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AVANZANDO, SEÑOR, AVANZANDO
 

INTRODUCCIÓN

Vivimos en un mundo que camina a pasos agigantados. “Hoy, los cambios se suceden unos a otros, a velocidades increíbles; son cada vez más rápidos, cada vez más absorbentes”[1] Y el vivir en un mundo tan acelerado ejerce, sobre el hombre de hoy, una especie de presión por responder a una gran variedad de ofertas y estímulos que se le presentan como caminos de progreso y felicidad.

Sin embargo movimiento no es sinónimo de avance y cambio no es sinónimo de progreso. Al hombre se le hace necesario detenerse a reflexionar, pensar sobre el sentido de su actuar, discernir la dirección que quiere darle a su vida. No podemos navegar por el mar de la vida como veleros sin rumbo, al vaivén de las olas y las corrientes. Tenemos la capacidad de darle un norte a nuestra existencia, y lo necesitamos para acertar y llegar hacia el fin para el cual fuimos creados por Dios: la felicidad auténtica, permanente y eterna.

IMPULSADOS POR EL SEÑOR

Partamos del hecho de que el ser humano tiene una naturaleza dada por Dios. Una naturaleza que es dinámica, hecha para irse perfeccionando, para desplegarse. En nuestro obrar cotidiano nos levantamos, caminamos, corremos, buscamos, luchamos, en fin, vivimos ese impulso continuo por conquistar metas; somos buscadores inquietos y sólo estaremos saciados cuando alcancemos esa meta que le da sentido a toda nuestra búsqueda. En palabras de san Agustín- nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Dios.[2].

Es por eso que Dios mismo, que es siempre fiel y amoroso, “sale una y otra vez al encuentro del ser humano haciéndole ver cuáles son los caminos que llevan a la vida, a la realización y felicidad…”[3]. El Señor Jesús, Dios hecho hombre, se hizo uno de nosotros para mostrarnos que Él es “el camino”[4] que todos debemos seguir.

Él mismo dice: “Ven y sígueme”[5], “Rema mar adentro”[6], “Levantaos, vamos”[7], “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”[8], “Ninguno que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”[9]. Exhortaciones que nos invitan a recorrer su camino y emprender con Él la fascinante aventura de la vida cristiana.

EL QUE NO AVANZA, RETROCEDE

Y es que, como dice el conocido lema espiritual “El que no avanza, retrocede”, es decir, no es posible hacer una opción por quedarnos en el mismo punto, como en un lugar neutro. Es necesaria una opción decidida por lanzarnos a la conquista de nuestra vida, de nuestros ideales y de la meta a la que nos convoca el Señor Jesús; es necesario emprender la aventura apasionante por descubrir el Plan que Dios tiene para cada uno de nosotros y llevarlo a cabo, de tal manera que podamos algún día decir como el Señor Jesús: “Padre, yo te he glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”[10].

Lo que nos impulsa, entonces, es la voz de Alguien, del Señor Jesús, que nos llama y nos invita. Al descubrir a Cristo, al escuchar su llamado y seguirlo hemos encontrado el norte de nuestra vida. Un norte que no tiene pierde, un norte que tiene un destino asegurado: El Cielo, y con él la felicidad que anhela y que busca incansablemente nuestro corazón. Él te llama, comparte contigo su vida en una comunión íntima de amor y te envía a compartir esa comunión con todos los hombres y mujeres que andan sedientos por el mundo en busca de un Agua que no se agote, que sacie de verdad.

Así lo entendieron y lo vivieron los santos, que son modelos para nuestra vida. Ellos escucharon la voz del Señor y respondieron con la mirada puesta en el horizonte infinito de la santidad. San Pablo nos da testimonio de ello al decir: “Yo hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús”[11].

El discípulo de Cristo se siente impulsado por su Señor a “gastarse y desgastarse”[12] en pos del cumplimiento de su misión. Somos enviados por Él a evangelizar, a llevar la Buena Nueva de la reconciliación a todos los hombres. “La Iglesia necesita muchos y cualificados evangelizadores que, con nuevo ardor, renovado entusiasmo, fino espíritu eclesial, desbordantes de fe y esperanza, hablen cada vez más de Jesucristo”[13].

ANTE LOS OBSTÁCULOS EN EL CAMINAR

Salgamos en búsqueda del mayor horizonte, sin detenernos, con alegría, pero también con astucia. El cristiano no puede ser ingenuo, no puede vivir como si no tuviera enemigos, pues las fuerzas del mal son reales y quieren ganar terreno. El Demonio, el mundo y nuestro hombre viejo son obstáculos que retrasan nuestro caminar. Ignorarlos trae como consecuencia el desconcierto y la confusión de ver que nuestra barca no avanza, se desvía, pierde el norte, pierde potencia, se malogra. Cuántas veces nos lamentamos porque las cosas no salen como queremos o como las hemos planeado y le echamos la culpa de nuestros fracasos a la “mala suerte” o incluso a Dios. Obrando así estamos pecando de ingenuidad; no podemos desconocer las consecuencias destructivas que producen estas maléficas fuerzas exteriores e interiores.

BUSCADORES DE GRACIA

Es necesario, entonces, una y otra vez, “revestirnos de las armas de Dios”[14], “empuñar el escudo de la fe”[15], para combatir eficazmente a estos enemigos que estorban nuestro avance y nuestra realización. Revistámonos de la gracia de Dios que nos previene del mal, que potencia nuestras fuerzas y nos impulsa a buscar la santidad.

Por nuestra frágil condición se nos hace urgente ser buscadores de gracia: “como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti Dios mío, tiene sed de Dios, del Dios vivo”[16]. La Iglesia nos ofrece todos los medios necesarios para obtenerla: en primer lugar y de manera privilegiada la Eucaristía, “Pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación”; el recurso frecuente al sacramento de la Reconciliación, la escucha continua de la Palabra de Dios, la vida de oración personal y comunitaria, el rezo del Rosario, las obras de caridad. Medios que nos obtienen un abundante caudal de gracia que nos impulsa a velocidades insospechadas.

Avancemos, pues, “con los remos y las velas”, es decir, con una acción conjunta entre la gracia de Dios -que como ráfaga de viento impulsa nuestra barca- y nuestro propio esfuerzo por cooperar con ella. Trabajemos incansablemente, conquistemos día a día pequeños y grandes ideales, busquemos, con esperanza, alcanzar la meta que el Plan de Dios nos traza.

Miremos el horizonte con alegría, con esperanza, sabiendo que estamos con el Señor y que Él nunca nos va a abandonar. “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”[17]. Que cada vez que el Señor te pregunte: “¿cómo estás?” le contestes con alegría y esperanza: “Avanzando, Señor, avanzando”. Esta es la invitación que nos viene haciendo nuestro Fundador en el último tiempo.

El mismo Señor Jesús, desde el madero de la Cruz, nos ha dejado como herencia a Santa María, la estrella que guía y endulza nuestro caminar. Caminemos de su mano y aprendamos de Ella a vivir con la alegría de los sencillos que ponen su confianza en el Señor. Ella fue la mujer que avanzó sin dudar, que se dejó guiar por el Señor hasta alcanzar el premio prometido: La comunión plena con Dios Amor. Desde allí Ella es hoy la estrella de la esperanza que “da luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía”[18].

Unámonos a la oración que el Santo Padre Benedicto XVI elevó a nuestra Madre en la encíclica Spe Salvi: “Santa María, Madre de Dios, Madre Nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”[19].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Ante al desesperanza, el Señor nos invita a levantarnos y caminar: Jn 5, 6-9; Mc 6,48-50
  • El Señor nos enseña cómo avanzar hacia la felicidad plena: Mt 5, 1-12
  • En su apostolado, Santa María vive el entusiasmo de quien porta a Cristo: Lc 1, 46-55

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Miras tu futuro con esperanza? ¿Estás avanzando con un norte claro? ¿recurres al Señor frecuentemente para que te muestre el camino?
  2. ¿Eres conciente, en tu propia vida, de la acción del mundo, del Demonio y de tu hombre viejo que retrasan tu caminar?
  3. ¿Te descubres como un(a) buscador(a) de gracia? ¿recurres a los sacramentos y a los medios que te ofrece la Iglesia para avanzar mejor?
  4. Ante los problemas, ¿recurres al Señor y a tu Madre María para que ellos te ayuden a superarlos? o intentas resolverlos con tus solas fuerzas?
  5. ¿Si el Señor te pregunta: “¿Cómo estás?”, le podrías decir: “Avanzando, Señor, avanzando”?

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[1]Luis Fernando Figari, Un mundo en cambio, p. 106.

[2]Ver San Agustín, Confesiones, 1,1.

[3]Luis Fernando Figari, Horizontes de Reconciliación, p. 123.

[4]Jn 14,6.

[5]Ver Lc 18,22.

[6]Lc 5,4.

[7]Mt 26,46.

[8]Mc 16,15.

[9]Lc 9,62.

[10]Jn 17,4.

[11]Flp 3,13-14.

[12]Ver 2Cor 12,15.

[13]Juan Pablo II, Discurso a los miembros de la Comisión Pontificia para América Latina, 27 de marzo de 2003.

[14]Ef 6,11.

[15]Ef 6,16.

[16]Sal 42,2-3.

[17]Mt 28,20.

[18]Benedicto XVI, Spe Salvi, 49.

[19]Benedicto XVI, Spe Salvi, 50.