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¿ES POSIBLE VIVIR SIN ESPERANZA?
En medio de una "cultura de la acedia" algún autor no creyente
ha denominado la esperanza que viven los cristianos como la «virtud de los
débiles», la cual los haría seres inútiles, ingenuos, resignados, alienados de
la realidad y extraños al progreso del mundo.
Sin embargo, ningún hombre puede vivir sin esperanza. El
desánimo y la tristeza que acompañan la desesperanza se consideran comúnmente
como síntomas de que "algo no anda bien". Eso es un dato existencial que
resulta evidente. El problema de tal aproximación estriba tanto en dejar de
lado a Dios como si no existiera o no actuara realmente en el mundo y también
en la errada concepción del creyente que, supuestamente porque espera, no hace
cosa alguna de utilidad, sino que se queda resignado a circunstancias que lo
determinan.
Nuestro creer en el Señor y creerle al Señor nos hace captar el
sentido auténtico de la existencia. Y es que toda persona espera en alguien o
en algo. Sin esa esperanza, la vida sería prácticamente insoportable. Cuando
una persona pierde el horizonte vital de la esperanza da un giro mortal en el
sentido de su existencia y se va sumergiendo en el absurdo, abandonando
trágicamente el impulso íntimo hacia la felicidad. Por ello Georges Bernanos
decía que «el pecado contra la esperanza. es el más mortal de todos. ¡y es tan
dulce la tristeza que lo anuncia y lo precede! ¡Es el más preciado de los
elíxires del demonio, su ambrosía!»[1].
¿QUÉ ES LA ESPERANZA?
Dice el Catecismo de la Iglesia Católica que «la esperanza es la
virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna
como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y
apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del
Espíritu Santo»[2].
La esperanza se funda en el Don de Dios, no en nuestras propias
fuerzas. Nos narra la Sagrada Escritura que una vez los discípulos llenos de
asombro le preguntaron al Señor Jesús: «¿quién se podrá salvar?», a lo que Él
les respondió: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es
posible»[3].
Y junto con ser un don, la esperanza mueve a la cooperación con la gracia,
empleando los medios dados por Dios, suscitando el esfuerzo serio y sostenido
para llegar a la meta. El esfuerzo será tanto más enérgico y constante, cuanto
más auténtica y firme sea nuestra esperanza.
La esperanza está íntimamente unida a las otras dos virtudes
teologales: «es el vehículo por el cual la fe se realiza en el amor... Fundada
en la fe, la esperanza es el pórtico de la caridad y por ende de la
reconciliación que es ejercicio de amor»[4].
La esperanza es aquella "niñita de nada" - como la llamaría el poeta Charles
Peguy- que llevada de la mano por la fe y la caridad, nos sostiene en nuestro
peregrinar hacia la gloria, invitándonos a no desfallecer, sino a cooperar
asiduamente con ese don. Por todo ello nos dirá San Pablo en clave de
espiritualidad de la acción: «Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la
obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad y la tenacidad de vuestra
esperanza en Jesucristo nuestro Señor»[5].
«La esperanza. (es la) clave interpretativa de la existencia de
la persona. Es una actitud fundamental en la vida del hombre»[6].
No es una actitud resignada o claudicante. ¡Todo lo contrario! Es una virtud
activa, plena de energía, rica, estimulante, tensada y entretejida por el
dinamismo del amor. La esperanza continuada nutre, sostiene e impulsa al
cristiano en su peregrinar y cuando va hacia la eternidad. No es sólo una
esperanza para luego de esta vida, sino más bien una actitud continua de
esfuerzo cotidiano que tensa toda la existencia hacia su destino definitivo.
La esperanza activa es expectación del bien. Va unida a la
confianza y al anhelo de lo mejor, de lo óptimo. Nos hace vivir en el presente
como punto de contacto con la eternidad buscando cumplir en el peregrinar a
cada paso el Plan de Dios, ahondando desde ya en la vida cristiana como
preanuncio del encuentro definitivo con Dios, quien nos comunica la plenitud de
la vida. La esperanza alegre derrota al pesimismo, vistiendo de gozo la vida en
Cristo, invitándonos a acoger la "alegre buena" de la fe: «La virtud de la
esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de
todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres;
las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento;
sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la
bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y
conduce a la dicha de la caridad»[7].
La esperanza es como el "ancla del alma", firme y segura en
medio del mar tempestuoso del mundo. Es un arma que nos defiende en el combate
espiritual. Es como una soga firme que nos mantiene aferrados a Dios y por
medio de la cual somos jalados por su gracia y a la vez vamos ascendiendo con
el esfuerzo de nuestras manos, y en caso de una caída, el arnés está fijo a la
soga para no desbarrancarnos y reemprender nuevamente la escalada de la
santidad. «En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios,
"perseverar hasta el fin" y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa
de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo»[8].
DIOS ES NUESTRA ESPERANZA
El fundamento de esta virtud es el mismo «Dios de la esperanza»[9]
como lo llama San Pablo. Por ello pide que nos «colme de gozo y paz en nuestra
fe, hasta rebozar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo[10]».
Las divinas promesas del Señor «que no miente»[11]
son apoyo firme para recorrer con seguridad el camino de la vida cristiana.
El mismo Señor Jesús es nuestra esperanza. En Él Dios ha
realizado sus preciosas y divinas promesas. En Él hemos sido llamados a una
vida plena ya desde este mundo y a su coronación en una eternidad dichosa. San
Pablo, teniendo esto presente se dirige a los cristianos, llamándonos los
«santos a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de
este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de
la gloria, al cual nosotros anunciamos... Por esto precisamente me esfuerzo,
luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí»[12].
Y si por culpa nuestra a veces falla nuestra esperanza, Él no
desfallece, sino que siempre confía en nosotros: «El Señor está siempre atento
a nuestra voz. Nosotros podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir
dándole la espalda. Pero Él nos espera siempre, y está siempre cerca de
nosotros»[13].
REALISMO DE LA ESPERANZA
La esperanza busca siempre el aspecto bueno de la realidad pero
sin ser ingenua. Más bien la lucidez de la esperanza no oculta los momentos
difíciles ni las contradicciones de la vida, sino que percibe en medio de las
tinieblas la iluminación de la fe, el ejemplo brillante de Santa María.
Esta actitud vital nos permite acercarnos a la realidad para
verla adecuadamente desde su luz. Desde la mirada de fe en el Señor Jesús
debemos evitar tanto el optimismo ingenuo como el pesimismo desesperanzado y,
más bien, buscar siempre una mirada auténticamente realista. Nuestro Fundador
dirá que el «realismo de la esperanza» es también llamado «optimismo realista
nutrido de la esperanza y la confianza en las promesas del Señor»[14].
Éste permite «captar esta dimensión que reconoce la gravedad de las sombras
pero que con la fuerza de la luz de la fe no sucumbe a su embrujo, y más bien
presenta un horizonte pleno de esperanza»[15].
ESPERANZA EN LAS DIFICULTADES
Los cristianos que buscamos acoger la pedagogía perfecta del
designio divino «nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún,
nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra
la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la
esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»[16].
La esperanza suscita el ánimo guerrero, nos hace sacar fuerza de
nuestra flaqueza, buscándola en el Señor y llamándolo a poner el máximo
esfuerzo de nuestra parte para alcanzar la meta como quien en la carrera aspira
llegar primero. Acrecienta nuestras fuerzas al poner ante los ojos
constantemente la meta y la excelencia del premio prometido, que excede con
mucho las aflicciones y trabajos que hay que padecer. La gloria es incomparable
con lo que se tiene que pasar de momento[17].
Sostiene al hombre en empresas difíciles. Lleva a poner los medios -con energía
y constancia- para conquistar tal meta. Es todo lo opuesto a la cobardía o
desmayo, al desaliento o pusilanimidad, actitudes íntimamente vinculadas a la
falta de esperanza.
LA CARIDAD LO ESPERA TODO
No hay cosa que más desaliente que luchar sin esperanza de
victoria, así como no hay cosa que más multiplique las fuerzas que la seguridad
del triunfo con tal de que se luche constantemente. Esta certeza nos la da el
Señor que ha prometido -y su palabra es fiel y verdadera- hacer partícipes de
su Victoria a aquellos que en la lucha perseveren hasta el fin[18].
Y es que realmente «si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la
esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres»[19].
Aunque el mundo esté empeñado en hacernos desfallecer, nosotros,
«esperando contra toda esperanza»[20],
debemos ser apóstoles «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos
pida razón de nuestra esperanza»[21].
San Pablo dice que «la caridad... todo lo espera»[22].
¿Tu caridad lo espera todo?
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Dios es nuestra esperanza: Mt 12,21; Sal 39,8; 40,2; 62,6;
71,5.
-
Oración para que el amor de Dios descienda sobre nosotros
junto a la esperanza: Sal 33.
-
La esperanza de la vida eterna nos alienta: 1Cor 15,19; Rom
8,19.
-
La paciencia en el sufrimiento engendra esperanza: Stgo 1,3-4.
-
Esperamos confiados porque Dios es siempre fiel a sus
promesas: Heb 10,23; Sal 119,116; Tit 1,2.
-
La esperanza en la gracia nos es dada por Cristo: 1Pe 1,13.
-
Somos herederos, en esperanza, de vida eterna: Tit 3,7.
-
Esperamos ser liberados de la esclavitud del pecado: Rom
8,20-21.
-
Nuestra salvación es una esperanza que no se ve: Rom 8,24-25.
-
La esperanza dichosa lleva al recto obrar: 2Tes 2, 16-17; Rom
12,11-12; 15,23; Col 1,27-29.
-
La esperanza denota una fuerza activa que lleva a dar frutos:
Lc 8,15.
-
La salvación es imposible para el hombre con sus solas
fuerzas, pero es posible para Dios: Mt 19,26.
-
La esperanza en clave de espiritualidad de la acción: 1Tes
1,3; 1Tim 4,10.
-
El Espíritu Santo anima nuestra esperanza para que no
desfallezca: Rom 5,1-5; 15,13.
-
Debemos ser apóstoles y testigos de la esperanza: 1Pe 3,15.
-
La caridad lo espera todo: 1Cor 13,7.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Es posible vivir sin esperanza? ¿Por qué?
-
¿Qué es la esperanza? ¿Cómo la puedo explicar?
-
¿Cuáles son tus principales dificultades para vivir la
esperanza? ¿Qué vas hacer para vencer estas dificultades?
-
¿Cómo evalúas tu esperanza y confianza en el Señor Jesús? ¿Qué
puedes hacer para crecer más en ellas?
-
¿Por qué podemos decir que "Dios es nuestra esperanza"? ¿Qué
implicancias tiene esto para mi vida?
-
¿Qué es el realismo de la esperanza?
[1] Georges
Bernanos, Diario de un cura rural, Ediciones Orbis, Barcelona 1984, p.
94.
[2] Catecismo
de la Iglesia Católica, 1817.
[4] Germán
Doig K., Esperanza y reconciliación, VE, Lima 1990, p. 20.
[6] Germán
Doig K., ob. cit., pp. 6-7.
[8] Catecismo
de la Iglesia Católica, 1821.
[13]
S.S. Benedicto XVI, Homilía en la misa de toma de posesión de su cátedra,
07/05/2005.
[14]
Luis Fernando Figari, Misioneros de la esperanza cristiana en el mundo de hoy,
Conferencia dictada en Santiago de Chile, 3 de abril de 2003.
[15]
Luis Fernando Figari, Vida cristiana y nueva evangelización, FE, Lima
2002, pp. 16-17.
[18]
Ver Mt 10,22; 11,22.
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