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CON HAMBRE DE DIOS
 

EXPERIMENTAR EL HAMBRE

Si somos sinceros con nosotros mismos y entramos en nuestro interior podemos constatar una realidad inapelable: "algo" nos falta. Y ese "algo" no es una cosa superflua. Más bien experimentamos que se trata de una realidad esencial, fundante, que de tenerla saciaría nuestra hambre de felicidad, de sentido, de infinito.

¿Por qué "sufrimos" dicha realidad? ¿Cómo se explica? ¿Cómo puede colmarse? A la luz de la fe esa condición que toda persona experimenta sólo puede entenderse como hambre de Dios. Él es nuestro Creador, nos hizo "a su imagen y semejanza", dejando su huella en nosotros para que lo busquemos y, encontrándolo, seamos felices, hallando el sentido de nuestra vida. Por eso nos dirá el Catecismo: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar»[1].

EL HOMBRE ES UN HAMBRE

De maneras muy diversas en toda su historia y en todas las culturas el hombre ha expresado esa hambre en la búsqueda de Dios por medio de creencias y de comportamientos religiosos. Por ello podemos decir con el Catecismo que «el hombre es un ser religioso»[2].

El hombre tiene hambre de Dios y hambre de pan. Esas dos dimensiones, vertical y horizontal, espiritual y material, marcan el fondo de su ser. Por ello se dice que el hombre es un ser incompleto, que no se debe a sí mismo, que algo le falta pues se experimenta vacío a pesar de tener muchas cosas. Experimenta esta realidad constantemente a pesar de que no la percibe con total claridad. Es una incomodidad de no poder hacer todo lo que su impulso de realización desea. Y eso debe sentirse con muchísima intensidad, con ímpetu, con ardor, si se es verdaderamente humano.

Si quieres ser una persona auténtica debes tomar contacto con el hambre que hay en ti y dejar que fluya en tu vida, para que puedas responder adecuadamente. En el fondo sólo importa tu hambre y la respuesta a esa hambre. Si no la experimentas tomando contacto contigo mismo, si no la "sufres", no vas a poder valorar adecuadamente la respuesta. Y peor aún, si no tocas en ti esa hambre, ¿cómo vas a poder tocarla en otro? ¿Cómo vas a poder hacer apostolado?

Aunque también nos puede surgir otra pregunta: ¿Por qué no experimento esa hambre en mi vida con la suficiente intensidad? Esto te sucede porque sueles poner barreras en tu existencia para no ir a lo esencial. Y la muralla por excelencia es tu pecado personal. Dicho pecado no permite que tomes contacto con lo más íntimo de tu ser y leas equivocadamente tus anhelos, buscando saciarlos donde sólo existe vacío, es decir, en el placer, el poder y el tener.

SÓLO LA COMUNIÓN PLENA SACIA

Así pues, el verdadero contacto con el hambre de Dios debe permanecer toda la vida, porque sólo el encuentro definitivo con Él puede saciarlo. Por ello nos dirá Luis Fernando que «el ser humano no es un ser cerrado sobre sí mismo, su propio ser está abierto en una proyección de encuentro que apunta a su plenitud en el amor, en el encuentro y comunión con Dios. Es, pues, un ser abierto, pero no a un infinito abstracto y quizá sólo ideal, sino a Aquel que es el fundamento de todo, a Dios, Comunión de Amor»[3].

Dice la Sabiduría: «Venid a mí los que me deseáis... Los que me comen quedan aún con hambre de mí, los que me beben sienten todavía sed»[4]. ¡Qué gran paradoja de la vida cristiana la descrita en este texto inspirado! Y es que mientras estemos en este mundo no podremos saciar plenamente nuestra nostalgia de infinito. Esa realidad apunta a un "más allá", a una plenitud eterna. ¡Hemos de ser conscientes de que nada ni nadie nos puede dar lo que sólo la comunión plena con Dios Amor puede saciar!

JESÚS TIENE SED

El encuentro del Señor Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob es un pasaje cargado de mucho misterio y hondura. En él podemos encontrar muchos elementos para profundizar en nuestra hambre de Dios. Veamos algunos.

Lo primero que resalta San Juan es que Jesús toma la iniciativa, sale al encuentro de la mujer y le dice: «Dame de beber»[5]. Nos dice San Agustín: «La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed»[6].

La samaritana se asombra de que Jesús, siendo judío, le pida de beber, puesto que había entre las dos culturas una gran rivalidad y no se trataban unos con otros. Jesús le responde: «Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice "dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva»[7]. Jesús apunta a la realidad más honda de la mujer, a su nostalgia de infinito, pero ella parece no entenderlo y replica: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?»[8].

Jesús, con una pedagogía sabia y amorosa, va más allá del sentido material y toca sutilmente la mismidad de la mujer: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener ser; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás»[9]. La mujer acepta el llamado y clama sedienta: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed»[10]. Una vez que Jesús ha despertado el hambre de Dios de la mujer y esta quiere responder, cuestionará su modo de vida en relación a sus "cinco maridos". Es necesario abandonar los sucedáneos para poder responder adecuadamente al hambre de Dios.

Más adelante le expresará la mujer a Jesús que estaba esperando al Mesías: «Cuando él venga nos lo explicará todo»[11]. Aquí llega a su culmen el ciclo revelador de Jesús a la mujer: «Yo soy, el que te está hablando»[12]. Porque Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, dirá el Siervo de Dios Juan Pablo II: «Sólo Él puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro. Porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida. En Él están las respuestas a los interrogantes más profundos y angustiosos de todo hombre y de la historia misma»[13].

Dos últimas enseñanzas importantes sobre este pasaje: dice el evangelista que la mujer corrió al pueblo para anunciar a Jesús: «venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho»[14]. El auténtico encuentro con el Señor sacia el hambre de Dios y mueve al anuncio apostólico. En ese sentido nos dirá Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[15].

La otra gran enseñanza del pasaje la dirigirá Jesús a los apóstoles cuando ellos le insistían para que comiera: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra»[16]. La mejor respuesta al hambre de Dios es la obediencia amorosa a su Plan.

APLICACIONES PRÁCTICAS

Un medio privilegiado para responder al hambre de Dios es alimentarnos frecuentemente con el "Pan de vida eterna". Es el mismo Señor Jesús que viene a nuestro encuentro para quedarse a cenar con nosotros.

La oración personal constituye otro ámbito privilegiado de encuentro entre el hambre de Dios y el hambre del hombre: «La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él»[17].

Como lógica consecuencia de "ser amigos de Jesús", otro medio importante consistirá en "ser amigos en Jesús". La experiencia de amistad profunda con otras personas será más humanizante en la medida en que se oriente más real y auténticamente hacia la comunión con Dios.

La nostalgia de Dios reclama ideales altos y nobles. Por ello debemos hacer un gran esfuerzo por evitar los sucedáneos, todos aquellos vicios que entorpecen nuestro camino hacia el Señor. Así mismo, contemplar el horizonte del mar y la inmensidad del cielo y contrastarlos con nuestra poquedad personal acentúa en nosotros el hambre de infinito, el deseo de eternidad. Es importante despojarnos de todo aquello que nos esclavice a las miras pequeñas y, con valor, lanzarnos al encuentro de Dios vivo.

Por último debemos resaltar el apostolado, verdadero encuentro entre el hambre del evangelizador y el hambre del que es evangelizado.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Reconocer la sed de Dios y pedirle que nos sacie: Jn 4,10.15.
  • Sólo el Señor Jesús puede saciar la sed de agua viva: Jn 4,13-14.
  • El alimento de Jesús es cumplir el Plan del Padre: Jn 4,30-34.
  • El Señor Jesús tiene sed de nuestra sed: Jn 19,28.
  • El hambre de Dios se expresa en hambre de santidad: Mt 5,6.
  • Es esencial buscar a Dios, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos: Hch 16,26-28.
  • No sólo de pan vive el hombre: Dt 8,3.
  • La sed de Dios anhela ver su Rostro: Sal 42. 

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Soy consciente de mi propio hambre de Dios? ¿Qué estoy haciendo para saciarlo?
  2. ¿Por qué nuestro pecado personal es obstáculo para saciar el hambre de Dios? ¿Cuáles son mis mayores obstáculos para encontrarme con el Señor?
  3. ¿Qué importancia tiene conocerse a uno mismo y entrar al propio interior para encontrar la auténtica respuesta que busco? ¿Me conozco? ¿Qué puedo hacer para conocerme más?
  4. ¿Soy consciente de que sólo el Señor Jesús sacia mi hambre de infinito? ¿Qué voy hacer para encontrarme más con el Señor?
  5. En mi vida cotidiana, ¿suelo hacer silencio para escuchar la voz de Dios en mi interior? Y si lo escucho, ¿le respondo?

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[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 27.

[2] Allí mismo, 28.

[3] Luis Fernando Figari, Nostalgia de infinito, Fondo Editorial, Lima 2002, p. 16.

[4] Eclo 24,19a.21.

[5] Jn 4,7.

[6] San Agustín, Sermón 78,6.

[7] Jn 4,10.

[8] Jn 4,11.

[9] Jn 4,13b-14a.

[10] Jn 4,15.

[11] Jn 4,25b.

[12] Jn 4,26.

[13] S.S. Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, Lima 15/5/1988, 3.

[14] Jn 4,29.

[15] S.S. Benedicto XVI, Deus caritas est, 1.

[16] Jn 4,34.

[17] Ver San Agustín, Cuestión 64, 4.