonio de los Apóstoles: Mc 16,19-20; Hech 4,33;
5,29-32; 5,42.
-
El apostolado es fruto del encuentro: Jn 1,40-42; Jn 4,25-29.
-
El anuncio del Evangelio brota del encuentro con el
Resucitado: Lc 24,31-35; Jn 20,18.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué tan consciente eres de que el Señor te llama a hacer
apostolado? ¿Cómo evalúas el apostolado que estás haciendo?
-
¿Cómo puedes crecer aún más en tu apostolado?
-
¿Descubres la urgencia de la misión apostólica? ¿Por qué?
-
¿Qué significa para ti la frase de San Pablo: «¡ay de mí si no
evangelizo!»?
-
¿Cuáles son las principales excusas que pones y que impiden o
dificultan tu apostolado?
-
¿Qué vas a hacer para vencer estas excusas?
[1] Catecismo
de la Iglesia Católica, 863.
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