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Hace ya algunos años,
cuando el Papa Juan Pablo II inauguraba la III
Conferencia del Episcopado en Puebla, constataba
que nuestra época era una en las que más se
había escrito sobre el hombre, «la época de los
humanismos y del antropocentrismo»[1].
No le faltaba razón al Santo Padre, quien añadía
que a pesar de esta creciente preocupación por
el ser humano, era la nuestra también una época
«de las más hondas angustias del hombre respecto
de su identidad y destino, del rebajamiento del
hombre a niveles antes insospechados, época de
valores humanos conculcados como jamás lo fueron
antes»[2].
Para nadie es novedad que
hoy el hombre se ha erigido a sí mismo como el
centro de toda la realidad. En ese movimiento,
cuyas raíces filosóficas se remontan al
Renacimiento y cobraron auge con la Ilustración,
el hombre poco a poco ha ido dejando de lado a
Dios. Cada vez más celoso de sus espacios, de
sus comodidades, de una vida marcada por el
hedonismo, con mayor frecuencia los hombres y
mujeres de hoy temen cualquier realidad que,
aunque sean en apariencia, pueda significar una
reducción en su libertad. Resulta evidente que
nadie quiere ver disminuida su libertad, ni
nadie quiere un mal para sí mismo. ¿Pero de qué
libertad se habla? El error está precisamente en
la concepción de libertad, que parte a su vez de
una errada concepción del hombre.
ÉL NO QUITA NADA...
Aquella soleada mañana del
24 de abril de 2005 en la que inauguraba su
Pontificado, el Papa Benedicto XVI abordaba
desde otra perspectiva esta misma problemática
tan frecuente en la mentalidad de los hombres y
mujeres de nuestro tiempo. Ante una Plaza San
Pedro abarrotada de peregrinos de diversos
lugares del mundo, el Santo Padre quiso al final
de su homilía dirigirse de modo especial a los
jóvenes, pero con palabras que sin duda tocaron
el corazón de todos los presentes por su gran
carga testimonial: «Hoy, yo quisiera, con gran
fuerza y gran convicción, a partir de la
experiencia de una larga vida personal, decir a
todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis
miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da
todo»[3].
Con sus palabras el
Pontífice llamaba la atención sobre una idea hoy
muy presente en la mentalidad moderna. Para
muchos que no conocen la fe, e incluso,
lamentablemente, para muchos cristianos, un
seguimiento más cercano y coherente del Señor
Jesús parecería implicar una renuncia a una
parte preciosa de su identidad. Las exigencias
de la fe aparecen como una carga demasiado
pesada, incluso a veces aparentemente en contra
de la naturaleza humana. El camino para seguir
a Cristo pasaría entonces por unas renuncias
demasiado costosas, demasiado pesadas para una
mentalidad que ha ensalzado al hombre y todo lo
relacionado con él a límites nunca vistos.
Cuánto se teme hoy, por ejemplo, al sufrimiento,
cuanto miedo hay para asumir un compromiso,
cuánto se huye de relaciones profundas que
impliquen una donación. En todo ello aparece
una concepción del hombre que ha dejado a Dios
de lado, y que erigida como única realidad,
sobredimensiona todo aquello que "recorta" las
posibilidades de elección.
Como apuntábamos más arriba
esta trágica situación tiene sus raíces en una
concepción equivocada del hombre. Hemos
reflexionado ya muchas veces sobre aquella
enseñanza fundamental de la Gaudium et spes,
en que se nos recuerda que es el Señor Jesús
quien revela la identidad del hombre al propio
hombre[4].
Hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios[5],
y en Cristo encontramos nuestra identidad más
profunda. Él es Camino, Verdad y Vida[6],
y configurándonos con Él es como llegamos a ser
plenamente humanos. No se trata sólo de un
conocimiento teórico de quiénes somos como
personas, sino algo mucho más profundo, más
existencial, ligado a la experiencia de vivir en
autenticidad y libertad. Esto sólo se da en la
medida que colaboramos con la gracia para
asemejarnos cada vez más, día a día, al Señor
Jesús.
DESPOJARNOS DEL HOMBRE VIEJO
Sabemos bien, como decía el
Apóstol Pablo, que en este camino es necesario
vivir aquel "despojarse" y "revestirse" para
lograr aquella configuración con el Señor Jesús
a la que estamos llamados. Muchos se quedan tan
sólo en aquel "despojarse", y ello les sabe a
renuncia de algo propiamente humano. ¿Por qué
la Iglesia no me deja hacer esto? ¿Por qué la
Iglesia no me deja hacer lo otro? Quizás
nosotros mismos más de una vez hemos caído en
esta errada concepción en relación a las
enseñanzas de la Iglesia. Ciertamente el
Apóstol nos llama a "despojarnos" de ciertas
cosas: «Despojémonos, pues, de las obras de las
tinieblas»[7],
pide al dirigirse a los Romanos, y también nos
llama, en la Carta a los Efesios, a despojarnos
«en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre
viejo que se corrompe siguiendo la seducción de
las concupiscencias»[8].
Cuando escribe a los Colosenses señala:
«despojaos del hombre viejo con sus obras»[9].
Es claro, pues, que aquello
que se nos pide abandonar, aquello de lo cual
tenemos que despojarnos, es todo hábito o
costumbre que nos impida seguir más de cerca al
Señor, y por tanto, de todo aquello que
obstaculiza ese camino de plenitud. Recordando
las palabras del Papa, Dios «no quita nada»,
sino que nos invita a que nosotros mismos, a
través del recto uso de nuestra libertad,
vayamos abandonando todo aquello que nos hace
menos humanos, para que precisamente vayamos
configurándonos con el Señor Jesús, el modelo de
plena humanidad, y por tanto nos vayamos
volviendo más humanos. No hay ninguna renuncia,
ninguna exigencia de la fe, que no apunte a esta
dimensión. Toda opción por algo significa dejar
de lado otras posibilidades. Esto es algo
elemental. En este caso se trata, por tanto, no
tanto de una "renuncia" sino de una opción
positiva por aquel sumo bien. Tener esto claro
es fundamental para asumir sin miedos los retos
que nuestra vida de fe nos propone, y que nos
encaminan por el sendero de la auténtica
felicidad humana, que nos lleva hacia el gozo
definitivo que se vive en la Comunión Divina de
Amor.
...Y NOS LO DA TODO
Las enseñanzas del Señor
Jesús no son sólo criterios morales o
mandamientos "externos" que debamos seguir.
Como hemos ido viendo son algo mucho más
profundo y más hermoso, son auténtico camino
para que podamos ir avanzando hacia nuestra
plena humanización. La auténtica vocación del
hombre, la más humana, la que más se ajusta a su
naturaleza, es la vocación divina, el llamado a
ser hijos en el Hijo y poder así gozar de la
Comunión Divina de Amor[10].
Por eso podemos decir con gozo y alegría que
"nos lo da todo". Ese "habernos dado todo" no
son sólo palabras bonitas. Basta detenernos un
momento para considerar las innumerables maneras
en que estas palabras se hacen realidad y tocan
nuestra vida cotidiana.
Dios nos lo da todo a
través de su Hijo, quien dio su vida entera por
salvarnos, entregándose hasta la muerte, y
muerte de Cruz[11].
En la entrega de su Hijo Unigénito nos
manifiesta su amor infinito. Además, quiso que
su Hijo permaneciera presente con nosotros a
través de la Eucaristía. La presencia real de
Cristo en la hostia consagrada nos recuerda su
entrega total, y es ahí donde se encuentra
Cristo presente de modo más eminente. Nos
acompaña constantemente con su gracia, que es su
vida misma, que nos sostiene y fortalece y es
auxilio en todo momento. Es colaborando con la
gracia divina que nos vamos configurando con el
Señor Jesús, haciéndonos plenamente humanos.
Nos ha dado la Iglesia, a través de la cual
dispensa su gracia, y que custodia el tesoro de
la fe, aquellas verdades reveladas que nos abren
a la verdad de Dios y de nosotros mismos, y que
nos conducen por camino seguro al encuentro
definitivo con Dios. En la Iglesia, además,
encontramos la compañía y la acogida, una
comunidad viva que nos recuerda que no andamos
solos por esta vida, y en la que siempre hay una
ayuda fraterna y solícita. Nos ha regalado
también el testimonio de los santos, modelos de
vida cristiana que nos ayudan en nuestro propio
caminar. Y está, de manera particular, el
hermoso don que significa para todo cristiano la
presencia maternal de Santa María, que nos
conduce al encuentro de su Hijo.
Podríamos abundar en esta
lista y seguir enumerando los dones de Dios que
nos ha dado a todos. Cada uno puede además ver
en su propia vida, con un poco de silencio, las
ocasiones en que Dios sale a su encuentro de
múltiples maneras, y tener la certeza de que ha
estado presente incluso en los momentos más
difíciles. Dios quiere que nos salvemos, es
parte de su Plan el que avancemos por el sendero
de la vida cristiana viviendo como «hijos en el
Hijo»[12].
USAR RECTAMENTE NUESTRA LIBERTAD
Señalábamos al iniciar esta
reflexión la importancia de la libertad.
Precisamente muchos hombres y mujeres de nuestro
tiempo asumen que el cristianismo recorta su
libertad, su capacidad de elección. La libertad
de elección es una característica inalienable de
la persona, pero el recto ejercicio de la
libertad no significa la opción por cualquier
realidad. «Si la persona se cierra a la verdad
(...) si se esclaviza a la no-verdad, el momento
de libre elección será falso, sólo será tal en
cuanto mecanismo, en cuanto operación,
pero no lo será en su sentido definitivo»[13].
Por el contrario, una decisión auténticamente
libre es aquella que opta en sintonía con la
propia naturaleza, por tanto, aquella que nos
hace más humanos. El ejercicio recto de la
libertad siempre nos debe llevar a una cada vez
mayor configuración con el Señor Jesús. Dios
nos invita a vivir esta libertad en acto, a
experimentar la inmensa felicidad que da el
optar cotidianamente, incluso en las ocasiones
más sencillas, por su Plan de Amor.
En el recto uso de la libertad Santa María, la
Madre del Señor Jesús, es paradigma que debemos
seguir e imitar. Ella, educándose a elegir
siempre según la Verdad, "educándose a ser
independiente de toda coactiva fuerza física,
psíquica, o material", avanza hacia la unidad
interior, respondiendo a lo que su naturaleza
más auténtica reclama. Vive así en libertad
plena, en constante acogida de los dones de
Dios, y haciéndolos fructificar para su propio
bien y el bien de tantos. Siguiendo el ejemplo
de María, acercándonos con todo nuestro ser a su
Hijo, experimentaremos en verdad que «Él no nos
quita nada y nos lo da todo». Ese "todo" es lo
más grande, lo más sublime, lo más hermoso, lo
más bueno, por lo cual vale la pena todo
esfuerzo. Ese "todo" es Dios mismo que se da a
nosotros, y que nos llama insistentemente a
participar de su Comunión Divina de Amor: «Mira
que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi
voz y me abre la puerta, entraré en su casa y
cenaré con él y él conmigo»[14].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El hombre hecho a imagen y semejanza
de Dios: Gén 1,26.
-
Despojarse de los obstáculos: Rom
13,12; Ef 4,22; Col 3,9.
-
Ser libres del pecado: Gál 5,1.
-
Nos lo da todo: Flp 2,8; Jn 19,28;
Rom 8,31; 2Cor 12,9.
-
Nos invita a la filiación divina:
Gál 4,6.
-
Nos invita a la comunión: Ap 3,20.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué significan las palabras del Santo Padre «¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo»?
-
¿Soy consciente que Dios me lo ha dado todo a través de su Hijo en la Cruz? ¿Qué consecuencias tiene esto para mi vida?
-
¿Qué es la auténtica libertad? ¿Estoy usando rectamente mi libertad?
-
¿Soy consciente que el recto ejercicio de mi libertad se da siempre en la medida en que respondo al Plan de Dios? ¿Cómo estoy ejerciendo mi libertad en relación al Plan de Dios?
-
¿De qué cosas concretas debo despojarme y de qué revestirme?
-
¿Qué me enseña Santa María sobre la libertad?
[1]
Juan Pablo II, Discurso inaugural, Puebla,
28/1/1979, I,9.
[3]
Benedicto XVI, Homilía en la Misa de
inauguración de su Pontificado,
24/04/2005.
[10]
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 27.
[13]
Luis Fernando Figari, María Paradigma de
unidad, Fe,
Lima 1992, p. 12.
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