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La vida moderna con sus sucesivos y vertiginosos
cambios, la idolatría de la actividad, la superficialidad y la evasión como
actitud vital tan promovida por los medios de comunicación, el consumismo, son
tan sólo algunas de las características del mundo actual que más han
contribuido al desplazamiento de los valores auténticos aquellos que se
encuentran en la línea de los dinamismos fundamentales del ser humano- para ser
sustituidos por pseudo-valores como el poder, el tener y el poseer-placer. Es
así que el hombre ha ido edificando una cultura cada vez menos humana, una
verdadera anti-cultura, donde su dignidad como persona humana aparece cada vez
más denigrada.
Una de las manifestaciones más saltantes de la
primacía de estos pseudo-valores es la pérdida del sentido de la reverencia. El
hombre moderno ha olvido el significado de la reverencia como horizonte de
vida, como actitud fundamental de todo aquel que busca hacer de su vida un
camino de plenitud.
La persona que no posee reverencia es incapaz de
trascenderse a sí misma, de salir al encuentro de las personas y de la realidad
toda. Entrampado en la maraña de su propio orgullo y autosuficiencia, pretende
dominarlo todo, se cree con derecho a subordinar a los demás y a las cosas a su
propio yo. No deja que los demás irrumpan en él, no permite que las cosas le
digan nada, porque está demasiado ocupado consigo mismo. El irreverente carece
del silencio necesario para dejar que las personas, cosas o situaciones se
revelan ante él en su carácter y valor, la vida. No respetan las decisiones de
los demás ni su libertad, sino que buscan imponerles sus propios deseos. El
irreverente es, en última instancia, víctima de su apetito desordenado de
poder, de su soberbia y egocentrismo.
Por otra parte, la falta de reverencia es también
consecuencia de la absolutización del pseudo-valor del tener como opción vital.
En efecto, para el irreverente las personas y las cosas son tan sólo medios
para cumplir sus fines. No le interesa la persona en sí misma, ni tampoco el
valor de las cosas, de las situaciones, de la realidad. El irreverente se
siente con derecho a utilizar a los demás como posesión suya, a manipularlos
como objetos de su propiedad.
Los hombres y mujeres que no poseen reverencia son,
a su vez, esclavos del poseer-placer. En última instancia, autolimitan la
grandeza y dignidad de su vocación a ser persona humana a los chatos y
rastreros horizontes de lo agradable, de lo cómodo, de lo placentero. Para la
mirada miope del irreverente, las personas y la realidad toda solamente poseen
una dimensión: aquella de lo superficial, lo inmediato, de las sensaciones, de
aquello que me produce diversión o satisfacción. En el horizonte del
irreverente no queda lugar para las realidades profundas ni para la
contemplación del misterio. Nada sospecha de la hondura de la existencia, del
maravilloso significado del hecho humano.
POR LA REVERENCIA A LA RECONCILIACIÓN
Recorriendo el camino de la reverencia, la persona
se va liberando de las rupturas que lo esclavizan bajo el seductor pero
pernicioso manto de los anti-valores y que lo mantienen alienado de lo profundo
de sí mismo y del recto sentido de sus dinamismos fundamentales. La reverencia
nos permite ingresar a una senda liberadora que nos conduce hacia la
reconciliación.
La reverencia nos dispone para el encuentro con el
Señor Jesús y la acogida a su Plan en las actividades de la vida cotidiana. En
efecto, la reverencia nos ayuda a ingresar y mantenernos en presencia del
Señor, nos hace presentes a Dios y a nosotros mismos en Él. Viviendo la
reverencia coopero activamente desde mi libertad con el dinamismo de la gracia
que el Espíritu de Dios derrama abundantemente en nuestros corazones (Rom 5, 5)
para hacer de los trabajos y faenas de cada día una liturgia permanente.
La reverencia es condición ineludible para el recto
autoconocimiento en verdad y libertad. Por la reverencia el individuo descubre
su propio valor, entra en contacto consigo mismo, descubre sus alcances y
límites, su pequeñez y su grandeza. La reverencia le permite ingresar en su
propia interioridad porque le da la capacidad de recogerse, de desapegarse de
lo exterior, de serenidad interior.
La persona reverente no busca acaparar la realidad
con su yo, sino que crea, a través del silencio interior, el espacio necesario
para los demás se manifiesten. De esta manera, descubre el valor auténtico de
las personas, aprende a respetarlas y a amarlas por lo que ellas mismas son y
no por lo que tienen o aparentan. La reverencia hacia el otro es un aspecto
fundamental del amor fraterno. Sin reverencia por el otro no existiría
verdadero amor, sino autocomplacencia egoísta, proyectada en el otro. Nada más
lejano al verdadero amor que aquel afán posesivo de querer imponer al otro mis
propios gustos, deseos o planes. La reverencia me mueve a valorar la
individualidad del otro y por lo tanto a no imponerle nada, a respetar
profundamente su libertad, sus derechos y su dignidad.
Finalmente, la persona reverente sabe valorar
rectamente y en su verdadera dimensión las cosas creadas. Se aproxima a ellas
con el respeto de quien descubre en la creación la imagen de Dios, la huella de
su santidad y de su amor.
REVERENCIA Y APOSTOLADO
Todo apostolado es sobreabundancia de amor, pues
nace y se alimenta del encuentro con Dios-Amor y del compromiso profundo con
Él. Y como hemos visto, no puede existir verdadero amor sin reverencia. El
apóstol reverencia al otro, respeta profundamente su dignidad y su libertad, no
busca imponer, busca escuchar antes que hacerse oír, sabe acoger con calidez,
es paciente, connatural, no se apega a ningún esquema predeterminado. La
reverencia aparece, pues, como actitud fundamental y condición necesaria para
nuestro apostolado.
MARÍA, LA MUJER REVERENTE
Todo aquel que busca configurarse con el Señor Jesús
viviendo la espiritualidad de María, debe poner los ojos en el ejemplo de la
Madre. María aparece ante nosotros como clave luminosa para vivir la
reverencia.
En la Anunciación-Encarnación, la irrupción del
mensajero divino la encuentra en reverente espíritu de oración y con esa misma
reverencia acoge la invitación divina. La fineza y profundidad de su reverencia
hacia los demás resplandecen de manera particular en el servicio evangelizador
y doméstico para con Isabel. María acude con prontitud a atender a su pariente
y al mismo tiempo le comunica la Buena Noticia con tal reverencia que "en
cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno e Isabel
quedó llena del Espíritu Santo" (Lc 1, 41). Su reverencia y respeto a los demás
también aparece ejemplarmente en el episodio de las Bodas de Caná, donde
percibiendo la incómoda situación para los novios producida por la falta de
vino, interviene discreta y amorosamente ante su Hijo Jesús.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
-
La reverencia es connatural: Rom 12, 15-16.
-
Ser reverentes en todo tiempo y lugar: 1Cor 10,
31-32a.
-
Reverencia en la Eucaristía: 1Cor 11, 27.
-
Reverencia de Jesús, modelo para el apostolado: Mc
10, 17-22; Jn 8, 10-11.
-
María modelo de reverencia: Lc 1, 39ss; Jn 2 1ss.
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Trabajo de Interiorización
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