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La vida cristiana es el desarrollo de la vida de la fe, en el
horizonte de la esperanza, con el ardor de la caridad. En ella se escucha con
intensidad la Palabra del Señor Jesús que dice: «Sed perfectos como el Padre
celestial»[1].
Justamente de eso se trata lo fundamental de la vida cristiana: de ser santos.
Nos dice nuestro Fundador que «la santidad no es otra cosa que andar por los
senderos de Dios, con la conciencia de que, a pesar de la propia
insignificancia y fragilidad, contamos con la fuerza amorosa de Dios, para
quien nada es imposible»[2].
Es precisamente en el marco de nuestro camino hacia la santidad
que iremos al encuentro de Pedro, hoy S.S. Benedicto XVI, para celebrar junto a
él en Roma la Solemnidad de Pentecostés, unidos también a miles de
representantes de otros movimientos eclesiales, don del Espíritu para nuestro
tiempo.
SENTIDO DE LA PEREGRINACIÓN PENTECOSTÉS 2006
Una peregrinación es un viaje que se hace a un lugar santo por
devoción o por alguna promesa en vistas a obtener una ayuda espiritual o como
acto de acción de gracias, de penitencia, etc. Ya desde el Antiguo Testamento
tenemos noticias de peregrinaciones a lugares santos, especialmente a la ciudad
de Jerusalén, sede del Templo. El Nuevo Testamento también es claro al
referirnos que somos peregrinos en este mundo, que «no tenemos aquí ciudad
permanente, sino que andamos buscando la del futuro»[3].
Y es que precisamente «el ser humano es viador. Es decir, está en camino al
encuentro pleno con Dios Amor, realizándose en el caminar en la medida en que
responde al divino Plan»[4].
Precisamente ese es el marco general de nuestra peregrinación a
Roma con ocasión de Pentecostés. Respondiendo a la invitación del Santo Padre
Benedicto XVI, integrantes del Movimiento de Vida Cristiana peregrinarán a Roma
al encuentro de Pedro para celebrar esta gran fiesta de fe.
ACTITUDES DEL PEREGRINO
El hombre es un peregrino de la verdad, un explorador que busca
el sentido de su existencia. El cristiano tiene la certeza de fe que esa
búsqueda sólo se sacia en el encuentro definitivo con Dios Amor.
Ese caminar terreno implica algunas actitudes fundamentales para
llegar con bien a la meta propuesta. Entre ellas debemos resaltar:
Poner la mirada en la meta: No sólo en la meta "próxima",
que consiste en llegar a Roma, sino ante todo en la meta "última" de la
santidad. Es precisamente la cima de la santidad la que nos anima en el
caminar. En ese sentido Luis Fernando nos exhortaba en Pentecostés 1998: «Que
la presencia en Roma avive la conciencia de ser viadores, que la fe ilumine la
dimensión particular del ser peregrino y la respuesta de santidad que es la
manera de responder con coherencia a los dones recibidos de Dios y avanzar por
los senderos de Dios»[5].
Tomar la cruz cada día del peregrinar: Quizá alguno
podría desalentarse ante lo largo del camino de la vida cristiana. Sin embargo
el mismo Señor Jesús nos auxilia con su gracia y nos da la clave para superar
esa dificultad: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día y sígame»[6].
Caminar con paso firme y sereno: Diversos autores
consideran que la vida cristiana no es una carrera de velocidad sino de
resistencia, de largo aliento. Esta peregrinación a Roma implica muchas
renuncias, pero con el fin de alcanzar bienes muy preciados. Lo mismo se puede
decir de la peregrinación por nuestra vida en la tierra.
Presencia de Dios: El ejercicio constante de la presencia
de Dios es la oración predilecta de la vida cotidiana del cristiano. Esta
oración nos alcanza del Señor las fuerzas que necesitamos para peregrinar, nos
recuerda la meta y hace alegre el caminar aún en medio de dificultades y
dolores.
Animar a los compañeros: Muchas hermanas y hermanos
peregrinarán junto a nosotros hacia la misma meta. El animarnos mutuamente y
ser solidarios es signo de nuestro amor fraternal, una expresión sencilla pero
fuerte que es ya en sí misma un medio de apostolado.
ALGUNOS PELIGROS
En ese peregrinar también se encuentran diversos obstáculos y
peligros. Mencionaremos algunos con el fin de estar precavidos para, como dice
el poeta, «andar esta jornada sin errar»:
Perder el horizonte: Recordemos que nuestra actitud no es
simplemente la de turistas (que no tiene nada de malo en sí misma), sino ante
todo la de cristianos que realizamos un viaje físico y espiritual con el
objetivo de ir al encuentro con Dios, con S.S. Benedicto XVI y con los hermanos
de otros movimientos eclesiales y miembros de la Iglesia para celebrar juntos
la fe que hemos recibido.
Rutina: El camino es largo y el tiempo también; serán
muchos los pasos que tendremos que dar pero no debemos ceder a la costumbre de
hacer las cosas por mera práctica sin meditar en su sentido, perdiendo con ello
nuestra ruta.
Aferrarse a cosas temporales: Lo único que hace es
entorpecer nuestro corazón y empequeñecer nuestra libertad. No debemos olvidar
que somos peregrinos y que nuestro destino es la eternidad.
Ceder al cansancio: Serán jornadas ciertamente agotadoras
muchas de ellas pero no debemos ceder al desaliento, sino caminar con firmeza y
esperanza, apoyándonos en Dios y no en nuestras fuerzas.
¿Y YO QUÉ PUEDO HACER SI NO VOY A ROMA?
En los hermanos y hermanas que van todo el Movimiento de Vida
Cristiana se encontrará peregrinando a Roma, ciudad de los Papas, de los
mártires y de los santos, de los testigos de la fe. Es por ello que, si no
puedo personalmente ir a Roma, sí puedo hacer una peregrinación espiritual.
¿En qué consiste? En adherirme de corazón a los hermanos y hermanas que, como
representantes de todo el Movimiento de Vida Cristiana, peregrinarán
físicamente al encuentro con el Santo Padre.
Para ello puedo comprometerme activamente con la campaña de
oración que se está realizando en estos meses previos a la
peregrinación, con el objeto de preparar nuestros corazones y ofrecerle miles y
miles de oraciones al Santo Padre. Además es muy importante rezar por los
eventos mientras estos se estén realizando. También podré seguir con mucha
atención las diversas actividades a través de internet, la televisión, la
radio, la prensa, etc. y de esta forma unirme espiritualmente a los hermanos
que se encuentren con el Papa.
MADRE DEL PEREGRINO
Nuestra Madre Santa María es modelo de cómo ser auténticos
peregrinos. Ella, «a pesar de ser entre todas las criaturas humanas la más
cercana a Dios, ha caminado día tras día un peregrinaje de fe, custodiando y
meditando constantemente en su corazón la Palabra que Dios le dirigía»[7].
Pidámosle, pues, a nuestra Madre, «signo de esperanza segura y
de consuelo para el Pueblo de Dios peregrinante»[8]
que nos guíe y nos obtenga todas las gracias necesarias para llegar con bien a
nuestra patria definitiva: la Roma eterna, la Jerusalén del cielo.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Nuestra patria definitiva es el cielo: Heb 13,14; 1Jn 2,16-17.
-
Tomar la cruz cada día del peregrinar: Lc 9,23.
-
La meta última del peregrino es la santidad: Mt 5,48; Lev
19,2; 1Pe 1,15-16; Stgo 1,4.
-
Actitudes en el peregrinar: 1Tim 6,11-12; Gál 5,22-26.
-
El que siembra con generosidad cosecha con generosidad: 2Cor
9,6.
-
De nada le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida:
Lc 9,24-26.
-
La esperanza es fundada por el Espíritu: Rom 5,3-5; 8,24-27.
-
Cristo es nuestra esperanza: Col 1,27; Rom 8,28-30.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Cuál es el sentido de nuestra peregrinación a Roma en
Pentecostés? ¿Por qué peregrinamos?
-
Si nuestra vida en la tierra es también una peregrinación,
¿hacia dónde estamos peregrinando? ¿cuál es la meta de nuestra vida?
-
¿Cómo estás viviendo cada una de las actitudes fundamentales,
propuestas en el texto, para llegar con bien a la meta? ¿Qué puedes hacer para
vivirlas aún mejor?
-
¿Cuáles son los principales obstáculos o peligros que
encuentras en tu peregrinación? ¿Qué vas hacer?
-
¿Cómo evalúas tu propia participación en la campaña de oración
que estamos realizando?
-
¿Cómo puede ayudarte Santa María en esta peregrinación?
[2] Luis
Fernando Figari, Actitud y perspectiva ante el tercer milenio, en Discursos
en la I Asamblea Plenaria del Movimiento de Vida Cristiana, Lima 2000,
p. 15.
[4] Luis
Fernando Figari, Actitud y perspectiva ante el tercer milenio, en ob.
cit., p. 11.
[7] S.S.
Benedicto XVI, Ángelus, 12/03/2006.
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