|
«MARÍA SE LEVANTÓ Y FUE CON PRONTITUD HACIA LA MONTAÑA»
Ahora que ha la Iglesia ha reiniciado el tiempo ordinario, se nos invita especialmente a recorrer el camino de la vida cotidiana en nuestro día a día. Avancemos de la mano de Santa María. Ella nos enseña cómo ir por el Camino que conduce a la Verdad y la Vida.
Recordemos y meditemos el pasaje de la Visitación de Santa María a su prima Isabel. Poco después de haber recibido la Buena Nueva de que sería Madre del Salvador, llena del Espíritu Santo, nuestra Madre debe haber quedado meditando, recordando las maravillosas palabras del Ángel Gabriel. Y, entre ellas, resuena como una invitación «Mira a Isabel tu parienta. Ella también ha concebido en su vejez»[1]. Así que Santa María, dócil al anuncio, se decide a ver a su prima Isabel. Ya desde ese momento se evidencia cómo la sutil invitación del ángel se transforma para Santa María en la invitación cordial para compartir el don que ha recibido. Es bueno que nos preguntemos cuánto ponemos de nuestra parte no sólo en escuchar la voz de Dios, sino también en recordarla y procurar entenderla haciéndola vida.
La Escritura reseña en el Evangelio de San Lucas lo que siguió a continuación. Veamos los finos detalles que el buen médico Lucas nos pone para darnos a entender quién era nuestra Madre y cuánta presencia de Dios Amor derramaba.
«SE FUE CON PRONTITUD»
“En aquellos días se levantó María”[2]: no quedó de brazos cruzados, pensando en sí misma, en lo que se le había dicho e inquietándose más de la cuenta por asuntos que no podía resolver por sí misma. Se levantó. ¿Estaba echada? ¿Por qué poner que se levantó? Porque ese verbo nos muestra la actitud vital de la Madre. No puede permanecer quieta cuando ha atendido a la Palabra. No estaba echada, sino que es como quien se apresta para empezar a hacer algo importante. Como quien se prepara con alegría para algo que viene y lo hace con el ánimo bien dispuesto.
Por eso se afirma después que «se fue con prontitud». Seguramente habrá aprovechado que alguna caravana se dirigía hacia Ain Karim, que es donde parece haber vivido Santa Isabel, su prima. Tendría que recorrer unos cuarenta kilómetros, y eso no lo solía hacer sola una mujer. Pero nuestra Madre ha recibido al Espíritu y tiene el ánimo encendido, lleno del fuego del Amor. Y cuando ese Amor se derrama en nuestro corazón, parece que ardemos en deseos de llevar adelante el proyecto que hemos concebido. Así está nuestra Madre. Con prontitud, sin concederse dudas, sin miedo ante el camino que tendría que recorrer sola. Sin fijarse en las apariencias. Alguien se podría haber preguntado, “¿Qué hace una mujer sola por este camino?”. Y eso podría haberle hecho retrasar su salida. Pero el Amor apremia[3]. El Amor nos impele a hacer las cosas con prontitud. No podemos perder tiempo. Seamos prontos en el cumplimiento del Plan divino.
IR A LA REGIÓN MONTAÑOSA
Se fue “a la región montañosa”. Cuando servimos, ¿vamos con prontitud a la región montañosa? ¿Dejamos que nuestro corazón responda a ese deseo interior de entregarse hasta las últimas consecuencias? Ir a la región montañosa es caminar sin temer los peligros que nuestro servicio de caridad va a implicar. No es la imprudencia de quien se tira de un barranco sin medir el peligro. Es la audacia de quien sabe que si uno no hace lo que debe, nadie nos puede reemplazar. Es la valentía de ir por donde tal vez me pueda molestar más, pero que al mismo tiempo me hace ir por donde el otro más lo necesita. Seamos valientes. Seamos audaces. Caminemos por la región montañosa.
Terminado el largo y difícil recorrido, llega a la casa de Zacarías. Y no espera ser atendida ni que se le ofrezca descanso tras este largo camino. Todo lo contrario. Nos dice san Lucas que “entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”[4]. Ella sale al encuentro y se pone al servicio. Saluda porque va a servir.
LA ALEGRÍA EN EL SERVICIO
“Apenas escuchó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su vientre[5]”: ¡Cuánta alegría desborda nuestra Madre! El saludo llega al corazón de Isabel y penetra sus entrañas, conmoviendo al hijo. Ellos fueron de los primeros en escuchar la Buena Nueva. Y san Juan Bautista salta de gozo, como el profeta David danzaba y saltaba ante la presencia de Dios[6]. María sirve a su prima anunciándole el Evangelio y mostrando lo que tiene en su interior. Así también debe ser nuestro servicio en el apostolado, en la evangelización, en el anuncio de la Buena Nueva. Santa María nos invita a ser anunciadores de la Buena Nueva llenos de alegría, de entusiasmo, de ardor, abiertos a la presencia del Espíritu Santo.
El servicio evangelizador de nuestra Madre se complementa con el servicio doméstico[7]: “se quedó con ella unos tres meses”. Sin importarle las molestias que podría tener, se dedica a atender con todo cariño a su prima. Nos hace recordar esto el gesto del buen samaritano que atiende al caído hasta que se recupere totalmente; al pastor que se preocupa con celo de amor por todas sus ovejas. Mirando a María, aprendemos a descubrir, como en un espejo, a Cristo mismo. El servicio evangelizador y doméstico de Santa María es modelo de apostolado para nosotros. Y, al mismo tiempo, por ser modelo de apostolado, es camino de santidad para quienes somos invitados a recorrer este camino de servicio en el Movimiento de Vida Cristiana.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Cómo es mi disposición para el servicio tanto en mi casa como fuera de ella?
-
¿A quién debo servir especialmente?
-
María, llena del Espíritu Santo, comunica a su prima la alegría de la Buena Nueva. ¿Así es también mi apostolado? ¿Porto la alegría de la Buena Nueva?
-
¿Qué virtudes y disposiciones tengo que aprender de Santa María?
-
¿Cómo puedo resumir el texto que he meditado? ¿Qué me debo aplicar especialmente?
[7] Ver Luis Fernando Figari En Compañía de María, Ve, Lima 2002, pp. 55-56.
|