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UNA VIDA ESPIRITUAL INTENSA
 

Quien descubre en su vida al Señor Jesús y se decide a seguirlo con coherencia se esfuerza por iniciar un camino intenso de configuración con Él. Para quien ha descubierto aquella perla valiosa, por la que vale la pena vender todo lo demás, la vida se abre con un horizonte de infinito, donde todo cobra luz y sentido ante la invitación a seguir al Señor y dar testimonio de que Él es Camino, Verdad y Vida. Ese seguimiento, lo sabemos bien, no es sólo un esfuerzo por mejorar algunos detalles de nuestra vida, cambiar tal o cual defecto, o esforzarnos por vivir una que otra virtud. Lo que se nos pide es un cambio total, una auténtica transformación de nuestro corazón de piedra en un corazón de carne[1] que ame al unísono con el Corazón del Señor Jesús y de su madre Santa María. El camino del cristiano es un camino de despliegue integral, una senda que nos lleva a colaborar con la gracia que Dios derrama con abundancia para que todo nuestro ser alcance «la estatura de la plenitud de Cristo»[2].

En este esfuerzo la vida espiritual tiene un lugar fundamental. Esto no resulta una novedad, pero hoy, incluso para quienes han hecho una opción clara por una vida de fe coherente, no son pocos los obstáculos para tener una vida espiritual intensa. El ritmo del mundo de hoy, las exigencias de los quehaceres diarios, las preocupaciones cotidianas, en muchas ocasiones "jalan" a los hombres y mujeres de nuestro tiempo fuera de sí y las alejan de su interior. La vida espiritual no aparece siempre como prioritaria y las urgencias de cada día la van relegando y marginando poco a poco, con consecuencias trágicas para la persona. En su primera encíclica el Papa Benedicto XVI constataba precisamente como hoy «vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica»[3].

La vida espiritual no es una dimensión accesoria de la persona y su cuidado exige de nosotros una atención constante y permanente. El Catecismo de la Iglesia Católica señala acertadamente que la vida en el Espíritu «realiza la vocación del hombre»[4], y estas palabras nos abren a una comprensión de la vida espiritual muy profunda y que abarca a la persona toda. Se trata, en primer lugar, de descubrir la importancia que tiene esta dimensión de nuestra vida, y asimismo poner los medios necesarios para hacerla crecer y fructificar. No atender a nuestra vida espiritual significa poco a poco ir dejando secar nuestra vida interior, con lamentables consecuencias para nuestro despliegue y realización, para las otras dimensiones de nuestra vida.

LLAMADOS A CONFIGURARNOS CON EL SEÑOR

La vida espiritual encuentra su fundamento en una sólida fe en la mente, una intensa fe en el corazón y una comprometida fe en la acción. Al reflexionar sobre la vida espiritual es esencial entender el llamado de la persona a configurarse con el Señor. Es desde este llamado -desde esta vocación a configurarnos con el Señor Jesús- que debemos plantearnos nuestra vida espiritual. Ella implica un despliegue integral que busca «vivir en apertura y docilidad al Espíritu que derrama el amor de Dios en nuestros corazones»[5]. Se trata de que toda nuestra vida se configure desde nuestra mismidad a la vida del Señor Jesús por el Espíritu Santo. Colaborando con la gracia, supone ir avanzando por este camino de despliegue integral. Por eso, nuestra vida espiritual se nutre del «hágase»[6] de María, y siguiendo el ejemplo de su vida de fidelidad nos educamos a vivir respondiendo al Plan de Dios en todo momento.

Avanzar por este camino implica un recorrido que tiene como eje la libertad de la persona y su cooperación con la gracia para «llegar a ser partícipe de la naturaleza divina»[7]. Es un camino de libertad en y por el Espíritu Santo, que lleva a la persona a vivir plenamente la fe en sus distintas dimensiones. En la base de este proceso está la conversión, aquella metánoia[8] de la que habla el Evangelio y que es una urgente invitación al cambio de mentalidad, al cambio de aquellos criterios que se oponen al Plan de Dios por aquellos que nos llevan a vivir según el designio divino. Nos remite asimismo a aquel doble dinamismo del que habla San Pablo, aquel "despojarse" y "revestirse"[9] para hacer crecer la gracia en nuestro interior a través de un trabajo activo y metódico de búsqueda de la virtud y la eliminación de todo obstáculo.

UNA VIDA ABIERTA AL ESPÍRITU SANTO

La consecuencia de todo este dinamismo es una vida abierta al Espíritu Santo. Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a participar de su vida por el Espíritu, nos ofrece una nueva vida que brota de la Santísima Trinidad y que sólo puede desarrollarse bajo su acción. Una vida espiritual intensa implica precisamente una constante apertura al Espíritu, y ello comporta una exigencia cotidiana en cada una de nuestras acciones y de modo especial, implica una consciencia de aquello que le da sentido a nuestra vida: Dios que nos invita a participar de su comunión plena de Amor.

Es el amor un aspecto central de la vida espiritual, pues "si no tengo amor, no soy nada"[10]. Por eso la vida espiritual debe ser ante todo un acto continuo de amor a Dios, desde la fe, participando en un dinamismo aprendido e interiorizado en el proceso de amorización, amando a María a semejanza de como la amó su Hijo. Éste es el fundamento de una vida espiritual, y de esta manera iremos avanzando hacia la conformación con el Señor Jesús.

La vida espiritual debe ser intensa para que sea auténtica vida espiritual. Si no es vivida intensamente no está respondiendo a lo que la identidad y naturaleza de la persona reclama. Es intensa porque involucra toda la persona, pero también porque implica un compromiso radical y coherente con la vida cristiana. Es además intensa porque se trata de una apertura al Espíritu, una apertura que nunca puede ser ni indiferente ni despreocupada, pues el Espíritu es fuerza dinámica que nos impulsa con ardor. Es intensa también porque nos lleva al encuentro de Jesús y hace de la vida una experiencia de plenitud y realización en la que se van desplegando las capacidades de la persona. Más aún, es intensa porque tiene como núcleo el amor, que es participación del Amor de Dios, y por tanto participación de la misma vida de la Trinidad.

HACER DE LA VIDA UNA LITURGIA CONTINUA

Tenemos a nuestro alcance numerosos medios para ir avanzando por este camino. Todo aquello que nos ayude a emprender ese buen combate de la fe[11] del que nos habla el Apóstol alienta una vida espiritual intensa. Dentro de este camino la vida de oración cobra una importancia fundamental. Si bien es esencial entender que la vida espiritual no se reduce a la vida de oración, la oración es un aspecto nuclear de la vida espiritual, y por tanto todos debemos plantearnos con seriedad una atención constante a la vida de oración. Aquí -decía Romano Guardini- «debe saber el hombre que está en juego algo muy importante. En este punto no debe el hombre ser indeciso en poner en práctica lo que de él requieren el deber y la necesidad (...) Así como no se puede vivir sin respirar, así tampoco puede vivir el cristiano a la larga sin oración». La atención a la vida de oración es una parte importante en el despliegue de la vida espiritual.

Debemos procurar en nuestra vida tener aquellos momentos fuertes de oración que nos renueven en nuestros compromisos y en nuestros deseos de una vida cristiana coherente. La participación de la Eucaristía, la adoración Eucarística, el rezo de algunas oraciones, por ejemplo. Pero debe quedar claro que junto con la atención a la vida de oración, la vida espiritual implica todo esfuerzo por configurarnos con el Señor Jesús. Toda lucha por despojarnos del "hombre viejo", todo esfuerzo por crecer en la vivencia de la virtud, toda iniciativa por vivir en presencia constante de Dios. Los momentos fuertes de oración son esenciales, como lo es también iluminar nuestras acciones a la luz del Plan divino de Amor, aprendiendo a vivir constantemente en la presencia del Señor.

La unidad constitutiva de la persona es una invitación a vincular la vida y la praxis concreta y cotidiana con la fe. Por eso, como decía el Papa Juan Pablo II, «toda la vida cristiana debe ser una vida espiritual, es decir, una vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o la perfección en la caridad»[12]. Procurar vivir en presencia de Dios las tareas y actividades de cada día, el trabajo, la vida de familia, todo ámbito de la vida cotidiana, todo ello se vuelve ocasión de santificación y por tanto forma parte de aquella intensa vida espiritual a la que estamos llamados.

Se trata, a fin de cuentas, de hacer de nuestra vida un culto agradable a Dios, un gesto litúrgico[13]. Esto hace además que cada ocasión de la vida sea una ocasión de apostolado. Quien vive haciendo de su vida un gesto litúrgico vive anunciando al Señor a través de cada una de sus acciones. Así, cada momento de la vida puede ser apostolado, puesto que la dinámica evangelizadora no se reduce a momentos aislados a lo largo de la jornada, sino que brota de la vida misma de fe, esperanza y caridad, y se plasma en la vida y acción cotidianas. El reto, entonces, es hacer de la vida cotidiana una liturgia continua. De esta manera, nuestra vida se volverá en todo momento una ofrenda agradable a Dios, una ocasión de darle gloria[14], a semejanza de Santa María, siguiendo aquella hermosa invitación de San Pablo: «sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios»[15]. Esta es la vida espiritual intensa que nuestra naturaleza reclama.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El horizonte es la configuración con Cristo: Gal 4,19 ; Ef 4,13.
  • La vida espiritual se nutre del "Hágase" de María: Lc 1,38.
  • Es necesaria la conversión: Mc 1,15 ; Ef 4,22-24.
  • El amor, núcleo de la vida espiritual: Rom 13,10 ; 1Cor 13,2 ; 1Cor 13,13.
  • Orientada a dar gloria a Dios en todo momento: Jn 15, 5 ; Ef 1,4.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Por qué para configurarnos con el Señor Jesús es tan importante tener una vida espiritual intensa?
  2. ¿Cómo está mi vida espiritual? ¿Cuáles son mis mayores dificultades? ¿Qué puedo hacer para mejorarla aún más?
  3. ¿Cómo vivo el proceso de amorización? ¿Comprendo que el amor es esencial para la vida espiritual?
  4. ¿Qué significa hacer de la propia vida una liturgia continua? ¿Lo estoy haciendo?
  5. ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Tengo momentos fuertes de encuentro con el Señor Jesús?
  6. ¿Qué cosas concretas me enseña el Señor Jesús sobre la oración?

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[1] Ez 11,19.

[2] Ef 4,13.

[3] S.S. Benedicto XVI, Deus caritas est, 30.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1699.

[5] Luis Fernando Figari, Trinidad y creación, Fondo Editorial, Lima 1992, p. 36.

[6] Lc 1,38.

[7] 2Pe 1,4.

[8] Ver Mc 1,15.

[9] Ver Ef 4,22-24.

[10] 1Cor 13,2.

[11] Ver 2Tim 4,7.

[12] S.S. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 19.

[13] Ver Puebla, 213.

[14] Ver Jn 15,8.

[15] Ef 1,4.