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«BUSCAD EL REINO DE DIOS Y EL RESTO SE OS DARÁ POR AÑADIDURA»
 

«El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene»[1]

Aunque todos los cristianos sabemos y creemos en esta afirmación del Concilio Vaticano II, que recoge una antiquísima tradición bíblica y eclesial, nos puede pasar que actuemos buscando más el tener que el ser. No se trata aquí de mirar negativamente nuestra realidad personal y el esfuerzo que hacemos por poseer bienes materiales. Intentemos, más bien, tener una mirada sobrenatural ante estas realidades materiales y aprender a vivir un sano desapego de los bienes materiales y su comunicación generosa con los que los necesitan.

No hagáis tesoros en la tierra… sino haceos tesoros en el cielo

En el sermón de la montaña, relatado por Mateo en su Evangelio, el Señor Jesús nos muestra un horizonte hermoso de humanidad plena y de radical seguimiento de Cristo. Es una invitación a la coherencia entre la fe y la vida cotidiana, a vivir siempre como cristianos, fieles a nuestra mismidad y a lo que Dios tiene en su Plan amoroso para cada uno de nosotros.

Entre otras importantes enseñanzas, el Señor dedica parte del discurso a la enseñanza de cómo ha de ser nuestra actitud ante los bienes materiales. El mensaje no está centrado en la maldad de las cosas materiales, de la salud, el vestido, el dinero. Más bien, Jesús nos quiere mostrar un horizonte positivo de la adecuada y justa preocupación por las realidades terrenas.

El Señor comienza a hablarnos con claridad. No hay que buscar tesoros en la tierra, sino en el cielo. ¿Quiere decir esto que debemos renunciar a los bienes, buscar la pobreza material? El siguiente versículo desvela el sentido de hacer o no hacer tesoros: “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”.

Podemos ensayar una respuesta entendiendo nuestra condición de peregrinos en este mundo. Y lo podemos decir en muchos sentidos. Vivimos anhelando algo que no tenemos, ya sean ideales espirituales, como ser santos, vivir la comunión con Dios y los demás, o también queremos logros personales, quizá tener un buen trabajo, formar una familia en la que nuestros seres queridos sean cada vez mejores, o mantener nuestra posición económica. También deseamos bienes materiales importantes, ya sea nuestra casa propia, más dinero para adquirir algo nuevo o que me falta a mí o a mis hijos, o para un viaje u otras cosas.

La búsqueda, el tener y aumentar la cantidad de los bienes materiales puede traernos la oportunidad de darle un bienestar a nuestros seres queridos, a nosotros mismos, y a la vez nos permite ser generosos con los demás, especialmente con los más pobres así como sostener las necesidades materiales de la Iglesia. Los bienes materiales son dones de Dios, regalos que recibimos para llevar a cabo la misión que tenemos en este mundo.

Pero también pueden surgir tentaciones, como por ejemplo la codicia o el egoísmo, en los que vamos envenenándonos, reemplazando a Dios por “falsos dioses”. La codicia es la búsqueda desordenada de acumular bienes materiales, no teniéndolos como un medio para nuestro sostenimiento, o para la ayuda de los demás, sino haciendo que sean el fin por el cual vivimos y nos esforzamos. El egoísmo es ponerme a mí mismo por delante de los demás, buscando desmedidamente mi bienestar, y haciendo que todo gire alrededor de mí.

Ambas actitudes manifiestan una gran desconfianza en Dios, y nos llevan a creer que el tesoro de nuestras vidas está aquí en la tierra, y que se puede realizar sin Dios, sólo con nosotros mismos. Es un horizonte triste y mezquino de la vida, en el cual nos pasamos intentando construir sobre arena, siempre cayéndose el edificio que creemos como muy sólido.

Buscad el Reino de Dios

Se trata entonces de comprender los bienes, y a veces la falta de ellos, como algo que el Señor nos da para poder cumplir su amoroso designio, y en este sentido, es importante trabajar acuciosamente por obtenerlos, por cuidarlos, y ser generosos al ponerlos al servicio de los demás. Lo que nos queda claro es que los bienes en la tierra son tesoros que pasan, y que han de estar siempre subordinados al gran tesoro del cielo, que es nuestro encuentro y amor a Dios, y nuestro peregrinar hacia Él. Al mismo tiempo, siempre debemos recordar que todo bien viene de Dios, y debemos ser agradecidos con al Autor de todo bien.

Pero a la vez, el Señor Jesús nos exhortó a no preocuparnos por las cosas materiales: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido?»[2]. El camino a seguir es justamente el «buscar el Reino de Dios», es decir, esforzarnos por cumplir el Plan de Dios, viviendo en su presencia, permitiendo que Dios se haga presente en nuestra vida, y en la vida de los demás. Ello implica un hermoso y apasionante llamado al apostolado a tiempo y destiempo, a instaurar el Evangelio en el mundo, transformando las realidades humanas según el Plan de Dios. Aunque también sabemos que la Iglesia es el germen de todo ello, somos conscientes de que no se realizará de manera definitiva en este mundo.

¿Y el resto de cosas? ¿Hemos de vivir despreocupados del dinero, de las cosas materiales? La instrucción del Señor nos invita a crecer en confianza en Dios y, a la vez, en una sana desconfianza de nosotros mismos, ya que Dios provee lo necesario a aquellos que se esfuerzan por buscarlo. Claro está que tenemos de poner de nuestra parte, ya que eso espera de nosotros.

La pobreza evangélica

A temprana edad, Germán Doig escribía: «La pobreza que viene a ensalzar Nuestro Señor Jesucristo no es pues una mera carencia de bienes materiales. (…) Pero tampoco es un mero desprendimiento “espiritual” de los bienes. Se trata ante todo de una actitud interior, de una apertura, de una espera que sólo puede ser llenada por el Señor. La carencia de bienes hace del pobre alguien que puede poner su esperanza en algo que va más allá de este mundo, pues no hay nada que lo ate»[3].

Ello va en consonancia con otra afirmación del Sermón de la Montaña: «No podéis servir a Dios y a Mammón»[4]. Significativamente la palabra «Mammón», que se traduce como riqueza proviene con toda probabilidad de una raíz cuyo sentido es ser firme y seguro. Y aquí encontramos la razón por la que el acumular riquezas pueden transformarse en un grave obstáculo para la vida plena, ya que ella se vuelve fuente de confianza y seguridad, mientras que nos hace dudar de Dios.

El sostenimiento de las obras de la Iglesia y la solidaridad con los pobres

«Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según las necesidades de cada uno»[5].

En los Hechos de los Apóstoles vemos varios testimonios de unidad y generosidad de los primeros cristianos, en los cuales se nota la comunión de vida, ideales y apostolado, el esfuerzo por amar a los demás, y la conciencia de pertenecer al Cuerpo de Cristo.

Hoy en día estamos llamados a vivir con la misma actitud de los primeros discípulos. Estamos llamados a colaborar generosamente en el sostenimiento de la Iglesia, ya sea de sus obras de caridad, sus comunidades de vida consagrada, en su apostolado. También el Movimiento necesita de la colaboración de sus miembros para poder llevar adelante la misión apostólica que tiene.

Junto a ello, es muy importante vivir la caridad con los más necesitados, siendo una expresión concreta del mandamiento que el Señor Jesús nos dejó. No se trata de una mera filantropía, ni de dar una cuota para mantener una obra, sino que en todos los casos, se trata de la expresión de un corazón generoso, agradecido a Dios, que encuentra en el más pobre, y en la Iglesia a su misma familia, al Señor Jesús mismo. Esa ha de ser la motivación que hemos de tener al vivir la generosidad con nuestros bienes materiales, pues como leemos en los Hechos de los Apóstoles: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”[6].

CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración

  • Todo bien es para compartir con generosidad: 1Tim 6, 18; Is 32, 8.
  • La generosidad es un uso inteligente de los bienes: Prov 11, 24-25.
  • La corresponsabilidad: 2Cor 11, 23-30; Mt 5, 43; Lc 10, 30-37.
  • La solidaridad es una exigencia de nuestra propia naturaleza: 1Cor 12, 26; 2Cor 5, 14-15; Gál 5, 13-15.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. Los bienes materiales son dones de Dios, ¿Cómo es tu actitud ante los bienes materiales? ¿Eres consciente que ellos deben ser puestos al servicio de la misión que tenemos en este mundo?
  2. ¿Estás cumpliendo con poner al servicio de otras personas los dones que has recibido? ¿En qué ámbitos y en qué forma?
  3. ¿Para qué ser generoso? ¿Qué sentido tiene para ti? ¿Cómo aprendes a ser verdaderamente generoso?
  4. ¿Qué importancia tiene para ti la siguiente cita de San Pablo: “Dios ama a quien da con alegría”?

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[1] Gaudium et Spes, 35

[2] Mt 6,25

[3] Germán Doig, La pobreza, un reto para América Latina, VE, p. 9

[4] Mt 6,24

[5] Hch 2,44-45

[6] Hech 20, 35