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«Es preciso que, como en el pasado, la Cruz siga estando
presente en nuestra existencia como una clara señalización del camino que se ha
de seguir y como la luz que ilumina toda nuestra vida»[1].
En nuestra cultura occidental se ha puesto muy de moda todo lo
que es "light", lo que no compromete: se elaboran y ofrecen productos o
servicios que brindan una cada vez mayor comodidad, diversión, placer. Los
admirables avances tecnológicos han liberado poco a poco al hombre de muchos
esfuerzos y sacrificios, haciendo todo más fácil, más cómodo y menos doloroso,
para quienes tienen acceso a ellos, claro está. Un cierto tipo de "vida feliz"
se promete a quienes poseen estas comodidades, y el que menos aspira al ideal
de la vida burguesa. Muchos hombres y mujeres influidos o sometidos a esta
mentalidad se tornan evasivos al sacrificio personal, a la entrega generosa, a
la renuncia costosa con la mirada puesta en un bien mayor, arduo y difícil de
conquistar. La Cruz se rechaza. Más aún: «la corriente anticristiana pretende
anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en
ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no puede abrir ni
perspectivas ni esperanzas»[2].
¿UN CRISTIANISMO SIN CRUZ?
Tampoco los millones de cristianos bautizados que estamos en el
mundo[3]
nos vemos libres del sutil influjo de esta mentalidad. ¡Cuántos cristianos
terminan siendo del mundo al asumir tales perspectivas! ¡Cuántos hijos de la
Iglesia hoy reclaman una mayor "comprensión" y "condescendencia" con respecto a
ciertos temas que exigen sacrificios o renuncias que se niegan a asumir!
¡Cuántos exigen que la Iglesia -por misericordia y don libre de Dios- portadora
de la voz y enseñanzas del Señor[4],
se adecúe a la mentalidad de los tiempos, para ofrecerles un "cristianismo
light", a la medida de su comodidad o propia visión de las cosas!
Pero, ¿puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno
ser discípulo de Cristo sin cargar su propia cruz, es decir, sin asumir las
exigencias de la vida cristiana, sin querer vivir la obediencia a las
enseñanzas del Señor y de la Iglesia, sin querer abrazar incluso el dolor y el
sufrimiento para ofrecerlo como una participación en el sufrimiento del Señor?[5].
La respuesta es un rotundo "¡No!". El Señor dijo claramente: «El que no carga
su cruz y me sigue detrás, no puede ser mi discípulo»[6];
y dijo también: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo;
pero si muere, da mucho fruto»[7].
No podemos olvidar que Cristo murió crucificado. De ese modo el
cristianismo quedó para siempre asociado a la Cruz. Y dado que un discípulo
busca asemejarse a su maestro[8],
si queremos ser como Cristo, si queremos ser de Cristo, hemos de seguirlo en
todo, no sólo en lo que nos resulta fácil, cómodo y agradable, no sólo mientras
me pida algo que está dentro del límite de lo que estoy dispuesto a dar, sino
también cuando me pide cargar con una cruz que no es la que a mí me gusta,
cuando las cosas en la vida cristiana se me hacen "cuesta arriba", difíciles y
exigentes. Quien quiera ser discípulo, ha de vivir intensamente en su vida el
dinamismo de la Cruz, que el Señor Jesús inauguró para nosotros: morir a todo
lo que es muerte[9]
para renacer a la Vida verdadera.
LA CRUZ, PRESENTE EN LA VIDA DE TODO HOMBRE
Al tomar la cruz en su sentido figurado, como signo de dolor, de
sufrimiento y de muerte, podemos preguntarnos: ¿quién de nosotros, de una o de
otra forma, no experimenta diariamente la lacerante realidad de la cruz? La
cruz no es algo extra–o para la vida de todo hombre y mujer, de cualquier
edad, pueblo y condición social. Toda persona, de diferentes modos, encuentra
la cruz en su camino, es tocada y, hasta en cierto mo¬do, es marcada
profundamente por ella. «Sí, la cruz está inscrita en la vida del hombre.
Querer excluirla de la propia existencia es como querer ignorar la realidad de
la condi¬ción humana. ¡Es así! Hemos sido crea¬dos para la vida y, sin embargo,
no po¬demos eliminar de nuestra historia personal el sufrimiento y la prueba»[10].
La experiencia del mal y el sufrimiento no ha sido querida por
Dios. Ha entrado en el mundo y en nuestra vida por el pecado de nuestros
primeros padres. Y el Padre ha respondido a esa realidad redimiéndonos en el
Señor Jesús por la Cruz y la Resurrección, y nos ha abierto a una vida nueva
que nos llega cotidianamente por la acción del Espíritu Santo.
Experimentamos la cruz cuando en la familia en vez de la armonía
y el mutuo amor reina la incomprensión o la mutua agresión, cuando recibimos
palabras hirientes de nuestros seres queridos, cuando la infidelidad destruye
un hogar, cuando experimentamos la traición de quienes amamos, cuando somos
víctimas de una injusticia, cuando el mal nos golpea de una u otra forma,
cuando aumentan las dificultades en el estudio, cuando fracasa un proyecto o un
apostolado no resulta, cuando es casi imposible encontrar un puesto de trabajo,
cuando falta el dinero necesario para el sostenimiento de la familia, cuando
aparece una enfermedad larga o incurable, cuando repentinamente la muerte nos
arrebata a un ser querido, cuando nos vemos sumergidos en el vacío y la
soledad, cuando cometemos un mal del que luego nos cuesta perdonarnos. ¡cuántas
y qué variadas son las ocasiones que nos hacen experimentar el peso de la cruz
en nuestra vida!
Al mirarnos y mirar a nuestro alrededor, descubrimos que toda
existencia humana tiene el sello del sufrimiento. No hay nadie que no sufra,
que no muera. Pero vemos también cómo sin Cristo, todo sufrimiento carece de
sentido, es estéril, absurdo, aplasta , hunde en la amargura, endurece el
corazón.
El Señor, lejos de liberarnos de la cruz, la ha cargado sobre
sí, haciendo de ella el lugar de la redención de la humanidad, uniendo y
reconciliando en ella, por su Sangre, lo que el pecado había dividido: a Dios y
al hombre[11].
Él mismo, en la Cruz, cambió la maldición en bendición, la muerte en vida.
Resucitando, transformó la cruz de árbol de muerte en árbol de vida.
Quien con el Señor sabe abrazarse a Su Cruz, experimenta cómo su
propio sufrimiento, sin desaparecer, adquiere sentido, se transforma en un
dolor salvífico , en fuente de innumerables bendiciones para sí mismo y muchos
otros. No hay cristianismo sin cruz porque con Cristo la cruz es el camino a la
luz , es decir, a la plena comunión y participación de la gloria del Señor.
¡TOMA TU CRUZ Y SIGUE AL SEÑOR!
¡No pocas veces nuestra primera reacción ante la cruz es querer
huir, es no querer asumirla, porque nos cuesta! La fuga se da de muchos modos:
evadir las propias responsabilidades y cargas pesadas, ocultar mi identidad
cristiana para no exponerme a la burla y el rechazo de los demás, no defender o
asistir a quien me necesita por "no meterme en problemas" o hacerme de una
"carga", no asumir tal apostolado que me da más trabajo, no perdonar a quien me
ha ofendido porque me cuesta vencer mi orgullo, etc.
Otras veces, al no poder evadir el sufrimiento, no queremos sino
deshacernos de la cruz, arrojarla lejos, más aún cuando la cruz la llevamos por
mucho tiempo o nos pide una gran dosis de sacrificio: "¡hasta cuándo, Señor!
¡Basta ya!" Hay quien perdiendo el aguante y con rebelde actitud frente Dios
opta por apartarse de Él.
La actitud adecuada ante la cruz es asumirla plenamente, con
paciencia, confiando plenamente en que Dios sabrá sacar bienes de los males,
buscando en Él la fuerza necesaria para soportar todo su peso y llevar a pleno
cumplimiento en nosotros su amoroso designio. El mismo Señor nos ha enseñado a
acudir incesantemente a la oración para ser capaces de llevar la cruz[12].
Asimismo hemos de pedir a Dios la gracia para vivir la virtud de
la mortificación , entendida como un aprender a sufrir pacientemente -sobre
todo ante hechos y eventos que escapan al propio control- y un ir adhiriendo
explícitamente los propios sufrimientos y contrariedades -todo aquello penoso o
molesto para nuestra naturaleza o mortificante para nuestro amor propio- al
misterio del sufrimiento de Cristo.
También hemos de tener presente que "No hay viernes de Pasión
sin domingo de Resurrección", y viceversa.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Cristo cargó su Cruz: Jn 19,17; y fue crucificado: Mc 15,25;
Lc 23,33.
-
El Señor nos llama a cargar nuestra cruz y seguirlo: Mt 10,38;
16,24; Mc 8,34; Lc 9,23; 14,27.
-
El discípulo aspira a ser como su Maestro: Lc 6,40; Mt
10,24-25.
-
En Getsemaní Cristo nos enseña como afrontar la cruz: Mc
14,32-42.
-
María participó de la Cruz de un modo inimaginable: Lc 2,35;
nos enseña cómo asumir la cruz: Jn 19,25.
-
Asumir el dinamismo de la Cruz significa morir a lo que es
muerte: Ver Gal 5,4; para renacer a una vida nueva: Rom 6,4. Sólo puede dar
fruto la semilla que cae en tierra y muere: Jn 12,24.
-
También estamos llamados a ser cireneos de nuestros hermanos,
ayudándolos a cargar sus cruces: Mt 27,32.
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[1] S.S.
Juan Pablo II, Homilía, 10/6/99, n. 4.
[2] S.S.
Juan Pablo II, Ut unum sint, 1c.
[8] Ver
Lc 6,40; Mt 10,24-25.
[10]
S.S. Juan Pablo II, Discurso en el encuentro con los jóvenes, 2/4/1998, n.4.
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