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Hacia el final de la Homilía pronunciada por el Papa Benedicto
XVI en Roma con ocasión de la inauguración de su Ministerio como Sumo Pontífice
de la Iglesia, el Santo Padre nos exhortó y alentó con fuerte voz: «Así, hoy,
yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de
una larga vida personal, decir a todos vosotros (...): ¡No tengáis miedo de
Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se entrega a Él, recibe el ciento
por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la
verdadera vida»[1].
Estas palabras del Santo Padre, respaldadas por su propio
testimonio de vida, nos hacen una invitación muy concreta: levantar nuestra
mirada hacia lo alto, escuchar el llamado que el Señor Jesús nos hace a abrir
la puerta de nuestros corazones y responder, con toda la generosidad, al
horizonte de vida plena que Él nos invita a vivir.
Es siempre muy común entre nosotros hablar sobre la búsqueda de
la felicidad. Ciertamente este es un tema que nos involucra a todos, puesto que
no hay ser humano que no quiera ser feliz. Pero no sólo constatamos por nuestra
propia experiencia interior que queremos ser felices, sino que la que nosotros
anhelamos es una felicidad que sea grande, inmensa, infinita. Y es que nuestro
corazón no puede contentarse con menos: hemos sido creados por Dios para algo
grande.
Por lo tanto, meditar sobre el tema de la magnanimidad es, en
cierta forma, penetrar en nuestra propia interioridad, en nuestra identidad y
descubrir palpablemente como nosotros hemos nacido para ser grandes y para
realizar empresas grandes.
LA MAGNANIMIDAD
Buscando entender mejor qué es la magnanimidad podemos decir que
«la magnanimidad regula la mente en relación con todo lo que es grande y
honorable; anima todas las demás virtudes, incitándolas a orientarse
preferentemente hacia todo lo que sabe a grandeza»[2].
Por lo tanto, la magnanimidad es una virtud humana que nos conduce a todo
aquello que significa auténtica grandeza para nuestras vidas.
Por medio de la magnanimidad cultivamos la actitud acertada ante
la grandeza de la propia vida, ante las posibilidades que tenemos de conquistar
grandes ideales. Es la virtud que nos impulsa a aspirar de modo realista y
esforzado a las cosas grandes.
Lejos de ser una aspiración vana o pretenciosa, es una
aspiración que corresponde a nuestra propia identidad, a nuestras capacidades y
posibilidades. La magnanimidad implica mucha humildad, es decir, un recto
conocimiento y aceptación de sí mismo. Humildad es andar en verdad,
conocerse y aceptar lo que uno es: ni más, ni menos. Así, porque se conoce
bien, el magnánimo tiende a dar el máximo de sí mismo, según sus capacidades y
posibilidades, en cada circunstancia concreta de la vida. No aspira a cosas
mayores de las que le conviene, lo cual sería presunción ovanidad,
pero tampoco aspira a menos de lo que es capaz. Ambos extremos, el presumido y
el pusilánime, padecen de un insuficiente o distorsionado conocimiento de sí
mismos, de sus capacidades y posibilidades. El primero las exagera, mientras el
segundo las desconoce, minusvalora, o rechaza cuando las descubre.
El magnánimo, en cambio, tiene un recto conocimiento de sí
mismo, sabe quién es, de lo que es capaz y aquello a lo que debe y puede
aspirar, y a ello responde con ánimo decidido, tenaz, valiente.
ASPIRAR A SER SANTOS
San Pedro nos lo recuerda en su primera carta: «Más bien, así
como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda
vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo»[3].
La grandeza de lo que estamos llamados a ser, cooperando
generosamente con la gracia que Dios derrama abundantemente en nuestros
corazones, se expresa de una manera especial en nuestro llamado a la santidad.
El Concilio Vaticano II nos lo recuerda una y otra vez: ¡Todos somos llamados a
ser santos![4].
La vida cristiana debe ser para nosotros este constante
peregrinar en el mundo en donde trabajamos incansablemente por alcanzar la
santidad. «Se trata de un sendero al que todos somos convocados, un sendero que
todos estamos llamados a recorrer. Sí, hablo del camino hacia la santidad.
Tender a la santidad es esencial para quien se esfuerza en seguir cada vez más
de cerca al Señor Jesús»[5].
Lo primero a lo que hemos de aspirar es a asumir la grandeza de
nuestra vocación humana y cristiana. ¡Dios nos ha creado para participar de su
misma vida divina! ¿Y qué puede haber más grande para el ser humano sino el
llegar a ser lo que está llamado a ser, llegar a realizar en sí mismo ese
amoroso proyecto divino, que es ser verdadera y plenamente persona humana,
participando de la misma comunión divina de amor? ¡La grandeza de nuestra
vocación es inaudita! Y así, aspirar a ser hombres y mujeres de verdad, aspirar
a realizarnos verdaderamente, conquistar el Infinito para el que hemos sido
hechos, ¡ese es el apasionante horizonte que debe despertar día a día nuestra
magnanimidad! Una magnanimidad tal que no sucumba ante los miedos, ante las
propias inseguridades, ante las dificultades y obstáculos que encuentra en el
camino, ante los problemas o caídas.
La magnanimidad lleva al creyente a luchar sin desmayar, a vivir
la generosidad del "sí" dado a Dios en las circunstancias más ordinarias de la
vida cotidiana o en las que demandan un gran heroísmo. Es la virtud que lleva a
vencer la pereza, la tibieza, la mezquindad en la entrega, para dar más,
para darlo todo, como lo hizo el Señor Jesús. La magnanimidad, la
aspiración a alcanzar nuestra propia grandeza, nos llevará a volar alto, a
responder plenamente a aquello para lo que Dios nos ha creado y llamado, a
responder a nuestra propia identidad y misión.
Así, pues, nuestra primera y principal aspiración no puede ser
otra sino la de buscar ser plenamente personas humanas, ser plenamente
cristianos, ser santos. Y el camino lo conocemos bien: la diaria
configuración con el Señor Jesús. Seremos lo que estamos llamados a ser,
responderemos a la grandeza de nuestra propia vocación, en la medida en que nos
asemejemos a Cristo mismo.
CONQUISTAR EL MUNDO ENTERO
«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»[6].
El Señor nos ha hecho partícipes de su misión de evangelizar, de conquistar por
medio del anuncio de la Buena Nueva el mundo entero. El horizonte de la Nueva
Evangelización al inicio del tercer milenio de la fe se abre ante nosotros
lleno de grandes retos y desafíos. La magnanimidad nos lleva a aspirar grandes
cosas también en el apostolado.
Comentando el pasaje en el que Jesús invita a sus apóstoles a
tirar las redes al mar, luego de que éstos no pudieron pescar nada la noche
entera[7],
el Papa Benedicto XVI expresaba: «También hoy se dice a la Iglesia y a los
Sucesores de los Apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las
redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo,
para la vida verdadera»[8].
¡Queridos hermanos, es todo el mundo el que tenemos que cambiar
por medio del anuncio, siempre en primera persona, de la Buena Nueva! Confiados
en que el Señor Jesús siempre nos acompaña y nos da la fuerza de su Espíritu
debemos cooperar con generosidad, con un corazón grande, magnánimo. ¡Hay que
remar mar adentro!
Ante los retos apostólicos el magnánimo no se deja vencer por
los desafíos que la vida le presenta. Busca soluciones, busca responder a los
retos, empuja sin cesar, con la esperanza puesta en el Señor pone también todo
lo que está de su parte, sus dones y talentos, todo su empeño y esfuerzo, todo
su ingenio e iniciativa, con tal de responder de la mejor manera posible a la
misión encomendada por el Señor Jesús. Para el apóstol de Cristo no hay
situaciones imposibles. Sabe que humanamente hablando hay límites, pero no se
arredra ante los obstáculos ni teme a los grandes proyectos. Aprende a dar todo
de sí -aunque sea insuficiente- y a confiar más en el Señor que en sus propias
fuerzas, porque sabe que el Señor hace fecundo el esfuerzo humano.
Miremos al Señor Jesús y Santa María, modelos de magnanimidad y
respondamos a nuestro anhelo interior de alcanzar y realizar obras grandes en
nuestra vida.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
El Señor Jesús es modelo de magnanimidad:
-
Conoce la grandeza de su vocación y misión y responde a ella:
Jn 10,10; 12,46; 18,37; Mt 20,18-19; aspira a encender el mundo entero: Lc
12,49; responde con magnanimidad hasta el don total de sí mismo: Jn 17,4;
19,30; no se echa atrás ante la prueba: Lc 22,42.
María es modelo de magnanimidad:
-
su máxima aspiración es responder a la grandeza de su vocación
y misión: ser Madre de Dios (Lc 1,38) y Madre nuestra (Jn 19,25-27). Ella nos
enseña a vivir la magnanimidad en la obediencia a su Hijo: Jn 2,5; Lc 11,27-28.
Los apóstoles son modelos de magnanimidad:
-
no dudan en dejarlo todo por responder a la grandeza de su
vocación: Lc 5,11.28; Mt 9,9; Jn 1,43-44; Lc 18,28; ni amenazas, ni castigos,
ni peligros les impiden cumplir con la misión de anunciar el Evangelio: Hech
5,29; 2Cor 11,24-27.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué significan para mí vida las palabras del Papa Benedicto
XVI, «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo»? ¿Qué
relación tienen estas palabras con la magnanimidad?
-
¿Qué es la magnanimidad? ¿En qué realidades concretas descubro
mis anhelos de alcanzar las cosas grandes?
-
¿Cuáles son mis principales desafíos para vivir la
magnanimidad en la vida cotidiana? ¿Qué medios concretos voy a poner para
vivirla mejor?
-
"Ante los retos apostólicos el magnánimo no se deja vencer por
los desafíos que la vida le presenta". En el apostolado concreto que estoy
haciendo, ¿es ésta mi actitud? ¿Cómo puedo vivir mejor la magnanimidad en el
apostolado?
-
¿Cómo el Señor Jesús y Santa María, modelos de magnanimidad,
pueden ayudarme a ser cada día más magnánimo?
[1] S.S.
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la inauguración de su ministerio petrino
como Sumo Pontífice, 24/4/2005.
[2] Ermanno
Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, TomoII, Editorial Herder,
Barcelona 1983, p. 527.
[4] Ver
Lumen gentium, 40.
[5] Luis
Fernando Figari, Una aventura fascinante, Fondo Editorial, Lima 2001, p.
12.
[8] S.S.
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la inauguración de su ministerio petrino
como Sumo Pontífice, 24/4/2005.
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