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EL HORIZONTE APOSTÓLICO
 

EL ENCUENTRO CON CRISTO Y EL ANUNCIO

Cuando nos encontramos con Dios y seguimos al Señor Jesús, el Espíritu Santo va transformando nuestra vida, llenándola de luz y felicidad. Experimentamos entonces el llamado interior de comunicar a los demás al Señor que ha salido a nuestro encuentro y al que hemos acogido cooperando con su gracia. En especial en el tiempo en que nos ha tocado vivir, en el que muchos mueren de frío y oscuridad en la lejanía de Dios, es urgente dar una respuesta sólida y comprometida de anuncio del Evangelio.

Como miembros de la Iglesia nuestro deber y nuestra vocación es la de llevar el Evangelio a todas las realidades humanas. Así nos lo recordaba el Papa Pablo VI:

«Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa»[1]. Y a esto añadía que «el que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia»[2].

Por su parte, el Papa Juan Pablo II al comenzar el Tercer Milenio de la Fe nos exhortaba al apostolado afirmando que «quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos»[3].

Y para responder convenientemente a este reto apostólico debemos preguntarnos con nuestro querido Germán: «¿Cómo vivir una fe intensa, cómo ser testimonio, cómo poder alcanzar nuestra propia realización, cómo vivir a Cristo, cómo vivir la propia misión, cómo ser auténtica respuesta?». La respuesta a estas interrogantes nos la recordaba él mismo: «lo esencial -sabemos bien- es lo interior. Allí en nuestro interior está la clave del seguimiento personal de Cristo. Pues no podremos irradiar socialmente a Cristo, ni aprender a vivir, y hacerlo, si Él no vive en nuestro interior, si no nos hemos encontrado con Él»[4].

EL HORIZONTE APOSTÓLICO

Como a Pedro y a los Apóstoles hace 2000 años, Jesús nos dice hoy a nosotros: «venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres»[5]. Pero para que Él pueda hacernos pescadores de hombres, es decir, apóstoles, es necesario confiar en Él cuando nos dice: «rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar»[6]. Remar mar adentro es alejarse de la tranquilidad de la costa, para poder echar las redes con gran fruto. Remar mar adentro es estar en contacto con el horizonte amplio del mar y aventurarse en el riesgo de lo no conocido confiando en el Señor quien nos envía.

El Señor, a lo largo del Evangelio, nos va explicitando con sus palabras y obras qué significa remar mar adentro y cuál es la magnitud del horizonte apostólico que nos pide conquistar. Resucitado de la muerte nos manda: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación, el que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea se condenará»[7]. Este mandato apostólico lo experimentamos no como una obligación externa, sino como un dinamismo interior que brota naturalmente del encuentro con Dios y por eso repetimos con San Pablo «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!»[8].

El horizonte es la trasformación de todo lo que está en contradicción con la Palabra de Dios y su Plan. Por ello, cada uno de nosotros debe preguntarse qué nuevos ámbitos apostólicos podría buscar, a qué personas o grupos de personas podría llegar para anunciar al Señor, qué dones personales podría poner al servicio de la evangelización, y responder cooperando con la gracia que se derrama abundantemente sobre nosotros.

El Señor dice: «¿qué más puedo hacer por mi viña que no lo haya hecho ya?»[9]. Y, en efecto, lo ha hecho todo por nosotros, ha enviado incluso a su Hijo, quien ha dado su vida por amor a nosotros. Pero, como dice San Pablo, nosotros aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado[10] y tampoco hemos llegado hasta la sangre, aún no lo hemos dado todo, en nuestra lucha por anunciar al Señor.

En tiempos de los apóstoles y los mártires anunciar a Cristo conllevaba el riesgo inminente de perder la vida e incluso actualmente, en algunos países, la situación sigue siendo la misma. En muchos más lugares y situaciones del mundo contemporáneo el anuncio completo y valiente del Evangelio puede implicar la pérdida del buen nombre o la censura por parte del ambiente secularizado. Sin embargo, debemos entregarnos en el anuncio con confianza en Dios y con ardor.

Tener un horizonte apostólico amplio implica audacia evangélica. Un apóstol audaz descubre posibilidades evangelizadoras en situaciones en las que, a primera vista, no parece haberlas. Es capaz de vencer falsos respetos y falsas prudencias porque sabe que todo lo puede en Aquel que lo conforta[11]. Tener la mirada puesta en el horizonte del apostolado significa despojarse de una actitud rutinaria y quizá demasiado tímida para asumir la aventura de anunciar al Señor desde el encuentro profundo con Él.

El Papa Benedicto XVI nos ha dicho recientemente a los miembros de los movimientos eclesiales: «Queridos amigos, os pido que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo. Éste es el mejor servicio de la Iglesia a los hombres y de modo muy especial a los pobres, para que la vida de la persona, un orden más justo en la sociedad y la convivencia pacífica entre las naciones, encuentren en Cristo la "piedra angular" sobre la cual construir la auténtica civilización, la civilización del amor. El Espíritu Santo da a los creyentes una visión superior del mundo, de la vida, de la historia y los hace custodios de la esperanza que no defrauda»[12].

Colaboremos, pues, con el Santo Padre en la Nueva Evangelización de cara al horizonte que nos señala el Señor Jesús.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Ser portadores del Señor Jesús, como María: Lc 1,36ss.
  • El Señor nos envía a hacer apostolado: Mt 28,19 ; Jn 15,16.
  • El apostolado es sobreabundancia de amor: 2Cor 12,15 ; Gál 4,19.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Descubro la importancia fundamental de encontrarme con el Señor Jesús para poder anunciarlo a los demás? ¿Me he encontrado verdaderamente con el Señor?
  2. ¿Soy consciente que el Señor confía en mí y me llama a la misión apostólica? ¿Cómo estoy respondiendo?
  3. ¿Qué es el horizonte apostólico? ¿Qué tan grande es mi propio horizonte apostólico?
  4. ¿Cuáles son mis principales talentos, virtudes para hacer apostolado? ¿Cuáles son mis principales obstáculos? ¿Qué puedo hacer para superarlos?
  5. ¿Suelo ser audaz en el apostolado que realizo?
  6. ¿Qué enseñanzas concretas me hace María sobre el apostolado? 

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[1] Evangelii nuntiandi, 14.

[2] Allí mismo, 24.

[3] Novo Millennio Ineunte, 40.

[4] Germán Doig K., El Silencio, una pedagogía de la voluntad, Aprodea, Lima, 1987, p. 21.

[5] Mc 1,17.

[6] Lc 5,4.

[7] Mc 16,15-16.

[8] 1 Cor 9,16.

[9] Is 5,4.

[10] Ver Heb 12,4.

[11] Ver Flp 4,13.

[12] S.S. Benedicto XVI, Celebración de las Primeras Vísperas en la Vigilia de Pentecostés. Encuentro con los movimientos y nuevas comunidades eclesiales, 3/6/2006.