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El ser humano es, por su propia naturaleza, un ser teologal.
Esto significa que la persona está orientada hacia el Amor y a recorrer la
senda temporal que lo lleve a la comunión. La apertura al encuentro con el Tú
divino y los tú humanos forma parte de la esencia misma del hombre. Es así que
en la medida en que el ser humano responda a sus dinamismos más profundos,
cooperando desde su propia libertad con el divino Plan inscrito en lo más hondo
de su ser, estará respondiendo a la invitación de Dios para alcanzar su
plenitud.
Una espiritualidad de la vida cotidiana no implica otra cosa que
buscar responder con coherencia y fidelidad a nuestra opción fundamental por el
Señor Jesús. Es hacer de toda nuestra vida un verdadero gesto litúrgico
(Puebla, 213), transformando toda nuestra existencia en un culto agradable a
Dios (Rom 12, 1-2).
Se trata, pues, de trascender la falsa dicotomía entre fe y
vida, entre vida espiritual y actividad cotidiana, para integrarlas en
experiencia y celebración de la fe en todas las circunstancias concretas de la
propia existencia. Las actividades y trabajos de cada día, así como los
momentos de esparcimiento y descanso, no deben ser ocasión de ruptura en
nuestra opción cristiana, sino que deben ser integradas en una dinámica
oracional, para convertirse, de esta manera, en instancias de crecimiento y
maduración en la vida cristiana, según el Plan de Dios para cada uno.
El creyente auténtico no se contenta con ser un cristiano de
domingo, que se refiere a Dios tan solo en momentos especiales o en
circunstancias extraordinarias. Es seguidor del Señor a tiempo completo. Y es
que la vida cristiana no puede vivirse de otra manera. Quien opta por el Señor
Jesús no hace una opción más, muy importante quizás, pero al final de cuentas
una opción mas entre muchas. Se trata de una opción fundamental, una elección
que va a la raíz, que apunta a la globalidad desde el núcleo íntimo. La recta
opción cristiana es aquella en la que el Señor Jesús se convierte en la razón
última de la propia existencia, donde busco encaminar todo mi ser en un camino
configurante con el Señor por medio del amor.
CAMINANDO EN PRESENCIA DE DIOS
La oración ciertamente constituye una dimensión fundamental de
la vida cristiana. Sin la oración, la existencia humana está muerta, pues le
falta la fuente misma de la vida interior. Es en la vida de oración donde el
creyente se encuentra con Dios, conoce más de cerca al Señor, alimenta su
interioridad y se fortalece para la vida cotidiana, para la misión apostólica.
Por eso es fundamental contar por lo menos con un tiempo fuerte de oración
personal durante el día, como momento privilegiado de encuentro cercano y
diálogo íntimo con Dios Amor.
Sin embargo, esto no basta. Toda nuestra vida debe ser constante
oración. Para ello debemos procurar vivir en permanente presencia de Dios, lo
que nos lleva a vivir un espíritu de oración constante en medio de nuestras
ocupaciones diarias. Proporciona a nuestra actividad diaria un carácter
santificador. Nos da horizonte de eternidad, una aproximación a la realidad que
nos permite trascender la superficialidad de la vida contemporánea, de las
tentaciones consumistas o secularizantes, para descubrir la acción de Dios en
las situaciones ordinarias de cada día.
Para vivir en presencia de Dios mucho nos ayudará ofrecerle
nuestras actividades diarias a quien es Señor de la Vida y el Amor, sobretodo
al comienzo y al final de cada día, el repetir jaculatorias a lo largo de la
jornada, es decir breves oraciones, el aprovechar las distintas actividades
cotidianas para elevarnos en legre acción de gracias, en humilde petición, en
sincera alabanza -al comenzar un trabajo, antes del estudio, en las comidas,
etc.-.
EXAMEN CONTINUO DE INTENCIONES
Una espiritualidad de la vida cotidiana supone un esfuerzo
constante por descubrir el Plan de Dios en las distintas circunstancias
concretas de la propia vida, para encaminarnos así en la dirección a la que
éste apunta. Es así que un continuo examen de intenciones nos permitirá
descubrir qué nos anima a realizar las distintas tareas o empresas que hacemos.
Este examen continuo de intenciones resulta muy efectivo contra
la nefasta ley del gusto-disgusto. El cristiano no se mueve según lo que le
provoca o lo que más le acomoda, ni rechaza las cosas por el mero hecho de que
éstas les resultan desagradables o incómodas. No podemos ser fáciles víctimas
de nuestros sentimientos desordenados, sino que debemos procurar que toda
nuestra vida sea una respuesta a la iniciativa divina, desde una obediencia
amorosa y generosa al Plan de Dios (Mt 26, 39; Lc 1, 38). El capricho no es
camino de felicidad; el designio divino sí lo es.
RENUNCIA A LOS FRUTOS
Otro aspecto fundamental para la vivencia de una espiritualidad
de la vida cotidiana consiste en vivir un espíritu de pobreza renunciando a los
frutos de nuestras acciones, ofreciéndoselos a Dios.
El hombre contemporáneo se ha tornado esclavo de su propia
actividad, hasta tal punto, que para muchos el quehacer se ha convertido en lo
que da sentido a su propia vida. Las personas ya no valen por lo que son, sino
por lo que hacen; es más, por la calidad de los resultados que obtienen. De ahí
que el modelo del triunfador, tan frecuentemente ensalzado por los medios de
comunicación, se haya erigido como uno de los nuevos mitos del mundo hodierno.
Sin embargo, el cristiano no desprecia la actividad. Al
contrario, la valora mucho, pero desde su lugar, es decir como camino a la
santidad en cuanto subordinada al divino Plan. La renuncia a los frutos nos
permite vivir en libertad y desprendimiento con respecto a nuestra historia y
nuestro destino, pues somos instrumentos libres en las manos de Dios,
cooperadores con la gracia divina en la obra de la salvación. Al situarnos en
esta perspectiva tan evangélica, lo hacemos conscientes del sentido de las
palabras del Senor: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y
llevar a cabo su obra... Yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que
blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto
para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador.
Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el
segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros
se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga" (Jn 4, 34.35b-38).
MARÍA EJEMPLO
Una espiritualidad de la vida cotidiana necesariamente se
encuentra referida a Santa María. En la Madre, la fe resplandece como don,
apertura, respuesta, fidelidad (Puebla, 296), día a día. María se deja iluminar
por la Palabra, la acoge en su ser y la plasma en su vida entera. Todo lo mira
con los ojos de la fe, todo lo aguarda con confiada esperanza, toda su jornada
está sellada por el dinamismo del amor.
Vivir una espiritualidad de la vida cotidiana a semejanza de
María, nos introduce en una dinámica que nos conduce a la vivencia de la
comunión con Dios, con uno mismo, con los hermanos y con las realidades
terrenas en las circunstancias cotidianas, en los actos ordinarios de la vida.
Desde la Cruz, el Señor Jesús nos señala a la Madre como compañía para el
camino; recorrerlo con Ella es garantía para llegar al destino.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Vivir una espiritualidad de la vida cotidiana: Rom 12, 1-2; Ef
4, 1; Col 3, 17.
-
Presencia de Dios Sal 16(15), 8; Sal 116(114-115), 9; Mt 28,
20; Hch 17, 28.
-
Examen continuo de intenciones: Gál 1, 10a; Gál 5, 25; Col 3,
23.
-
Optar por cumplir el Plan de Dios: Sal 119(118), 33-40; Jn 4,
34; Rom 8, 28.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué significa hacer de la propia vida una oración continua? ¿De qué manera la
vives?
-
¿Qué problemas se te presentan para vivir en presencia de Dios?
-
¿Qué beneficios te comportan la práctiva del examen continuo de intenciones y
la renuncia a los frutos?
-
¿Qué cosas concretas vas a hacer para vivir una espiritualidad de la vida
cotidiana?
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