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Navidad es un misterio de fe: el misterio del nacimiento del
Niño Dios, del dulce Señor Jesús.
Dentro de poco tiempo estaremos celebrando una fiesta que
ciertamente tiene un significado especial para todos nosotros: la Navidad.
Aunque la importancia del nacimiento del Niño Dios para todos los cristianos es
algo patente, no pocas veces el mundo en que vivimos ha trivializado el
verdadero sentido y significado de la celebración de la Navidad. Por ello cobra
una especial importancia, aunque ya lo hayamos hecho en otras ocasiones,
meditar y profundizar en este magno acontecimiento de nuestra historia: la
venida del Señor Jesús. De esta forma podremos disponer y preparar mejor
nuestros corazones para acoger al Niño Dios.
La Sagrada Escritura nos ofrece luces muy orientadoras y
cuestionantes para categorizar la experiencia del nacimiento del Señor con ojos
de fe: «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a
este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la
conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la
recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su
nombre»[1].
¡Jesús de Nazaret, el Hijo de María, es el Señor! La Navidad
recuerda esa verdad fundamental de nuestra reconciliación. No es simplemente un
hecho que ha quedado en el pasado, sino también un acontecimiento al mismo
tiempo histórico y trascendental que, ocurrido hace poco más de dos mil años,
se despliega con la fuerza de su gracia vivificante a través del tiempo. Por
ello, debemos recordar que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre»[2].
De esta forma, Dios ha llegado a ser verdaderamente el Dios con
nosotros, el "Emmanuel" esperado por los siglos, Alguien de quien no nos separa
ninguna barrera: «en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros, que le
decimos sin temor tú, podemos tutearle en la inmediatez del acceso al
corazón infantil»[3].
¿QUÉ ES LA NAVIDAD?
Navidad es Jesús.
Navidad es un misterio de fe: el misterio del nacimiento del
Niño Dios, del dulce Señor Jesús.
Navidad es el despertar del hombre, porque Dios mismo se hace
hombre, es surgir entre los muertos porque el Autor de la vida nos alumbra con
el esplendor de su luz.
Navidad es el surgimiento de la Vida que destruye la muerte, del
Sol de Justicia que disipa las tinieblas del pecado y la mentira, del Niño que
nos enseña que es valioso ser hombre porque Él, Dios verdadero, se ha hecho
hombre verdadero, por amor a nosotros; que nos invita a hacernos niños como Él
para poder entrar al Reino de su amistad eterna.
Navidad es la celebración de la venida de Aquel que siendo rico
se hace pobre para enriquecernos con su pobreza, del Salvador esperado por
todos los tiempos, de la alegría del justo porque se acerca su recompensa, del
consuelo del pecador porque se acerca su perdón. Es el nacimiento de la fe, de
la esperanza y del amor, del Niño del Amor.
Navidad es la sublime manifestación de la fuerza todopoderosa
del Niño que hace temblar con su alegría las piedras del infierno y resquebraja
la dureza de nuestro corazón para que brote a raudales el agua que nos da a
beber con su vida.
Navidad es el nacimiento de la Luz que ilumina a todo hombre que
viene a este mundo, de la Justicia que nos llueve del cielo, de la Verdad que
brota fértil del suelo del amor, de la Paz para el corazón que hace al hombre
de buena voluntad unirse a sus hermanos humanos con el suave vínculo de la
caridad fraterna.
Navidad es el nacimiento del Buen Pastor que viene a buscar la
oveja perdida para cargarla sobre sus hombros y conducirla de nuevo al redil
del Padre, y gozar allí del pasto frondoso que brota en las colinas eternas.
Navidad es el nacimiento del Niño Jesús en el portal de Belén y
también su nacimiento en el humilde portal de nuestro corazón.
A estas alturas podemos preguntarnos: Y entonces, ¿son todos los
días Navidad? No todos los días del año calendario son Navidad, pero todos los
días del corazón sí deben serlo.
HACERNOS NIÑOS COMO EL NIÑO
En la Nochebuena las primeras palabras del ángel a los pastores
de Belén, fueron: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será
para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que
es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño en pañales
y acostado en un pesebre»[4].
Dios se hace niño y a veces olvidamos lo que ello significa,
pues un niño humano no puede bastarse por sí mismo, necesita de sus padres para
sobrevivir. ¡Dios se hace verdaderamente un niño! ¡Es algo incomprensible! ¡El
Todopoderoso se hace un frágil Niño al resguardo de María y de José!
En Navidad Jesús se hace hombre para que el hombre se haga
partícipe de la divinidad. Y con San Agustín es válido preguntarnos qué mayor
motivo de fiesta podríamos tener que tan magna ocasión. «Celebremos, pues, con
alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de
fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es
grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal»[5].
La condición de Jesús Niño nos indica cómo responder a nuestra
identidad de hijos. Somos verdaderamente hijos en el Hijo. Por ello se pregunta
admirado San Agustín: «¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo
único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de
Dios»[6].
Desde aquí se han de entender sus palabras: «Yo os aseguro: si
no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»[7].
Quien no ahonde cada vez más en el misterio de la Navidad no podrá profundizar
en uno de los misterios más importante de la vida cristiana: la Encarnación. Y
quien no lo asume en su existencia no podrá acceder al Reino de Dios, el Reino
de los niños de corazón.
Habitualmente son los adultos quienes más cosas enseñan de la
vida a los niños. Pero también es verdad que los niños enseñan grandes cosas a
los adultos. ¡Cuánto más no educará el Niño Dios a toda persona! Lo paradójico
de este Niño es que nos enseña a caminar siempre por el Plan del Padre, a
trabajar siempre según el máximo de nuestra capacidad y al máximo de nuestras
posibilidades en nuestras circunstancias concretas, a pensar rectamente, a amar
con un corazón puro y a orientar nuestra voluntad hacia el bien, es decir, nos
enseña a ser personas auténticas, hombres de verdad.
Por todo ello San León Magno explica que «Dios verdadero ha
nacido en la íntegra y perfecta naturaleza de verdadero hombre, totalmente
divino en lo suyo, totalmente humano en lo nuestro»[8].
SEGUIR CON MARÍA AL NIÑO
En medio de una cultura y un mundo cada vez más secularizados,
en el que el ser humano que suele tener miedo ante lo que Dios le pueda
manifestar, María nos entrega en el misterio de la Navidad a su Hijo Jesús. Un
Niño que no atemoriza ni inspira desconfianza, sino que por el contrario
despierta en el corazón humano sus anhelos más hondos. El Niño Jesús en el
pesebre nos señala actitudes importantes en nuestra vida cristiana, las propias
de los niños: alegres, admirados ante la realidad y ante las personas,
abiertos, generosos, transparentes, tiernos, espontáneos, carentes de malicia,
confiados, bondadosos, limpios de corazón y sobre todo dóciles al Plan del
Padre. ¿Cuánto no habrá conservado y meditado la Madre su experiencia de Niña
ante las actitudes de Aquel que, siendo Dios verdadero, se hizo Niño por amor
en su seno purísimo?
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Actitudes correctas ante el misterio de la
Anunciación-Encarnación y su despliegue en la Navidad:
-
Santa María (Mt 2,11; Lc 1,26-38; 39-45; 46-56; 2,5-7.16-19),
-
San José (Mt 1,18-25; 2,13-23),
-
Santa Isabel (Lc 1,41-45),
-
los pastores (Lc 2,8-20),
-
los magos de oriente (Mt 2,1-12),
-
los ángeles (Lc 2,8-14).
-
Actitudes erradas ante el misterio de la Navidad:
-
Jesús es el Emmanuel, el «Dios con nosotros»: Is 7,14.
-
Hacernos niños como el Niño para entrar al Reino de los
cielos: Mt 18,3. El Niño Jesús es la luz verdadera que ilumina a todo hombre y
le muestra su identidad de hijo de Dios: Jn 1,9-12.
-
La gracia del nacimiento del Niño Jesús se despliega en la
historia: Heb 13,8.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
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En medio de la actividad y el bullicio que caracterizan esta
época del año se hace imprescindible hacer un alto en el camino para entrar en
nosotros mismos y alentados por la actitud reverente de Santa María, hacer una
reflexión sobre nuestra preparación y vivencia del misterio de la
Navidad-Encarnación. Este breve esquema apunta a ser una ayuda para tu propio
examen personal o una guía para el diálogo comunitario.
-
La Navidad es un tiempo de celebración, pero ¿Podrías explicar
qué celebras tú? Resúmelo en una frase.
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¿Cómo ves la profundidad del misterio que encierra la Navidad?
Haz una lista de las consecuencias de este misterio de nuestra fe.
-
¿Qué medios concretos has venido poniendo para prepararte a
vivir la Navidad de una manera profunda y consecuente? ¿Cómo te puedes preparar
mejor para celebrar la Navidad-Encarnación? Haz una lista de medios concretos.
-
¿Cómo es que estás preparado para acoger el misterio de la
Navidad? ¿Tu corazón está bien dispuesto para recibir al Señor Jesús en él?
Enumera los principales acentos a trabajar para tener una mejor preparación.
-
¿Cómo está tu camino de conversión, de configuración con el
Señor Jesús? ¿Vives en tensión de lucha, cada día, por encarnar cada vez más a
Cristo? ¿Estás instalado y satisfecho con lo que tienes?
-
En el apostolado transmitimos al Señor Jesús a nuestros
herma¬nos. ¿Cómo vives el servicio apostólico como un acto de amor?
-
Nunca nos cansamos de decir que nadie da lo que no tiene.
Enu¬mera las cosas que tú llevas dentro y que puedes ofrecer a qui¬enes
evangelizas.
-
La Navidad es también una ocasión de alegría profunda y de
esperanza. Comenta las cosas que te alejan de la alegría, cargándote de
pesimismo y desesperanza y proponte medios concretos para superar estas
dificultades.
-
Santa María se maravilla de todo lo que descubre la Noche
Buena Se asombra y alegra ante el milagro de traer al mundo al Reconci¬liador.
¿Cómo vives tú esa alegría y ese asombro?
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Trabajo de Interiorización
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[3] Card.
Joseph Ratzinger, Imágenes de la esperanza. Itinerarios por el año litúrgico,
Encuentro, Madrid 1998, p. 12.
[8] Homilia
III sobre la Natividad, n. 2.
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