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«La Iglesia vive de la Eucaristía, vive de la plenitud de este
Sacramento»[1],
y por ello maternalmente procura «que este Sacramento de amor sea el centro de
la vida del Pueblo de Dios»[2].
Esto que se dice de la Iglesia, se dice también de mí, pues yo
soy miembro de la Iglesia, piedra viva de este templo santo[3].
Por tanto, como bautizado e hijo de la Iglesia, yo estoy llamado a vivir de la
Eucaristía, ella ha de ser la fuente y cima de mi vida. En cuanto
que es fuente, he de nutrirme continuamente de la Eucaristía. En cuanto
que es cima, todo en mi vida diaria ha de apuntar a ella, la Eucaristía
ha de coronar todo mi ser y quehacer. Con esta intención y por deseo explícito del Santo Padre, el presente año la Iglesia «estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía»[4]. Así, pues, pongamos todo nuestro empeño en meditar atentamente y acoger en el corazón lo que significa[5], realiza[6] y representa[7] este admirable Don de
la Eucaristía, para que hagamos de este Sacramento la cumbre a la cual
tienda toda nuestra actividad, así como también la fuente de donde manen todas
nuestras fuerzas[8].
LA EUCARISTÍA, UN MISTERIO.
Cuando tomamos conciencia de lo que la Iglesia nos enseña con
respecto al pan y vino consagrados y lo confrontamos con lo que nos dicen
nuestros sentidos, comprendemos que nos encontramos ante una realidad que
sobrepasa absolutamente nuestra limitada comprensión: el milagro invisible de
la Eucaristía es un misterio ante el cual se estrella la humana racionalidad y
sentido común, un misterio que sólo puede ser comprendido cuando de por medio
se ejercita la fe.
Ante la magnitud de este misterio no cabe sino una humilde y
constante súplica: «Señor, aumenta mi fe. porque descubro que es tan
pequeña y flaca, porque quiero creer más, porque necesito creer más,
para convertirme cada vez más a Ti, para vivir cada vez más como Tú me enseñas,
para hallar en Ti las fuerzas necesarias que me sostengan y fortalezcan en la
lucha por ser santo». La fe, primera disposición necesaria y adecuada ante el
misterio que nos sobrepasa, es una gracia de Dios que es otorgada al hombre.
«Sólo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión
coherente»[9],
por todo ello, es necesario pedirla incesantemente.
QUE REQUIERE DE UN ACTO DE CONFIANZA.
Pero, ¿qué entendemos por misterio? Esta expresión
procede del griego mysterium, que deriva a su vez del verbo myo. Myo
quiere decir: cerrar la boca, no hablar, mantener algo en secreto.
Misterio expresa pues una verdad que permanece oculta y escondida al
conocimiento humano, como escondida detrás de un velo. Esta verdad oculta e
inaccesible al entendimiento humano puede llegar a ser conocida por él cuando
le es manifestada o revelada por otro. El término revelar describe
la acción de "descorrer el velo" que mantiene oculto un objeto.
Ahora bien, ya que es otro quien muestra la verdad a quien por
sí mismo no puede conocerla, es necesario un acto de confianza en aquél que
revela. En efecto, para que yo crea lo que me es revelado la persona
debe ser creíble, digna de confianza. Creo cuando confío en la persona
que me revela algo. Dudo o no creo cuando la persona en sí misma
carece de credibilidad o autoridad, o cuando no confío en ella. Puedo, en
efecto, no creer lo que alguien me dice cuando lo que está diciendo es
verdad, simplemente porque por alguna razón yo no confío en ella.
La fe es entonces aceptar como verdadero aquello que alguien me
confía para ser creído por mí, fundándose mi aceptación en la autoridad que la
persona tiene en sí misma y para mí. La fe es, por lo mismo, creer primero en
alguien para creer luego en algo que él me dice o revela.
.EN EL SEÑOR JESÚS
En la Hostia consagrada la apariencia del pan asume la función
de un velo que oculta a nuestros ojos y sentidos una realidad muy distinta de
la que éstos perciben. Pero al mismo tiempo este velo ha sido descorrido para
los ojos de la fe, dejando a la vista del creyente la realidad oculta a
nuestros sentidos: «Cristo en la Eucaristía está verdaderamente presente y
vivo, y actúa con su Espíritu, pero como acertadamente decía Santo Tomás, "lo
que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de
la naturaleza. Lo que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades
sublimes"»[10].
¿Y quién es el que nos ha revelado este misterio, para que
podamos creer en su testimonio? Cristo mismo es quien ha descorrido este velo y
nos ha dado a conocer esta verdad sublime cuando dijo: «Yo soy el pan vivo,
bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo
le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»[11].
Es esto lo que realizó la noche memorable en que instituyó la Eucaristía al
pronunciar sobre el pan estas palabras: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.»[12];
y posteriormente sobre el cáliz lleno de vino estas otras: «Bebed. porque ésta es
mi sangre de la Alianza.»[13].
Sí, desde entonces Él mismo ha invitado a generaciones y
generaciones de creyentes a creer en sus palabras para situarse reverentes ante
un misterio inaudito que es imposible ver con los ojos de la carne o
comprender con la sola razón. Él lo ha hecho visible para nosotros, por ello
los cristianos desde el principio eran muy conscientes de que «el pan y la
bebida que tomamos no los recibimos como pan y bebida corrientes, sino que. se
nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha pronunciado la acción de
gracias, usando de la plegaria que contiene sus mismas palabras, y del cual,
después de transformado, se nutre nuestra sangre y nuestra carne, es la carne y
la sangre de Jesús, el Hijo de Dios encarnado»[14].
Ahora también nosotros, confiando plenamente en el Señor y por
el don de la fe, hemos de dar nuestro asentimiento a sus palabras, reconociendo
plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante[15].
CONCLUSIÓN
En su pedagogía divina, que es tan respetuosa del don de nuestra
libertad, Dios nos invita una vez más a tener una actitud de profunda confianza
en Él y en la palabra de su Hijo muy amado[16].
Esa confianza filial debe llevarnos a trascender la mera percepción sensible
del "fenómeno", para ir más allá hasta llegar a la realidad profunda que
permanece invisible ante nuestros ojos. Hoy Dios nos invita a penetrar
humildemente el misterio admirable de la Eucaristía apoyados en la fe y en la
razón, esas como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad[17],
para que comprendiéndolo cada vez más en toda su realidad y profundidad,
podamos vivir de acuerdo a lo que este misterio es: presencia real del Señor,
sobreabundancia de su Amor.
Y así, concientes del don inmenso que el Señor nos ha dejado en
la Eucaristía, valoremos y reverenciemos cada día más este regalo maravilloso,
buscando asimismo salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce
Jesús que siempre nos espera en el Santísimo.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor nos invita a creer en Él: Jn 6,28-29. Él se revela a
sí mismo como el Pan de vida: Jn 6,32-35.48-50. Él revela que el pan que nos
dará es su propia carne: Jn 6,51; ante el escándalo producido, el Señor
reafirma su enseñanza: Él dará de comer su propia carne y beber su sangre: Jn
6,52-53. Sólo quien come su carne y bebe su sangre tiene vida en sí: Jn
6,53-54. Quien come su carne y bebe su sangre, permanece en comunión con Él: Jn
6,56. Jesús una vez más reafirma la verdad de sus palabras: Jn 6,60-63. Muchos
no creen y se echan atrás: Jn 6,64-66; aunque confundidos, los apóstoles
confían en el Señor: Jn 6,67-69.
-
La institución de la Eucaristía: Mt 26,26-29; Mc 14,22 25; Lc
22,15 20.
-
San Pablo recibió del Señor lo que nos ha transmitido sobre la
institución de la Eucaristía: 1Cor 11,21-26; nos exhorta a recibir dignamente
el Cuerpo y la Sangre del Señor: 1Cor 11,27-29.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en mi vida diaria? ¿Qué puedo
hacer para que Ella sea cada vez más la fuente y cima de mi vida?
-
¿Descubro la necesidad de crecer en mi fe en la Eucaristía?
¿Qué medios concretos puedo poner para ello?
-
¿Qué suelo hacer en el Domingo? ¿En el Domingo mi vida está
realmente centrada en el Señor Jesús?
-
¿Cómo Santa María puede ayudarme a crecer en mi amor a la
Eucaristía?
-
¿Qué medios concretos voy a poner para vivir el Año de la
Eucaristía?
[1] Redemptor
hominis, 20d. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
1324,1325,1343,1407.
[4] S.S.
Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 2. El Año de la Eucaristía abarca
desde octubre de 2004 a octubre de 2005.
[5] Ver
Catecismo de la Iglesia Católica,960;1325.
[6]Ver
allí mismo, 1358-1361.
[7] Ver
allí mismo, 1366.
[8] Ver
Sacrosanctum Concilium,10.
[14]
San Justino, Apología en favor de los cristianos; Ver Catecismo de la
Iglesia Católica 1345.
[15]
Ver Fides et ratio, 13.
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