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Experimentar la alegría constituye un desafío para las personas en la sociedad
hodierna. En un mundo lacerado por profundas divisiones y rupturas, donde miles
de rostros sombríos son elocuente testimonio de la profunda desesperanza y
tristeza por la cual atraviesan los hombres y mujeres de hoy, ¿existe todavía
un lugar para la alegría?.
La alegría ciertamente es una necesidad fundamental del ser
humano. El anhelo de experimentar la alegría está tan arraigado en el corazón
del hombre como la búsqueda de sentido a la propia existencia. La misma
experiencia cotidiana así nos lo demuestra. Es por ello que tantos buscan
infructuosamente esta alegría en las múltiples ofertas de la cultura de muerte.
El consumismo, la búsqueda desordenada del placer por el placer, de lujos,
riquezas y confort, la ambición del poder, el hedonismo, etc., son tan sólo
algunos signos de lo que el mundo nos ofrece como sucedáneos a nuestra
necesidad de verdadera alegría.
Sin embargo, es igualmente evidente que la degradación de estas
propuestas es proporcional al vacío y frustración que dejan en el hombre las
alegrías que defraudan y engañan. Y no puede ser de otra manera, pues la falsa
alegría que ofrece la anti-cultura está fundada en aspiraciones de poder, tener
o poseer-placer, las cuales alienan más y más al ser humano de lo profundo de
sí mismo y del recto sentido de sus dinamismos fundamentales y, por lo tanto,
de su realización personal. De ahí que la alegría intra-mundana sea vacía,
superficial, transitoria, incapaz de colmar de verdadero gozo el corazón
humano.
LA ALEGRÍA: SIGNO DEL CRISTIANO
La vida cristiana y la alegría son dos realidades íntimamente
unidas. La alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús,
es fruto de una experiencia de fe en El y de comunión con Aquel que es Camino,
Verdad y Vida (Jn 14, 6), que me muestra cuál es el sentido de mi vida en el
mundo, la grandeza de mi destino.
El Evangelio es, ante todo, un mensaje de alegría, pues se trata
de una Buena Noticia: estamos invitados a vivir el amor y es posible vivirlo
aquí y ahora porque el Señor Jesús nos amó primero; el Hijo de Santa María nos
muestra el verdadero significado y alcance del amor y nos invita a vivirlo. La
auténtica alegría es un primer efecto del amor. Y este amor, el mismo amor de
Cristo, ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,
5). Por eso afirma San Pablo que el fruto del Espíritu es la alegría (Gal 5,
22).
La alegría es un signo presente en la existencia cristiana.
Nuestra alegría testimonia la profundidad de nuestro compromiso con el Plan
divino. Quien vive su fe con tristeza y abatimiento, no ha comprendido el
núcleo del mensaje del Señor Jesús.
En la Anunciación-Encarnación, el ángel invita a María a vivir
la alegría mesiánica: "Alégrate, llena de gracia..." (Lc 1, 28). María se llena
de gozo en el Señor pues el Mesías nacerá de Ella por obra del Espíritu Santo.
El cántico del Magníficat es una hermosa expresión de alegría humilde, limpia,
transparente, profunda. María exulta de gozo "en Dios mi salvador porque ha
hecho en mí grandes maravillas" (Lc 1, 47.49). Cuando María y José presentan al
niño en el templo, tanto el anciano Simeón como Ana se gozan en el Espíritu
ante la presencia del Reconciliador (Lc 2, 29-38).
El Señor Jesús llama felices a los discípulos porque "vuestros
ojos ven y vuestros oídos oyen" (Mt 13, 16), es decir, porque ellos han acogido
la Buena Nueva, porque están abiertos al mensaje del Señor. En el momento de la
Transfiguración, ese encuentro íntimo con el Señor mueve a Pedro a exclamar:
Señor, qué bueno es estar aquí (Mt 17, 4). Sólo el Señor Jesús puede ofrecer la
alegría que nadie nos podrá arrebatar (Jn 16, 22).
ALEGRÍA-DOLOR
El horizonte de la vida cristiana no está exento de pruebas y
dificultades, de incomprensiones y rechazo, de dolor y sufrimiento. Sin
embargo, en medio de las pruebas y el dolor, el creyente sabe conservar el
dinamismo de la alegría, pues ella es algo más que un sentimiento pasajero, es
un estado permanente del espíritu que nace de la fe y compromiso con el Señor
Jesús.
San Pablo nos enseña que el cristiano se hace fiel seguidor del
Maestro "abrazando la Palabra con gozo del Espíritu Santo en medio de muchas
tribulaciones" (1Tes 1, 6). Esta enseñanza la testimonia el Apóstol de Gentes
con su propia actitud ante la vida: "Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de
gozo en todas nuestras tribulaciones" (2Cor 7, 4)
Sufrir para el cristiano no es, pues, motivo de abrumadora
tristeza, sino que la experiencia pierde su ácida mordiente al estar unida al
Señor Jesus: "Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de
Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria"
(1Pe 4, 13). Por eso los Apóstoles cuando fueron perseguidos y encarcelados
"marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados
dignos de sufrir ultrajes por nombre de Jesús. Y no cesaban de enseñar y de
anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas"
(Hch 5, 41-42).
APOSTOLES DE LA ALEGRÍA
Todos estamos llamados al apostolado, al anuncio del Evangelio
en primera persona, según nuestras capacidades y posibilidades. Como ya hemos
visto, el Evangelio es un mensaje de alegría. El mismo Señor Jesús es el
Evangelio, la noticia feliz que colma nuestras existencias.
Es por esto que nuestra acción apostólica debe estar informada
por la alegría. Un anuncio apagado, triste, sin vida ni entusiasmo desvirtúa la
esencia del mensaje cristiano. Todo nuestro apostolado debe brotar de la
alegría profunda que nace del corazón convertido y entregado al servicio del
Señor y su Plan de reconciliación.
San Pablo nos invita a ser apostoles "a tiempo y a destiempo"
(2Tim 4, 2). De ahí que nuestra vida cotidiana también es ocasión de
testimoniar la grandeza y plenitud de la vocación cristiana. Viviendo la
alegría en todas las esferas de nuestra vida, nos convertimos en verdaderas
antorchas vivas capaces de llevar la luz de la esperanza a un mundo enfermo y
agonizante por falta de la verdadera luz (Flp 2, 15).
Cuando María visita a Isabel, lo hace movida por el amor y el
servicio. Un acto para Ella trabajoso como viajar lejos para ayudar a su
pariente encinta se convierte en un magnífico testimonio de alegría cristiana.
Isabel experimenta de tal modo la alegría que ve en María y percibe la magnitud
de la presencia de Aquella que es portadora de Vida, que se ve impulsada por el
Espíritu a llamarla feliz porque "ha creído que se cumplirán las cosas que le
fueron dichas por parte del Senor" (Lc 1, 45).
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
El Señor Jesús es nuestra alegría: Lc 2, 10-11.
-
Nuestra alegría no está puesta en las cosas del mundo sino en
Dios: Lc 10, 20.
-
Nace del encuentro con El: Lc 24, 32.
-
La alegría cristiana perdura por siempre: Jn 6, 22.
-
Incluso en las pruebas y dificultades: 2Cor 7, 4; Hch 5, 41.
-
Rechazar el amor produce tristeza: Mc 10, 22.
-
María modelo de alegría cristiana: Lc 1, 46-56.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Por qué la alegría es una característica fundamental del cristiano?
-
¿Cómo vives la alegría en tu vida cristiana? ¿Por qué?
-
¿Qué dificultades se te presentan para vivir un horizonte de alegría como nos
invita el Señor?
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