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«Queridos amigos, planteaos seriamente la pregunta sobre vuestra vocación, y
estad dispuestos a responder al Señor que os llama a ocupar el lugar que tiene
preparado para vosotros desde siempre».
Desde hace algunas décadas vemos con honda preocupación cómo el
número de vocaciones tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada
viene disminuyendo. No pasa desapercibida la escasez de sacerdotes que existe
para atender a las inmensas multitudes de fieles cristianos. De modo similar se
puede hablar de los consagrados: muchos hijos e hijas de la Iglesia permanecen
pastoralmente abandonados por falta de manos y recursos, mientras el
secularismo predominante en la cultura va haciendo cada vez más difícil la
respuesta a la vida cristiana y crece el influjo de sectas y "meras formas" de
religiosidad. Ante esta desafiante realidad, que a todos los católicos debe
preocuparnos hondamente, solemos escuchar que hay una falta o crisis de
vocaciones. Pero, ¿ha dejado Dios de llamar a hombres y mujeres a la vida
sacerdotal o consagrada?
¿CRISIS DE VOCACIONES, O CRISIS DE RESPUESTA?
Lo primero que hay que afirmar es que no hay falta de
vocaciones. ¡Las vocaciones abundan! ¡Dios sigue llamando a muchos también hoy!
El problema está en la ausencia de respuesta al llamado del Señor, y esto por
diversas razones: sordera para escuchar la voz de Dios en un mundo que nos
llena de bulla; cobardía cuando uno percibe que el Señor le pide "más entrega";
oposición y presión que desalienta y hace que muchos se echen atrás, ya sea por
parte del ambiente en general, del círculo de "amigos" o incluso de los propios
padres y familiares; inconsistencia en la vida espiritual e incoherencia en la
vida cristiana.
También habría que preguntarnos si la falta de respuesta de los
llamados se debe al pobre testimonio de vida cristiana que muchas veces damos
los católicos. ¿Ha dejado de ser la santidad de vida un ideal apelante y
atractivo para los jóvenes de hoy por nuestra mediocridad e incoherencia entre
lo que decimos creer y lo que mostramos muchas veces con nuestras obras, con
nuestra conducta? Si fuéramos santos, hombres y mujeres formados en la fe y
convencidos de que el Señor Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, si con el
testimonio de una vida coherente supiéramos presentar a Cristo con toda la
fuerza atractiva que emana de su Persona, ¡cuántas vocaciones veríamos florecer
en la Iglesia hoy!
¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?
La palabra "vocación" viene del latín "vocare", que significa
"llamar". Así pues, al hablar de vocación en el vocabulario cristiano
entendemos el llamado que Dios hace al ser humano, a cada uno de nosotros. Ya
nuestra vida misma es una vocación: el "llamado" que Dios nos hace a salir de
la nada para pasar a la existencia.
Hemos sido creados con la capacidad de entrar en diálogo y
comunión de amor con Dios mismo. ¡A nosotros nos llama el Señor para participar
de su misma vida y naturaleza divina! Es un llamado a «ser santos e inmaculados
en su presencia, en el amor.
Pero junto a este llamado o vocación universal hay otro llamado
particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar y a cumplir una misión
específica en el mundo. Ante ese llamado «es deber irrenunciable de cada uno
buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale
personalmente al encuentro».
Dentro de esa vocación o llamado particular, la mayoría
encuentra en la vida matrimonial su propio camino de santidad, mas otros están
llamados a seguir al Señor Jesús "más de cerca", siguiendo su mismo estilo de
vida mientras vivió con nosotros, renunciando a todo para entregar su vida al
anuncio del Evangelio y al servicio evangelizador de los hermanos humanos, ya
sea en el sacerdocio o la vida consagrada. A éstos, de una manera particular,
va dirigido el llamado del Señor: «Ven y sígueme».
LA VOCACIÓN SACERDOTAL O CONSAGRADA
Por lo dicho se entiende que el llamado no es ninguna novedad.
Es una realidad tan antigua como la existencia misma del hombre, una realidad
que también hoy se da: Dios sigue llamando hoy.
En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios fue escogiendo a
algunos hombres o mujeres para tareas concretas y específicas, para llevar a
cabo su designio reconciliador. Descubrimos cómo a quienes Dios elige para una
misión muy concreta, los forma ya desde el seno materno . Por eso podemos
afirmar que la vocación es como un sello que está grabado en el elegido desde
el momento mismo de su concepción, un sello imborrable . Porque está "hecho
para eso", todo su ser se lo reclama, aunque sólo con el tiempo y los signos
que Dios le envía podrá interpretar correctamente ese "reclamo interior de su
ser". Dios, cuando permite al elegido percibir el llamado, sale al encuentro de
esa estructura interior, corresponde a aquello para lo que el elegido "está
hecho" desde su concepción, para lo que ha nacido.
En el Nuevo Testamento es el Señor Jesús, Dios hecho hombre,
quien elige e invita a algunos con un tan escueto como radical: «Ven y sígueme»
. De ese modo asocia a quienes llama a su misma misión reconciliadora y
evangelizadora.
Quienes escucharon aquel llamado experimentaron sus exigencias:
dejarlo todo por el Señor. Quienes supieron responder con prontitud,
generosidad y fidelidad, recibieron por parte del Señor una promesa: «Yo os
aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o
hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno:
ahora al presente. y en el mundo venidero, vida eterna».
Otros, como el "joven rico" o Judas Iscariote, prefirieron
aferrarse a sus riquezas o a sus propios planes, negando o traicionando con el
tiempo su propio llamado. El fruto amargo que experimentaron fue la honda
tristeza y frustración de no responder a lo que el propio corazón reclama. A
ello se suma, en el caso de Judas, el iniciar un camino de autonegación que
lleva finalmente a la propia destrucción y aniquilamiento. Como vemos, aunque
hoy parece haberse agudizado, la crisis de respuesta tampoco es novedad.
EL LLAMADO FUENTE DE BENDICIONES
A diferencia de lo que algunos piensan, la vocación a la vida
sacerdotal o consagrada no es una mala noticia, ni para el elegido o elegida,
ni para su familia. ¡Todo lo contrario! El llamado que Dios hace a un hijo o
hija es fuente de bendiciones para toda la familia y signo de un amor de
predilección para el llamado: «con amor eterno te he amado: por eso he
reservado gracia para ti».
De la respuesta fiel y valiente al llamado del Señor depende la
realización de la persona. Es importante que quien percibe o intuye la
invitación del Señor entienda que Dios no es enemigo de su felicidad porque el
camino que le señala "se opone a sus planes para ser feliz". ¡Todo lo
contrario! Porque te ama, porque te conoce mejor que tú, porque es
infinitamente sabio, Dios te muestra el camino que has de seguir para alcanzar
tu verdadera felicidad, respondiendo a aquello para lo que estás hecho. Al
mismo tiempo, ten en cuenta que la felicidad de muchas personas -empezando por
tus propios padres, aunque a veces puede parecer lo contrario- depende de tu sí
generoso y de tu fidelidad a llamado del Señor.
LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS
Es importante ser consciente que el presente asunto atañe a
todos los hijos de la Iglesia. ¿No queremos un mundo mejor? ¿Cómo vamos a
contribuir al cambio del mundo si no somos santos, y si los que son llamados
por Dios no responden a su propia vocación y misión? Por eso nadie puede
sentirse excluido de la responsabilidad de cooperar de alguna manera,
trabajando o apoyando directa o indirectamente al florecimiento de las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Y como "la caridad empieza por casa", son los padres los
primeros que deben rezar por la vocación de sus hijos, así como enseñarles a
que en esta vida no sólo el matrimonio es un camino válido, sino que también lo
son el sacerdocio o la vida consagrada. Los padres, con mucha apertura a la
acción divina y espíritu de sacrificio en no pocos casos, son los primeros que
han de alentar y apoyar a sus hijos a seguir las inspiraciones divinas en el
momento en que alguno de ellos perciba o manifieste alguna inquietud
vocacional. De ese modo, las familias cristianas están llamadas a ser hoy
verdaderos semilleros de vocaciones.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Vocaciones en el Antiguo Testamento: Moisés: Éx 4,10-12;
Samuel: 1Sam 3,10; Isaías: Is 6,4ss; Jeremías: Jer 1,5-8.
-
La vocación es fruto de un amor de predilección de Dios: Jer
31,3; es como un fuego inextinguible: ver Jer 20,9.
-
Vocaciones en el Nuevo Testamento: María, ejemplo de una
respuesta pronta y valiente a su vocación: Lc 1,38; vocación y respuesta de
algunos apóstoles: Mt 4,18-22; Mateo: Mt 9,9; Juan y Andrés: Jn 1,35-42; Pedro:
Lc 5,8.
-
Exigencias de la vocación: Lc 9,57-62; promesa del Señor a
quien responde a su vocación: Mc 10,29-30.
-
El triste ejemplo de un joven que rechaza el llamado del
Señor: Mc 10,17-22.
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