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EL SEÑOR JESÚS:  RECONCILIADOR DE LOS HOMBRES
 

La Semana Santa es un tiempo especial en que la Iglesia actualiza de manera privilegiada los misterios de la Pasión-Muerte-Resurrección del Señor. Lamentablemente, las fechas de estas celebraciones profundamente cristianas, nacidas con los primeros seguidores del Maestro no han podido librarse de la terrible amenaza del proceso de secularización imprimido por la cultura de muerte. La apática indiferencia frente a la hondura de los misterios de la Pascua del Señor por parte de tantos hombres y mujeres de hoy, pretenden apartar la Semana Santa de su verdadero significado, reduciéndola a un tiempo de descanso o diversión.

Para el cristiano que busca ser coherente con su opción fundamental por el Señor Jesús, el Triduo Pascual es un momento fuerte, intenso, dentro de su vida cristiana. Tiempo privilegiado para la renovación interior. Pero, fundamentalmente, una excelente ocasión para penetrar en el misterio del Señor Jesús, Reconciliador de los hombres, y encontrarse con Él.

EL PECADO:  NEGACIÓN DEL AMOR DE DIOS

Dios es Amor (1Jn 4, 8.16). El creó al hombre por sobreabundancia de amor y lo invitó a compartir su vida divina, de esa comunidad divina de amor: El Padre, con el Hijo, en el Espíritu Santo. Este era el Plan de Dios para el hombre: vivir la plenitud del amor mediante la comunión con Dios, consigo mismo, con los demás y con toda la creación.

Sin embargo, el ser humano, imagen y semejanza del Creador, haciendo mal uso del maravilloso don de la libertad que Dios mismo infundió en su corazón, rechaza la amorosa iniciativa divina. Quiso erigirse a sí mismo como la medida de todas las cosas, cayendo en la insania de la propia idolatría. Ofuscado su razonamiento y entenebrecido su corazón, jactándose de sabio, se volvió estúpido y cambió la verdad de Dios por la mentira, adorando a la criatura, en vez de servir al creador (Rom 1, 22.25). De esta manera ingresó el misterio de la iniquidad al mundo: el pecado con su secuela de esclavizantes rupturas que apartan al ser humano de su destino definitivo.

ANUNCIACIÓN-ENCARNACIÓN

A pesar de la infidelidad humana, Dios se mantiene fiel a su amor. Es así que envía a su propio Hijo, a su Unigénito, con la misión de reconciliar a los hombres. "Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). La iniciativa divina de reconciliar al hombre consigo para que éste pueda recuperar el horizonte de su existencia se concreta en la persona del Señor Jesús, el Verbo Encarnado, Dios hecho Hijo de Mujer por nuestra reconciliación.

Este maravilloso don del Amor divino se inicia con la Anunciación-Encarnación del Verbo. Dios no desea reconciliar a los hombres sin su cooperación. Desde su libertad, la Virgen de Nazaret acepta gozosa la invitación divina de ser la Madre del Reconciliador y activa cooperadora en la economía de la salvación. María acepta la gran aventura de seguir lo que Dios le pide con un Hágase firme, decidido, entregado, lleno de generosidad y amor.

KENOSIS-ELEVACIÓN

Para liberarnos del pecado y devolvernos al camino que conduce al Padre, el Hijo de María se hace solidario con nuestra humanidad. En efecto, "a pesar de su condición divina, Cristo no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, antes bien, despojándose de sí mismo, tomó la condición de siervo, haciéndose pasar por uno de tantos" (Flp 2, 6-7); en todo semejante a nosotros, menos en el pecado (Heb 4, 15). Así, el Señor comparte nuestras flaquezas y debilidades, nuestras alegrías y pesares, pues "a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en El" (2Cor 5,21).

Esta entrega amorosa alcanza su plenitud en el acto supremo del amor divino: su muerte en el madero de la cruz. Cargado con nuestros pecados subió a la Cruz, para que muertos al pecado, vivamos para siempre (1Pe 2, 24). En un acto libérrimo de amor y obediencia al Plan del Padre Jesús sella nuestra reconciliación en el altar del Gólgota. Por eso "Dios le exaltó y le otorgó el nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 10-11).

En efecto, la gloriosa Resurrección del Señor, manifiesta el triunfo definitivo sobre el pecado (1Cor 15, 55-56).¡Hemos sido reconciliados en el amor de Dios!: El camino hacia la plena comunión con Dios ya no está cerrado, pues en Cristo se nos ha devuelto el dinamismo de la semejanza.

ACOGIDA EN LIBERTAD

El don de la reconciliación, en su doble dimensión liberación del pecado y comunión con Dios-Amor debe ser acogido por cada uno de nosotros, cooperando activamente, desde nuestra propia libertad, con la gracia, infundida en nuestros corazones por el Espíritu. Nos toca trabajar a tiempo y a destiempo por nuestra conversión personal que consiste en configurarnos con el Señor, hacer vida su misterio pascual en nuestras existencias.

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • El Señor Jesús nos obtiene la reconciliación por su misterio pascual: 2Cor 5, 18-20; Rom 5, 11; Rom 11, 15; Col 1, 22.
  • Y por su glorificación, nos reconcilia:
    • con Dios: Col 1, 21.
    • con nosotros mismos: Rom 6, 8-11.
    • con los demás: Mt 5, 23ss; Jn 11, 51ss.
    • con la creación: Col 1, 20.
  • Debemos actualizar ese don en nuestras vidas: Rom 5, 10.
  • Siendo ministros de la reconciliación: 2Cor 5, 18.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Por qué decimos que el Señor Jesús es el Reconciliador de los hombres?
  2. ¿En qué consiste el don de la reconciliación? ¿Experimentas esta realidad en tu vida? ¿Cómo? 
  3. ¿Qué vas a hacer para actualizar este don en tu vida? ¿Qué dificultades encuentras?

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