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Siempre que emprendemos una empresa, trivial o
importante, esperamos obtener resultados favorables, independientemente de las
razones objetivas que puedan apoyar su éxito. Y es que el corazón humano está
sellado por la esperanza como actitud fundamental ante la existencia. Toda
persona espera en alguien o en algo. Sin esta esperanza, la vida sería
insoportable.
Sin embargo, no resulta extraño constatar cómo
tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo parecen ir perdiendo todo sentido de
esperanza. A pesar de las seguridades que brinda el progreso material que vive
la humanidad, el hombre actual se siente inseguro e indefenso frente a su
futuro y su destino. La esperanza aparece como una tenue y pálida luz que se va
extinguiendo poco a poco, sofocada por las falsas ilusiones que la cultura de
muerte ofrece de manera tan atractiva y seductora, pero que son incapaces por
sí mismas de acallar las necesidades más profundas de la persona.
Frente al panorama tantas veces desolador que nos
envuelve, se presenta para el creyente el camino de la esperanza. La esperanza
cristiana no es un camino fácil e ingenuo. La esperanza del cristiano está
fundada en el Señor Jesús. Las promesas divinas hechas al antiguo pueblo de
Israel a lo largo de su historia, alcanzan su plenitud y cumplimiento en el
misterio reconciliador del Señor Jesus: "Y nosotros os anunciamos la Buena
Nueva: la promesa hecha a nuestros padres. Dios la cumplió en nosotros sus
hijos, resucitando a Jesus" (Hch, 13, 32-33). El Hijo de Santa María inaugura
un camino de plenitud y realización personal que comienza aquí y ahora, pero
que no se agota en este mundo sino que se proyecta hacia la vida eterna, en el
encuentro definitivo con Dios-Amor.
ESPERANZA ENCARNATORIA
La esperanza no es una actitud escapista o
alienante, desencarnada y desinvolucrada. Todo lo contrario. El tener los ojos
puestos en el maravilloso destino al que estamos invitados: la comunión y
participación con Dios-Amor, no nos mueve a desarraigarnos del mundo presente
ni de las realidades temporales, sino a comprometernos con mayor profundidad en
la transformación de todo aquello que se encuentra en contraste con el divino
Plan, desde el Evangelio.
Nuestra esperanza es, pues, encarnatoria porque ella
nace y se alimenta en el Señor Jesús y se prolonga a través del dinamismo del
misterio de su Encarnación. Buscamos adherirnos al Señor Jesús, configurarnos
con Él bajo la acción de la gracia y la guía segura y maternal de Santa María.
Desde ese compromiso profundo con Cristo, en quien descubrimos la grandeza de
nuestro destino, el creyente busca reedificar el mundo, desde sus cimientos,
según el Plan de Dios. Más bien, cuando "faltan ese fundamento divino y esa
esperanza de la vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas es lo
que hoy con frecuencia sucede, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la
culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la
desesperacion" (Gaudium et Spes, 21).
ESPERANZA EN LA PRUEBA
La vida cristiana no está exenta de pruebas y
dificultades. Esto lo sabemos bien. No pocas veces puede ocurrir que la
tentación del desaliento, del abandono y del cansancio se alze contra nosotros.
Lo que ayer nos entusiasmaba con ardor indescriptible, hoy puede no ser más que
rutina insípida y apática. En estos momentos de oscuridad en que no vemos muy
claro el horizonte, es cuando la luz del sol aparece opacada por las nubes de
la duda y la incertidumbre, en que más debemos aferrarnos a la esperanza. La
esperanza es una actitud viril ante la prueba, nos hace capaces de resistir y
sobrellevar los obstáculos en nuestro peregrinar. Así nos lo recuerda San
Pablo: "Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la
gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom 8, 18).
A pesar de nuestras debilidades e inconsistencias,
sabemos que "la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom 5,5). La
esperanza es un don de Dios, y como todo don divino, requiere de nuestra
acogida, de nuestro esfuerzo activo y consciente, desde nuestra libertad. Bien
decía Thomas Merton: "¿De qué me sirve esperar en la gracia, si no me atrevo a
hacer el acto de la voluntad que corresponda a la gracia? ¿De qué me aprovecha
abandonarme pasivamente a Su voluntad, si me falta la fuerza de voluntad para
obedecer sus mandamientos? Por lo tanto, si confío en la gracia de Dios,
también debo mostrar confianza en las fuerzas naturales que Él me ha dado, no
porque son fuerzas mías, sino porque son un don de Él".
MADRE DE LA ESPERANZA
María es para el creyente Madre de la Esperanza.
Madre de la espera gozosa, de la expectación, cuando en el momento de la
Anunciación-Encarnación del Verbo, pero también de la espera confiada y
silenciosa en el dolor de la cruz, cuando todos han abandonado al Hijo. El
creyente descubre en la Madre una guía segura, un aliento permanente en el
peregrinar. Por eso el pueblo fiel hace tanto tiempo la invoca repitiendo:
vida, dulzura y esperanza nuestra.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La esperanza es un don de Dios: 2Tes 2, 16.
-
Jesús es nuestra esperanza: Mt 12, 21; 1Cor 15,
19; Ef 2, 12; 1Tim 1, 1.
-
La esperanza nos da fuerza: 2Cor 3, 12.
-
La verdadera esperanza: Rom 4, 18; Rom 8, 24.
-
La esperanza es alegre: Rom 12, 2; 1Tes 4, 13.
-
Invitados a ser testigos de la esperanza: 1Pe 3,
15.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
-
¿Qué significa la esperanza para el cristiano?
-
¿Cómo vives la esperanza? ¿Qué te falta para vivir «la alegría de la esperanza»?
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