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En la vida cristiana los frutos no son proporcionales al esfuerzo humano o a nuestras capacidades, sino una manifestación del amor del Señor y su Plan.
La vida cristiana está llena de desafíos. El mismo hecho de perseverar a lo largo de los años en el seguimiento del Señor es un reto que parece sobrepasarnos a cada momento.
Más aún, cuando consideramos que el Señor quiere que todos y cada uno de los cristianos seamos, “irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre” (I Tes 3, 13) y que así, al esforzarnos por conformarnos cada día con el Señor, podamos cumplir con la misión que nos encomienda: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).
Se trata, sin duda, de un reto inmenso, desproporcionado a nuestras frágiles fuerzas. Imposible, si no estamos unidos al Señor (Jn 15, 5).
Pero “lo imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18, 27) y así lo experimenta San Pedro en la cita que inspira esta reflexión, cuando el Señor lo llama a remar mar adentro y echar las redes al mar.
UNA VISIÓN DE FE
La fe, podemos leer en la Carta a los Hebreos, “es la garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven” (Heb 11, 1). Se trata de estar seguros de lo que no vemos, de tener la garantía confiada de que podemos “esperar contra toda esperanza” (Rm 4, 18).
Esa actitud de certeza confiada, contra toda evidencia razonable, la podemos encontrar en Pedro. Su respuesta al pedido del Señor: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada” evidencia su convencimiento radical de que el esfuerzo que el Señor pedía parecería estar destinado al fracaso.
Podríamos frasear a Pedro: “Maestro, nosotros que somos pescadores, que hemos tratado de pescar algo sin conseguirlo toda la noche, estamos seguros de que no hay ni va a haber ni un pez ahí donde quieres que pesquemos”.
Sin embargo, el que luego sería la roca fundacional de la Iglesia da un paso sorprendente “pero, por tu palabra, echaré las redes”. Como eres Tú el que nos los pide, ahí vamos, lo intentaremos, echaremos las redes al mar.
Pedro procede contra la evidencia racional y contra lo que su experiencia agota. Con audacia, intenta lo que podría parecer imposible. Se arriesga por quien ha demostrado ser digno de toda su confianza.
Y así, recibe una recompensa sorprendente: una red tan repleta que amenaza con romperse, rebosando de una pesca superabundante.
Ante el milagro, la reacción de estos sencillos pescadores es más que elocuente: “Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!".” La confianza humana cede espacio a la fe, a la certeza sobrenatural de la acción de Dios en nuestras vidas.
LECCIONES DE CONFIANZA Y
APOSTOLADO
El episodio del Señor y los apóstoles en el lago de Genesaret resulta claramente aleccionador para cada uno de nosotros. Es una invitación a profundizar en nuestra relación con el Señor, quien nos ha elegido y nos llama a ser apóstoles de estos tiempos.
Una primera lección sería aprender a confiar en el Señor. Él mismo nos advirtió que nos tocaría vivir como ovejas en medio de lobos, amenazados y perseguidos cuando anunciamos la Cruz en medio del mundo. Las tentaciones del temor, del desánimo, la pequeñez y la pusilanimidad están a cada paso del camino. Pero si remamos mar adentro, si podemos soñar con grandes cambios y echamos las redes para intentar llevar a los hombres al encuentro del dulce Señor, es porque sabemos que así como nos ha elegido y enviado, Él está con nosotros hasta el final. Él es nuestro auxilio, nuestra roca y fortaleza. Él “toma nuestra mano derecha y nos conduce a un destino de gloria” (ver: Sal 73 (72), 25-26).
Tiempo después, en otro encuentro con el Señor en el mismo lago, Pedro logra caminar sobre el agua mientras confía en el mandato del Señor. Como a su discípulo, el Señor nos exige confianza sin importar que el reto que nos pone por delante sea muchísimo mayor que nuestras fuerzas.
Por eso nos empuja a ser audaces. Porque no hay empresas imposibles, sino corazones temerosos. Lo que es imposible para nosotros es posible para el Señor, nuestro Dios, que hizo el cielo y la tierra. Si el Señor está con nosotros ¿quién contra nosotros? como afirma San Pablo (ver: Rom 8, 31).
Además, parecería que el Señor prefiere, en cierto modo, las jugadas difíciles. Si crees ser un caso complicado, sólo piensa en María Magdalena o en Zaqueo, Mateo o la samaritana. El Buen Pastor sale a buscar a las ovejas perdidas.
La historia de la Iglesia está cubierta de ejemplos luminosos, de hombres y mujeres que rompieron con sus vidas de pecado –dejándolo todo, incluso el temor natural ante la adversidad y lo desconocido– y se lanzaron a la aventura de la fidelidad al Plan de Dios, que los llevó a vivir la gran aventura de la fe, a vivir una vida excepcional, de la mano del Señor.
Y el Señor, que nunca se deja ganar en generosidad, no los dejó con las manos vacías. Lo cual nos lleva a una segunda reflexión, en torno a este “echar las redes al mar” que el Señor nos propone como misión: El llamado a ser apóstoles.
Como Él mismo afirma a Pedro, luego que este cayera de rodillas reconociéndose pecador e indigno: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres".
El pescador, como Pedro lo deja ver en su diálogo con el Maestro, trabaja duro para obtener su pesca. Es un hombre curtido por el mar, que puede bregar toda la noche, incluso sin obtener los resultados deseados.
¿Qué nos toca como entonces, como pescadores de hombres? En primer lugar, trabajar duro. Y como ya hemos visto, con audacia, incluso en mares difíciles o cuando el esfuerzo no da el fruto que esperábamos.
Sabemos que la red rebosante, el fruto superabundante, cuando se hacenp resentes, son siempre consecuencia de seguir al Señor con fidelidad.
¿QUÉ ME TOCA HACER?
La invitación del Señor a “remar mar adentro y echar las redes al mar” puede y debe marcar nuestras conciencias y por lo mismo nuestra vida cotidiana. Muchas veces ese “mar adentro” está muy cerca de nosotros, en personas y circunstancias que nos exigen vivir más santamente, dando un testimonio fiel de vida cristiana.
Nos toca, como siempre lo hemos sabido, aferrarnos a la Cruz para poder resucitar a una vida nueva.
Por otro lado, testimonios como el que ha tocado vivir en el Perú a raíz del terremoto en Ica, nos muestran claramente que cuando el Señor mueve los corazones, las redes se llenan hasta casi reventar. La generosa entrega de cientos de personas que han puesto –como la viuda del evangelio– de lo que necesitaban para vivir con tal de ayudar a los más necesitados nos recuerda cuánto más somos capaces de dar cuando respondemos con confianza, como Pedro: “En tu nombre echaré las redes”
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
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«Estaba él a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra, y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”. Simón le respondió: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban con romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: "¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!" Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres". Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.» Lc 5 1-ss
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"Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo." Mt 5,13-14
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Otra parábola les dijo: "El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó." Mt 13, 33
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“Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros.” 2 Cor 4, 7
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Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros, como yo os he amado a vosotros, y que del modo que yo os he amado así también os améis recíprocamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros. Jn 13,34-35
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
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¿Descubro en mi vida ocasiones en las que el Señor me llama a confiar en Él para poder seguir su plan?
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¿Qué me impide tener más confianza? ¿Qué criterios del mundo se contraponen a una visión de fe en mi vida?
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¿Cómo puedo ser más audaz en mi entrega apostólica? ¿Qué miedos y limitaciones me descubro llamado a superar para poder “echar las redes al mar”?
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¿Puedo testimoniar la generosidad de Dios en mi vida? Recuerdo las ocasiones en que Dios se ha manifestado generoso conmigo.
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