|
Se acerca la celebración de la Navidad y nos preparamos para
acoger al Señor Jesús en nuestros corazones. Todos reconocemos la importancia
de la Navidad , no sólo como una ocasión para encontrarnos con familiares, para
dar y recibir regalos, sino para celebrar el nacimiento del Señor Jesús. Con
palabras sencillas se expresa una realidad llena de misterio: Dios se hace
hombre. Es un anuncio gozoso y pleno de esperanza. «El ángel les dijo: "No
temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os
ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor"»[1].
Sin embargo, llegamos a estas fechas quizás con muchas preocupaciones,
actividades y planes que nos impiden reflexionar y disponernos adecuadamente.
¿Cómo nos preparamos para acoger al Señor Jesús? Se trata de hacer un alto para
reflexionar, pues «para el cristiano que peregrina en la tierra nada debe
oscurecer el sentido profundo del misterio que celebramos»[2].
Hace más de dos mil años vivían una experiencia similar un
singular grupo de sabios que desde oriente buscaban al «Rey de los judíos»[3].
Atentos a los signos, habían emprendido un largo recorrido, no exento de
peligros, con una meta clara: «Vimos su estrella en oriente y hemos venido a
adorarle»[4].
El camino mismo era ocasión de preparación para aquel encuentro decisivo, y
ciertamente habrían reflexionado y profundizado en la mejor manera de
presentarse ante un niño recién nacido a quien reconocían como soberano.
PONERNOS EN CAMINO...
El itinerario de los Reyes Magos, como los ha llamado la
tradición, nos ilumina en esa preparación interior que debemos realizar para
encontrarnos con Dios mismo que se ha hecho hombre. Algunos estudiosos han
señalado que los magos podrían ser sabios o gobernantes de tierras en oriente.
No habrían sido pocas sus preocupaciones y responsabilidades. Éstas, sin
embargo, no les habían impedido ver aquella estrella que señalaba un
acontecimiento inusual. Reverentes ante los signos de los tiempos interpretaron
correctamente el sentido de aquel peculiar fenómeno. Es un primer momento
clave, que exige en medio de tantas distracciones, que en nuestro tiempo se
multiplican por el ritmo frenético de la vida, un poco de silencio y reverencia
ante la realidad.
Acto seguido se pusieron en marcha. Preparar tan largo viaje
significaba resolver una serie de obstáculos, superar adversidades, hasta
separarse de los amigos y seres queridos. Nunca faltan las dificultades cuando
el alma sedienta sale en búsqueda de Aquel que es el agua viva[5].
Algunas de éstas serán por el mundo en que vivimos, hoy tan alejado de Dios, o
por nuestro propio hombre viejo acostumbrado a una vida llena de seguridades.
Otras serán por la misteriosa acción del Tentador que nunca es perezoso para
intentar separarnos del Señor y desviarnos del camino[6].
Venciendo estas dificultades los sabios peregrinos, a lo largo del camino,
habrán tenido que despojarse de todo aquello que dificultaba el avance,
haciéndose más libres para continuar con decisión y alegría el camino hacia el
encuentro de Dios.
...PARA ADORARLO
Hace unos meses, al encontrarse con miles de jóvenes en Colonia
con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Benedicto XVI
recordaba el testimonio de estos sabios de oriente e invitaba a recorrer el
«camino interior de la adoración»[7].
Como los Reyes Magos, podemos nosotros emprender esa peregrinación interior de
preparación para el encuentro con Cristo.
¿Qué es exactamente la adoración? En el relato bíblico se
utiliza la palabra griega «proskynesis». Etimológicamente este vocablo
significa: beso mi mano (Kyneo) y la extiendo hacia aquel (pros)
a quien quiero honrar. Implicaba acercarse y postrarse ante una persona,
llevándose la mano a los labios y luego dirigirla hacia tal persona en ademán
de besar los pies o una franja de vestido. Para los judíos, era un homenaje que
solo se le presentaba a la divinidad, con una connotación de profundo honor y
sumisión a Dios. Implica, como recordaba el Papa, no «considerarse
absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del
bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos»[8].
Este sentido de sumisión, muy presente en la mentalidad
oriental, queda enriquecido por el cristianismo, como se expresa en la palabra
adoración pero esta vez en su acepción latina. La palabra latina para adoración
es «ad-oratio», y hace alusión al beso, al abrazo, al contacto, y nos remite al
amor. Para el cristiano, la adoración ya no es una mera sumisión, pues en el
encuentro con Dios y en la experiencia de su amor infinito esta «sumisión» se
despoja de cualquier connotación de esclavitud para hacerse libertad plena. Es
en el servicio a Dios, en el cumplimiento de su Plan de Amor, que la persona se
hace auténticamente libre.
EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR JESÚS
Cuando los Reyes Magos llegaron a Belén se encontraron con Santa
María, San José, y un recién nacido, en medio de una gran pobreza. Podemos
imaginar su asombro. No dejaron por ello de reconocer en aquel niño la meta
final de su búsqueda, y lo adoraron. La fe les permitió reconocer en aquel
pequeño al Rey que buscaban. ¿No hemos tenido alguna vez la experiencia, quizás
en el estudio o al rezar, de que Dios es muy distinto de lo que esperábamos?
¿Lo habríamos reconocido envuelto en pañales en la humildad de un establo, o
quizás más difícil aún, colgado de una cruz cubierto de sangre y heridas?
¿Qué imagen de Dios tenemos? Con aquella mirada interior que nos
da la fe lo conocemos, y no encontramos un Dios hecho a la medida humana, sino
un Dios que por amor se ha hecho hombre para elevarlo hasta el encuentro pleno.
Al ponerse de rodillas para entregar sus dones, los Reyes Magos se pusieron a
la altura de la mirada de Jesús. Así, al inclinarse eran al mismo tiempo
elevados a la altura de los ojos de Dios, y percibían en esa mirada tierna y
transparente de un niño la amistad de Dios[9],
que se hacía hombre para dar su vida por los hombres[10],
que se encarnaba para manifestarnos que Dios es ante todo amor[11].
El encuentro con Jesús, la adoración, no nos puede dejar
impasibles. Es un encuentro que nos transforma si somos dóciles a la gracia
derramada, y nos lanza hacia un encuentro cada vez más pleno y a la vez hacia
el anuncio evangelizador. Es una invitación a la conversión, al cambio. Los
Reyes Magos regresaron a su país «por otro camino»[12].
Tal cambio de ruta nos recuerda la conversión. Un camino distinto en el que ya
no somos los mismos, y que por ello no es tan sólo un retorno, sino un continuo
avanzar hacia un encuentro cada vez más pleno. El fruto de la adoración no es
algo que queda en nosotros, se debe comunicar. «La Iglesia -recordaba el Papa
Juan Pablo II- necesita auténticos testigos para la nueva evangelización:
hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús;
hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás»[13].
Ese encuentro con el Señor, que es unión liberadora, se vive de
una manera privilegiada en la Eucaristía. En la Eucaristía la adoración llega a
ser unión con Dios. Dios no solamente está frente a nosotros, sino «dentro de
nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros
quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor
sea realmente la medida dominante del mundo»[14].
¿Y EN LA VIDA COTIDIANA?
La adoración es entonces un tipo de oración en que se reconoce y
experimenta la grandeza de Dios. Nada más lejos de una actitud estática o
pasiva. En la adoración, decía Romano Guardini, «debemos recogernos,
presentarnos ante la grandeza de Dios y postrarnos ante ella con reverencia y
libertad de corazón. Con ello nos situaremos en la verdad -en la verdad de la
vida-, se ordenarán las relaciones de la existencia humana y se establecerán
sus criterios adecuados. Esta verdad nos sanará espiritualmente y pondrá en su
debido lugar todo aquello que la confusión y el engaño de la vida ha
desordenado»[15].
La oración de adoración es fundamental para que toda nuestra realidad cobre su
sentido auténtico. Se trata, además, de una oración siempre nutrida de
esperanza. La adoración nos recuerda que no estamos ante un Dios lejano,
indiferente o al que el hombre no tiene acceso. Todo lo contrario. Adorar a
Dios significa tomar conciencia y experimentar el gran amor que El nos tiene,
que en Jesús nos ha elevado a la categoría de hijos[16],
y que nos ha invitado a vivir en el seno de su Comunión de Amor. Al
arrodillarnos, como los Reyes Magos, ante Dios, nos pondremos a la altura de
sus ojos, y veremos como maravillosamente toda la realidad se ilumina desde esa
perspectiva divina. Ese es el gran horizonte, liberador y reconciliador, que se
desprende como fruto precioso de la adoración y que ilumina la vida cotidiana
del hombre.
Hay muchísimas maneras de vivir ese "venimos a adorarlo" en
nuestra vida diaria. En este tiempo, la preparación para el nacimiento del
Señor es una manera. Pero siempre tendremos cerca una iglesia para visitar al
Señor presente en la Eucaristía, sea en la Misa o en la adoración Eucarística.
También podemos tener alguna imagen o devoción que nos ayude a recorrer
interiormente ese camino. Además, en cualquier momento del día, no importa
dónde nos encontremos, podemos elevar una oración de adoración que nos renueva
en la conciencia del recto y justo orden de las cosas, y que por ello nutre de
una profunda esperanza y alegría nuestro caminar, y nos lleva a buscar vivir
con mayor intensidad el Plan de Dios en nuestras vidas.
En los próximos meses tenemos también una oportunidad para vivir
esta intensa dinámica. Como sabemos, el Papa Benedicto XVI ha convocado a un
encuentro con representantes de los movimientos eclesiales, que se realizará en
Roma el día de la Solemnidad de Pentecostés 2006. Será una oportunidad
magnífica para peregrinar a Roma, respondiendo a la invitación del Sucesor de
Pedro, y ocasión de encuentro con quien es el centro de nuestra existencia: el
Señor Jesús. Acogiendo el don del Espíritu Santo, cuya venida a la Iglesia
celebramos en Pentecostés[17],
podremos elevarnos en auténtica adoración a Dios y dar luego a todo el mundo
razón de nuestra esperanza.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Se acerca la Navidad: Mt 1,22-23; Lc 2,1ss; Is 7,14.
-
En camino para adorar al Niño Dios: Mt 2,1-12; Lc 2,15-18.
-
Atención y reverencia ante la realidad: Lc 2,19; Lc 2,51; Mt
16,1-4.
-
Vencer las dificultades: 1Pe 5,8-9; Mt 11,12; Ef 6,12-13.
-
Adorar a Dios: Ex 4,31; Dt 26,10. Reservada solo a Dios: Mt
4,10; Lc 4,8; Ap4,10; Postrarse ante Dios: Mt 2,11; Adorar a Jesús: Mt 8,2; Mt
9,18; Mt 14,13; Jn 9,38.
-
La adoración nos lleva a la verdad: Jn 4,21-24.
-
Encuentro con Jesús: Jn 4,1-42; Mt 2,11. Que nos ofrece su
amistad: Jn 15,15; Ap 3,20. Que da su vida por los hombres: Jn 15,13.
-
La adoración exige conversión: Mt 2,12.
-
Todo momento es bueno para adorar a Dios: 1Tim 2,8; 1Cor
10,31; Col 3,17.
-
Pentecostés, ocasión para adorar a Dios: Hech 2,1ss.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
Identifica cuáles son tus principales dificultades para
prepararte y disponerte rectamente para la Navidad. ¿Qué cosas concretas puedes
hacer para superar estas dificultades?
-
¿Qué vas a hacer en este tiempo concreto para vivir aún de
mejor forma tu encuentro con el Señor Jesús en esta Navidad?
-
¿Qué actitudes de los Reyes Magos te parecen las más
importantes en su itinerario de búsqueda del Señor Jesús para adorarlo?
-
¿Por qué la conversión, el cambio de vida es muy importante
para encontrarte aún más con el Señor Jesús? ¿De qué debes despojarte? ¿De qué
debes revestirte?
-
¿Cómo te estás preparando para la Peregrinación a Pentecostés
2006?
[2] Luis
Fernando Figari, Navidad y Jubileo, FE, Lima 2000, p. 195.
[7] S.S.
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Jornada Mundial de la Juventud,
20/08/05.
[13]
S.S. Juan Pablo II, Mensaje para la XX Jornada Mundial de la Juventud.
06/08/2004.
[14]
S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Jornada Mundial de la Juventud,
20/08/05.
[15]
Romano Guardini, Introducción a la vida de oración, p. 83.
|