|
"Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu Madre" (Jn 19, 26-27). Desde lo
alto del madero de la Cruz, altar de nuestra reconciliación, el Señor Jesús nos
señala a Santa María como Madre nuestra. En ese momento cargado de dolor y de
esperanza, de sufrimiento y de entrega generosa, donde el Señor nos explícita,
aquel maravilloso misterio de la maternidad espiritual de Santa María sobre
nosotros sus hijos.
Ya en la AnunciaciónEncarnación, con un generoso y
decidido Hágase, la humilde Virgen de Nazaret aceptaba la invitación divina a
cooperar desde su libertad con la obra reconciliadora. En ese momento, María se
convertía en Madre del Reconciliador de los hombres. Sin embargo, su maternidad
también se extiende a todos nosotros, pues al engendrar a Jesús nos engendra a
la vida de la gracia. En efecto, en la Anunciación Encarnación del Verbo, María
concibe al Cristo total: la Cabeza y nosotros, los miembros de su Cuerpo
Místico. La maternidad espiritual de María no es, pues, una piadosa analogía,
ni una figura literaria. Tampoco se trata de una maternidad adoptiva. María es
verdadera y realmente Madre nuestra en el orden de la gracia: "Esta maternidad
de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del
asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar
al pie de la Cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos" (Lumen
gentium, 62).
¡Sí! ¡María, la Madre de Dios es también Madre
nuestra! La maternidad espiritual no es un acontecimiento separado,
independiente de nuestra existencia como creyentes. Todo lo contrario. La
maternidad de María constituye piedra angular de nuestra vida cristiana.
Implica todo un programa de vida para quien verdaderamente busca con sincero
corazón ser fiel a su vocación de hijo de María.
De ahí que nuestra devoción a María no sea una
devoción más. No se trata solamente de honrar a María, de amarla y recurrir a
Ella. Buscamos amar a María con verdadero amor filial, ya que realmente somos
hijos suyos. Sin embargo, el mismo significado y alcance de este amor filial es
muchísimo más grande.
CAMINO CONFIGURANTE
Nuestra piedad filial a mariana busca reproducir el
amor filial del Señor Jesús para con su Madre. Aspiramos amar a María con los
mismos afectos y sentimientos que el Señor tuvo para con Ella. No buscamos
imitar el amor y actitudes de Jesús, sino abrirnos a la gracia que nos
transforma en otros Cristos, de manera que sea el Señor Jesús quien continúe
amando a María en nosotros. No se trata, pues, de una mera imitación exterior,
sino de participar a la vez que prolongar el mismo amor de Jesús hacia María,
en una dinámica amorizante que es camino de comunión y participación así como
de realización personal.
De esta forma, la piedad filial constituye como el
primer movimiento de un maravilloso proceso amorizante por el cual María, me va
revistiendo de su Hijo. Amando a María con el mismo amor de Jesús, me voy
configurando cada vez más con Él, voy siendo transformado en otro Cristo; de
manera que pueda repetir con el Apóstol de Gentes: "Vivo yo, mas no yo, sino
que es Cristo quien vive en mi" (Gál 2, 20).
Por ello nuestro amor y devoción a María son
eminentemente cristocéntricos. Su fundamento no es otro que nuestra opción
fundamental por el Señor, nuestra adhesión amorosa a Él. En efecto, quien opta
por el Señor Jesús y la dinámica del amor que su seguimiento conlleva, no puede
dejar de percibir aquella unión amorosa, tan íntima como misteriosa, entre la
Madre y el Hijo. Todo en Jesús nos señala a María. A su vez, todo en María está
referido a su Hijo. Quien ama al Señor, ama a quien Él ama, y ciertamente el
amor filial por su Madre reviste características particularísimas, insondables
rasgos de cercanía, de ternura, de comunión.
CONCRECIÓN APOSTÓLICA
Quien aspira recorrer las sendas de la piedad
filial, no puede prescindir de la dimensión apostólica que ésta necesariamente
implica. En efecto, María ha recibido del mismo Dios la misión de conducir a
los hombres hacia el encuentro plenificador con el Señor Jesús, su Hijo. Quien
se acerca a María se ve conducido suave y amorosamente hacia el Hijo. María
modela con afecto maternal nuestros corazones asemejándolos al de Jesús. Ella
nos guía de manera silenciosa, discreta, pero eficaz hacia la plenitud de la
vida. Ella es segura compañía en nuestro peregrinar por los caminos de Dios.
Para llevar a cabo esta misión, María necesita de
nuestra cooperación activa. Acercándonos a María contemplándola, conociéndola,
amándola, descubrimos cómo comunicar el amor de Cristo a todos los hombres,
pues aprendemos a amar como Jesús amó. La piedad filial mariana nos introduce
de lleno en el dinamismo del amor solidario a los hombres, nos impulsa a
proyectarnos en el servicio evangelizador y de promoción humana a nuestros
hermanos. Así, nuestra acción apostólica se vuelve fecunda prolongación del don
de la reconciliación que Dios nos entrega en la persona del Señor Jesús.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
Maria es verdaderamente Madre nuestra: Jn 19, 26-27.
-
Nos conduce al Señor Jesús: Jn 2, 5.
-
Nos acompaña en nuestra vida cristiana: Hch 1, 14.
-
La piedad filial nos introduce en la dinámica del
anuncio evangelizador y del servicio solidario: Lc 1, 39-45.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué entiendes por piedad filial mariana?
-
¿Cómo vives tu piedad filial? ¿Qué puedes hacer para mejorarla?
-
¿Es tu acción apostólica consecuencia de tu piedad filial? ¿Por qué?
|
Descargar
Trabajo de Interiorización
|
Versión
para imprimir
|
|

|

|
|