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«En María, llena de gracia, la Iglesia ha reconocido a la
"toda santa, libre de toda mancha de pecado, (...) enriquecida desde el primer
instante de su concepción con una resplandeciente santidad del todo singular"[1]»[2].
El pasado 8 de diciembre celebramos con gran júbilo el 150
aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.
Muchos hijos de la Iglesia con el correr de los siglos fueron profundizando e
iluminando con su reflexión la comprensión de este magno misterio. Finalmente
el 8 de diciembre de 1854, luego de consultar a los obispos de todo el mundo,
el Beato Pío IX proclamó solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de
María Santísima, con la Bula Ineffabilis Deus, al definir como
perteneciente a la Revelación de Dios que «la Santísima Virgen María fue
preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de
su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención
a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano»[3].
El privilegio de la Inmaculada Concepción de María está
insinuado en dos textos de la Sagrada Escritura: Génesis 3,15: en que se
habla de la victoria de la mujer y de su descendencia sobre la serpiente, y Lucas
1,28: en las palabras que el ángel Gabriel dirigió a María: «¡Alégrate!, llena
de Gracia».
1. «ENEMISTAD PONDRÉ ENTRE TI Y LA MUJER»[4]
En el texto que conocemos como "Proto-evangelio", es decir, el
"primer anuncio de la Buena Nueva", el Señor Dios le dice a la serpiente:
«Enemistad pondré entre ti y la mujer». El sentido pleno de este texto hace
referencia en la serpiente al demonio, el tentador, y en la mujer a María, cuya
descendencia, Cristo, pisará la cabeza de la serpiente, signo de la victoria
total y definitiva sobre Satanás. La "enemistad" establecida por Dios entre la
serpiente y la mujer es una hostilidad total, en la que no hay ningún punto de
contacto entre las partes mencionadas, no hay nada en común, no hay diálogo ni
amistad alguna, todo lo contrario, hay oposición total, hay lucha abierta y
frontal.
La mujer, María, no tiene, pues, ninguna relación con el
"príncipe de este mundo", Satanás, ni con su obra tentadora que seduciendo al
hombre introdujo el pecado, el mal y la muerte en el mundo. Por otro lado,
aquella mujer cuya descendencia pisa la cabeza de la serpiente, expresa la
participación de María en el triunfo de su Hijo sobre Satanás. María vence
gracias a los méritos de Aquel que vencerá a la serpiente por su Pasión, Muerte
y Resurrección.
2. «LLENA DE GRACIA»[5]
«Alégrate, llena de gracia», «Jaire, kejaritomene». Son
las primeras palabras que el Ángel enviado por Dios dirige a María. La primera
palabra, jaire, es una invitación al júbilo y a la alegría mesiánica,
pues Dios está pronto a cumplir sus promesas: ¡el reconciliador anunciado desde
antiguo ya está por llegar![6]
Kejaritomene, la segunda palabra del saludo angélico, se
traduce como llena de gracia. Llama la atención que el Ángel no se
dirija a María con su nombre propio, sino con esta expresión: llena de gracia.
En realidad, éste es el nombre propio que el enviado divino aplica a María,
según una "costumbre" divina: en otros momentos Dios cambia o pone el nombre a
algunos de sus elegidos, para reflejar de ese modo -claramente y a los ojos de
todos- su ser y misión en el mundo: Abrám por Abraham, pues será padre de
muchedumbre de pueblos (Gn 17,4-5); Simón por Pedro,
porque es la piedra sobre la que el Señor edificará su Iglesia (Jn
1,42; Mt 16,18); el que nacerá de María se llamará Jesús, que
traducido significa "Dios salva" (Mt 1,21; ver Is 7,14).
Por tanto, cuando el ángel llama a la Virgen «llena de gracia»
está revelando su ser y su misión. Y es a partir de este nombre que la
reflexión inspirada de la Iglesia ha comprendido con el tiempo su alcance y
profundidad: María es llena de gracia porque, por un singular privilegio y
regalo divino, fue preservada del Pecado Original desde el mismo instante de su
concepción, en vistas a una misión y vocación muy específica: ser la Madre del
Mesías, la Madre del Hijo de Dios, la Madre de Dios-hecho-hombre. El modo como
el Ángel se dirige a esta singular mujer pone así de manifiesto el Corazón
Inmaculado, pleno de gracia, todo santo de la Santísima Virgen María.
El Don es de Dios, quien desde el principio pensó en Ella[7],
la eligió y la preparó con esta gracia singular[8]
para que fuese una digna morada para su Hijo. Mas el Don en todo momento
implicó la libre respuesta de María: ella supo acoger esta gracia guardándose
de todo pecado ella misma, rechazando desde el recto ejercicio de su libertad
todo mal, optando por servir amorosamente a Dios y sus Planes: «He aquí la
sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra»[9].
Por esta conjunción del Don divino y por su total cooperación, la gracia
permanece en Ella plenificándola.
Conviene recordar finalmente lo que enseña nuestra Madre la
Iglesia con respecto a este don único: si María fue preservada inmune de todo
pecado, lo fue por los méritos que el Señor Jesús obtuvo para todo el género
humano con su Muerte y Resurrección. Santa María recibe en forma adelantada los
mismos frutos reconciliadores que el Señor ha obtenido para toda la humanidad,
y que a nosotros se nos aplican en el Bautismo.
3. ALGUNAS LECCIONES DE LA INMACULADA PARA NUESTRA VIDA CRISTIANA
-
María, la llena de gracia, la mujer anunciada en el Proto-Evangelio, es enemiga
acérrima de la serpiente, enemiga de Satanás. Ella no dialoga con la serpiente,
no acoge sus sugestiones, no escucha su invitación a desconfiar de Dios, antes
bien, tapa sus oídos a sus propuestas, rechaza toda tentación, huye de todo
pecado y coopera decididamente con el Don y con la gracia recibidos de Dios,
manteniendo su Corazón Inmaculado, siempre puro, limpio. Santa María nos invita
también a nosotros, sus hijos, a vivir esa enemistad total con Satanás, a odiar
el pecado y rechazar con firmeza toda tentación que nos induce a "ceder" aunque
sea "sólo por esta vez", aunque parezca que "no es para tanto". Por el
contrario nunca hay que consentir el pecado en nuestras vidas, nunca hay que
dialogar con la tentación, nunca hay que acoger en nuestra mente pensamientos
que buscan hacernos desconfiar de Dios, de su amoroso designio, de sus
mandamientos, para preferir hacer el mal que por supuesto se reviste siempre
con apariencia de "esto en realidad es bueno para mí". ¡El rechazo de todo
pecado en nuestra vida debe ser firme, tajante, la lucha debe ser radical! ¡Hay
que mantener un corazón puro, para que habite en él el Señor! También nosotros,
que por Cristo hemos llegado a ser parte del linaje de la Mujer, hemos de pisar
de ese modo la cabeza de la serpiente.
-
El don de su Inmaculada Concepción no sólo preserva a María del Pecado
Original, sino que asimismo perfecciona su naturaleza, la prepara y la adorna
con dones y virtudes particulares para cumplir su excepcional misión: ser la
Madre de Dios. La respuesta de María ciertamente presupone el Don y la gracia,
pues sin ella nada podría. Pero es María quien mediante un recto uso de su
libertad va buscando conocer, cumplir y servir el Plan de Dios cada día. Su
adhesión al Plan de Dios se nutre de un amor intenso, amor que arde en su
corazón gracias a su inmaculada pureza. Sí, la pureza del corazón hace posible
amar con mucha intensidad y profundidad, mientras que el pecado, con sus
múltiples manifestaciones de egoísmo, destruye la auténtica capacidad de amar.
Por ese amor a Dios, María responde cada día con un sí generoso a todo ese
caudal de gracia recibida, responde buscando servir a Dios en todo lo que hace,
se entiende y se califica a sí misma como la Sierva de Dios. La
Inmaculada nos señala su Corazón y nos invita a tener un Corazón como el suyo:
rodeado y custodiado por esas blancas rosas de pureza para que en él arda cada
vez más un intenso amor al Señor, un amor que se refleje en el deseo intenso de
cumplir su Plan de Amor, de conocer la propia vocación y misión y entregarse a
ella con todo el entusiasmo del que uno es capaz. El Señor ha hecho de cada
uno, una nueva creatura por el Don del Bautismo y también derrama en cada cual
su gracia. María nos enseña a responder a la gracia recibida con mucha
responsabilidad, con generosidad, con prontitud, con fidelidad, para así llegar
a ser lo que estamos llamados a ser y así poder encender el mundo entero con el
fuego divino del Amor.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Como a María, Dios nos ha elegido para ser santos e
inmaculados en su presencia: Ef 1,4.
-
María Inmaculada nos llama a aplastar con su Hijo la cabeza de
la serpiente: Gen 3,15.
-
Nuestra lucha es contra Satanás: Ef 6,12.
-
Que no reine el pecado en nuestros corazones: Rom 6,12; sino
que sea Cristo quien en nosotros habite hasta que quedemos llenos de la «total
Plenitud de Dios»: Ef 3,17-19.
-
Hemos sido purificados del pecado para servir a Dios y dar
frutos de santidad: Rom 6,16-18.22.
-
Si somos de la Luz, hemos de purificarnos de todo pecado: 1Jn
1,7; el que comete pecado es del diablo: 1Jn 3,8; el que ha nacido de Dios no
comete pecado: 1Jn 3,9.
-
Quien espera en el Señor se purifica a sí mismo: 1Jn 3,2-3.
-
María Inmaculada nos enseña a amar y servir a Dios: Lc 1,38;
Jn 2,5; Dt 6,4-5.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué significa el dogma de la Inmaculada Concepción de Santa
María?
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Al meditar en el pasaje del Gén 3,15 ¿qué enseñanzas concretas
puedo aplicar a mi propia vida?
-
¿Cómo estoy combatiendo contra la serpiente en mi vida
cotidiana? ¿Qué medios concretos, además de los que ya estoy poniendo, pueden
ayudarme aún más?
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¿Qué significa que María sea la "llena de gracia"?
-
¿De qué manera Santa María puede ayudarme a vivir la pureza?
[2] S.S.
Juan Pablo II, Catequesis del 15 de mayo de 1996, n. 1.
[6] Ver
Sof 3,14; Jl 2,21.27; Zac 9,9-10.
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