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Sabiendo de la importancia de la familia como primera línea de la misión de la Iglesia, presentamos algunos extractos de la intervención de nuestro fundador en el V Encuentro Mundial de las Familias, realizado en Valencia en Julio de 2006.
«La Familia Sodálite tiene una posición clara sobre el altísimo valor de la vida conyugal y familiar y sobre su decisiva importancia en la construcción de un mundo mejor. También ofrece una pedagogía para cooperar con los matrimonios y para que éstos cooperen entre sí en su camino a la santidad como integrantes de la Iglesia. Este camino se expresa no solamente en reflexiones y planteamientos teóricos, sino también en lo que se podría llamar un programa práctico para quien es llamado a vivir la vocación matrimonial. Se expresa, sucintamente, en cinco puntos, como los dedos de una mano, que por lo demás simboliza la acción.
Primer punto: Santidad personal
El primer punto de los cinco que consideramos que debe aceptar una persona que es bendecida por Dios con un llamado a la vida matrimonial, es la santidad personal. No pocos olvidan el orden de las cosas y que, como se enseña desde tiempos inmemoriales, la caridad empieza por atender el Plan de Dios para uno mismo. Si este paso no se toma en cuenta, es difícil, por no decir humanamente imposible, asumir el resto.
Nadie ni nada sustituye el trabajo personal. El fracaso horrible de tantos millones de matrimonios se debe en buena parte a que no se parte de la idea de que se trata de un hombre y una mujer que tienen que marchar hacia el encuentro, armonizarse en el amor y en la vida diaria, ir construyendo una dimensión de "nosotros" desde sus realidades individuales, que son irrenunciables. El esposo y la esposa no se diluyen, sino que van al encuentro el uno del otro como personas, y por lo tanto el primer paso lógico y fundamental es vivir el dinamismo cristiano en uno mismo. Si no trabajas para integrar al Señor Jesús en tu propia vida, si no lo recibes en tu corazón e interiorizas los valores y enseñanzas que en Su persona se manifiestan, si no le abres a Él de par en par las puertas de tu corazón, entonces estarás viviendo una mentira existencial»[1].
«El primer paso es entonces la conciencia de que cada uno como persona está llamado a la santidad. Primero como persona. Es necesario que primen la verdad y el realismo. Algunos enviudan, algunas enviudan. Y no son pocos los que se vuelven a casar. Esta realidad de la vida nos debe hablar muy claro de que las responsabilidades personales no deben ni pueden evadirse. Cada quien es ante todo responsable de sí mismo ante Dios»[2].
Segundo punto: Los cónyuges
«El esfuerzo de vivir como esposos se presenta como un maravilloso y fructífero horizonte, que invita a un encuentro personal, a un proceso en donde se construya en el Señor Jesús el misterio hermoso del "nosotros" conyugal. El amor de la esposa al esposo, del esposo a la esposa, debe ser un amor que se nutre del amor de Jesús, que va al encuentro del otro en la dinámica de Jesús, de manera tal que cada quien vaya descubriendo esa luz interior del Señor que se percibe en el fondo de cada uno»[3].
«El amor matrimonial es una de las más hermosas aventuras humanas, pero su éxito, considerada la amorosa gracia que Dios derrama, exige disciplina personal, ascética, renuncia a los propios egoísmos en favor del otro, un constante y renovado construir en el vital ideal del amor conyugal. Un proceso de cercenar, recortar, cortar las aristas, las espinas que todos llevamos dentro, de eliminar las inconsistencias que llevamos dentro, construyéndose como parejas en un hermoso proceso existencial. No hacerlo a diario, no hacerlo cotidianamente, no hacerlo con el entusiasmo y la frescura de los inicios, no hacerlo con una visión de auroral novedad cotidiana, es empezar a cavar la tumba del proyecto de vida personal y conyugal. La perseverancia y fidelidad en el matrimonio a pesar de ventiscas y problemas es una manifestación de haber tomado en serio el camino del matrimonio sacramental como vía a la plenitud de la existencia y a la santidad.
Tercer punto: Los hijos
Y sigue el tercer paso, el paso del amor formativo a los hijos, la construcción en el respeto a la dignidad de cada cual de esa familia que han recibido como don y como tarea. Cuando hay hijos, la pareja tiene que entender que ellos son plasmación de su amor, y que Dios les ha dado la responsabilidad de amarlos y educarlos como personas humanas libres, invitadas al encuentro pleno en la comunión de Dios. No entender que los hijos son ante todo de Dios es empezar mal. Son personas confiadas a la educación, al amor, a la ternura y al cuidado de los padres.
Un afán posesivo, la cosificación, sobre los hijos es tan grave como la desatención. ¡Ambas actitudes son un crimen contra esas criaturas! ¡Qué multitud, qué millones de crímenes se cometen sobre criaturas indefensas por las inconsistencias de padres irresponsables! Hay muchos que no entienden que, luego del objetivo del amor personal entre los dos esposos, junto a él está el amor abnegado de ambos a los hijos; la educación promotora, liberadora, reconciliadora a los hijos; y la renuncia efectiva, por lo tanto, a todo aquello que, en la vida personal de cada uno de los esposos y en el matrimonio, como esposos, impida el desarrollo firme y sano de esas criaturas confiadas a los dos. Entender esto es fundamental, pues los hijos venidos al mundo forman parte irrenunciable del proyecto familiar, de la familia. Todo esto forma también parte de entender el matrimonio como camino de santidad»[4].
Cuarto punto: El trabajo
«El matrimonio cristiano es una consagración a la fidelidad. Desde ese marco se desarrolla la acción personalizadora que va forjando el ámbito humano mediante el trabajo. Al ingresar a esta dimensión fundamental de la existencia del ser humano, cada integrante del matrimonio debe hacerlo con el compromiso de que las aptitudes o realizaciones profesionales, el trabajo necesario para el sustento del hogar, no se conviertan jamás en obstáculo para los tres primeros pasos de estos cinco. En la cultura de hoy esto resulta un fuerte desafío. La postergación de la vida en familia que hoy se constata, de no atenderse oportuna y eficazmente, incidirá cada vez más negativamente sobre el matrimonio y la familia. Es por ello, entre otros asuntos, que hay que tener una recta visión teológica de la realización personal y del trabajo. En todo caso, al vivir la vocación al matrimonio como camino hacia la santidad se debe procurar dar la debida prioridad a la vida conyugal y familiar. El tema, como los otros, daría para hablar mucho.
Quinto punto: El apostolado
Es costumbre hablar de la Iglesia como de algo externo a uno. Es una muy mala costumbre. Todos los bautizados somos miembros de la Iglesia, y tenemos en ella derechos y deberes, pero más aún estamos llamados a amarla y a sentir con ella, a amar y participar en la misión de la Iglesia. Desde el amor conyugal y familiar, desde una vida transformada en oración, en liturgia constante que busque dar siempre gloria a Dios, desde un hogar que quiere ser Cenáculo de Amor, metas de la "iglesia doméstica" como la llama el Vaticano II, la vida cristiana debe irradiar y debe hacerlo con intensidad. Los cristianos casados deben volcarse al apostolado hacia los demás, no como rutina, sino con el mismo entusiasmo que deben tener en conocerse y amarse unos a otros»[5].
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
Santidad personal: Mt 5,48 ; Ef 1,4
Vivir la entrega y el amor auténtico: Jn 13,34-35; Jn 15,12-14
La relación entre esposos: Ef 5,21- 33; Col 3,18-19
La relación entre padres e hijos: Ef 6,1-4; Col 3, 20-21
El trabajo dentro del Plan de Dios: Jn 4,34; Lc 1,38
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
¿Me esfuerzo sinceramente por cooperar con la gracia de Dios para alcanzar la santidad? ¿Soy consciente de que mi familia será "Iglesia doméstica" si cada uno de sus miembros tiene un real y profundo encuentro con el Señor Jesús?
¿Soy caritativo con todos los miembros de mi familia? ¿Busco vivir el mandamiento del amor como me ha enseñado el Señor Jesús? En el caso de los matrimonios: ¿mi relación con mi esposo(a) se fundamenta en el amor del Señor?
¿Cómo he venido respondiendo a mi misión como padre? ¿Educo a mis hijos en libertad? ¿Busco que ellos cumplan el Plan de Dios y no mis propios planes? En el caso de los hijos: ¿me esfuerzo en ser un hijo fiel a mis padres? ¿busco contribuir en mi casa viviendo de forma coherente mi vida cristiana?
¿Hago de mi trabajo una ofrenda a Dios? ¿Dedico el tiempo adecuado a mi familia?
[1]Luis Fernando Figari. Formación y misión, p. 111-113
[2]Luis Fernando Figari. Formación y misión, p. 114.
[3]Luis Fernando Figari. Formación y misión, p. 114-115.
[4]Luis Fernando Figari. Formación y misión, p. 115-117
[5]Luis Fernando Figari. Formación y misión, p. 118-119
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